| El
Tiempo de Bogotá - 28 y 29 de mayo de 2005
Fidel Castro
reveló que el escritor
fue su emisario ante la Casa Blanca
La misión
secreta de Gabo
Hace 7 años, Gabriel García
Márquez le llevó un mensaje confidencial de Fidel Castro
al entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton. La misión
dio pie a informe del escritor que Castro no duda en calificar de “maravilloso”.
En mayo de 1998, Gabriel García
Márquez fue portador de un mensaje del presidente cubano Fidel Castro
Ruz para el entonces presidente de Estados Unidos Bill Clinton. En el abordaba
confidencialmente siete temas. En el principal le informaba sobre actividades
terroristas contra sitios y aviones cubanos orquestadas de Estados Unidos
por gente del exilio.
Esa gestión de García
Márquez, de la que hay un informe suyo, fue un secreto hasta hace
9 días, cuando Castro, en medio del debate sobre el caso Posada
Carriles, reveló el episodio en un discurso que llamó ‘La
conducta diferente', con el fin de demostrar cómo en otros tiempos
sí hubo acercamientos entre La Habana y Washington para enfrentar
la amenaza terrorista.
Castro le consultó a García
Márquez sobre lo que pensaba hacer. En una nota que le envió
a Europa le dijo: “(tengo la imprescindible necesidad de revelar) el maravilloso
informe que me remitiste y lleva tu inconfundible estilo. Son como las
memorias mías y pienso que las tuyas estarían incompletas
si no contienen ese mensaje”.
Este es
el informe de García Márquez
A fines de marzo, cuando confirmé a la Universidad de
Princeton que iría a hacer un taller de literatura desde el 25 de abril,
le pedí por teléfono a Bill Richardson que me gestionara una visita
privada con el presidente Clinton para hablarle de la situación
colombiana. Richardson me pidió que lo llamara una semana antes de mi
viaje para darme una respuesta. Días después fui a La Habana en busca de
algunos datos que me faltaban para escribir un artículo de prensa sobre la
visita del Papa, y en mis conversaciones con Fidel Castro le mencioné la
posibilidad de entrevistarme con el presidente Clinton. De allí surgió la
idea de que Fidel le mandara un mensaje confidencial sobre un siniestro
plan terrorista que Cuba acababa de descubrir, y que podía afectar no sólo
a ambos países sino a muchos otros. Él mismo decidió que no fuera una
carta personal suya, para no poner a Clinton en el compromiso de
contestarle, y prefirió una síntesis escrita de nuestra conversación sobre
el complot y sobre otros temas de interés común. Al margen del texto, me
sugirió dos preguntas no escritas que yo podría plantear a Clinton si las
circunstancias fueran propicias.
Aquella noche tomé conciencia de que mi viaje a
Washington había sufrido un giro imprevisto e importante, y no podía
seguir tratándolo como una simple visita personal. Así que no sólo le
confirmé a Richardson la fecha de mi llegada, sino que le anuncié por
teléfono que llevaba un mensaje urgente para el presidente Clinton. Por
respeto al sigilo acordado no le dije por teléfono de quién era —aunque él
debió suponerlo— ni le dejé sentir que la demora de la entrega podía ser
causa de grandes catástrofes y muertes de inocentes. Su respuesta no llegó
durante mi semana en Princeton, y esto me hizo pensar que también la Casa
Blanca estaba valorando el hecho de que el motivo de mi primera solicitud
había cambiado. Llegué inclusive a pensar que la audiencia no sería
acordada.
Sospecha maligna
Tan pronto como llegué a Washington el viernes primero de
mayo, un asistente de Richardson me informó por teléfono que el Presidente
no podía recibirme porque estaría en California hasta el miércoles 6, y yo
tenía previsto viajar a México un día antes. Me proponían, en cambio, que
me reuniera con el director del Consejo Nacional de Seguridad de la
Presidencia, Sam Berger, quien podía recibirme el mensaje en nombre del
Presidente.
