Junto a miles de personas logramos por fin que Tabaré llegara a la
Presidencia de la República. Por lo tanto este Presidente es, en humildísima
contribución (granito de arena), producto también de nuestra empeñosa militancia.
Declaro muy formalmente que lo sigue siendo.
Para hablar en términos más genéricos y hasta abstractos: formamos
parte de este gobierno porque este gobierno es nuestro. De eso también hay pruebas
documentales y testimoniales.
Integro la bancada del Frente Amplio porque soy del Frente Amplio.
También desde hace mucho según puede comprobarse, de ser necesario, mediante
irrefutables pruebas documentales y testimoniales. Incluso basta con preguntárselo a
cualquier persona que habite en este país. Al azar.
Por ende (lógica elemental), soy del Encuentro Progresista y de la
Nueva Mayoría. Es más: ayudé a crearlos.
Pertenezco al Espacio 609 y al Movimiento de Participación Popular del
que forma parte el Movimiento de Liberación Nacional al que también pertenezco. Estas
tres pertenencias también pueden demostrarse, aparte de ser públicas y notorias, por
infinidad de documentos y testimonios (y en alguno de esos casos hasta por expedientes
judiciales del más variado y nutrido tipo para mi desgracia... Hasta me condenaron por
ello).
Esta sarta de obviedades parece ser necesaria hoy. Y cuando lo obvio es
necesario, algo anda mal.
Siguiendo por este aburridísimo camino, debo declarar, lo más
solemnemente posible que cuando digo que soy, soy.
Algo así como que cuando digo "digo", digo "digo".
En política, hablando en términos normales e inteligibles, estas
obvias y elementales afirmaciones y confesiones tienen consecuencias.
Si el gobierno es "mío", si estoy en el gobierno y con el
gobierno, no estoy en la oposición.
Si el Frente Amplio es "mío" y estoy en el Frente Amplio y
con el Frente Amplio, no estoy en el Partido Colorado (pongamos por caso...) ni en ningún
otro lugar. Y así sucesivamente.
Estoy en todos esos lados (que al final son uno solo) por muy profundas
razones y convicciones que sería demasiado largo detallar aquí y que, por otra parte,
todo el mundo conoce porque las hemos repetido hasta el hartazgo.
El hipotético día en el que también por muy profundas razones y
convicciones alguna de esas fuerzas políticas, o todas ellas juntas, sean antagónicas
con los dictados de mi conciencia o mi razón, lo declararía de inmediato y muy
probablemente haría una de dos cosas posibles: irme para mi casa a disfrutar de un
merecido descanso jubilatorio o fundaría (como ya lo hice) una nueva organización
política al paladar de mis ideas. Asumiendo como siempre todas las consecuencias
incluidas las peores. No hay otra.
Jamás me quedaría contra mi gusto, mi razón y mi conciencia en una
organización con la que discrepara a tanto nivel. Aun cuando quedándome quietito y
arropado disfrutara de alguna ventajita material: me sentiría mal, muy incómodo y si de
ventajas materiales se tratara se consiguen muchas más y mejores "afuera" que
"adentro". Por lo menos las consiguen los que no son inútiles del todo.
Muchísimo menos me quedaría contra mi gusto, mi razón y mi
conciencia, de infiltrado, haciendo "entrismo" para llevar agua al molino de
otro proyecto.
Pésimo es, por definición, todo "proyecto" que requiera
tanta deslealtad para con la gente. Se ha practicado. La verdad es que se lo ha perpetrado
a lo largo de la historia, con nefastas consecuencias siempre.
Es además de una extremada torpeza porque la gente, que no es boba, se
percata enseguida del doble discurso y del oportunismo galopante que lo ilustra.
La lealtad interna y con los aliados siempre es un valor. Pero en
Uruguay y en estos tiempos que vive el mundo ella se transforma en el principal valor.
Porque sin la construcción (aún no acabada) de un enorme Frente Amplio
no quedará solucionada la más importante tarea estratégica del período.
Tarea que no es ni para un día ni para cinco años. Será larga.
Tendrá largo aliento.
El proceso de acumulación que condujo a las fuerzas populares al
gobierno en Uruguay fue el más largo de América Latina. El que acaba de iniciarse a
partir de haber llegado al gobierno, tendrá en materia de espacio temporal, más o menos,
el mismo volumen y pasará por tantas imprevisibles vicisitudes. O más.
Habrá discrepancias y discusiones, pero los aliados deberán poder
tener acerca de nosotros la idea cabal y la certeza de que no somos como el papel
higiénico de doble faz. Ni como el queso.
Todo lo contrario: aliados confiables. Estratégicos. De fiar.
Si no logramos eso, TODOS estamos fritos. Y eso se logra con
hechos más que con palabras.
El valor de la UNIDAD, por lo tanto, ni es afectivo ni está
ligado al romanticismo. No es retórico. Es vital; es de vida o muerte.
Y que nadie delire con la idea de que si fracasa este gobierno, se
abrirán puertas para el paso de las "verdaderas" fuerzas de izquierda (que no
existen hoy fuera del Frente Amplio y menos existirán si contribuyen a romperlo): en ese
aciago caso se abrirán las compuertas para el paso torrencial, implacable y majestuoso de
formidables fuerzas de la derecha. Para un derechazo con apoyo popular. A no engañarse.
En momentos como los actuales, ya lo sabemos desde hace muchísimo
tiempo, el izquierdismo infantil irrumpe.
En todos los procesos importantes, hemos visto y sufrido por un lado los
errores irreparables de esa enfermedad y por otro a la reacción que sin equivocarse no
vacila en disfrazarse de rojo para organizar estupendas movilizaciones contra los
gobiernos populares. ¿Para qué poner los ejemplos si son harto conocidos? A esta edad ya
no podemos chuparnos el dedo.