as fuerzas de izquierda en América del Sur se esfuerzan por lograr el
cambio político económico y social. En el Perú, desgraciadamente, se
asimilan o incorporan al stablishment, al status quo dirigido por una "clase
política" inmoral y corrupta. No de otra manera se puede entender la
pasividad de las direcciones políticas, gremiales y partidarias de la
izquierda peruana preparándose para situarse, como de costumbre, a la cola
de un proceso electoral manipulado desde la cumbre del podrido poder
político actual. Las explicaciones pueden ser muchas pero la realidad es que
la izquierda en el Perú, entendida como el amplio espectro del campo
popular, se sitúa, a través de este comportamiento, en el último eslabón de
la cadena que cuestiona verbalmente el sistema neoliberal impuesto pero que
es incapaz de actuar en contra de él. Distintos son los casos de Bolivia y
Ecuador cuyas bases sociales irrumpen en el escenario político sin esperar
nada de las instituciones representativas o forzándolas a tomar decisiones
que por sí y ante sí jamás tomarían. Las destituciones de Sánchez de Lozada
y Lucio Gutierrez; y mucho antes de Fernando de la Rúa en Argentina,
representan en toda su magnitud el fenómeno de la participación activa de
las masas en el proceso de la democratización real de la región. Los casos
de Brasil, Venezuela y Uruguay también son distintivos en tanto que el
viraje hacia la izquierda se viene dando por la vía electoral luego de
romper los esquemas del pasado en el reparto periódico del poder entre los
partidos tradicionales. Y en todo este panorama, el declarado socialismo
bolivariano de Hugo Chávez es de lejos el más claro ejemplo del esfuerzo que
significa el inicio de la superación de la pobreza y la ignorancia de
nuestros pueblos, tal como antes lo fue y lo sigue siendo el modelo
desarrollado por el heroico pueblo de Cuba.
La herencia de los quince años de obscena impudicia política y criminal
dejada por los gobiernos de Alan García y la dupla Fujimori-Montesinos,
mantiene atrapada a la soberanía popular y su independencia política de cara
a toda clase de atropellos; y lo más grave frente al armazón económico
neoliberal impuesto por el consenso de Washington que no sólo desnacionaliza
a los países sino que los somete al mantenimiento y crecimiento de la
pobreza extrema. Y si bien la caída de la dictadura del delincuente prófugo
Alberto Fujimori se debió a la movilización popular de los "cuatro suyos,"
el reemplazante por la vía electoral, enseguida del gobierno provisorio de
Valentín Paniagua, Alejandro Toledo, continuó, en obediencia plena y sumisa,
a la Casa Blanca. La traición de Toledo al pueblo movilizado contra la
dictadura fue continuar el devastador programa económico de Fujimori, de
entrega total del patrimonio nacional a las empresas transnacionales y lo
que es peor sin revisar los leoninos contratos, concesiones y exoneraciones
tributarias (cinco mil millones de soles anuales de impuestos no
recaudados). Traición que ha llevado al país a una crisis social y política
de graves consecuencias y enormes proporciones. En esta dirección la
actuación del ciudadano norteamericano Pedro Pablo Kuczynski, ministro de
Economía en casi todo el período de Toledo, viene siendo ejemplar por cuanto
el crecimiento económico que exhibe se concentra en pocas manos y los
réditos se van al exterior como gananciales de las transnacionales.
Exactamente como ocurrió en Argentina de Carlos Menem hasta la quiebra
económica total que trajo abajo al presidente Fernando de la Rúa. Kuczynski
como fiel representante del capital financiero internacional y también por
extensión a su labor de ex funcionario de la banca norteamericana (cesante a
la expectativa de nuevos cargos) pretende culminar el despojo del que es
objeto el país con la firma del TLC y el patrocinio del ALCA. .
Ante el fracaso de los dogmas neoliberales en América Latina, inclusive
analizado en las páginas de los principales diarios y revistas
internacionales, los quince o veinte años de la aplicación del recetario del
consenso de Washington han sido perjudiciales. El crecimiento económico ha
sido mínimo y el desarrollo social negativo, pues se agravaron los problemas
del empleo, los salarios, la salud, la educación, la pobreza y la
desigualdad. La no intervención del Estado en los sectores estratégicos,
cuando debió trabajarse hombro a hombro con el sector privado (Chile es un
ejemplo), produjo la descapitalización de cada país en proporciones
inimaginables y por consiguiente el malestar social que violenta el
escenario político hasta lograr el cambio forzoso de los gobernantes de
turno. Sin embargo, en el Perú la ausencia de manifestación social capaz de
cambiar la situación política es grave por cuanto la repetición del esquema
que Toledo prometió cambiar vía la transición hacia la democracia no sólo ha
sido un engaño sino una fatal frustración para los electores, quienes en
alarmantes porcentajes no creen en nadie menos en la corrupta e inmoral
"clase política" que gobiernan los poderes del Estado. En estas
circunstancias de falsedad genérica, de duplicidad y traición a los
intereses del pueblo es imposible reconstruir el país por la senda
democrática a la que tiene derecho. .
