| El
País de España - 18 de junio
de 2005
Reportaje
Filosofía
en las barricadas
Jean-Paul
Sartre fue el modelo de intelectual comprometido y pensador existencialista
durante la segunda mitad del siglo XX. Fundador de la revista Les Temps
Modernes, como filósofo, novelista y dramaturgo publicó
obras como El ser y la nada, La náusea o A puerta
cerrada. Popular y polémico, en 1964 rechazó el Premio
Nobel de Literatura. El pasado 15 de abril se cumplieron los 25 años
de su muerte y el próximo martes se conmemora el centenario de su
nacimiento.
José
Luis Pardo
"Le pregunté cómo
le vino la idea de escribir El ser y la nada.
Usted me contestó: 'Era
la guerra".
Simone de Beauvoir
La ceremonia del adiós
La Academia sueca concedió a
Jean-Paul Sartre el Premio Nobel de Literatura el 22 de octubre de 1964.
Al hacerlo, reconoció y consagró un estado de cosas incontestable:
la reputación y el prestigio de Sartre en el mundo intelectual de
su tiempo, en su múltiple condición de filósofo, dramaturgo,
novelista, crítico y portavoz-militante de toda clase de causas
socialistas, no tenían igual entre los escritores de su generación.
Si Voltaire y Rousseau son los filósofos de la Ilustración
y Marx el de la Revolución, Sartre es el filósofo de la Liberación.
Y, como sucede en esos otros casos, es preciso entender la "Liberación"
en un sentido amplio, que no se reduce al mero acontecimiento de la derrota
del nazismo en 1945 pero que desde luego hunde profundamente en él
sus raíces. Una Europa gravemente afectada por los fascismos, el
desastre de la Segunda Guerra Mundial y la expectativa realista de una
tercera, determina por completo la sensación de precariedad que
domina la vida cotidiana de unos hombres que se habían creído
ya definitivamente civilizados y que han experimentado en sus carnes el
derrumbamiento súbito de su mundo; unos hombres que, mientras caminan
entre las ruinas de sus ciudades con el sentimiento de una amarga victoria,
de un pasado que se ha hundido junto con sus viejas ilusiones y de un porvenir
incierto y amenazador presidido por la intimidación nuclear, tienen
necesidad perentoria de una nueva confianza en sí mismos, de esa
esperanza que han atisbado en el gravoso aprendizaje de la Resistencia.
Un título como El ser y
la nada -concebido en su mayor parte en un campo de prisioneros alemán
durante la guerra- debe ser interpretado ante todo en este paisaje: que
el hombre no es nada no es una tesis que necesite ser probada en
ese contexto; que los hombres no están determinados por su pasado,
por su naturaleza o por su cultura, que no tienen otra cosa más
que su existencia individual, mortal e histórica, y que ésta
no es más que su libertad para hacer de sí mismos un futuro
es una afirmación urgente e imperativa dadas las circunstancias;
y que cada uno no cuenta para este fin con otros "medios" que no sean los
demás hombres de su tiempo con sus elecciones y sus disparates,
que sólo puede alcanzar la libertad que le define ejerciéndola
en acciones concretas encaminadas a reconocérsela a otros, que nadie
puede llegar a ser sujeto si no es liberando a los demás de la condición
de objetos, que solamente reconociendo la libertad ajena puede la propia
aspirar a ser reconocida en su verdad, todo esto es lo que define el clima
de la Liberación que Sartre supo representar como ningún
otro, dando un incomparable ejemplo de coherencia entre vida y obra.
