| Los esclavos
de nuestro tiempo
Inmigrantes
apátridas:
tírelos después de usar
Jorge
Majfud
Una de las imágenes más típicas —corrijamos: estereotípicas—
de un mexicano ha sido, desde el siglo pasado, un hombre de poca estatura,
borracho y pendenciero que, cuando no aparecía con una guitarra cantando un
corrido, se lo retrataba sentado en una calle echándose una siesta debajo de su
enorme sobrero. Esta imagen del perfecto holgazán, del vicioso irracional,
podemos verla desde viejas ilustraciones del siglo XIX hasta los souvenirs que
los mismos mexicanos producen en masa para satisfacer la industria turística,
pasando por las tiras cómicas de las revistas y los dibujos animados de Walt
Disney y Warner Bros en el siglo XX. Sabemos que nada es casualidad; aún los
defensores de la “inocencia” del arte, del valor intrascendente y pasatista del
cine, de la música y de la literatura no pueden impedir que señalemos la
trascendencia ética y la funcionalidad ideológica de los personajes más
infantiles y de las narraciones más “neutrales.” Claro, el arte es mucho más
que un mero instrumento ideológico; pero eso no lo salva de la manipulación que
un grupo humano hace de él en beneficio propio y en perjuicio ajeno. Al menos
que no llamemos “arte” a esa basura.
Ironías del destino: pocos grupos humanos, como los
mexicanos que viven hoy en Estados Unidos —y, por extensión, los demás grupos
hispanos—, pueden decir que representan mejor el espíritu de sacrificio y de
trabajo de este país. Pocos (norte)americanos podrían competir con esos
millones de abnegados trabajadores que podemos ver por todas partes, sudando
bajo el sol en los más sofocantes días de verano, en las ciudades y en los
campos, desparramando asfalto caliente o quitando la nieve de los caminos,
arriesgando sus vidas en altas torres en construcción o lavando los cristales
de importantes oficinas donde se decide la suerte de millones de personas que,
en el lenguaje posmoderno, se conocen como “consumidores.” Por no mencionar a
sus compañeras que hacen el resto del trabajo difícil —ya que no podemos
llamarlo “sucio”—, ocupando puestos en los que rara vez veremos a ciudadanos
con derechos plenos. Nada de lo cual justifica el discurso racista que el
presidente de México, Vicente Fox, hiciera recientemente, declarando que los
mexicanos hacían en Estados Unidos el trabajo que “ni los negros americanos
quieren hacer.” La presidencia nunca se retractó, nunca reconoció este “error”
sino que, por el contrario, acusó al resto de la humanidad de haber
“malinterpretado” sus palabras. Luego procedió a invitar a un par de líderes
“afroamericanos” (algún día me explicarán qué tienen estos americanos de
africanos), haciendo ejercicio de una vieja táctica: al rebelde, al disconforme
se lo neutraliza con flores, a las fieras con música y a los esclavos
asalariados con cine y con prostíbulos. Claro, hubiese bastado con evitar el
adjetivo “negro” cambiándolo por el de “pobre.” En el fondo, este maquillaje
semántico hubiese sido más inteligente aunque nunca del todo libre de sospecha.
La ética capitalista condena el racismo, ya que su lógica productiva es
indiferente a las razas y, como lo demuestra el siglo XIX, el tráfico de
esclavos siempre fue contra sus intereses de producción industrial. Por lo
tanto, el humanismo antirracista ya tiene un lugar ganado en el corazón de los
pueblos y ya no es tan fácil extirparlo si no es a través de prácticas ocultas
detrás de elaborados y convincentes discursos sociales. Sin embargo, la misma
ética capitalista aprueba la existencia de “pobres”, por lo cual no hubiese
escandalizado a nadie si en lugar de “negros”, el presidente mexicano hubiese
dicho “pobres americanos.” Todo lo que demuestra, por otra parte, que no sólo
los del norte viven de los infelices inmigrantes que arriesgan su vida cruzando
la frontera, sino también los políticos y la clase dirigente del sur que
obtienen, millonarias remesas mediante, el segundo ingreso más importante del
país después del petróleo, vía “Wester-Union-madre-pobre”, de la sangre y del
sudor de los expulsados por el mismo sistema que se enorgullece de ellos y así
los premia, con tan brillantes discursos que sólo sirven para sumarles un
problema más a sus desesperadas vidas de prófugos productivos.
