| El
País de España
- 18 de junio de 2005
El niño
que fue todos los hombres
En el choque
infantil entre la admiración familiar y el rechazo exterior se encuentran
muchas de las claves de la evolución política del autor de
Crítica de la razón dialéctica.
Celia
Amorós
En la autobiografía de Sartre, Las palabras, aparece
de forma recurrente un contraste abrupto entre el mundo del
interior doméstico en el que el escritor vivió su infancia y
el mundo exterior. El primero descrito como el de "la comedia
familiar" contrasta con el de fuera de una forma que nos evoca
la caverna platónica y su desfile de sombras en contraposición
con la esfera de la luz a la que accede el prisionero
liberado. En "la comedia familiar" Poulou, el pequeño Sartre,
se vive como el objeto de una mitificación por parte de su
abuelo materno, que lo recibe como "un don" y una gracia
proyectado de este modo en él "el trabajo de su propia
muerte". La aureola mítica se deshacía como una pompa de jabón
en cada contrastación a la que el abuelo se veía obligado a
someter a su nieto cuando llegaba la hora de ingresarlo en un
colegio. Allí resultaba no dar la talla del geniecillo precoz
por el que se le tenía en el medio de "la comedia familiar".
Este escenario se contrapone a "la escena del jardín de
Luxemburgo", donde le llevaba su madre de paseo y donde el
pequeño Poulou pasaba una tarde tras otra por la amarga
experiencia de su exclusión de todos los corrillos en los que
los otros niños de su edad jugaban. Apestaba un olor a adultos
de "comedia familiar" que espantaba a los demás niños. El
pequeño Sartre, instituido en "bien cultural" en el seno de su
familia, renegará de esa cultura impostora. Los niños no
perdonan aquello por lo que no han podido ser como los demás y
por lo que los otros niños no han querido jugar con ellos. El
dolor de este exilio infantil configurará la -¿primera?- capa
de un palimpsesto sartreano en la que se graba a sangre y
fuego la dicotomía: falso principito -privilegio- comedia
familiar en un interior doméstico -soledad atomizada de los
burgueses- mistificación versus: miembro de grupo en
democracia participativa -juego común al aire libre, con sus
ecos rousseaunianos-, transparencia de todos para todos en una
"sociedad sintética" -existencia auténtica-. Sobre esta matriz
dicotómica vendrán a superponerse y a volverla más compleja
sucesivas encarnaciones.
Claude Lévi-Strauss, que fue compañero de Sartre en L'École
Normal, escribió que la clave para entender la Crítica de
la razón dialéctica podría formularse así: "¿En qué
condiciones es posible el mito de la Revolución Francesa?". En
Las palabras, el pequeño Sartre, nos narra su
Revolución Francesa particular, el proceso catártico por el
cual hubo de destronar "al principito" de la "comedia
familiar" -los revolucionarios franceses se autocomprendieron
como los deslegitimadores de una sociedad estamental
artificial y la institución de otra conforme a "la
naturaleza"- para llegar a ser, al fin, un hombre "hecho de
todos los hombres". La libertad, como la definirá Sartre en su
obra de psicoanálisis existencial Saint Genet, comediante y
mártir, no es sino "lo que nosotros hacemos de lo que han
hecho de nosotros". Para él, la experiencia de la vida
en común con sus condiscípulos vino así a ser un ritual
catártico, una "conversión". Con ellos y entre ellos, él "era
un hombre entre los hombres... corríamos gritando por la playa
del Panteón... me lavaba de la comedia de la familia
(...) repetía las consignas... imitaba los gestos de mis
vecinos, no tenía más que una pasión: integrarme". Es
significativo que el troquelado de esta experiencia que
podríamos llamar fundacional se encuentre en la forma como
Sartre se refiere a lo que llamará "el grupo en fusión" y que
tiene como su referente paradigmático la toma de la Bastilla.
Sartre se representará Mayo del 68 como una nueva edición de
la toma de la Bastilla, emblema de los -escasos- momentos
apocalípticos y prometeicos de la historia humana. Frente al
tedio de la tónica serial, de la maldición sisífica, la
diáspora, la toma por los estudiantes del Quartier
Latin remite, en el palimpsesto sartreano, a su ideal de
la literatura "como la subjetividad de una sociedad en
revolución permanente".
