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17 de junio de 2005
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Brecha de Uruguay - N° 1020 - 10 de junio de 2005

Contar para expiar

La tortura infantil en dictadura

“Hoy el mundo se conmovió ante la revelación de que 87 niños chilenos fueron torturados durante la dictadura de Augusto Pinochet”, informaba Jorge Traverso el miércoles 1, y Juan Carlos, frente al televisor, sintió que “le cayó la ficha”, como dice.

Samuel Blixen
Durante 30 años llevó en sus espaldas la invisible y pesada mochila con el secreto de las torturas a que había sido sometido cuando tenía 15 años “y era todavía un niño de pueblo, sin siquiera haberme desarrollado”. No se trataba de negarlo, pero sus padres no hablaban de ello –“cuando se revuelve la mierda se siente el mal olor”, le advertía su madre–; sus compañeros de liceo, que habían corrido la misma suerte, tácitamente acordaban eludir el asunto; y todo el pueblo prefirió no comentar un hecho que cuestionaba el transcurrir lánguido, moroso, porque de otra forma, si se asumía la brutalidad del episodio, la cotidianidad hubiera estallado en pedazos y la convivencia habría sido un infierno.

De resultas que Juan Carlos incorporó en su mochila, además de los recuerdos terribles, que en ocasiones lo hacían sobresaltarse cuando sonaba el timbre de la puerta, una especie de vergüenza culpable, como la que esconden las familias entre cuatro paredes; y el miedo colectivo, ese miedo que el secreto multiplica y extiende a través del tiempo. Hasta que ahora, al ver en tevé cómo el presidente Ricardo Lagos recibía un agregado del informe Valech que aumentaba a 28.456 las víctimas de desaparición, asesinato o tortura, comprendió que el silencio sólo fortalecía el terrorismo de Estado, que su torturador contaba con su vergüenza para aumentar el miedo, y decidió desembarazarse de la mochila. Escribió una carta por correo electrónico a Canal 10, con copia a BRECHA. A medida que la redactaba sentía una especie de exorcismo que lo volvía más libre. Miró a su hija de 7 años, y la vio con otros ojos.

EXORCISMO DEL TERROR

Ser frenteamplista en Castillos, departamento de Rocha, significa integrar esa mayoría que se prepara para la nueva experiencia del gobierno comunal. Pero en 1971 los frenteamplistas eran contados con los dedos de la mano y señalados con los mismos dedos, tanto así que la caravana que recorría el país promoviendo la candidatura del general Liber Seregni fue recibida a los balazos y cuando finalmente abandonó el pueblo quedaba un muerto, izquierdista, claro. Víctor Hugo Briozzo y su esposa Elsa Teresa eran frenteamplistas y no dejaron de serlo, después, cuando los militares instalaron la represión, la tortura y el asesinato como pilares de la defensa de la patria. Lo fueron siempre, hasta que fallecieron –el comité del Frente Amplio de Castillos lleva sus nombres–, pero en octubre de 1976 –en el momento pico del terrorismo de Estado, con los asesinatos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz y las desapariciones de decenas de uruguayos en Buenos Aires– los Briozzo extremaban su prudencia y trataban de pasar inadvertidos, en especial porque uno de los cinco hijos del matrimonio había estado preso por tupamaro en el penal de Libertad y otro, comunista, llegaba finalmente a Suecia después de atravesar la peripecia de Argentina. Víctor Hugo había impuesto a sus hijos una estricta reserva sobre las visitas que la familia hacía al penal de Libertad y había extremado las advertencias sobre el viaje que él y su esposa habían realizado a Buenos Aires llevando un nieto oculto en el auto, para que pudiera reencontrarse con sus padres exiliados.

Juan Carlos aún disfrutaba el universo personal de una niñez prolongada a pesar de sus 15 años y del cuarto año de liceo; la tragedia del entorno no había horadado aún su infancia, “yo estaba como cualquier gurí de un pueblo de campaña, para las matinés de cine y los bailes de las 8 de la noche en el Centro Unión”. Cuando iba a los bailes la madre le advertía: “Juancarlitos, no vayas a poner los dedos en el enchufe”, pero Juan Carlos no captaba el doble sentido, y se enojaba: “¡Qué voy a andar tocando enchufes!”, pensaba. No tenía conciencia de lo que significaba el exilio o la cárcel –“ir a Libertad era para mí una excursión”– y aquel lunes de octubre en que el liceo permaneció cerrado sólo significó para él la posibilidad de prolongar la diversión del fin de semana.

