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1 de julio de 2005
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La Nación de Argentina - 1 de julio de 2005

La guerra como espectáculo

Mario del Carril
Para LA NACION - WASHINGTON
El coronel (R) Andrew J. Bacevich ha escrito un libro provocativo llamado El nuevo militarismo norteamericano: cómo los norteamericanos son seducidos por la guerra, (The New American Militarism; How the Americans are Seduced by War), Oxford University Press, 2005.

Bacevich tiene credenciales para abordar el tema. Se graduó en la academia militar de West Point; es veterano de la Guerra de Vietnam y fue comandante del regimiento 11 de caballería. Además, se doctoró en la Universidad de Princeton, enseñó en West Point y hoy dirige el Centro de Estudios internacionales de la Universidad de Boston. Sin embargo, Bacevich se define como conservador, escribe en revistas de la derecha y fue investigador, en 2002, en la Academia Norteamericana de Berlín, donde tuvo la beca George H. Bush, así llamada en honor al presidente 41 de los Estados Unidos y padre del actual presidente, George W. Bush.

La tesis provocativa de Bacevich, simplificada, se reduce a dos proposiciones. La primera es que en Washington prevalece un militarismo de la elite gobernante, que incluye a republicanos y demócratas y que se define por una creciente tendencia a resolver problemas internacionales por vías militares. Sus ejemplos son varios: la invasión de Panamá, la Guerra de los Balcanes y el haber declarado la lucha contra el terrorismo una guerra casi permanente, en la que se puede invadir unilateralmente e invocar la doctrina de la guerra preventiva.

Bacevich también caracteriza un militarismo popular, definido por la identificación del pueblo norteamericano con los avances invencibles de sus fuerzas armadas gracias a su supremacía tecnológica. La llave de esta identificación -nos dice Bacevich- es que se ha transformado la estética de la guerra en Estados Unidos, donde ya no se determina por las novelas angustiantes de Eric Maria Remarque y Ernest Hemingway sobre la Primera Guerra Mundial; o por los inolvidables dibujos de Bill Mauldin: dos soldados prototípicos, escépticos, sucios, cansados, resignados, pero leales y resistentes, que representan, en esa guerra, aspectos profundos de la condición humana.

Tampoco define hoy la estética de la guerra la famosa serie de televisión MASH, sobre un hospital de campaña en la Guerra de Corea, protagonizada por dos médicos irreverentes, ni la definen las películas críticas de la Guerra de Vietnam como Acopalypse Now.

La estética del nuevo militarismo es un producto de la tecnología moderna de comunicación. Las imágenes del campo de batalla no están producidas en su mayoría por las palabras ni por las caricaturas ni por las imágenes de series de televisión o cine; llegan en vivo y en directo transmitidas desde las cabinas de los aviones supersónicos que disparan misiles precisos para destruir blancos expertamente elegidos; llegan enviadas por camarógrafos que viajan con la tropa en vehículos blindados que avanzan raudamente por el desierto.

Bucevich cita al comandante de las fuerzas norteamericanas en la invasión de Irak, general Tommy Franks: "El combate en la era de la información -dijo- provee al comandante en el campo de batalla el tipo de perspectiva olímpica que Homero daba a sus dioses". Una parte de esa perspectiva, también olímpica, llega en vivo y en directo a millones de norteamericanos que, acurrucados en sus sillones, balconean la maravilla tecnológica de las armas de su país.

En la Guerra de los Balcanes hubo poquísimas bajas. Pocos disgustos interrumpieron la experiencia vicaria de decenas de millones de televidentes que absorbían la acción y la victoria en que el bien triunfó sobre el mal por el valeroso comportamiento de eficientes soldados manejando armas complicadas.

Así se ha ido forjando la imagen de un nuevo guerrero ( warrior ) norteamericano: joven, moderno; hombres y mujeres de todas las razas preparados con eficiencia para hacer su trabajo ( to do their job ) como parte integral de un juego de video que, para el televidente, empieza y termina a su voluntad con un clic del control remoto.

¿Qué futuro tiene la seducción de los norteamericanos por la guerra? ¿Se despertarán de su encantamiento? La respuesta depende de la realidad. En el caso de la Guerra de Irak hay nuevas dificultades que no se tuvieron en cuenta al comienzo de la operación Shock and Awe (´Conmover y crear un temor reverencial´). La insurrección, inesperada, que surgió después del éxito militar ha durado mucho más que la Guerra de los Balcanes y ya han muerto en ese país 1600 soldados norteamericanos. La guerra está dejando de seducir y, por primera vez en años, las fuerzas armadas no han reclutado sus cuotas asignadas.

También la vida burocrática de cuartel desencanta. Las fuerzas buscan gente capaz, talentosa, moderna y ésta se fastidia con la rutina. Algunos se aburren, otros se desaniman y, cuando están en Estados Unidos, hay deserción. Cuando le pregunté a un joven soldado reservista -experto en computación, que entró en la milicia con entusiasmo hace dos años- qué había aprendido, contestó: "A no firmar un contrato", y agregó: "Así piensan muchos".

Habría tres soluciones para la incipiente crisis del militarismo norteamericano. La primera sería la conscripción, solución que se descarta de inmediato porque trae aparejados serios problemas políticos y sociales. La segunda es mejorar aún más la tecnología de la fuerza en cuanto al nivel del soldado: obtener mejores blindajes, armas más precisas, inteligencia más certera. En eso está el gobierno, pero los resultados no se ven.

También se usa el método que fracasó en Vietnam: "vietnamizar"-o, en este caso, "iraquizar"- el conflicto, entrenando y supervisando las tropas locales para que ellas mismas pongan fin a la insurrección y releven a la tropa norteamericana. Una solución que puede funcionar, pero que todavía está a prueba.

Hay pocas dudas de que el gobierno actual tiene toda la intención de no cambiar de rumbo; así lo indica el presupuesto militar de los próximos años y sus declaraciones; sigue confiado en que la insurrección sea derrotada antes de que termine esta segunda presidencia de Bush. Puede ser. Lo cierto que es el éxito o el fracaso de la aventura norteamericana en Irak será lo que aumentará o reducirá el atractivo que la guerra ejerce sobre los norteamericanos contemporáneos.

Esta seducción que describe Bacevich en su libro nos interesa. Usando las famosas categorías del ya olvidado historiador de las civilizaciones, Arnold Toynbee, se puede decir que si en Estados Unidos se frena o controla el proceso de militarización, el liderazgo de este país dejará de enfrentar al mundo como una minoría dominante, para tratar de hacerlo como una minoría creadora, un proceso mucho más difícil pero que, a la larga, como en el pasado, beneficiará a muchos.
 
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