Ahora bien, la abrupta
dicotomía entre "la serie" y "el grupo en fusión",
la diáspora y el Apocalipsis, no tiene en Sartre la última
palabra. El "grupo en fusión", locus de la libertad, no
tiene plasmación ontológica posible: se disuelve tras el logro
del objetivo inmediato. (De igual modo, los niños que jugaban
en el parque eran recogidos por sus madres todas las tardes y
regresaban a esa atomización solitaria en que se volvían
"farsantes", objeto de la proyección de las fantasías de los
adultos). Para permanecer en el ser y volver consistente el
ámbito de la libertad, el grupo se ha de tomar por objeto a sí
mismo, es decir, se juramenta. Las libertades individuales,
entonces, al asumir la consigna reguladora de la unidad del
grupo como su imperativo, se constituyen en fraternidad. Cada
cual da a cada cual su palabra de que jamás será una amenaza
para la unidad del grupo, y lo hace ante un testigo que sella
la palabra dada. Este testigo, a su vez, entra en un
intercambio recíproco de palabras comprometidas con otro de
sus pares, ante el testimonio convalidador de un tercero que
se vuelve a su vez miembro de una relación recíproca y así
sucesiva y giratoriamente. Hemos reconstruido así la
estructura del juramento cívico, tal como aparece plasmado en
el cuadro de David El Juramento de los Horacios. El
imaginario jacobino representa de esta forma esa vida
regenerada en que la revolución se cifra, donde la fraternidad
no es sino libertad juramentada. Ahora bien, al no tener el
grupo otra consistencia que la de la red cuyos nudos los
constituyen las palabras libremente dadas y selladas,
cualquiera de los juramentados podría decidir dejar de ser
fiel a su palabra y poner en peligro la unidad del grupo. El
conatus del grupo reaccionará entonces cibernéticamente
liquidando al traidor o, como Rousseau lo diría, "obligándolo
a ser libre". La cara de fraternidad de la libertad
juramentada se dobla así de otra cara siniestra que es el
Terror. Pues bien: si el referente por excelencia del "grupo
en fusión" era para Sartre la toma de la Bastilla, el grupo
juramentado, con su estructura de Fraternidad-Terror encuentra
su paradigma en la fase tipificada como "el Terror" por los
historiadores de la Revolución Francesa, si bien no le va a la
zaga el fenómeno del terror estalinista y el culto a la
personalidad. Esta última y siniestra figura representa la
degradación de la tensión del grupo juramentado hacia una
unidad ontológica que nunca consigue y que acaba por proyectar
en el organismo de un dictador. Nos vemos llevados así de la
toma de la Bastilla al "fantasma de Stalin".
En su Crítica de la razón dialéctica, Sartre lleva a
cabo una peculiar reconstrucción crítica de ese proceso,
autocomprendiendo su propia obra como algo que "da su
expresión intelectual al proceso de la desestalinización". Su,
crítico y criticado, procomunismo se relaciona con su tenaz
búsqueda fantasmática de "la sociedad sintética". Es
profundamente sensible a los efectos perversos de esa
sociedad, pero, en última instancia, estima que son menos
irredentos que la intrínseca perversión de las sociedades
capitalistas, "sociedades desunidas". Su itinerario político,
aparentemente un tanto espasmódico, ha podido aparecer como
desconcertante y errático. ¿Con qué criterio decide Sartre que
en un determinado momento toca apadrinar -críticamente- la
empresa comunista? ¿Por qué, malgré los denunciados
campos y los tanques en Hungría, hay que seguir dando
oportunidades a la anhelada desestalinización, pero, desde la
Primavera de Praga y Mayo del 68, procede deslegitimar
definitivamente al partido comunista para, después, colaborar
con los maoístas? Este itinerario se puede interpretar desde
una clave unitaria. Hay que partir de que Sartre asume, con
Lukács, que el proletariado es "la clase universal". Pero no
es, desde luego, un universal como clase. Como tal, se
encuentra en lo que podríamos llamar diferentes niveles de
tensión sintética: "En frío, en caliente y en tibio". Estas
situaciones corresponderían respectivamente a lo que Sartre
conceptualiza como "la serie", "el grupo en fusión" y el
"grupo juramentado". Cuando el proletariado está disperso, su
unidad institucional la encarna el partido comunista -su
existencia "en tibio", como remedo de su estructura
juramentada- y debe por ello, críticamente y malgré
tout, ser apoyado. En Mayo del 68 el partido comunista se
ve desbordado cuando los jóvenes obreros secundan la lucha
estudiantil. Hay que desmarcarse, entonces, de él, pues su
legitimidad resulta ser inversamente proporcional a la
unificación de la clase en y por sus prácticas
revolucionarias. Cuando en 1952 escribió "los comunistas y la
paz", había que salvar el punto tibio porque el proletariado
estaba en frío; ahora bien, cuando éste constituye su unidad
en caliente al hilo de sus prácticas revolucionarias, entonces
hay que estar contra el esclerotizado aparato del partido.
Colaboró luego con los maoístas porque "tenía la idea bastante
vaga de contribuir a restaurar la unidad perdida en Mayo del
68". Como vestal consagrada, Sartre cree ver y quiere atizar
el rescoldo de ese fuego venido a menos... La imagen de "la
sociedad sintética", los niños que juegan juntos en el parque,
le quedó gravada a sangre y fuego.
Bibliografía
PENSAMIENTO
El ser y la nada. Alianza.
Crítica de la razón dialéctica. Losada.
El existencialismo en un humanismo. Edhasa.
La trascendencia del ego. Síntesis.
NARRATIVA
La náusea.
Alianza.
Los caminos de la libertad.
Alianza.
TEATRO
Las moscas.
A puerta cerrada.
La puta respetuosa.
Las manos sucias.
El diablo y el buen Dios.
(Todos en Alianza).
MEMORIAS
Las palabras.
Losada.
SOBRE SARTRE
Sartre. 1905-1980.
Annie Cohen-Solal. Edhasa.
Diáspora y Apocalipsis. Celia Amorós.
Institució Alfons El Magnànim.
De vuelta a Sartre. Mercè Rius. Crítica.
Jean-Paul Sartre. Juan Bravo Castillo.
Síntesis.
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