La violencia no es sólo física; también es moral.
Luego de contribuir con una parte imprescindible de la economía de este país y
de los países de los cuales proceden —de aquellos países de los que fueron
expulsados por el hambre, la desocupación y el despreivilegio de la
corrupción—, los hombres sin nombre, los No-identificados, deben volverse a sus
hacinadas habitaciones con el temor de ser descubiertos en la ilegalidad.
Cuando se enferman, simplemente resisten, hasta que están al borde de la muerte
y acuden a un hospital donde suelen recibir el servicio y la comprensión de una
parte consciente de la población mientras otra parte pretende negársela. Es
este último el caso de varias organizaciones anti-inmigrantes que, con la
excusa de proteger las fronteras o defender la legalidad, ha promovido leyes y
actitudes hostiles que, de forma creciente, les niega el derecho humano a la
salud o a la tranquilidad a todos aquellos trabajadores que han caído en la
ilegalidad por la fuerza de la necesidad, por el imperio de la lógica del mismo
sistema que no los reconoce, que traduce sus contradicciones en muertos y
reventados. Por supuesto que no podemos ni debemos estar a favor de algún tipo
de ilegalidad. Una democracia es aquel sistema donde las reglas se cambian; no
se quiebran. Pero las leyes son producto de una realidad y de un pueblo, se
cambian o se conservan según los intereses de quienes tienen el poder de
hacerlo y a veces este interés puede pasar por encima de los más elementales
Derechos Humanos. Los trabajadores inodumentados nunca tendrán el más mínimo
derecho de participar siquiera en algún simulacro electoral, ni de este ni del
otro lado de la frontera: han nacido sin tiempo y sin espacio propio, con la
única función de dejar su sangre en el proceso productivo, en el mantenimiento
del orden de privilegios que repetidamente los excluye y, al mismo tiempo, se
sirve de ellos. Todos saben que existen, todos saben dónde están, todos saben
de dónde vienen y hacia dónde van; pero nadie quiere verlos. Tal vez sus hijos
dejen de ser esclavos asalariados, malnacidos, pero para entonces los esclavos
habrán muerto. Y si no hay cielo se habrán jodido del todo. Y si lo hay y no
tuvieron tiempo de repetir cien veces las palabras correctas, peor, porque se
irán al Infierno, el reconocimiento póstumo en lugar de alcanzar el olvido y la
paz tan anhelada.
Mientras los ciudadanos, los “verdaderos humanos”,
mantengan los beneficios de sus sirvientes con salarios mínimos y prácticamente
sin derechos, día y noche amenazados por todo tipo de fantasmas, no tendrían
ninguna necesidad de cambiar las leyes para reconocer una realidad instaurada a
posteriori. Lo cual hasta parece lógico. Sin embargo, lo que deja de ser
“lógico” —si descartamos algún tipo de ideología racista— son los argumentos de
aquellos que acusan a los trabajadores inmigrantes de perjudicar la economía
del país haciendo uso de servicios como los de hospitalización. Por supuesto
que estos grupos anti-inmigrantes ignoran que el Social Security de Estados
Unidos recibe la nada despreciable suma de siete billones de dólares anuales
por parte de las contribuciones que hacen los inmigrantes ilegales y
que, de morirse el trabajador antes de alcanzar la legalidad, nunca recibirán
beneficio alguno. Lo que significa menos comensales para un mismo banquete.
Tampoco pueden entender, claro está, que si un empresario tiene una flota de
camiones debe destinar un porcentaje de sus beneficios para reparar el
desgaste, los imperfectos y los accidentes que de dicha actividad se derivan.
