| Página12
de Argentina - 15 de junio de 2005
Claudia Poblete,
hija de los desaparecidos del
caso que motivó el fallo
“Tiene
que haber justicia para todos”
Por primera vez habla la hija
restituida de José Poblete y Gertrudis Hlaczik. Ambos permanecen
aún desaparecidos. Claudia cuenta sobre el fallo, sobre la recuperación
de su identidad. Cómo fueron los hechos. Las características
de la causa.
Victoria
Ginzberg
Claudia Victoria Poblete supo su verdadero
nombre hace cinco años, en un despacho de los tribunales de Comodoro
Py. Cuando el juez Gabriel Cavallo le mostró una foto que le había
sacado su abuelo 22 años antes se reconoció inmediatamente.
No necesitó revisar la pila de papeles que le ofrecían con
el resultado del análisis de ADN que comprobaba que era hija de
los desaparecidos José Poblete y Gertrudis Hlaczik y no del teniente
coronel Ceferino Landa y Mercedes Moreira, como creía hasta ese
momento. Con el tiempo se acostumbró a leer en las crónicas
periodísticas su viejo y nuevo nombre, que ayer quedó asociado
a un hito contra la impunidad. “Ninguna condena me va a sacar el dolor
que tuve que pasar. Pero es importante que estas leyes (de punto final
y obediencia debida), que fueron injustas, sean anuladas. Para que haya
justicia, tiene que haber justicia para todos. Es importante que institucionalmente
se reconozca lo que pasó y quiénes fueron los responsables”,
dijo a Página/12.
Desde que se enteró de que
era hija de desaparecidos y sobre todo desde que su expediente se convirtió
en la posibilidad de reapertura de las causas contra los represores de
la última dictadura, Claudia optó por un perfil bajo que
desea mantener. No quiere que le saquen fotos. Tiene 27 años y es
ingeniera en Sistemas. Es rubiona y de tez blanca como su mamá,
pero tiene una altura que supera el 1,70 que heredó del padre.
–¿Qué es la justicia
para vos? –le preguntó Página/12 el lunes por la noche en
el PH de Villa Crespo donde vive el tío Fernando Navarro Roa, hermano
de José. La Corte Suprema todavía no había anunciado
el fallo en el que se declaraba la anulación de las leyes de impunidad.
Pero ya era casi un hecho.
–Creo que la justicia existe, no
sé si la minúscula, la que hacen los jueces todos los días,
pero creo que a cada uno le llega lo que corresponde. Desde el punto de
vista de una sociedad, la Justicia debe ser real. Si la gente hace algo
mal, tiene que enfrentar su castigo –dijo Claudia.
La respuesta no estaba asociada
sólo al represor Héctor Simon, alias “El Turco Julián”,
un hombre al que escuchó por televisión relatar y ufanarse
de las torturas que practicaba en el centro clandestino de detención
El Olimpo, donde ella y sus padres estuvieron secuestrados. También
estaba dirigida a sus apropiadores, con quienes mantiene un vínculo
del que prefirió no hablar. Sólo afirmó: “Cada uno
es responsable de sus actos”. Saber que no era quien había creído
durante 22 años no fue una situación fácil de digerir.
Hubo bronca, extrañamiento, impotencia. Al principio, Claudia se
sentía como en una película que pasaba demasiado rápido
y, de hecho, le sería imposible reconstruir en detalle esos momentos.
Todos los días había gente nueva que conocer, datos que asimilar.
“Después vino la parte más linda, como sentir que una familia
me estuvo buscando durante un montón de tiempo. Descubrí
un mundo nuevo, se me abrió el mundo. Es difícil porque en
el momento que supuestamente tenés que empezar a separarte de tu
familia, la empezás a conocer. Después me di cuenta de que
antes, inconscientemente tenía un peso que no percibía, que
no decía o hacía algunas cosas. Ahora me siento más
completa, más tranquila y no hubiera hecho esos cambios sin saber
quién era. Ahora no soy parte de una mentira”, señaló
Claudia.
Su experiencia puede servir a otros.
Para ella, los jóvenes que siguen desaparecidos pueden necesitar
ayuda para tomar la decisión de someterse al análisis de
sangre que les devolverá su identidad. Ese auxilio –señaló–
debería venir del Estado: “Tiene que haber una conducta uniforme
y la decisión no puede recaer en los chicos. Cargarlos con esa decisión
es cruel”.
Para un hijo de desaparecidos recuperar
la identidad es también encontrarse con una ausencia. Claudia la
percibe en los momentos en que se siente sola y le gustaría saber
cómo serían sus padres ahora.
José Poblete nació
en Chile. El 13 de septiembre de 1971 perdió las piernas al ser
arrollado por un tren en la estación central de Santiago. Tenía
16 años. Un año después llegó a Buenos Aires
para comenzar un tratamiento en el Instituto de Rehabilitación del
Lisiado. Allí ayudó a formar el Frente de Lisiados Peronistas
que respondía a la Juventud Peronista y que luego se transformó
en la Unión Socioeconómica del Lisiado. Esa agrupación
impulsó y logró que se sancionara una ley que obligaba a
las empresas a tomar entre sus empleados a un cuatro por ciento de discapacitados.
Fue la tercera norma derogada por los militares después del golpe
de Estado del 24 de marzo de 1976.
En el Instituto de Rehabilitación
José conoció a Gertrudis “Trudy”, íntima amiga de
una de sus compañeras de militancia. Claudia nació el 25
de marzo de 1978. Ocho meses después, los tres fueron secuestrados
y llevados a El Olimpo por un grupo de tareas que, entre otros, integraban
El Turco Julián y Juan Antonio del Cerro, alias “Colores”. La beba
estuvo poco tiempo en el lugar antes de ser entregada al teniente coronel
Landa y su mujer, que ya fueron juzgados por este hecho.
Gertrudis y José siguen desaparecidos.
Sobrevivientes del centro clandestino relataron que ambos fueron sometidos
a torturas y vejámenes de todo tipo. A José, además,
lo denigraban y se burlaban de él llamándolo “cortito”. Sus
compañeros supieron que lo habían “trasladado” cuando vieron
su silla de ruedas en la reja de salida de El Olimpo.
Esta es parte de la historia que
se oculta detrás de la causa en la que se declararon inconstitucionales
las leyes de impunidad. Esta medida permitirá que, en breve, Simón
y Del Cerro sean juzgados por un tribunal oral. Suele ocurrir que funcionarios
judiciales o abogados no tienen en cuenta las personas detrás de
los expedientes. No fue éste el caso. Claudia y su tío reconocieron
la labor humana de las abogadas del CELS que trabajaron junto con las Abuelas
de Plaza de Mayo, del juez y de quienes eran sus secretarios. Ahora hay
30 mil historias que reconstruir.
|