| Brecha
de Uruguay - N° 1020 - 10 de junio de 2005
Contar para expiar
La tortura
infantil en dictadura
“Hoy el mundo se conmovió
ante la revelación de que 87 niños chilenos fueron torturados
durante la dictadura de Augusto Pinochet”, informaba Jorge Traverso el
miércoles 1, y Juan Carlos, frente al televisor, sintió que
“le cayó la ficha”, como dice.
Samuel
Blixen
Durante 30 años llevó
en sus espaldas la invisible y pesada mochila con el secreto de las torturas
a que había sido sometido cuando tenía 15 años “y
era todavía un niño de pueblo, sin siquiera haberme desarrollado”.
No se trataba de negarlo, pero sus padres no hablaban de ello –“cuando
se revuelve la mierda se siente el mal olor”, le advertía su madre–;
sus compañeros de liceo, que habían corrido la misma suerte,
tácitamente acordaban eludir el asunto; y todo el pueblo prefirió
no comentar un hecho que cuestionaba el transcurrir lánguido, moroso,
porque de otra forma, si se asumía la brutalidad del episodio, la
cotidianidad hubiera estallado en pedazos y la convivencia habría
sido un infierno.
De resultas que Juan Carlos incorporó
en su mochila, además de los recuerdos terribles, que en ocasiones
lo hacían sobresaltarse cuando sonaba el timbre de la puerta, una
especie de vergüenza culpable, como la que esconden las familias entre
cuatro paredes; y el miedo colectivo, ese miedo que el secreto multiplica
y extiende a través del tiempo. Hasta que ahora, al ver en tevé
cómo el presidente Ricardo Lagos recibía un agregado del
informe Valech que aumentaba a 28.456 las víctimas de desaparición,
asesinato o tortura, comprendió que el silencio sólo fortalecía
el terrorismo de Estado, que su torturador contaba con su vergüenza
para aumentar el miedo, y decidió desembarazarse de la mochila.
Escribió una carta por correo electrónico a Canal 10, con
copia a BRECHA. A medida que la redactaba sentía una especie de
exorcismo que lo volvía más libre. Miró a su hija
de 7 años, y la vio con otros ojos.
EXORCISMO DEL TERROR
Ser frenteamplista en Castillos,
departamento de Rocha, significa integrar esa mayoría que se prepara
para la nueva experiencia del gobierno comunal. Pero en 1971 los frenteamplistas
eran contados con los dedos de la mano y señalados con los mismos
dedos, tanto así que la caravana que recorría el país
promoviendo la candidatura del general Liber Seregni fue recibida a los
balazos y cuando finalmente abandonó el pueblo quedaba un muerto,
izquierdista, claro. Víctor Hugo Briozzo y su esposa Elsa Teresa
eran frenteamplistas y no dejaron de serlo, después, cuando los
militares instalaron la represión, la tortura y el asesinato como
pilares de la defensa de la patria. Lo fueron siempre, hasta que fallecieron
–el comité del Frente Amplio de Castillos lleva sus nombres–, pero
en octubre de 1976 –en el momento pico del terrorismo de Estado, con los
asesinatos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz y
las desapariciones de decenas de uruguayos en Buenos Aires– los Briozzo
extremaban su prudencia y trataban de pasar inadvertidos, en especial porque
uno de los cinco hijos del matrimonio había estado preso por tupamaro
en el penal de Libertad y otro, comunista, llegaba finalmente a Suecia
después de atravesar la peripecia de Argentina. Víctor Hugo
había impuesto a sus hijos una estricta reserva sobre las visitas
que la familia hacía al penal de Libertad y había extremado
las advertencias sobre el viaje que él y su esposa habían
realizado a Buenos Aires llevando un nieto oculto en el auto, para que
pudiera reencontrarse con sus padres exiliados.
Juan Carlos aún disfrutaba
el universo personal de una niñez prolongada a pesar de sus 15 años
y del cuarto año de liceo; la tragedia del entorno no había
horadado aún su infancia, “yo estaba como cualquier gurí
de un pueblo de campaña, para las matinés de cine y los bailes
de las 8 de la noche en el Centro Unión”. Cuando iba a los bailes
la madre le advertía: “Juancarlitos, no vayas a poner los dedos
en el enchufe”, pero Juan Carlos no captaba el doble sentido, y se enojaba:
“¡Qué voy a andar tocando enchufes!”, pensaba. No tenía
conciencia de lo que significaba el exilio o la cárcel –“ir a Libertad
era para mí una excursión”– y aquel lunes de octubre en que
el liceo permaneció cerrado sólo significó para él
la posibilidad de prolongar la diversión del fin de semana.
