Nuestra época no es la del fin de las ideologías, sino del renacimiento de
aquellas que encuentran eco en la experiencia presente. Tal es el caso
del anarquismo, dado por muerto y enterrado por sus numerosos
sepultureros y que, bajo nuevas formas y expresiones, parece gozar de
excelente salud en los movimientos sociales que brotan por doquier
desde las profundidades de la resistencia a un desorden global cada vez
más destructivo. Basta con seguir los debates, presenciales o
por Internet, en el movimiento contra la globalización capitalista para
constatar la presencia dominante de los temas anarquistas de
autoorganización y de oposición a cualquier forma de Estado (“¡que se
vayan todos!”).
Y aunque los intelectuales de la vieja izquierda,
sobre todo en América Latina, aún se encaraman al podio de las arengas
mediáticas del movimiento, las simpatías mayoritarias van hacia formas
apenas organizadas y generalmente autogestionadas de la movilización y
del debate, como era evidente en el último Foro Social Mundial en Porto
Alegre.
También en el ámbito teórico-político, las tesis
autonomistas, cercanas de la matriz histórica anarquista, articuladas
por ejemplo por Michael Hardt y Toni Negri, y por el grupo de la
revista “Multitudes”, heredera directa del mayo del 68 francés, están
alcanzando hoy día una amplia difusión (el último libro de Hardt y
Negri, titulado precisamente “Multitudes”, incluso tiene un rango muy
alto en la lista de ventas de Amazon.com).
Y aunque los
anarquistas organizados no son muchos (por ejemplo, en España el
periódico “CNT” tiene unos 6 mil suscriptores y el sindicato CGT, al
que yo sitúo en la tradición libertaria, cuenta con unos 100 mil
afiliados), las ideas antiestatistas, de internacionalismo solidario y
la afirmación de la libertad individual y de la libre asociación son
temas comunes a movimientos muy dispares (de los okupas de Barcelona a
Los Forajidos de Ecuador, los piqueteros argentinos o los autónomos
italianos), pero que coinciden en la afirmación de su autoemancipación
sin delegación de poder a intermediarios políticos profesionales. ¿De
dónde surge esta nueva vitalidad del anarquismo, que aparece como
ideología del siglo XXI al tiempo que el marxismo parece quedar
confinado a un siglo XX ya concluido?
En realidad, la fuerza de
las ideologías (cuyos mitos son atemporales) depende de su contexto
histórico. Y mi hipótesis es que el anarquismo, en contra de la
creencia general, se adelantó a su tiempo.
Ideología dominante
de los orígenes del movimiento obrero (la Primera Internacional), desde
Andalucía y Cataluña hasta la Rusia zarista, a la Charte d’Amiens
francesa y al Chicago que originó el 1 de mayo, el anarquismo no
sobrevivió como práctica organizada a la represión sufrida a la vez
bajo el capitalismo y bajo el comunismo. Pero su vulnerabilidad provino
sobre todo de haber designado como enemigo principal al Estado nación
en el preciso momento histórico del desarrollo de dicho Estado como
centro y principio de la organización social: el siglo XX fue el siglo
del Estado nación. El anarquismo clásico se expresó en una amplia gama
ideológica, desde el individualismo irreductible de Stirner hasta el
cooperativismo social de Proudhon, pasando por el comunismo libertario
de Bakunin y Kropotkin, inspirando luchas sociales en contextos tan
distintos como la revolución campesina de Makhno en Rusia, los
movimientos sociales urbanos mexicanos de los años 20 o los embriones
de revolución social que intentaron los anarquistas catalanes y
españoles en la primera fase de la Guerra Civil.
Y claro que el
sindicalismo de la CNT no era lo mismo que el activismo político de la
FAI. Pero a través de esa amplia corriente ideológica en la que
creyeron y por la que lucharon millones de personas, latía una idea
central: la liberación definitiva de la fuente última de la opresión,
el Estado. Precisamente en el momento en que se armaban las máquinas de
guerra nazi-fascistas, estalinistas y liberal-democráticas para
exterminarse los unos a los otros y asegurar, a través del Estado, el
control de cuanto más mundo pudieran.
Y miren por dónde, el
triunfo de los estados, de uno y otro signo, condujo a su crisis medio
siglo después. El comunismo no fue capaz de digerir precisamente
aquello para lo que Marx lo había inventado: el desarrollo de las
fuerzas productivas. Porque la revolución tecnológica informacional no
podía asumirse sin una sociedad informada, o sea, autónoma del Estado.
Y el capitalismo, en su dinámica expansiva, se globalizó, socavando las
bases del Estado nación sobre el que se asentaba políticamente. La
economía se hizo global, el Estado siguió siendo nacional y entre los
dos la sociedad, huérfana del Estado y a merced de los vientos
globales, se atrincheró cada vez más en lo local. O se transformó en
colección de individuos, cada uno con sus propias ansiedades y
proyectos. Mucha gente, sobre todo jóvenes con su página ideológica aún
por escribir, dejaron de creer en los políticos, aunque no en la
política, en otra política. De modo que mientras los grandes poderes se
definen en una compleja relación entre la globalización y los estados
nación, la supervivencia y la resistencia a lo que no va surge desde lo
individual y lo local. O sea, los materiales con los que se construyó
la ideología anarquista.
Ahora bien, la gran dificultad para el
anarquismo siempre fue cómo conciliar la autonomía personal y local con
la complejidad de una organización productiva y de la vida cotidiana en
un mundo industrializado y en un planeta interdependiente. Y es aquí
donde la tecnología resultó ser una aliada del anarquismo más que del
marxismo. En lugar de grandes fábricas y gigantescas burocracias (base
material del socialismo), la economía funciona cada vez más a partir de
redes (base material de la autonomía organizativa). Y en lugar de
estados nación controlando el territorio, tenemos ciudades Estado
gestionando los intercambios entre territorios. Todo ello a partir de
Internet, móviles, satélites y redes informáticas que permiten la
comunicación y el transporte local-global a escala planetaria. Esto no
es mi interpretación de los hechos, sino el discurso explícito que se
da en los debates de los movimientos sociales, tal como ha sido
documentado en el espléndido libro reciente de Jeffrey Juris sobre el
tema. O sea, la disolución del Estado y la construcción de una
organización social autónoma a partir de personas y grupos afines,
debatiendo, votando y gestionando mediante la red interactiva de
comunicación. ¿Utopía? No, ideología. Acuérdese de la distinción: la
utopía prefigura el mundo deseado. La ideología configura la práctica.
Con la utopía se sueña. Con la ideología se lucha. El anarquismo es
ideología. Y el neoanarquismo es un instrumento de lucha que parece
adaptado a las condiciones de la revuelta social del siglo XXI.
Bueno,
uno de los dos instrumentos. Porque mientras el anarquismo clama, como
hizo siempre, “ni Dios, ni Señor”, su principal competidor en la
resistencia al capitalismo global se funda en el reconocimiento de
“Dios como mi único Señor”. Frente a un capitalismo global fuera de
control, y mientras el socialismo se instala en la jubilación, la
resistencia surge de la oposición contradictoria entre fundamentalismo
y neoanarquismo.
©La Vanguardia - (The New York Times Syndicate)