| La
Nación de Chile - 4 de junio de 2005
A 16
años de Tiananmen:
una China nueva, pero igual
Pese a exhibir
brillantes números de crecimiento y desarrollo económico,
las organizaciones de derechos humanos siguen reclamando al mundo presiones
para que Beijing abandone prácticas de represión y control
oficial, dignas de 1989.
lanacion.cl
En la noche del
3 al 4 de junio de 1989 China vivió uno de los episodios más
determinantes de su historia contemporánea. Para el gobierno de
Beijing se trató del “incidente contrarrevolucionario”, pero fuera
de las fronteras chinas es conocido como la matanza de la plaza Tiananmen.
Cientos o miles
de manifestantes pro democracia fueron asesinados luego que el gobierno
enviara tanques y soldados del Ejército de Liberación del
Pueblo para acabar con las protestas que ya duraban siete semanas en la
capital china. Miles de intelectuales y estudiantes se habían tomado
las calles, donde habían instalado sus carpas, para exigir un proceso
de apertura democrática, embriagados por los aires de la Perestroika
rusa.
Pero la “Primavera
de Beijing” terminó en sangre y los tanques aplastaron -literalmente-
a los manifestantes.
Diez y seis
años después, el gobierno de Beijing se prepara para las
tímidas manifestaciones de recuerdo, organizando festivales en las
regiones y dando días libres a los capitalinos para que puedan (aunque
el verbo debería ser más imperativo) viajar a las zonas rurales
a visitar familiares y salir de la capital.
Las órdenes
son las de siempre: mantener vigilada la plaza, prohibir las concentraciones
y arrestar a cualquier ciudadano que ose ondear una bandera.
Pero hoy, hay
más turistas que chinos cada 4 de junio en la explanada del centro
de Beijing. El férreo control oficial y la prosperidad económica
han hecho olvidar, en parte, las pasadas luchas.
“La gente que
participó en la manifestación y que ahora tampoco quiere
recordar se está traicionando a sí misma”, afirmó
Ding Zilin, fundadora de Madres de Tiananmen, y quien según grupos
pro derechos humanos tiene el teléfono intervenido desde 1992 y
es constantemente vigilada por el Buró de Seguridad Pública
chino.
LIBERTAD
ECONÓMICA CON CONTROL OFICIAL
Pero aunque
parte de la sociedad china ha olvidado, Beijing no olvida y la oscura sombra
de esos días sigue persiguiendo a los gobernantes chinos hasta hoy.
Cuando el Presidente Jiang Zemin dejó el poder en manos de Hu Jintao,
el mundo creyó que se comenzaba a escribir un nuevo capítulo
en las relaciones de Beijing con la historia y con la disidencia.
Pero las denuncias
de organismos como Amnistía Internacional o “Madres de Tiananmen”
dan cuenta de una realidad muy distinta. La apertura económica china
no ha significado necesariamente un mejor trato a los derechos humanos
en el gigante asiático de mil cien millones de habitantes.
El Presidente
Hu Jintao urgió el 24 de mayo a los miembros del Partido Comunista
y del gobierno a realizar más esfuerzos para mantener la estabilidad
social que permita avanzar en el desarrollo del país.
“Los primeros
20 años de este siglo son un periodo importante y estratégico
para las reformas y el desarrollo de China”, declaró en una reunión
con varios dirigentes. Pero sus planes, las tasas de crecimiento récord,
únicas en el mundo, y su creciente intercambio comercial con Europa
y Estados Unidos, no han hecho al régimen comunista más tolerante
con su disidencia interna.
Desde el control
de los medios e internet, hasta la persecución de las iglesias no
oficiales, el régimen sigue intentando acallar cualquier crítica.
Cuando Hu ascendió
al poder en el 2002, muchos esperaban que un nuevo líder podría
estar dispuesto a volver a examinar la represión militar de las
manifestaciones de Tiananmen, pero ha rechazado las solicitudes para hacerlo.
“Por inclinación,
Hu Jintao es un personaje más autoritario que el (ex Presidente)
Jiang Zemin”, opina Steve Tsang, especialista en política china
de la Universidad de Oxford.
Esta semana,
Beijing acusó a un reportero de Hong Kong de espiar para “una agencia
de inteligencia extranjera” e hizo arrestar a un sociólogo y un
funcionario de la Academia China de Ciencias Sociales por supuestamente
difundir secretos de Estado.
Asimismo, los
miembros de iglesias no aprobadas por el Estado se arriesgan a ser detenidos,
las salas de charla en la red mundial que representen un riesgo de agitación
son clausuradas, los periódicos enfrentan censura y se ha arrestado
a empleados de organizaciones noticiosas extranjeras por acusaciones de
espionaje. El mes pasado se canceló una conferencia internacional
sobre la democracia que se planeaba realizar en Beijing, aunque la capital
china está abierta a cualquier encuentro económico.
EL MUNDO
La posibilidad
de que la Unión Europea levante en el futuro el embargo de armas
impuesto en 1989 a China ha reabierto heridas y también disputas
entre quienes opinan que las medidas de presión a Beijing son anacrónicas,
y los grupos pro derechos humanos que piden que se mantengan.
Según
Amnistía Internacional, el gobierno chino, que constantemente exige
a Japón que “se mire en el espejo de la Historia” y no olvide las
atrocidades cometidas, debería “seguir su propio ejemplo y abordar
las pasadas y presentes injusticias”.
Pero parece
que las cifras económicas han hecho que el mundo olvidara muchas
denuncias. Y cómo no, si este mega-mercado de más de mil
millones de consumidores crece a un ritmo de 10% anual, si se espera que
este año el intercambio comercial externo aumente a mil 100 millones
de dólares y si la inversión extranjera llegará a
los 60 mil millones de dólares.
China es el
mayor productor mundial de ropa barata y el más importante consumidor
del momento. Pero este socio comercial ideal tiene los papeles manchados
en libertades internas y sería esperable que las grandes potencias,
que día a día temen menos y se acercan más a este
gigante, sean capaces, cual David ante Goliat, de exigirle números
azules también en respeto a los derechos humanos y no solo en la
caja chica.
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