| La
Vanguardia de España - 24 de mayo de 2005
Insurgencia
y terrorismo en Iraq
Lluís
Foix
Una web militante islámica ha pedido
oraciones por Abu Musab Zarqaui que ha sido herido “en su camino
hacia Dios”. No se ha verificado la noticia que circula por la red
sin que ni el ejército norteamericano ni la organización terrorista
Al Qaeda la hayan confirmado. Zarqaui es el sospechoso más buscado
en Iraq. La recompensa ofrecida por Estados Unidos por su captura
asciende a veinticinco millones de dólares.
Este jordano,
cojo y astuto, es el jefe de la resistencia iraquí que ha ordenado
la muerte de soldados norteamericanos, de civiles iraquíes y de la
policía nacional. Ha organizado el secuestro y degollación de varios
extranjeros que residían o trabajaban en Iraq.
El comunicado
de la web militante islámica incita a aumentar los ataques contra
los “enemigos de Dios” que han querido acabar con la vida de
Zarqaui. El personaje es la pesadilla de las tropas invasoras y
también de los iraquíes que después de dos años de guerra, de unas
elecciones y de un gobierno democrático tienen más inseguridad,
sufren más ataques terroristas y no consiguen alcanzar un punto
mínimo de convivencia.
¿Quién es Zarqaui? Un terrorista y un
insurgente que dirige las acciones de grupos de gentes que se
entregan a la muerte matando a cuantos más personas pueden por el
camino. No se sabe donde reside. Ni que estructura tiene ni tampoco
que vínculos tiene con el movimiento dirigido por el mítico Bin
Laden que tampoco se sabe donde para. Nació en Jordania y estuvo a
las órdenes de Al Qaeda mucho antes de los atentados del 11 de
septiembre en Nueva York.
Antes de la guerra había una
férrea dictadura en Iraq. Ahora hay un gobierno democrático que no
consigue sacar el país adelante debido a las acciones de estos
grupos violentos indiscriminados que dirigen los ataques de la
insurgencia. Tampoco había terrorismo de procedencia islámica en
Iraq y hoy es uno de los focos más peligrosos del mundo a pesar de
la presencia de más de ciento cincuenta mil soldados extranjeros en
el país.
No se pueden aceptar los métodos de Zarqaui tanto
por su violencia indiscriminada como por el sacrificio de cientos de
personas que nada tienen que ver con el conflicto. Su estrategia se
convierte en terrorismo en estado puro. Muchos de los que nos hemos
opuesto a esta guerra no podemos aprobar la violencia como
instrumento para conseguir objetivos políticos.
Pero la
historia está llena de terroristas que luego han sido declarados
estadistas. Es el caso de varios primeros ministros de Israel que en
su lucha de liberación en contra de los británicos mataron a cientos
de personas en Palestina. Shamir y Beguin son dos de los ejemplos
más conocidos.
Pero si no se puede admitir la violencia sin
escrúpulos de los seguidores de Zarqaui tampoco tiene sentido ético
el haber abierto un conflicto en Iraq con supuestos falsos y con
ambiciones de querer implantar la democracia en un país que se
desconocía y sobre el que no existían planes para normalizarlo
después de la caída de la dictadura de Saddam.
Los iraquíes
sufrieron con la dictadura pero sufren todavía más con la libertad
que les ha llegado con la fuerza de poderosos ejércitos invasores.
Hemos llegado a un punto en el que todo vale y en el que no se ve el
fin del conflicto sin la derrota definitiva de todos los que están
plantando cara a Estados Unidos y Gran Bretaña.
En este
choque de ideas y de ambiciones se pasea la perversidad del mal que
no tiene en cuenta nada más que el acabar con el enemigo. El
conflicto va para largo. Las heridas producidas por una sociedad que
ha vivido más de medio siglo entre una dictadura y una lucha civil
no se van a restañar con unas elecciones ni con discursos sobre la
libertad en el mundo.
El terrorismo de procedencia islámica
existe y pretende destruir los valores occidentales. Los atentados
en Madrid y en Estados Unidos son una sarcástica muestra de ello.
Pero lo que no ha dado resultado, ha sido una mala política, es
pretender acabar con este peligroso fenómeno con el despliegue de
ejércitos y de armas modernas.
Han transcurrido dos años
desde que George Bush proclamaba desde el portaaviones Lincoln que
los combates habían terminado. No sólo no han terminado sino que no
sabemos cómo van a proseguir ni hasta cuándo.
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