Mi sospecha maligna fue que se estaban interponiendo
condiciones para que el mensaje llegara a los servicios de seguridad pero
no a las manos del Presidente. Berger había estado presente en una
audiencia que me concedió Clinton en la Oficina Oval de la Casa Blanca, en
septiembre de 1997, y sus escasas intervenciones sobre la situación de
Cuba no fueron contrarias a las del Presidente, pero tampoco puedo decir
que las compartiera sin reservas. Así que no me sentí autorizado para
aceptar por mi cuenta y riesgo la alternativa de que Berger me recibiera
en vez del Presidente, sobre todo tratándose de un mensaje tan delicado, y
que además no era mío. Mi opinión personal era que sólo debía entregarse a
Clinton en su mano.
Lo único que se me ocurrió por lo pronto fue informar a
la oficina de Richardson que si el cambio de interlocutor se debía sólo a
la ausencia del Presidente, yo podía prolongar mi estancia en Washington
hasta que él regresara. Me contestaron que se lo harían saber. Poco
después encontré en mi hotel una nota telefónica del embajador James
Dobbins, Director para Asuntos Interamericanos del Consejo de Seguridad
Nacional (NSC) pero me pareció mejor no darla por recibida mientras se
tramitaba mi propuesta de esperar el regreso del Presidente.
No tenía prisa. Había escrito más de veinte páginas
servibles de mis memorias en el campus idílico de Princeton, y el ritmo no
había decaído en la alcoba impersonal del hotel de Washington, donde
llegué a escribir hasta diez horas diarias. Sin embargo, aunque no me lo
confesara, la verdadera razón del encierro era la custodia del mensaje
guardado en la caja de seguridad. En el aeropuerto de México había perdido
un abrigo por estar pendiente al mismo tiempo de la computadora portátil,
el maletín donde llevaba los borradores y los disquetes del libro en
curso, y el original sin copia del mensaje. La sola idea de perderlo me
causó un escalofrío de pánico, no tanto por la pérdida misma como por lo
fácil que habría sido identificar su origen y su destino. De modo que me
dediqué a cuidarlo mientras escribía, comía y recibía visitas en el cuarto
del hotel, cuya caja de seguridad no me merecía ninguna confianza, porque
no se cerraba por combinación sino con una llave que parecía comprada en
la ferretería de la esquina. La llevé siempre en el bolsillo, y después de
cada salida inevitable comprobaba que el papel seguía en su lugar y en el
sobre sellado. Lo había leído tanto, que casi lo había aprendido de
memoria para sentirme más seguro si tuviera que sustentar alguno de los
temas en el momento de entregarlo.
Siempre di por hecho además que mis conversaciones
telefónicas de aquellos días –como las de mis interlocutores— estaban
intervenidas. Pero me mantuvo tranquilo la conciencia de estar en una
misión irreprochable, que convenía tanto a Cuba como a los Estados Unidos.
Mi otro problema serio era que no tenía con quién ventilar mis dudas sin
violar la reserva. El representante diplomático de Cuba en Washington,
Fernando Remírez se puso por entero a mi servicio para mantener abiertos
los canales con La Habana. Pero las comunicaciones confidenciales son tan
lentas y azarosas desde Washington —y en especial para un caso de tanto
cuidado—, que las nuestras sólo se resolvieron con un emisario especial.
La respuesta fue una amable solicitud de que esperara en Washington cuanto
fuera necesario para cumplir la diligencia, tal como yo lo había resuelto,
y me encarecieron que fuera muy cuidadoso para que Sam Berger no se
sintiera desairado por no aceptarlo como interlocutor. El remate sonriente
del mensaje no necesitaba firma para saber de quién era: “Deseamos que
escribas mucho”.
La cena de Gaviria
Por una casualidad afortunada, el ex presidente César
Gaviria había organizado para la noche del lunes una cena privada con
Thomas ‘Mack’ McLarty, quien acababa de renunciar a su cargo de consejero
del presidente Clinton para América Latina, pero continuaba siendo su
amigo más antiguo y cercano. Nos habíamos conocido el año anterior, y la
familia Gaviria planeó la cena desde entonces con una finalidad doble:
conversar con McLarty sobre la indescifrable situación de Colombia y
complacer a su esposa en sus deseos de aclarar conmigo algunas inquietudes
que tenía sobre mis libros.
La ocasión parecía providencial. Gaviria es un gran
amigo, un consejero inteligente, original e informado como nadie de la
realidad de América Latina, y un observador alerta y comprensivo de la
realidad cubana. Llegué a su casa una hora antes de la acordada, y sin
tiempo de consultarlo con nadie me tomé la libertad de revelarle lo
esencial de mi misión para que me diera nuevas luces.
