a decisión de la Corte Suprema de Justicia de Argentina de declarar
inconstitucionales las infames leyes conocidas como "de obediencia debida" y
"punto final", en las cuales se amparó la impunidad de los militares genocidas
que ensangrentaron durante casi una década a esa nación sudamericana, es una
buena noticia de rango continental. En momentos en que los tribunales chilenos
brindan protección al Pinochet asesino y se limitan a proceder contra el
Pinochet ladrón, cuando la justicia mexicana da muestras de preparar el entierro
de los vacilantes intentos oficiales de esclarecer los crímenes de Estado
cometidos por los gobiernos priístas entre 1968 y 1982, y cuando genocidas de la
talla de Efraín Ríos Montt se pasean en forma insultante por las calles de
Guatemala, el máximo tribunal argentino da una muestra de ética judicial y de
sentido de futuro.
El enjuiciamiento legal de los golpistas que asesinaron a más de 30 mil
argentinos, hicieron desaparecer sus cadáveres, se robaron a sus hijos e
impusieron el terror, la crueldad extrema y la violencia a todo el país no sólo
constituye una obligación para con la memoria de las víctimas y de sus
familiares, sino representa también un paso indispensable para construir una
convivencia civilizada, institucional y estable, así como una superación
ojalá que definitiva del chantaje castrense en que ha vivido la
democracia argentina desde su restauración formal, hace dos décadas. En efecto,
las leyes de la impunidad le fueron impuestas a un Ejecutivo débil y asfixiado
por la crisis económica encabezado entonces por Raúl Alfonsín y a un
Legislativo obsecuente y afectado por la red de complicidades entre el
justicialismo Saúl Menem es el exponente máximo de esa maraña de
inmoralidades y los verdugos castrenses. Como señaló Estela de Carlotto,
presidenta de la fundación Abuelas de Plaza de Mayo, "hoy empieza la separación
de lo que es el delincuente de la buena persona".
Debe recordarse que las disposiciones referidas, que interrumpieron los
procesos legales iniciados contra los cabecillas genocidas por el entonces
fiscal de Buenos Aires Julio César Strassera, habían sido ya declaradas nulas
hace dos años por el Congreso, y que cerca de 150 militares y ex militares se
encuentran detenidos por su participación en las atrocidades represivas
cometidas por las sucesivas juntas militares que asolaron Argentina entre 1976 y
1983. Pero la resolución de la Corte Suprema hace posible que entre mil y 3 mil
uniformados sean nuevamente llamados a declarar y que eventualmente sean
detenidos por ser culpables o cómplices en homicidios, desapariciones, torturas,
secuestros, robos y demás tropelías perpetradas por la dictadura. En suma, con
el fallo de inconstitucionalidad emitido por el máximo tribunal argentino se
cierran los márgenes de impunidad de que todavía disfrutaban muchos de los
asesinos.
Cabe esperar que, en el ámbito latinoamericano, la histórica medida aliente
los esfuerzos de las sociedades refrenados casi siempre por los
gobernantes por hacer justicia y resanar, de esa forma, las heridas de las
décadas sangrientas que padeció la región en los años 70 y 80. Por lo que hace a
Argentina, es pertinente hacer votos porque la decisión de su Corte Suprema de
Justicia permita cimentar de manera efectiva y honesta la reconciliación
nacional y garantice que la barbarie no vuelva a ocurrir nunca más.