Sería un razonamiento interesante, sobre todo para un empresario capitalista,
no enviar esos camiones al servicio para ahorrarse la erogación del
mantenimiento; o enviarlo y echarle luego la culpa al mecánico de estar
aprovechándose de su negocio. No obstante, esta es la clase y la altura de los
argumentos que se leen en los periódicos y se escucha en la televisión, casi a
diario, por parte de estos grupos de enardecidos “patriotas” que, aunque lo
reclamen, no representan a un pueblo mucho más heterogéneo de lo que puede
verse desde afuera —millones de hombres y mujeres, olvidados por la simplista
retórica anti-americana, sienten y actúan de otra forma, de forma más humana.
Claro que no sólo les falla la dialéctica. También
sufren de desmemoria. Olvidaron, de súbito, de dónde descendían sus abuelos.
Salvo un reducidísimo grupo étnico de americanos-americanos —me refiero a los
indígenas que llegaron antes de Colón y del Mayflower, y que son los únicos que
nunca se los ven dentro de estos grupos de anti-inmigrantes, ya que entre los
xenófobos abundan los mismos hispanos, no por casualidad ciudadanos
recientemente “naturalizados”—. El resto
de los habitantes de este país ha venido de alguna parte del mundo que no es,
precisamente, donde están parados aquellos con sus perros, sus banderas, sus
mandíbulas adelantadas y sus binoculares de cazadores, salvaguardando las
fronteras de malolientes descamisados que pretenden hacerles algún mal atacando
la pureza de la identidad ajena. Olvidan, de súbito, de dónde procede gran
parte de los alimentos y las materias primas y en qué condiciones se producen.
De súbito olvidan que no están solos en este mundo y que este mundo no les debe
más de los que ellos le deben al mundo.
En otro momento he mencionado los ignorados
esclavos de África, que si son pobres por su culpa no son menos infelices por
culpa ajena; aquellos que proveen al mundo de los chocolates más finos o de las
maderas más caras sin las retribuciones mínimas que el orgulloso mercado
reclama como Ley Sagrada, estratégica fantasía ésta que sólo procura enmascarar
la única Ley que rige al mundo: la ley del poder y de los intereses bajo el
ropaje de la moral, la libertad y el derecho. Tengo en la memoria, grabada a
fuego, aquellos jóvenes aldeanos de un rincón remoto de Mozambique que cargaban
toneladas de troncos, quebrados y enfermos, por una paga inexistente o por una
cajilla de cigarrillos. Cargas millonarias que luego aparecían en los puertos
para enriquecer a algunos empresarios blancos que llegaban del extranjero,
mientras en los bosques quedaban algunos muertos, nada importante, aplastados
por los troncos e ignorados por la ley de su propio país.
De súbito olvidan o no quieren recordar. No les
pidamos más de lo que pueden. Recordemos brevemente, para nosotros, el efecto
de la inmigración en la historia. Desde la prehistoria, a cada paso encontraremos
movimientos de seres humanos, no de un valle al otro sino atravesando océanos y
continentes enteros. La “raza pura” reclamada por Hitler no había surgido por
generación espontánea o de alguna semilla plantada en el fango de la Selva
Negra sino que había atravesado media Asia y seguramente era el resultado de
incontables mestizajes y de una negada e inconveniente evolución (que emparenta
rubios con negros) que aclaró los originales rostros oscuros y puso oro en sus
cabellos y esmeralda en sus ojos. Luego de la caída de Constantinopla en manos
de los turcos, en 1453, la oleada de griegos hacia Italia provocó una gran
parte de ese movimiento económico y espiritual que luego conocimos como el
Renacimiento. Aunque generalmente se eche al olvido, también las inmigraciones
de los pueblos árabes y judíos provocaron, en la adormecida Europa de la Edad
Media, diferentes movimientos sociales, económicos y culturales que la
inmovilidad de la “pureza” había prevenido durante siglos. De hecho, la
vocación de “pureza” —racial, religiosa y cultural— que hundió al imperio
Español y lo llevó a la quiebra varias veces, a pesar de todo el oro americano,
fue la responsable de la persecución y expulsión de los judíos (españoles) en
1492 y de los árabes (españoles) un siglo después. Expulsión que,
paradójicamente, benefició a los Países Bajos y a Inglaterra en un proceso
progresista que culminaría con la Revolución Industrial. Y lo mismo podemos
decir de nuestros países latinoamericanos. Si me limitara sólo a mi país,
Uruguay, podría recordar los “años dorados” —si alguna vez existieron años de
este color— de su desarrollo económico y cultural, coincidentes, no por
casualidad, con una efervescencia inmigratoria que tuvo sus efectos desde
finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. Nuestro país no sólo
desarrolló uno de los sistemas de educación más avanzados y democráticos de la
época, sino que, comparativamente, su población no tenía mucho que envidiarle
al progreso de los países más desarrollados del mundo, aunque careciera, por su
escala, del peso geopolítico que podían tener otros países de entonces.