Gaviria me dio la verdadera medida del problema y me puso
sus piezas en orden. Me enseñó que las precauciones de los asesores de
Clinton eran apenas normales, por los riesgos políticos y de seguridad que
implica para un Presidente de los Estados Unidos recibir en sus manos y
por un conducto irregular una información tan delicada. No tuvo que
explicármelo, pues recordé al instante un precedente ejemplar: en nuestra
cena de Marta’s Vineyard, durante la crisis por la emigración masiva de
1994, el Presidente Clinton me autorizó para que le hablara de ése y de
otros temas calientes de Cuba, pero antes me advirtió que él no podía
decir ni una palabra. Nunca olvidaré la concentración con que me escuchó,
y los esfuerzos titánicos que debió hacer para no replicarme en algunos
temas explosivos.
Gaviria me alertó también en el sentido de que Berger es
un funcionario eficiente y serio que debía tomarse muy en cuenta en las
relaciones con el Presidente. Me hizo ver además que el solo hecho de
comisionarlo para atenderme era una deferencia especial de alto nivel,
pues solicitudes privadas como la mía solían dar vueltas durante años por
las oficinas periféricas de la Casa Blanca, o se las transferían a
funcionarios menores de la CIA o del Departamento de Estado. Gaviria, en
todo caso, parecía seguro de que el texto entregado a Berger llegaría a
manos del Presidente, y eso era lo esencial. Por último, como yo lo
soñaba, me anunció que al final de la cena me dejaría a solas con McLarty
para que me abriera el camino directo con el Presidente.
La noche fue grata y fructífera, solo con nosotros y la
familia Gaviria. McLarty es un hombre del sur, como Clinton, y ambos son
de un trato tan fácil e inmediato como el de la gente del Caribe. En la
cena se rompieron los hielos desde el principio, sobre todo en relación
con la política de los Estados Unidos para América Latina, y en especial
con el narcotráfico y los procesos de paz. ‘Mack’ estaba tan informado que
conocía hasta las minucias de la entrevista que me concedió el presidente
Clinton en septiembre pasado, en la cual se trató a fondo el derribo de
las avionetas en Cuba, y se mencionó la idea de que el Papa fuera mediador
de los Estados Unidos durante su visita a Cuba.
La posición general de McLarty en las relaciones con
Colombia —y por la cual parece dispuesto a trabajar— es que las políticas
de los Estados Unidos requieren un cambio radical. Nos dijo que el
gobierno estaba dispuesto a hacer contacto con cualquier presidente que
fuera elegido para ayudar a fondo en la paz. Pero ni él, ni otros
funcionarios con que hablé más tarde, tienen claro cuáles serían los
cambios. El diálogo fue tan franco y fluido, que cuando Gaviria y su
familia nos dejaron solos en el comedor, McLarty y yo parecíamos viejos
amigos.
Sin ninguna reticencia le revelé el contenido del mensaje
para su Presidente y no disimuló su sobresalto por el plan terrorista, aun
sin conocer los detalles atroces. No estaba informado de mi solicitud de
ver al Presidente, pero prometió hablar con él tan pronto como éste
regresara de California. Animado por la facilidad del diálogo, me atreví a
proponerle que me acompañara en la entrevista con el Presidente, y ojalá
sin ningún otro funcionario, para que pudiéramos hablar sin reservas. La
única pregunta que me hizo sobre eso —y nunca supe por qué— fue si
Richardson conocía el contenido del mensaje, y le contesté que no.
Entonces dio la charla por terminada con la promesa de que hablaría con el
Presidente.
La cita final
El martes temprano informé a La Habana por el conducto ya
habitual sobre los puntos básicos de la cena, y me permití una pregunta
oportuna: si el Presidente decidía al final no recibirme y le encomendaba
la tarea a McLarty y a Berger, ¿a cuál de los dos debía entregarle el
mensaje? La respuesta pareció inclinarse a favor de McLarty, pero con el
cuidado de no desairar a Berger.
Aquel día almorcé en el restaurante Provence con la
señora McLarty, pues nuestra conversación literaria no había sido posible
durante la cena de Gaviria. Sin embargo, las preguntas que ella llevaba
anotadas se agotaron pronto, y sólo quedó su curiosidad por Cuba. Le
aclaré todas las que pude y creo que quedó más tranquila. A los postres,
sin que se lo pidiera, llamó por teléfono a su esposo desde la mesa, y
éste me hizo saber que aún no había visto al Presidente pero esperaba
darme alguna noticia en el curso del día.