El liceo estuvo convulsionado los
días siguientes: alguien había escrito en la pared de un
salón tres letras no muy grandes, “mln”, y algún otro había
puesto en el inodoro del baño el cartel que colgaba en clase y que
decía: “Aquí se yergue el árbol”. Recién el
viernes por la tarde la Policía –el agente al que saludaba todos
los días– llamó a su puerta: debía acompañarlo
a la comisaría, sin más explicaciones. Fue tal como estaba,
con el equipo de gimnasia que no había llegado a sacarse, y en la
comisaría se encontró con otros dos compañeros del
liceo, de su misma edad.
Juan Carlos no tuvo oportunidad de
conversar con sus padres, apenas pudo verlos a distancia, cuando una camioneta
militar llegó a la comisaría y se llevó su carga de
menores subversivos. A la entrada de la capital, Rocha, los encapucharon
a los tres. “Todavía hoy siento el olor indescriptible de aquellas
capuchas.” Los condujeron al Batallón 12 de Infantería, los
introdujeron en una sala y los pusieron de plantón. Los obligaron
a extender los brazos, en posición horizontal, y a abrir las piernas.
Cuando se cansaban y bajaban los brazos venía el golpe con el caño
del fusil, en el codo, en el bíceps, en los omóplatos, en
el muslo, y el insulto. Así toda la noche. Entumecido, dolorido
y sediento, Juan Carlos fue conducido a la mañana siguiente a una
oficina, donde fue interrogado. Le cambiaron la capucha por una venda con
algodones sobre los ojos, que resultó un alivio. Pero volvió
a la sala y al plantón y a los golpes y al hedor de la capucha.
La noche del sábado transcurrió igual, con la diferencia
de que pudo orinar en el baño, aunque ya se había orinado
encima. El segundo interrogatorio –después identificaría
al oficial, el capitán Suárez, quien se ufanaría ante
los padres de Juan Carlos de que “nosotros no respetamos a nadie, ni a
los niños”– olvidó por completo el episodio de la pintada
en el liceo; los militares sabían perfectamente que ni Juan Carlos
ni sus dos amigos eran responsables del “destrozo”, pero había que
seguir el ablande. Ahora las preguntas se centraban en sus dos hermanos,
el que permanecía en Montevideo, después de salir de la cárcel,
y el otro, el exiliado. “¿Dónde está tu hermano?”,
preguntaban, sabiendo dónde estaba, fuera del alcance, y sabiendo
que Juan Carlos sabía aunque lo negaba.
La noche del domingo fue terrible:
reconocieron la voz del profesor de literatura y escucharon sus gritos
cuando era torturado. En la madrugada un soldado le levantó la capucha
y le preguntó si lo conocía; era un vecino de Castillos.
El soldado les permitió tirarse en el piso, subrayando su benevolencia:
“Hasta que llegue la otra guardia, que es brava”. En la mañana del
lunes Juan Carlos fue careado con otro alumno, al que reconoció
por su voz, a pesar de la capucha, y del que no tenía noticias de
que estuviera detenido. Fue acusado de actuar de “campana” mientras otros
ejecutaban el “acto subversivo”; pero la acusación no fue consistente,
porque Juan Carlos y sus dos amigos fueron trasladados a un barracón
donde pudieron tirarse en un catre y comer. Por la tarde fueron liberados.
Juan Carlos regresó a su casa
en Castillos y durante el regreso supo que ese episodio debía ser
desterrado de la memoria. Su cuerpo era un solo moretón negro y
sus brazos parecían pesar mil quilos, no podía levantarlos.
Necesitaba bañarse, pero ni pudo soportar el chorro de agua sobre
su espalda. Volvió al liceo, se reencontró con sus dos amigos,
pero no fue necesario mencionar una palabra: no hablarían de aquello.
Los compañeros de clase organizaron un baile, de desagravio, de
solidaridad, de compañerismo, vaya uno a saber, porque nunca se
explicitó la intención; sólo se bailó. El compañero
del careo abandonó el pueblo, sus padres se mudaron, y el profesor
de literatura, que retornó hecho una piltrafa, se encerró
en un mutismo huraño. En noviembre todavía no podía
manejar un lápiz, pero el liceo, que no protestó por el asunto,
ignoró los parciales y acomodó los exámenes a las
circunstancias.
“De alguna manera me sentí
huérfano. Mi familia me secuestró una explicación.”
Juan Carlos quiso ignorar los recuerdos que retornaban implacables. “Fue
una manera atroz de dejar de ser niño. Crecí y organicé
mi vida, pero cuando viajaba por la ruta y la Caminera detenía nuestro
vehículo volvía a sentir aquel miedo aterrador e insoportable
del plantón.” Juan Carlos dirá 30 años más
tarde: “Nosotros mismos escondimos el terror, contribuimos a ocultarlo”,
pero en su rostro se refleja la sensación fermental que sintió
la noche que decidió escribir la carta y contar su historia. |