ras el agotamiento
del estaño como motor de la economía boliviana, ésta descansa ahora sobre el
maná de los hidrocarburos. Pero en realidad ese maná ha sido sólo para las
trasnacionales petroleras (y también para la empresa nacional brasileña
Petrobras), porque la nacional Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos
(YPFB) había sido desmantelada cuando los gobiernos neoliberales privatizaron
todas las palancas de desarrollo del país.
Ahora crece la exigencia popular de estatizar los hidrocarburos (petróleo y
gas) y, por el otro lado del espectro social, las compañías extranjeras,
habituadas a sus superganancias, lloran miserias y dicen que perderán si, de
acuerdo con una nueva ley, deben pagar regalías no deducibles e impuestos que
oscilan en torno a 50 por ciento, por lo que amenazan con no invertir más e
inclusive con irse.
La Bolivia popular está ya en guerra virtual con los capitales extranjeros,
inclusive con la petrolera estatal brasileña y los capitalistas de ese país y
argentinos, además de las inversiones europeos y estadunidenses. Porque la
posible estatización boliviana de los hidrocarburos hace pender una espada de
Damocles sobre la cabeza de los intereses petroleros privados en Argentina, Perú
y Ecuador, y podría llevar a una alianza entre YPFB y la empresa estatal de
Venezuela, que modificaría el rumbo de Petrobras e impulsaría la restatización
del petróleo argentino.
Pero, sobre todo, porque la amenaza de estatización del petróleo y el gas es
contraria a los intereses de los capitalistas neoliberales presentes en otros
sectores, que ven reaparecer el fantasma del reforzamiento de un Estado
distribuidor de las ganancias de modo más general y justo, así como más
favorable al desarrollo nacional.
Es que, para los sectores populares que exigen la estatización o fortísimas
regalías y la resurrección de YPFB, el problema del petróleo y del gas se
inscribe en las tareas que debería encarar la próxima Asamblea Constituyente
para imponer un nuevo proyecto popular de país. Los hidrocarburos, para los
sectores populares bolivianos, son lo que el agua, un recurso natural de todos,
y por ellos luchan. Cabe recordar que expulsaron de Cochabamba a la empresa que
explotaba de forma privada el agua, tradicionalmente un bien público.
Ante esta visión social y nacional de las mayorías, y ante la perspectiva de
que los hidrocarburos sean estatizados ahora o en la futura Asamblea
Constituyente (impuesta con las movilizaciones contra el gobierno y contra el
mismo Parlamento, así como por la autorganización de los sectores indígenas que
luchan conjuntamente con sindicatos y con los pobres urbanos organizados en
Federaciones de Vecinos), se ha constituido un frente entre las oligarquías
empresariales de las regiones donde se extrae petróleo y gas, los
terratenientes, más los gobiernos de los países limítrofes y la embajada de
Estados Unidos.
Dichas oligarquías (sobre todo la de Santa Cruz, pero también la de Tarija,
muy ligada con intereses argentinos) levantan hipócritamente la bandera del
autonomismo para obtener apoyo popular y cubrir su secesionismo apenas
disfrazado y su negativa a confrontarse en las urnas y en la Constituyente.
Se enfrentan así dos Bolivias, la de los campesinos, los indígenas, los
sindicatos, los pobres urbanos, la de los quechuas, aymaras, guaraníes, mestizos
y, del otro lado, la de las oligarquías, mayoritariamente de origen extranjero,
ligadas con capitales de esa naturaleza, las cuales cuentan, por supuesto, con
el respaldo de Estados Unidos. El poder está en la calle y la única opción
pacífica es la reunión de la Asamblea Constituyente, que las oligarquías locales
rechazan tratando de imponer un secesionismo de hecho que equivale a un golpe de
Estado y que no puede ser respaldado sino por la violencia.
Ante esta grave situación en un país hermano, los países latinoamericanos
deberían advertir a Washington que no intervenga, pues es proclive, como
siempre, a hacerlo en los asuntos internos en nuestro continente, y deberían
defender públicamente el derecho del pueblo boliviano a sacar provecho de las
riquezas naturales y a resolver en paz y con el voto qué país quieren para sus
hijos, borrando las injusticias de su pasado.