Antes de dos horas, en efecto, un asistente suyo me
informó a través de la oficina de César Gaviria que el encuentro sería
mañana en la Casa Blanca, con McLarty y tres altos funcionarios del
Consejo Nacional de Seguridad. Pensé que si uno de ellos hubiera sido Sam
Berger lo habrían dicho con su nombre, y ahora mi sentimiento fue el
contrario: me alarmó que no estuviera. ¿Hasta qué punto pudo haber sido
por un descuido mío en alguna llamada intervenida? Ahora no importaba:
puesto que McLarty había arreglado el asunto con el Presidente, éste debía
estar ya al corriente del mensaje. Así que mi decisión de no esperar más
fue inmediata e inconsulta: acudiría a la cita para entregar el mensaje a
McLarty. Tan seguro estaba, que reservé lugar en un vuelo directo para
México a las cinco y media de la tarde del día siguiente. En esas estaba
cuando recibí de La Habana la respuesta a mi última consulta con la
autorización más comprometedora que me han dado en la vida: “Confiamos en
tu talento”.
La cita fue a las 11:15 del miércoles 6 de mayo en las
oficinas de McLarty en la Casa Blanca. Me recibieron los tres funcionarios
anunciados del Consejo de Seguridad Nacional (NSC): Richard Clarke,
director principal de asuntos multilaterales y asesor del presidente en
todos los temas de política internacional, y especialmente en la lucha
contra el terrorismo y los narcóticos; James Dobbins, director principal
de NSC para asuntos interamericanos con rango de embajador, y asesor del
presidente para América Latina y el Caribe, y Jeff Delaurentis, director
de asuntos interamericanos del NSC y asesor especializado en el tema de
Cuba. En ningún momento surgió una coyuntura para preguntar por qué no
estaba Berger. Los tres funcionarios fueron de trato amable y una gran
corrección profesional.
No llevaba notas personales, pero conocía el mensaje al
dedillo, y en la agenda electrónica había anotado lo único que temía
olvidar: las dos preguntas fuera de texto. ‘Mack’ estaba terminando una
junta en otra oficina. Mientras llegaba, Dobbins me dio una visión
panorámica más bien pesimista de la situación de Colombia. Sus datos eran
los mismos de McLarty en la cena del lunes, pero los manejaba con más
familiaridad. Yo le había dicho a Clinton el año anterior que la política
antidroga de los Estados Unidos era un agravante funesto de la violencia
histórica de Colombia. Por eso me llamó la atención que este grupo de NSC
—sin referirse a mi frase, por supuesto— parecía de acuerdo en que debía
cambiarse. Fueron muy cuidadosos en no dar juicios sobre el gobierno ni
los candidatos actuales, pero no dejaron dudas de que la situación les
parecía catastrófica y de futuro incierto. No me alegré por los propósitos
de enmienda, pues varios observadores de nuestra política en Washington me
los habían comentado con alarma. “Ahora que quieren ayudar de verdad son
más peligrosos que nunca —me dijo uno de ellos— porque quieren meterse en
todo”.
McLarty, con un traje cortado sobre medida y sus buenas
maneras, entró con la premura de alguien que hubiera interrumpido un
asunto capital para ocuparse de nosotros. Sin embargo, impuso a la reunión
un tono reposado, útil y de buen humor. Desde la noche de la cena me
agradó que hablara mirando siempre a los ojos. Así fue en la reunión.
Después de un abrazo cálido se sentó frente a mí, apoyó las manos en sus
rodillas, y abrió la charla con una frase de cajón tan bien dicha que
pareció verdad: “Estamos a su disposición”.
Quise establecer de entrada que iba a hablar por derecho
propio sin más méritos ni mandato que mi condición de escritor, y en
especial sobre un caso tan abrasivo y comprometedor como Cuba. De modo que
empecé con una precisión que no me pareció superflua para las grabadoras
ocultas: “Esta no es una visita oficial”.
