La cumbre
de Doha
Angel
Guerra Cabrera
Rodeada
de silencio mediático se realizó hace unos días en
Doha, capital de Qatar, la segunda Cumbre Sur del Grupo de los 77 y China (G77).
La exclusión de esta cita por los grandes medios de (in)comunicación
explica por sí misma su importancia en la defensa del derecho al
desarrollo de los países del tercer mundo. El G77 cuenta ya con
132 países miembros y se caracteriza por su heterogeneidad ideológica,
donde no faltan incondicionales de Estados Unidos. Surge en 1964 ante la
necesidad de elaborar una plataforma común frente al mundo industrializado
cuando se avecinaba la celebración de la primera Conferencia de
Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo. De entonces acá ha
llovido mucho. Se desplomó la Unión Soviética, se
decretó el fin de la historia y se impusieron a escala universal
un pensamiento y unas políticas económicas únicas
basadas en la prevalencia del mercado como único organizador de
la vida social. Estas políticas han llevado a los países
subdesarrollados a un mayor subdesarrollo, pobreza y dependencia y han
ensanchado la brecha económica y tecnológica entre ellos
y las potencias imperialistas. La historia sigue siendo la misma que en
1964, sólo que se han profundizado notablemente las asimetrías
a favor de los países ricos.
Por consiguiente, es lógico
que la reunión de Doha haya puesto un gran énfasis en el
derecho al desarrollo y en el compromiso incumplido desde hace treinta
años por parte de los países ricos de dedicar un 0.7 por
ciento de su Producto Interno Bruto(PIB) a la ayuda oficial al desarrollo(AOD)
de los países del sur. Desde entonces lo más que se ha logrado
de los desarrollados es un aporte de 0.25 por ciento del PIB en AOD y apenas
0.1 por ciento en el caso de Estados Unidos. Esta es la causa principal
por la que no se podrán cumplir las insuficientes Metas del Milenio
de la ONU en 2015. Comprobémoslo con algunos ejemplos.
La ONU se propuso reducir a la mitad
para esa fecha los 1276 millones de seres humanos en pobreza extrema que
existían en 1990. Era necesaria una reducción de 46 millones
de pobres por año. No obstante, excluyendo a China, entre 1990 y
2000, la pobreza extrema aumentó en 28 millones. Otra meta, disminuir
a la mitad los 842 millones de hambrientos, exigiría disminuir 28
millones anualmente. Pero lo logrado sólo alcanza a 2.1 millones.
A ese ritmo la meta se cumpliría en 2215, dos siglos después
de lo previsto. Alcanzar la enseñanza primaria universal era otro
propósito, pero la realidad es que 120 millones de niños
no asisten a la escuela y según UNICEF la meta se lograría
después del 2100. Otro objetivo era disminuir en dos terceras partes
la mortalidad infantil en menores de cinco años, pero continúan
muriendo anualmente 13 millones de niñas y niños por enfermedades
prevenibles y curables. Mientras los países ricos aportaron el año
pasado a la AOD 78 mil millones de dólares, los países del
sur son exportadores netos de capital hacia aquellos. Les transfieren 436
mil millones de dólares anuales en pago del servicio de la inmoral
deuda externa y les pagan más de cien mil millones en aranceles,
sin contar las utilidades que les extraen las transnacionales y el
capital especulativo. En cambio, a la vez que predican farisaicamente a
favor del libre comercio, los países desarrollados invierten 300
mil millones de dólares al año en la protección de
su agricultura.
En el marco de la reunión
de Doha se produjo una reunión de cancilleres del Movimiento de
los no Alineados que en relación al proyecto de reforma de la ONU
reiteró en su Declaración su irrestricto apego a los principios
del derecho internacional, incluidos la soberanía y no intervención.
El proyecto de reforma, circulado por el secretario general del organismo
Kofi Annan se propone rescribir la Carta de la ONU legitimando la doctrina
de la “guerra preventiva” y el “derecho a proteger”, que consagraría
el derecho a las intervenciones imperialistas y pretende justificar el
incumplimiento de sus compromisos con el desarrollo por los países
industrializados. Estas posiciones divergentes se enfrentarán en
la sede de la ONU en Nueva York, en septiembre, donde se intenta desviar
la discusión de las Metas del Milenio hacia una reestructuración
del Consejo de Seguridad a modo de los poderosos. La cumbre de Doha fortaleció
la unidad del G77 frente a estos desafíos al ratificar los acuerdos
alcanzados en La Habana en 2000, referente político en la recomposición
del tercermunismo.
Publicado en La Jornada el 23
de junio de 2005
Angel
Guerra Cabrera
Columnista
de La Jornada de México
aguerra12@prodigy.net.mx
|