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1 de junio de 2005
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Brecha de Uruguay - N° 1017 - 20 de mayo de 2005

“Filibuster”

La larga marcha de la contrarrevolución

El Senado de Estados Unidos comienza esta semana una batalla que muestra cuán lejos ha llegado la contrarrevolución iniciada por Ronald Reagan en 1980, y cuánto ha avanzado la brega de los conservadores por desandar siete décadas de historia.

Jorge A Bañales Desde Washington
Los próceres que fundaron Estados Unidos avizoraron dos amenazas principales para el equilibrio entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial: la demagogia que llevara a un partido a dominar la Cámara de diputados, y la vocación autoritaria de la presidencia.
En su sabiduría, los próceres dieron al Senado instrumentos que, aunque son elitistas, fuerzan a la negociación y la componenda. Uno de ellos es la maniobra parlamentaria conocida como filibuster, término derivado de la palabra castellana filibustero, pero que significa la táctica dilatoria que impide una resolución legislativa,
En la versión original de esta regla parlamentaria bastaba con que un solo senador se opusiera a una resolución y solicitara la palabra por cien horas para que se postergara la votación. Con apenas cuatro o cinco senadores opuestos a una resolución de hecho se paralizaba el proceso legislativo, y los partidos estaban forzados a buscar un compromiso.
En 1917 el Senado modificó un poco la regla y estableció que si dos tercios de los senadores estaban de acuerdo, podía limitarse el tiempo asignado para el debate. En 1975 el Senado retocó la regla parlamentaria otra vez, y redujo a 60 por ciento la proporción de senadores necesaria para que se ponga fin al filibuster y se vote sobre el asunto en consideración.
Y en años recientes, otra modificación estipuló que, en lugar de que cada senador partidario del filibuster gaste sus 100 horas de perorata, basta con que 41 senadores declaren que están dispuestos a hacerlo (lo cual representaría 4.100 horas de oratoria), para que el Senado, simplemente, abandone la votación.

LOS JUECES

Como esos sitios menores de la geografía –Waterloo, Ayacucho– que entraron en la historia sólo porque allí chocaron enormes ejércitos enemigos, el filibuster se ha transformado en la colina por la cual pelearán, más que republicanos y demócratas, dos corrientes ideológicas con larga historia en Estados Unidos.
El sistema judicial federal de Estados Unidos está compuesto por el Tribunal Supremo, con nueve magistrados, 13 tribunales de apelación y 94 tribunales federales. Para garantizar la independencia del Poder Judicial, la Constitución establece que los jueces sean designados por el Poder Ejecutivo y confirmados por el Senado. Una vez investidos, los jueces tienen su magistratura vitalicia, a menos que por graves transgresiones sean sometidos a juicio político en el Congreso.
La batalla en el Senado para la cual los demócratas han invocado el filibuster gira en torno a un puñado de jueces propuestos por el presidente George W Bush para magistraturas federales y que los demócratas repudian por considerarlos excesivamente conservadores.
Los republicanos amenazan con que emplearán el reglamento parlamentario para votar: primero, que el filibuster no se aplica a la designación de jueces federales y, segundo, que éstos pueden ser confirmados con mayoría simple, esto es 51 votos. Como réplica, los demócratas han sugerido que si Bush y sus republicanos aplican la aplanadora legislativa, ellos impedirán los debates y votaciones sobre proyectos de ley y de presupuesto. Ambos bandos llaman a ésta la “opción nuclear”, y con razón.

LARGA HISTORIA

El encono que evoca en los republicanos y el temor que causa en los demócratas esta confrontación han transformado en un portento lo que en otras épocas hubiera sido un mero trámite parlamentario. Es una puja cuyas raíces se hunden en generaciones pasadas.
Durante las tres primeras décadas del siglo XX los esfuerzos de los entonces llamados “progresistas” en defensa de los trabajadores, por el voto femenino o para poner coto al capitalismo salvaje, terminaron frustrados cuando el Tribunal Supremo de Justicia anuló las leyes aprobadas por el Congreso.
En la década de 1930, cuando la Gran Depresión dio al demócrata Franklin D Roosevelt la coyuntura para la aplicación de leyes “progresistas”, también le dio el respaldo ciudadano para lidiar con el Tribunal Supremo. Los conservadores todavía marcan como fecha crucial el año 1937, cuando el Tribunal Supremo rechazó las demandas contra la ley del seguro social, que estableció en Estados Unidos el sistema de jubilaciones para todos los trabajadores, administrado por el Estado.
En las cinco décadas siguientes, el Tribunal Supremo de Justicia dio su venia a leyes que prohibieron la discriminación racial y sexual, que estipularon la defensa del ambiente y los recursos naturales, que instauraron normas de seguridad laboral y privilegios para la educación y las oportunidades de trabajo de las minorías y las mujeres. Un hito en esta era de “progresismo” judicial ocurrió en 1973 cuando el Tribunal Supremo de Justicia dictaminó que el Estado no tenía atribuciones constitucionales para interferir con el derecho de una mujer a abortar.