Todos aprobaron con la cabeza y su solemnidad imprevista
me sorprendió. Entonces conté de un modo simple y en un estilo de
narración doméstica, cuándo, cómo y por qué había sido la conversación con
Fidel Castro que dio origen a las notas informales que debía entregar al
presidente Clinton. Se las di a McLarty en el sobre cerrado, y le pedí el
favor de que las leyera para poder comentarlas. Era la traducción inglesa
de siete temas numerados en seis cuartillas a doble espacio: complot
terrorista, complacencia relativa por las medidas anunciadas el 20 de
marzo para reanudar vuelos a Cuba desde los Estados Unidos, viaje de
Richardson a La Habana en enero de 1998, rechazo argumentado de Cuba a la
ayuda humanitaria, reconocimiento por el informe favorable del Pentágono
sobre la situación militar de Cuba —era un informe en que se afirmaba que
Cuba no representaba ningún peligro para la seguridad de Estados Unidos,
lo añado yo—, beneplácito por la solución de la crisis de IraK y gratitud
por los comentarios que hizo Clinton ante Mandela y Kofi Annan en relación
con Cuba.
McLarty no lo leyó para todos en voz alta como yo
esperaba, y como sin duda habría hecho si lo hubiera conocido de antemano.
Lo leyó sólo para él, al parecer con el método de lectura rápida que puso
de moda el presidente Kennedy, pero los cambios de las emociones se
reflejaban en su rostro como destellos en el agua. Yo lo había leído
tantas veces que casi pude deducir a qué puntos del documento correspondía
cada uno de sus cambios de ánimo.
El primer punto, sobre el complot terrorista, le arrancó
un gruñido: “Es terrible”. Más adelante reprimió una risa traviesa, y
exclamó sin interrumpir la lectura: “Tenemos enemigos comunes”. Creo que
lo dijo a propósito del punto cuarto, donde se describe la conspiración de
un grupo de senadores para sabotear la aprobación de los proyectos
Torres-Rangel y Dodd, y se agradecen los esfuerzos de Clinton para
salvarlo.
Todos impresionados
Al terminar la lectura, le pasó el papel a Dobbins, y
éste a Clarke, quienes lo leyeron mientras ‘Mack’ exaltaba la personalidad
de Mortimer Zuckerman, dueño de la revista US News and World Report, que
había viajado a La Habana en febrero pasado. Hizo el comentario por una
mención que acababa de leer en el punto sexto del documento, pero no
contestó la pregunta implícita de si Zuckerman había informado a Clinton
de las dos conversaciones de doce horas que sostuvo con Fidel Castro.
El punto que ocupó casi todo el tiempo útil después de la
lectura fue el del plan terrorista que impresionó a todos. Les conté que
había volado a México después de conocerlo en La Habana y tuve que
sobreponerme al terror de que estallara la bomba. El momento me pareció
oportuno para colocar la primera pregunta personal que me había sugerido
Fidel: ¿No sería posible que el FBI hiciera contacto con sus homólogos
cubanos para una lucha común contra el terrorismo? Antes de que
reaccionaran, les agregué una línea de mi cosecha: “Estoy seguro de que
encontrarían una respuesta positiva y pronta por parte de las autoridades
cubanas”.
Me sorprendieron la inmediatez y la energía de la
reacción de los cuatro. Clarke, que parecía ser el más cercano al tema,
dijo que la idea era muy buena, pero me advirtió que el FBI no se ocupaba
de asuntos que fueran publicados en los periódicos mientras estuvieran en
investigación. ¿Estarían los cubanos dispuestos a mantener el caso en
secreto? Ansioso por colocar la segunda pregunta le di una respuesta para
distender el ambiente: “Nada les gusta más a los cubanos que guardar un
secreto”.
A falta de un motivo apropiado para la segunda pregunta,
la resolví como una afirmación mía: la colaboración en materia de
seguridad podría abrir paso a un clima propicio para que se autorizaran de
nuevo los viajes de norteamericanos a Cuba. La astucia salió mal, porque
Dobbins se confundió, y dijo que eso quedaría resuelto cuando se
implantaran las medidas anunciadas el 20 de marzo.
Aclarado el equívoco, hablé de la presión a que me
encuentro sometido por los muchos norteamericanos de toda clase que me
buscan para que los ayude a hacer en Cuba contactos de negocios o de
placer. Entre ellos mencioné a Donald Newhouse, editor de varias
publicaciones periódicas y presidente de la Associated Press (AP), quien
me ofreció una cena estupenda en su mansión campestre de New Jersey al
terminar mi taller en la Universidad de Princeton. Su sueño actual es ir a
Cuba para tratar con Fidel en persona la instalación de una oficina
permanente de la AP en La Habana, semejante a la que tiene la CNN.
