os informativos europeos dicen que la presión internacional hizo
aparecer al architerrorista Luis Posada Carriles en Estados Unidos. La
gigantesca manifestación en Cuba, que reunió 1,2 millón de personas , la
mayor desde las que reclamaron el retorno del niño Elián González, es
mencionada en primer término en ese sentido. La Casa Blanca ya no pudo
decir que ignoraba su paradero, y quedó entre la espada y la pared. ¿Qué
dice ahora Bush, que en su hora afirmó que los protectores de los
terroristas eran tan criminales como los terroristas mismos? El gobierno
de Venezuela reclama la extradición de Posada, por el crimen que fraguó en
ese país el 6 de octubre de 1976 contra el avión CU-455 de Cubana. Las
autoridades norteamericanas se niegan y se refugian en la Justicia.
Fidel Castro recordó 16 veces en estos días el prontuario y las
andanzas últimas del criminal agente de la CIA, a quien calificó, junto
con Orlando Bosch (implicado directo en el asesinato en Washington de
Orlando Letelier, luego amnistiado por Bush padre para pasar a vivir en
Miami), como "los máximos exponentes del terrorismo imperialista contra
nuestro pueblo".
Después del indulto indecoroso de Mireya Moscoso, que lo sacó de la
cárcel donde estaba recluido por el intento de magnicidio en la Cumbre de
Panamá, fue detectado el pasaje de Posada Carriles por varios países, el
último México, en isla Mujeres (aunque también el presidente Fox y el
canciller Derbez fingieron demencia al respecto). El 10 de marzo
desembarcó clandestino en Miami. Los servicios de inmigración y los
hipertrofiados aparatos de seguridad no detectaron nada. Fidel Castro
mencionó incluso el nombre del barco que lo había transportado (propiedad
de dos terroristas) y ahora preguntó por qué tardaron más de dos meses en
averiguar su paradero. Aunque su abogado E. Soto reclamó asilo para él
alegando que por 40 años sirvió a la CIA, las autoridades seguían negando
su presencia en EEUU. Hasta que no pudieron seguir representando la farsa
que los ponía en ridículo ante el mundo.
Los acontecimientos se precipitaron. El martes Posada Carriles hizo una
entrevista de prensa semi-clandestina e intentó huir de EEUU. Vimos un
fragmento por CNN: lamentable, tartamudeante, obcecado. Recién entonces le
echó el guante el servicio de inmigración y lo pasó a agentes federales,
siendo tratado en forma deferente, cariñosa casi, sin esposarlo en ningún
momento. En la entrevista intentó negar sus crímenes. Pero el embajador de
Venezuela en Washington, Alvarez, recordó que había ido enjuiciado y
condenado con prisión en Venezuela (de donde se fugó con ayuda de la CIA
antes del término de su condena, bajo el gobierno de Luis Herrera
Campins.)
El embajador recordó que el viernes 13 el gobierno venezolano entregó
formalmente su pedido de extradición, basado en el tratado de extradición
vigente entre ambos países. El vocero Scott Mc Clellan alegó que el asunto
está en manos de la justicia, que decidirá cuando le parezca, pero otros
se adelantaron a manifestar, en forma destemplada, que no habrá
extradición a Cuba ni a un país que comparta las posiciones de Cuba.
Lo cierto es que nunca un gobierno ha estado en posición tan desairada
como el de EEUU, que pretende fungir como líder de la lucha
antiterrorista. Incluso documentos recientemente desclasificados de la CIA
y el FBI muestran a Posada declarando: "Vamos a tumbar un avión cubano".
El comentario general es que Washington maneja dos medidas, dos raseros
distintos sobre terrorismo.
Máxime porque se conoce hasta en todos sus detalles el proceso de
gestación del crimen de Barbados. Están narrados por la periodista
venezolana Alicia Herrera en "Pusimos la bomba...¿y qué?", un libro de 207
páginas, modelo de periodismo de investigación que recoge las entrevistas
efectuadas en el Cuartel de San Carlos a los dos ejecutantes directos (los
fotógrafos venezolanos Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano) del atentado
que produjo la muerte de los 73 ocupantes del aparato, y que fue
orquestado por Posada Carriles y Bosch. El operativo fue concretado en una
quinta de Caracas el 5 de octubre, esa noche los dos ejecutantes parten
hacia Puerto España, capital de Trinidad-Tobago, donde a la mañana
siguiente toman el avión de Cubana, en el vuelo de 26 minutos hasta
Barbados colocan la bomba en el baño, se bajan en el aeropuerto de Seawell
(Barbados) y se enteran de la caída del aparato a poco de despegar hacia
Jamaica y La Habana. Misión cumplida, comunican a Posada y Bosch. Por la
noche huyen hacia Trinidad, donde a las 8 de la mañana del 7 de octubre
son detenidos y confiesan. Luego habrían de reproducir en lo esencial
estas declaraciones en el expediente instruido por el Tribunal 1º de
Primera Instancia en lo Penal de Venezuela. La condena alcanzó después a
Bosch y a Posada, que dicho sea de paso gozaba de todas las comodidades y
hasta seguía recibiendo un sueldo la Disip, Dirección de Seguridad e
Inteligencia Policial de Venezuela.
Porque Posada Carriles, nacido en Cuba, fue integrante de la policía
secreta de Batista, luego instructor de la CIA, director de campos de
entrenamiento de contrarrevolucionarios, y también funcionario de la
Disip. Organizó una red de mercenarios en El Salvador. El gobierno de ese
país lo proveyó de documentos falsos y facilitó sus andanzas por América
Central y la organización de atentados contra Cuba, financiados éstos por
su amigo Jorge Mas Canosa, presidente de la Federación Nacional
Cubano-Americana, el antro anticastrista. En 1998 se vanaglorió ante The
New York Times de haber organizado una serie de atentados en centros
turísticos de La Habana el año anterior.
Uno de éstos segó la vida del joven empresario italiano Fabio di Celmo.
Vimos en la TV europea imágenes del padre de Di Celmo llorando y
reclamando la extradición del gestor de su asesinato.
Sobre el terrorismo del imperio hay otro aspecto de actualidad que
veremos mañana.