| El
País de España - 18 de junio
de 2005
Reportaje
Pensar
desde el escenario
¿Qué
fue para Sartre el teatro? ¿Fue literatura o un simple medio de
intervención social a través de las palabras? La publicación
en Francia de la obra dramática completa del autor de piezas como
Las
manos sucias, El diablo y el buen dios o A puerta cerrada
sirve para recordar el valor de un género que, como la narrativa
y el periodismo, el pensador cultivó en paralelo a la escritura
filosófica.
Rafael
Conte
Con esta magnífica edición, La Pléiade conmemora la doble
efemérides del centenario del nacimiento y los 25 años de la
muerte de Jean-Paul Sartre. La verdad es que, tras su
desaparición, su obra tardó apenas un año en entrar en este
mausoleo de La Pléiade, que le parecía una especie de tumba
para embalsamarle vivo y logró evitar su entrada en ella hasta
después de su muerte, pues su Obra novelesca completa
(con La náusea, los relatos de El muro y la
serie inacabada Los caminos de la Libertad, los tres
primeros volúmenes terminados, otro casi y algunos restos más)
apareció pronto en 1981. Y ahora, tras un largo silencio de 24
años, aparece el Teatro completo, preparado por Michel
Contat y que conmemora con aplastante seguridad las efemérides
citadas.
El teatro de Sartre ocupó una parte de su vida como
escritor, como la narrativa en su caso -a la que sucedió- pues
lo más importante de ella lo ocupó la filosofía (El ser y
la nada, La crítica de la razón dialéctica), la crítica,
la política y el periodismo (Situaciones) y la
biografía (Baudelaire, San Genet, El idiota de la
familia) incluida la suya (Las palabras) y que
atravesó los escenarios del mundo entero con un éxito por lo
general evidente, con ocho obras propias, Las moscas
(1943), A puerta cerrada (1944), Muertos sin
sepultura (1946), La puta respetuosa (1946, quizá
demasiado didáctica, que según los lugares se censuró poniendo
La p... y bastaba), Las manos sucias (1948),
El diablo y el buen dios (1951, su obra maestra,
inspirada en El rufián dichoso de Cervantes),
Nekrasov (1955, una farsa política que es de lo más
endeble) y Los secuestrados de Altona (1959), que lo
volvió a levantar con una tragedia que parecía tratar de la
posguerra alemana pero en verdad versaba sobre las torturas en
la guerra de Argelia y el antisemitismo en general. También
escribió dos adaptaciones, una sobre el Kean (1951) de
Alejandro Dumas, que es puro "metateatro", otra de sus obras
maestras, y otra, más respetuosa, aunque con variaciones, de
Las Troyanas (1965) de Eurípides, un formal y brillante
ejercicio de estilo, que cerró con el tema clásico una etapa
teatral que había empezado de manera similar con Las
moscas.
Pero ¿qué fue para Sartre
el teatro? ¿Fue literatura o un simple medio de
intervención social a través de las palabras? Una anécdota,
contada por uno de sus protagonistas -Serge Reggiani, alabado
intérprete de Los secuestrados de Altona que celebraba
el triunfo con sus compañeros-, muestra el relativo valor que
Sartre concedía a sus obras, cuando se lanzó en medio de ellos
enarbolando la reciente edición del libro y gritando "esto,
esto es lo que cuenta". Sartre colocaba al libro por encima de
todo, por encima de los géneros, de la novela y del teatro, de
las propias "palabras" que abandonaría poco después con una
elegía genial a ellas dedicada (Las palabras, 1963).
Supongo que para un "teatrero" actual (y pienso en Alfonso
Sastre, que tanto hizo por él, y que hoy dice que el teatro es
el arte de los actores) el teatro de Sartre resulta algo
perfectamente superado hoy. Por eso creo necesario hablar de
lo que es, de lo que fue, de lo que supuso para él y de lo que
supone para nosotros. La más importante novedad de este gran
volumen es que ha puesto a nuestra disposición la primera obra
escrita y puesta en escena de Sartre, Bariona o el juego
del dolor y la esperanza (antes se subtituló El hijo
del trueno, 1940), que ya se conocía algo y mal, y que su
propio autor había despreciado "por floja", pero que es de un
interés fundamental para conocer cómo Sartre se acercó al
teatro de verdad y cómo nació -en la práctica- su pasión por
él. En la Navidad de aquel año, Jean-Paul Sartre (que ya había
participado en funciones escolares) se hallaba preso del
Ejército alemán, ante cuyo empuje bélico los franceses se
habían rendido, en unos barracones de la ciudad de Tréveris,
de donde saldría libre dos meses después con un falso
certificado por problemas de salud; pero aquella época le
resultó decisiva para el descubrimiento de la solidaridad
entre compañeros y de la noción del compromiso, que tanto
juego le daría después. Rodeado de un grupo de compañeros,
sobre todo curas, en quince días escribió una especie de "auto
de Navidad", que además ayudó a montar y hasta representó
-hizo de Rey Baltasar-, que trataba de la rebelión ante la
ocupación romana de un grupo de judíos encabezado por Bariona
que se rebela contra una subida de impuestos, decretando
primero una huelga de mujeres que se niegan al embarazo -y que
su propia mujer embarazada se niega a compartir-, pero a la
que renuncia para permitir el próximo nacimiento inminente del
Mesías (pues además Herodes ha decretado la muerte de los
recién nacidos), optando por lanzarse en combate abierto
contra el ocupante. Es una obra ingenua, pero no exenta de
sentido -la lucha contra el ocupante- y es una lástima que
Sartre la hubiera menospreciado, pues a su través conectó con
el teatro como empresa colectiva, como algo popular que hacía
vivir una comunidad de manera directa, lo que le apasionó
después, junto a los numerosos ligues que le proporcionaban
las actrices, empezando por Simone Jollivet, la "Camila" en
las memorias de Simone de Beauvoir, una antigua novia que
luego fue la compañera del director teatral Charles Dullin,
que tres años después montarían la primera obra teatral de
Sartre, Las moscas. ¿No habíamos quedado que "el hombre
es una pasión inútil" (La náusea)? Sí, pero eso era
antes, en su etapa del descubrimiento de su "contingencia",
cuando ni la guerra, ni la soledad del preso, ni el
descubrimiento del teatro -y de las mujeres- le abrieran a
Sartre las puertas del arte y del compromiso colectivo, y le
convirtieran en un nudo de pasiones que le guiarían (y
desviarían a veces) para siempre. Hay además otros inéditos
-La parte del fuego, La apuesta- y multitud de
documentos, fotografías, imágenes, noticias, notas y
bibliografías que enriquecen este volumen excepcional.
Théâtre complet. Jean-Paul
Sartre. Gallimard (Bibliothèque de la Pléiade). París,
2005. LXII+1.602 páginas. 65 euros.
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