Naturalmente, El ser y la nada,
que elevó rápidamente a Sartre a la condición de gran
pensador -una suerte de alternativa ilustrada e izquierdista a Heidegger-,
no podía alcanzar directamente al gran público. Pero en sus
páginas se albergaba una exaltación de la libertad -convertida
en ser y en verdad de todo lo humano- que tenía que correr paralela
a la acentuación vehemente de la responsabilidad pública
del escritor. "Todos los escritores de origen burgués han conocido
la tentación de la irresponsabilidad; desde hace un siglo, esta
tentación constituye una tradición en la carrera de las letras",
había dicho. No hay que advertir que él se propuso concienzudamente
romper con esa tradición, invirtiendo -e incluso se diría
que abrazando- hasta el último gramo del inmenso crédito
obtenido en el mundo de las letras (que pronto lo convirtió en un
icono intocable) en la intervención cultural en la sociedad y en
la historia (que le granjeó su fama de terrible agitador), un poco
a la manera en que los intelectuales, durante la Resistencia, habían
procurado también "hacerse perdonar" su pertenencia a la burguesía.
En un primer momento, estas empresas
de agitación respondían a la figura del "escritor comprometido"
y, por tanto, tenían a la propia literatura -en un sentido amplio
que incluía la crítica y la reflexión filosófica,
y que admitía su extensión hacia los nuevos medios técnicos
como la radiodifusión o el cinematógrafo- como trinchera:
desde el final de la guerra, sus conferencias eran actos multitudinarios,
su revista Les Temps Modernes se erigió en autoridad
crítica de primer orden, sus estrenos teatrales eran verdaderas
conmociones políticas (Las moscas, A puerta cerrada, etcétera)
y sus novelas (La náusea, Los caminos de la libertad) se
convirtieron en acontecimientos de dimensión internacional que difundieron
rápidamente el existencialismo como "estilo de vida".
A partir de 1953, sin embargo, se
produjo un cambio de perspectiva: Sartre dejó de verse a sí
mismo como un "escritor comprometido" y empezó a considerarse como
un sujeto comprometido con la historia que, además, escribe. Así
comenzó un periodo frenético de intervenciones militantes,
que se inició con su acercamiento al partido comunista tras un viaje
a la URSS seguido de entusiastas declaraciones sobre la "libertad soviética"
(cuya falsedad reconocería más tarde) y se prolongó
después en su complicidad con la rebelión argelina, Fanon,
la Cuba de Castro, la Indochina de Giap y Hô Chi Minh o el maoísmo
de 1968.
En cierto modo, la idea de libertad,
hegemónica durante el primer periodo, había dejado lugar
a la otra idea-fuerza que desde el principio convivió con ella,
la de facticidad, y la relación dialéctica entre ambas
sería el objeto de sus últimas investigaciones, recogidas
en la Crítica de la razón dialéctica y en El
idiota de la familia, donde la filosofía dialéctica de
la historia se superpone a la inspiración fenomenológica
anterior. La noción de situación, el experimentar
la propia situación histórica (y no la posteridad o la "república
literaria") como el horizonte ineluctable de la acción, le llevó
a la convicción de que tenía que apostarse al lado de todos
los movimientos históricos que presentaban un perfil emancipatorio
y todo ello antes de saber lo que esos movimientos y los hombres que los
protagonizan serían efectivamente, lo que la Historia dirá
un día de ellos cuando ya "hayan sido"; hasta el punto de que a
veces da la impresión de que su peculiar manera de caer en la "tradición
de la irresponsabilidad" podría haber sido la hiper-responsabilidad
casi obsesiva de su presencia y el empeño en actuar como notario
y justificador de soluciones políticas e históricas a veces
atroces al amparo del ambiguo precepto, pródigamente heredado por
sus discípulos, de "decidir en contexto".
Sería fácil, por tanto,
explicar el olvido al que se ha sometido hoy a su obra por la desaparición
de aquel clima de liberación y resistencia, añadiendo incluso
que el ostracismo al que hoy se le condena compensa el exceso de protagonismo
que tuvo Sartre durante su vida. Pero, probablemente, para explicar el
abandono actual de su pensamiento existe una razón más profunda
que el cambio de la situación o la oscilación pendular
de los estrellatos intelectuales. Uno de los muchos motivos por los cuales
llegó a hacerse tan incómodo en su país fue su actitud
a propósito del programa radiofónico -el mismo que luego
importaría a España Alberto Oliveras- Ustedes son formidables.