LA CONTRARREVOLUCIÓN

Los conservadores veneran a Ronald Reagan como un adalid histórico, y por muchas razones que no son siempre evidentes para quienes desde el exterior atienden principalmente a la política internacional de Estados Unidos. Muchos dirigentes de esta corriente política a la cual bien le queda la designación de “reaccionaria” encontraron la senda para desfacer la revolución cuasi socialista que, según ellos ocurrió bajo Roosevelt. La senda del Poder Judicial.
Desde que llegó a la Casa Blanca en 1980, Reagan puso en marcha la designación de magistrados federales jóvenes y conservadores. Cass Sunstein, profesor de jurisprudencia en la Universidad de Chicago y quien trabajara para el Departamento de Justicia en la administración de Reagan, dice que ha examinado el tono ideológico de más de 16 mil veredictos de magistrados judiciales y ha encontrado que “el sistema judicial federal es ahora más conservador que en 1980”.
Inevitablemente el proceso de designación de magistrados federales se ha ido politizando. El Senado, que había confirmado el 91,8 por ciento de las designaciones de jueces hechas por el presidente Jimmy Carter (1977-1981), confirmó el 88,3 por ciento de los propuestos por Reagan (1981-1989). George Bush, presidente entre 1989 y 1993, sólo logró que el Senado confirmara el 79,2 por ciento de sus postulados y el proceso se tornó desde entonces cada vez más acrimonioso.
Bill Clinton, durante cuya administración (1993-1999) los demócratas perdieron la mayoría en la Cámara de diputados, logró que el Senado confirmara el 72,2 por ciento de los jueces que postuló, y desde 2001 el presidente George W Bush ha obtenido la aprobación de apenas el 67,3 por ciento de los jueces que ha propuesto para magistraturas estatales.
En resumen, desde 1981 los presidentes republicanos han designado 94 de los 179 jueces en los tribunales federales, y el demócrata Clinton ha designado 65.
Simultáneamente con este lento copamiento del sistema judicial federal por parte de los conservadores ha ocurrido una disminución de los casos resueltos por el Tribunal Supremo de Justicia, y un incremento de los casos decididos en los tribunales federales.
El año pasado los tribunales de apelación federales recibieron 62.762 casos, un aumento del 330 por ciento desde 1977. A su vez el Supremo emitió el año pasado 73 fallos, en tanto emitió durante la década de 1980 unos 150 por año.
El sistema jurídico de Estados Unidos, a diferencia del sistema de derecho romano que rige en los países latinoamericanos, opera sobre la tradición anglosajona de los casos precedentes, que van creando jurisprudencia.
La contienda por los jueces federales se ha tornado más apasionada en años recientes por las querellas relacionadas con asuntos que tocan la “fibra moral” de la sociedad: el aborto, los casamientos de homosexuales, el divorcio, la separación de religión y Estado, la protección ambiental, los derechos de los trabajadores, las leyes que castigan el acoso sexual y la discriminación, la investigación biogenética y de las células madre, la eutanasia.
Los fallos de estos magistrados darán el tono de la cultura por décadas, tal como los fallos de los tribunales federales de los años 1940, 1950 y 1960 ambientaron una “revolución cultural” en Estados Unidos.
Dadas las edades de los magistrados del Tribunal Supremo, es probable que en lo que resta del gobierno de Bush este presidente tenga la oportunidad de postular al menos uno, y quizá dos de los futuros jueces en ese tribunal.
Esto es, en realidad, lo que está en disputa en la batalla del filibuster.

ESCARAMUZAS

Este martes el jefe de la mayoría republicana en el Senado, Bill Frist, de Tennessee, y su contraparte en la bancada demócrata, Harry Reid, de Nevada, abandonaron las negociaciones que buscaban un acomodo y quedó planteada la confrontación.
Una vez que los republicanos presenten las candidaturas de jueces enviadas por Bush, y después de que los demócratas recurran al filibuster, Frist solicitará que se ponga fin a las tácticas dilatorias. Frist sabe bien de qué lado se le pone manteca a la tostada: en semanas recientes participó en una convención de cristianos conservadores en la que instó a que el Congreso permita la designación de jueces con fibra moral.
Es una canción que cantan otros republicanos y que se elevó a coro angustiado cuando, en marzo, el Tribunal Supremo de Justicia rehusó pronunciarse sobre el caso de Terry Schiavo, una mujer que había permanecido en estado vegetativo durante un cuarto de siglo, y cuyo esposo gestionó el permiso para desconectarla de los aparatos que la mantenían con vida. Ante la omisión del Supremo, la decisión que prevaleció fue la de un Tribunal de Apelación en Atlanta –obviamente, no controlado por jueces conservadores– y que permitió que se dejara morir a Schiavo.
El asunto apasionó a los cristianos y conservadores que sostienen que es necesaria la designación de jueces “con fibra moral” que contrarresten el “activismo judicial” de los magistrados que han permitido que el país caiga en la disolución, el pecado y el crimen.
En los próximos días, si Frist pide el fin del filibuster, habrá una votación sobre la regla en sí, para lo cual a los republicanos les basta con la mayoría simple. Tras eso, la designación de jueces se hará también por mayoría simple.
La victoria casi segura de los republicanos podría traer consecuencias amargas, pero no inmediatas: algún día los demócratas pueden recuperar la mayoría en el Senado y, con gusto, darán por muerto el filibuster. De esta contienda, la baja principal será la sabiduría de los próceres fundadores de la república que, por algo y para algo, diseñaron mecanismos que obligaban al compromiso.

 
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