Por sentido común, el único guía de los electores no afiliados en partidos,
la democracia necesita actuar sin limitaciones de ninguna clase, necesita
expresarse por distintos medios participativos, no siendo el electoral el
único, menos cuando ni siquiera existen reglas de juego claras y la
usurpación del poder político es elocuente en el presidente Toledo y los
representantes al Congreso, los mismos que han sido incapaces de corregir la
ausencia de la ley de leyes, el ordenamiento jurídico del país. Pues hoy por
hoy el Perú sigue siendo regido y gobernado desastrosamente por el estatuto
dictatorial del delincuente prófugo Alberto Fujimori. Por ello, ir a
elecciones generales en esta adversa coyuntura es un insulto al país, un
agravio político en cuanto la apuesta está propiciamente enturbiada por los
partidos políticos tradicionales, inmorales y corruptos, que desean, una vez
más, situarse en el poder del Estado en medio del caos, la desilusión y la
apatía. ¿Cómo no llamar caos a un proceso electoral donde elementos como
Alan García o Alberto Fujimori, dos individuos comprometidos con la justicia
por sus crímenes y latrocinios, se pretenden candidatos en medio de cerca de
treinta partidos y mini partidos inscritos en el jurado electoral? ¿Cómo no
llamar caos a la falta de ordenamiento jurídico? ¿Cómo no llamar caos a las
enmiendas a la ligera que se pretenden dar al estatuto dictatorial de
Fujimori? ¿Cómo no llamar caos al sostenimiento de un presidente inmoral
incorregible como Toledo que permitirá el "a río revuelto ganancia de
pescadores"?.
La izquierda en el Perú tiene una enorme responsabilidad si avala este
proceso electoral espurio participando en él sin ir primero a una Asamblea
Constituyente, única manera de reconstruir el Estado de Derecho aniquilado y
corroído hasta sus entrañas por la dupla Fujimori - Montesinos. Tiene una
enorme responsabilidad si no fuerza la inmediata salida de Toledo a fin de
exigir un gobierno provisorio que convoque a esa constituyente indispensable
para el inicio del reordenamiento constitucional y democrático del país. La
ruptura del esquema planteado por la fuerzas neoliberales, donde ahora se
inscribe el APRA en alianza con el norteamericano Kuczynski y los sectores
empresariales más dogmáticos, es obligatoria para la izquierda entendida
como las fuerzas del campo popular. Y en estos tiempos de concertación,
consenso y gobernabilidad, el primer acuerdo a lograr debe ser el de la
formación de un frente amplio de la izquierda de candidatura única. Ya que
si este principal consenso no se pueden lograr otros o nos preguntamos ¿cómo
hablar de consensos mayores?
El sostenimiento de Toledo a través del último blindaje a su ominosa
presidencia, acordado por el Congreso a raíz del informe sobre la fábrica de
firmas falsas de la que fue fundador y activo partícipe, significa el sucio
acuerdo entre gobierno y oposición. Pacto hecho de espaldas al país, para
llegar a las elecciones generales y al nuevo reparto del Estado putrefacto
que no se quiere desinfectar para luego reconstruir. Este blindaje a Toledo
era de esperarse porque jamás el Congreso, que es parte importante en el
tinglado manipulador e indecente de conservar el status quo, va a destituir
un presidente que sirve al proceso de continuidad de la misma "clase
política" degenerada. Salvo, claro está, este Congreso se vea en la
disyuntiva de la presión popular manifestándose radicalmente por la caída
inmediata del régimen a fin de salvar la democracia auténtica y no la
caricatura de ella. Los ejemplos actuales de Bolivia y Ecuador son
elocuentes en la medida que centran el problema de la sucesión de un
gobierno bajo la exigencia de un cambio fundamental en la sociedad antes que
sea demasiado tarde.
Alejandro Toledo es actualmente un presidente debilitado, sin mando posible,
llevado a la deriva por la corriente de llegar al final de su mandato contra
viento y marea. En otras palabras, hace un buen tiempo ha dejado de gobernar
y son los intereses a su alrededor quienes lo llevan de la mano, amenazado y
vencido, a negociar y firmar acuerdos de continuidad al dogmático recetario
neoliberal cuando en la América del Sur brillan ya nuevas concepciones sobre
el manejo económico en Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Venezuela, la
propia Bolivia convulsionada y Ecuador en proceso de transición. Toledo es
la retaguardia, el rezago, la tropa trasera de la Casa Blanca con la cual
arrastra al Perú a quedarse años atrás de los demás países. Lo demuestra por
ejemplo en la obstinación de firmar el Tratado de Libre Comercio TLC con
Estados Unidos, junto a Colombia, cuando ya los pueblos ecuatoriano y
boliviano han dicho basta de negociación a sus espaldas. Si el Perú quiere
avanzar en el camino democrático serio, el relevo de Toledo es indispensable
para convocar una Asamblea Constituyente y luego ir a elecciones generales.
La carreta no puede ir adelante de los bueyes. No hay lugar para repetir la
historia.