Actualmente la inmovilidad cultural ha provocado una migración inversa, del
país de sus hijos y nietos al país de sus abuelos. La diferencia radica en que
los europeos que huían del hambre y de la violencia encontraron en el Río de la
Plata (y en tantos otros puertos de América Latina) las puertas abiertas de par
en par; sus descendientes, o los hijos y nietos de aquellos que les abrieron
las puertas, entran ahora a Europa por la puerta de atrás, aunque en apariencia
caigan del cielo. Y si bien es necesario recordar que una gran parte de la
población europea los recibe de buena gana, en el trato, ni las leyes ni las
prácticas se corresponden con esta voluntad. Ni siquiera son ciudadanos de
tercera; no son nada y la casa se reserva el derecho de admisión, lo que puede
significar una patada en el traste y la deportación como criminales.
Para ocultar la vieja e insustituible Ley de los
intereses, se argumenta —como lo ha hecho con tantas sinrazones Oriana Fallaci—
que éstos no son los tiempos de la Primera o de la Segunda Guerra y, por lo
tanto, no se puede comparar una inmigración con la otra. De hecho, sabemos que
nunca un tiempo es asimilable a otro, pero sí que pueden ser comparados. O la
historia y la memoria no sirven para nada. Si en Europa se repitieran mañana
las mismas condiciones de necesidad económica que llevara a sus ciudadanos a
emigrar, rápidamente olvidarían el argumento de que estos tiempos no son
comparables a otros tiempos de la historia y, por lo tanto, es lícito olvidar.
Entiendo que, diferente a dos esferas en un
laboratorio, en una sociedad cada causa es un efecto y viceversa —una causa no
puede modificar un orden social sin convertirse en el efecto de sí misma o de
algo diferente—. Por la misma razón, entiendo que tanto la cultura (el mundo de
las costumbres y de las ideas) influye en un determinado orden económico y
material tanto como su relación inversa. La idea de la infraestructura
determinante es la base del código de lectura marxista, mientras que su inversa
(la cultura como determinante de la realidad socio-económica) lo es de aquellos
que reaccionaron ante la fama del materialismo. Por lo antes expuesto, entiendo
que el problema aquí radica en la idea de “determinismo,” ya sea en un sentido
como en el otro. A su vez cada cultura promueve un código de lectura según sus
propios Intereses y, de hecho, lo hace en la medida de su propio Poder. Una
síntesis de ambas lecturas es necesaria también en nuestro problema. Si la
pobreza de México, por ejemplo, fuese resultado sólo de una “deformación”
cultural —tal como lo proponen actualmente los especialistas y teóricos de la Idiotez
latinoamericana—, las nuevas necesidades económicas de los inmigrantes
mexicanos en Estados Unidos no producirían los trabajadores más estoicos y
sufridos que conoce este país: simplemente produciría “holgazanes inmigrados.”
Y la realidad parece mostrarnos otra cosa. Claro que, como dijo Jesús, “no hay
peor ciego que el que no quiere ver.”
University of Georgia, mayo de
2005
Jorge
Majfud
Escritor uruguayo
www.geocities.com/jorge_majfud
jmajfud@hotmail.com
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