Con la misma dedicación con que ese programa tranquilizaba la mala
conciencia de los franceses, Sartre les recordaba semanalmente en qué
sentidos y respectos no eran en absoluto formidables. Se le recrimina
a menudo el fracaso de sus iniciativas políticas, la crueldad de
su pontificado literario, los errores y abusos de sus elecciones ideológicas...
Pero es que el ideal de vida filosófica
de un intelectual situado como él no podía ser otro
que el de convertir, con todas las consecuencias, su propia existencia
en la encrucijada abigarrada y sintética de su tiempo; y parece
haberlo conseguido de tal manera que su olvido podría ser una secuela
de nuestro deseo de arrancar de nuestra historia -del mismo modo que la
corrección política de los comisarios ha arrancado de entre
sus dedos el inevitable cigarrillo que humeaba en la foto que ha presidido
en Francia algunas exposiciones conmemorativas del centenario- un capítulo
cuyas paradojas, dificultades, tragedias y errores colosales desearíamos
hoy que no hubieran sido los nuestros y con respecto a los cuales querríamos
mantener la distante actitud desaprobatoria de un juez no implicado en
la acción. Así que no sería extraño que la
marginación del pensamiento sartreano formase parte de una estrategia
para adormecer la mala conciencia y falsificar nuestra biografía
de modo que podamos engañarnos pensando que siempre fuimos y aún
somos impecablemente formidables.
Las fechas de una vida
1905. Nace en París
el 21 de junio.
1906. Muere su padre, Jean-Baptiste
1917. Su madre, Anne-Marie,
contrae segundas nupcias.
1927. Diploma de estudios
superiores.
1929. Conoce a Simone de
Beauvoir.
1931-1933 y 1934-1936. Profesor
de filosofía en Le Havre.
1933-1934. Estudios en Berlín.
1936. Publica La imaginación.
1938. Publica La náusea.
1939. Es movilizado y enviado
al frente, en la Lorena.
1940. Pasa nueve meses en
un campo alemán de detenidos.
1941. Profesor en París.
1943. Estreno de Las moscas
y publicación de El ser y la nada.
1944. Estreno de A puerta
cerrada.
1944. Periodista en Combat,
relata la liberación de París.
1945. Publicación
de La edad de la razón y El aplazamiento, las dos
primeras entregas
de la trilogía narrativa
Los caminos de la libertad, que se cerrará en 1949 con La
muerte en el alma.
1945. En octubre aparece
la revista Les Temps Modernes. Ese mismo mes pronuncia la conferencia
El existencialismo es un humanismo, que se edita el año siguiente.
1946. Publica La puta
respetuosa y Reflexiones sobre la cuestión judía.
1947. Publica Situaciones
I.
1951. Estreno de El diablo
y el buen Dios.
1952. Publica Saint Genet,
comediante y mártir. Rompe con Albert Camus. Se acerca al partido
comunista.
1954. Viaje a la URSS.
1956. Rompe con los comunistas
tras la intervención soviética en Hungría.
1960. Publica Crítica
de la razón dialéctica. Firma el "Manifiesto de los 121"
contra la colonización en Argelia.
1964. Publica Las palabras,sus
memorias. En octubre rechaza el Premio Nobel de Literatura.
1966. Preside el tribunal
Russell, encargado de investigar los crímenes de guerra estadounidenses
en Vietnam.
1968. En mayo apoya a los
estudiantes.
1969. Muere su madre.
1970. Apoya a los maoístas.
1973. Acepta la dirección
del diario Libération, que abandona un año más
tarde. La ceguera le impide trabajar.
1975. Viaja a Portugal para
apoyar la Revolución de los Claveles.
1980. Muere en París
el 15 de abril. A su entierro, en el cementerio de Montparnasse, acuden
más de 50.000 personas. |