El liceo estuvo convulsionado los días siguientes: alguien había escrito en la pared de un salón tres letras no muy grandes, “mln”, y algún otro había puesto en el inodoro del baño el cartel que colgaba en clase y que decía: “Aquí se yergue el árbol”. Recién el viernes por la tarde la Policía –el agente al que saludaba todos los días– llamó a su puerta: debía acompañarlo a la comisaría, sin más explicaciones. Fue tal como estaba, con el equipo de gimnasia que no había llegado a sacarse, y en la comisaría se encontró con otros dos compañeros del liceo, de su misma edad.

Juan Carlos no tuvo oportunidad de conversar con sus padres, apenas pudo verlos a distancia, cuando una camioneta militar llegó a la comisaría y se llevó su carga de menores subversivos. A la entrada de la capital, Rocha, los encapucharon a los tres. “Todavía hoy siento el olor indescriptible de aquellas capuchas.” Los condujeron al Batallón 12 de Infantería, los introdujeron en una sala y los pusieron de plantón. Los obligaron a extender los brazos, en posición horizontal, y a abrir las piernas. Cuando se cansaban y bajaban los brazos venía el golpe con el caño del fusil, en el codo, en el bíceps, en los omóplatos, en el muslo, y el insulto. Así toda la noche. Entumecido, dolorido y sediento, Juan Carlos fue conducido a la mañana siguiente a una oficina, donde fue interrogado. Le cambiaron la capucha por una venda con algodones sobre los ojos, que resultó un alivio. Pero volvió a la sala y al plantón y a los golpes y al hedor de la capucha. La noche del sábado transcurrió igual, con la diferencia de que pudo orinar en el baño, aunque ya se había orinado encima. El segundo interrogatorio –después identificaría al oficial, el capitán Suárez, quien se ufanaría ante los padres de Juan Carlos de que “nosotros no respetamos a nadie, ni a los niños”– olvidó por completo el episodio de la pintada en el liceo; los militares sabían perfectamente que ni Juan Carlos ni sus dos amigos eran responsables del “destrozo”, pero había que seguir el ablande. Ahora las preguntas se centraban en sus dos hermanos, el que permanecía en Montevideo, después de salir de la cárcel, y el otro, el exiliado. “¿Dónde está tu hermano?”, preguntaban, sabiendo dónde estaba, fuera del alcance, y sabiendo que Juan Carlos sabía aunque lo negaba.

La noche del domingo fue terrible: reconocieron la voz del profesor de literatura y escucharon sus gritos cuando era torturado. En la madrugada un soldado le levantó la capucha y le preguntó si lo conocía; era un vecino de Castillos. El soldado les permitió tirarse en el piso, subrayando su benevolencia: “Hasta que llegue la otra guardia, que es brava”. En la mañana del lunes Juan Carlos fue careado con otro alumno, al que reconoció por su voz, a pesar de la capucha, y del que no tenía noticias de que estuviera detenido. Fue acusado de actuar de “campana” mientras otros ejecutaban el “acto subversivo”; pero la acusación no fue consistente, porque Juan Carlos y sus dos amigos fueron trasladados a un barracón donde pudieron tirarse en un catre y comer. Por la tarde fueron liberados.

Juan Carlos regresó a su casa en Castillos y durante el regreso supo que ese episodio debía ser desterrado de la memoria. Su cuerpo era un solo moretón negro y sus brazos parecían pesar mil quilos, no podía levantarlos. Necesitaba bañarse, pero ni pudo soportar el chorro de agua sobre su espalda. Volvió al liceo, se reencontró con sus dos amigos, pero no fue necesario mencionar una palabra: no hablarían de aquello. Los compañeros de clase organizaron un baile, de desagravio, de solidaridad, de compañerismo, vaya uno a saber, porque nunca se explicitó la intención; sólo se bailó. El compañero del careo abandonó el pueblo, sus padres se mudaron, y el profesor de literatura, que retornó hecho una piltrafa, se encerró en un mutismo huraño. En noviembre todavía no podía manejar un lápiz, pero el liceo, que no protestó por el asunto, ignoró los parciales y acomodó los exámenes a las circunstancias.

“De alguna manera me sentí huérfano. Mi familia me secuestró una explicación.” Juan Carlos quiso ignorar los recuerdos que retornaban implacables. “Fue una manera atroz de dejar de ser niño. Crecí y organicé mi vida, pero cuando viajaba por la ruta y la Caminera detenía nuestro vehículo volvía a sentir aquel miedo aterrador e insoportable del plantón.” Juan Carlos dirá 30 años más tarde: “Nosotros mismos escondimos el terror, contribuimos a ocultarlo”, pero en su rostro se refleja la sensación fermental que sintió la noche que decidió escribir la carta y contar su historia.

 
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