Culturales - rodelu.net
26 de junio de 2005
.
 
La Nación de Chile - 26 de junio de 2005

Evolución

Policías, carabineros, guardias, ahora son simpáticos, amables, humanos, obsesionados por patéticos problemas familiares, a veces incluso homosexuales; en fin, para la imaginación colectiva italiana se trata de personajes positivos, hasta el punto que cuando en la realidad pegan demasiado y sin razón, como sucedió en Génova cuando lo del G-8, el país protesta, sin recordar que en la época de mis esbirros scelbianos ésa era la norma y no la excepción.

Umberto Eco
Era 1952, creo. Estudiaba en Turín, estaba cruzando la Plaza San Carlo y me topé con un mitin. No era una revolución, se trataba de obreros con pancartas y banderas, pero evidentemente la manifestación no estaba autorizada.

A primera vista no me di cuenta, porque yo estaba pasando por los soportales, pero de repente vi a la multitud en desbandada y los furgones verdes de la policía de entonces (la policía que dependía del tristemente famoso ministro Scelba) que entraban cargando en la plaza.

Yo tenía 20 años y formaba parte de las Juventudes Católicas; ya entonces tenía sensibilidad por los problemas sociales, pero en la plaza había demasiadas banderas rojas para que me sintiera implicado en el asunto, e intenté acelerar mi recorrido bajo los soportales para poder escurrirme cuanto antes.

Lo malo era que los furgones se habían metido por dentro de los soportales, y mi problema era ya mi incolumidad personal. Eché a correr, pero me di cuenta que justo detrás de mí había un furgón desde el que los polis se asomaban repartiendo porrazos a diestro y siniestro.

Me pegué a la pared exterior de una de las columnas de los soportales y pasó una camioneta rozándola; un poli me soltó un cachiporrazo tremendo que, por suerte, fue a dar a la arista de la columna, a cinco centímetros de mi cabeza. Si me llego a asomar un poco más, habría ido a parar al hospital.

Al final conseguí salir de la barahúnda, pero siempre me acordaré de ese poli. Pequeño, mal vestido (por aquel entonces no eran elegantes como hoy en día, llevaban unos uniformes de un feo paño verduzco), con cara de peón meridional, tostada por el sol y testigo de muchas escaseces, un aire de mala sombra; le daba lo mismo quién se llevara los palos, él pegaba y ya está. Le pagaban por pegar y eso le bastaba.

Años más tarde reconocería a ese policía mío de entonces en la descripción que hizo Pasolini en su memorable invectiva contra los estudiantes (policías proletarios contra cuicos de izquierda). Así era la policía entonces. Bien mirado, algo así como los soldados americanos que hoy combaten en Irak. Pobre gente que, para escapar de la miseria, se había enrolado y hacía lo que debía hacer porque no sabía hacer nada más.

Entonces no reflexioné demasiado sobre el drama social que estaba en la raíz de los reclutamientos de la policía de Scelba, y la imagen de ese hombre concomido quizá haya influido en mis ideas políticas sucesivas.

Hoy en día, cada noche, yo puedo verme en la tele una serie sobre los agentes de las fuerzas de seguridad (que si no son italianos, será un gendarme francés, como el comandante Laurent, que al caso es lo mismo) y sigo con inmenso placer todos los telefilmes sobre carabineros, policía, comisarios, inspectores -todo lo que me echen-, y debo decir que los guiones suelen ser buenos, las historias son todo lo repetitivas que deben ser para una serie policíaca que se respete, los intérpretes son simpáticos, y es justo pasar así el tiempo entre nueve y once (y luego en la cama ya leeremos a Homero). En conclusión, que me encantaría que me arrestara la guapa agente Alessia Marcuzzi.

Policías, carabineros, guardias, ahora son simpáticos, amables, humanos, obsesionados por patéticos problemas familiares, a veces incluso homosexuales; en fin, para la imaginación colectiva italiana se trata de personajes positivos (hasta el punto que cuando en la realidad pegan demasiado y sin razón, como sucedió en Génova cuando lo del G-8, el país protesta, sin recordar que en la época de mis esbirros scelbianos ésa era la norma y no la excepción).

¿Qué significan estas series sobre las fuerzas de seguridad? ¿Nacen acaso de un perverso complot de unos servicios secretos desviados que, con la mediación del Gobierno de derechas, quieren hacerle publicidad a las virtudes de los enemigos del pueblo? En absoluto.

Nacen, ante todo, porque con el paso del tiempo en las fuerzas de seguridad no se inscriben ya solamente los desesperados del profundo Sur, porque el adiestramiento de los candidatos se ha vuelto más riguroso, los uniformes más elegantes, a los alumnos ya no se les enseña que tienen que dar porrazos a los comunistas, sino proteger a los ciudadanos, etc.

Ha cambiado, ante todo, la función social de la policía (y me gustaría ver, ahora que tantos obreros votan a la derecha, a quién les queda por partirles las costillas).

Claro que el clima también ha cambiado porque, tras los años trágicos del terrorismo, los mismos partidos de izquierdas se han puesto del lado del Estado y han dejado de criminalizar a las fuerzas de seguridad.

Es más, por admirable ironía de la historia, ahora es la derecha la que criminaliza a los jueces y a esos mismos fiscales que en las diferentes series son, sí, un poco antipáticos, pero al final resultan amables y muy humanos.

Por lo cual la tele, la pública y la que es propiedad de Silvio Berlusconi, trabaja criticando el ataque del mismo Berlusconi contra la magistratura, de suerte que dentro de poco el público de la tele percibirá a las fuerzas de orden público como fuerzas de izquierdas, en programas que, curiosamente, se emiten bajo la égida de un Gobierno de derechas.

¿Se dan cuenta ustedes de lo que han cambiado las cosas en menos de 50 años? LND

© L’Espresso
(The New York Times Syndicate)

 
CULTURALES