No puedo asegurarlo, pero me parece que en la animada
conversación de la Casa Blanca quedó claro que no tenían, o no conocen o
no quisieron revelar ningún propósito inmediato de reanudar los viajes de
norteamericanos a Cuba. Lo que sí debo destacar es que en ningún momento
se habló de reformas democráticas, ni de elecciones libres o derechos
humanos, ni de ninguno de los latiguillos políticos con que los
norteamericanos pretenden condicionar cualquier proyecto de colaboración
con Cuba. Al contrario, mi apreciación más nítida de este viaje es la
certidumbre de que la reconciliación está empezando a decantarse como algo
irreversible en el inconsciente colectivo.
Clarke nos llamó al orden cuando la conversación empezó a
derivar, y me precisó –tal vez como un mensaje— que ellos darían los pasos
inmediatos para un plan conjunto de Cuba y los Estados Unidos contra el
terrorismo. Al final de una larga anotación en su libreta, Dobbins
concluyó que se comunicarían con su embajada en Cuba para encaminar el
proyecto. Yo hice un comentario irónico sobre el rango que le daba a la
Oficina de Intereses en La Habana, y Dobbins me replicó con buen humor:
“Lo que tenemos allá no es una embajada pero es mucho más grande que una
embajada”. Todos rieron no sin cierta malicia de complicidad. No se
discutieron más puntos, pues en verdad no era del caso, pero confío en que
los hayan analizado después entre ellos.
La reunión, contado el retraso de ‘Mack’, duró cincuenta
minutos. ‘Mack’ la dio por terminada con una frase ritual: “Sé que usted
tiene una agenda muy apretada antes de volver a México y también nosotros
tenemos muchas cosas por delante”. Enseguida hizo un párrafo breve y
ceñido que pareció una respuesta formal a nuestra gestión. Sería temerario
intentar una cita literal, pero el sentido y el tono de sus palabras era
expresar su gratitud por la gran importancia del mensaje, digno de toda la
atención de su gobierno, y del cual se ocuparían de urgencia. Y a manera
de final feliz, mirándome a los ojos, me coronó con un laurel personal:
“Su misión era en efecto de la mayor importancia, y usted la ha cumplido
muy bien”. Ni el pudor que me sobra ni la modestia que no tengo me han
permitido abandonar esa frase a la gloria efímera de los micrófonos
ocultos en los floreros.
Salí de la Casa Blanca con la impresión cierta de que el
esfuerzo y las incertidumbres de los días pasados habían valido la pena.
La contrariedad de no haber entregado el mensaje al Presidente en su
propia mano me parecía compensada por lo que fue un cónclave más informal
y operativo cuyos buenos resultados no se harían esperar. Además,
conociendo las afinidades de Clinton y ‘Mack’, y la índole de su amistad
desde la escuela primaria, estaba seguro de que el documento llegaría
tarde o temprano a las manos del Presidente en el ámbito cómplice de una
sobremesa. Al término de la reunión, también la Presidencia de la
República se hizo presente con un gesto gallardo: a la salida de la
oficina, un ujier me entregó un sobre con las fotos de mi visita anterior
tomadas seis meses antes en la Oficina Oval. De modo que mi única
frustración en el camino del hotel era no haber descubierto y gozado hasta
entonces el milagro de los cerezos en flor de aquella primavera
espléndida.
Apenas tuve tiempo de hacer la maleta y alcanzar el avión
de las cinco de la tarde. El que me había llevado de México catorce días
antes tuvo que regresar a su base con una turbina averiada, y esperamos
cuatro horas en el aeropuerto hasta que hubo otro avión disponible. El que
tomé de regreso a México, después de la reunión en la Casa Blanca, se
retrasó en Washington una hora y media mientras reparaban el radar con los
pasajeros a bordo. Antes de aterrizar en México, cinco horas después, por
causa de una pista fuera de servicio. Desde que empecé a volar hace
cincuenta y dos años, nunca me había sucedido nada semejante. Pero no
podía ser de otro modo, para una aventura pacífica que ha de tener un
sitio de privilegio en mis memorias.
Mayo 13 de 1998 |