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16 de julio de 2005
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La Vanguardia de España - 30 de junio de 2005

Superviviente de Hiroshima Eiji Nakanishi

"Escuchen las voces
que vienen de Hiroshima"

Tengo 64 años. Nací en Hiroshima y vivo en Tokio. Estoy divorciado y tengo dos hijos. Soy licenciado en Literatura Alemana y secretario general de Hidankyo, confederación de víctimas de la bomba atómica. Soy de izquierdas y ateo. He venido invitado por Greenpeace para pedir que España sea más activa en el desarme nuclear

Ima Sanchís
Yo tenía 3 años, pero lo que sucedió aquel 6 de agosto de 1945 ha condicionado toda mi vida.

-¿Qué ocurrió ese día?

-Nuestra casa estaba a 2,5 ki-lómetros del corazón de la ciudad de Hiroshima, donde se arrojó la bomba atómica. Allí vivíamos mis padres, mi hermana mayor y yo. La casa quedó destruida totalmente. Mi padre, que todavía dormía, salió despedido con el tatami al patio de la casa.

-Fue un milagro que salieran ilesos.

-Sí. Mi tía, que vivía muy cerca, presenció cómo agonizaba su marido, abrasado por las llamas. Y su hijo, que también tenía 3 años, sufrió quemaduras en todo el cuerpo. Murió en nuestra casa meses después entre terribles gritos de dolor. Nosotros no éramos combatientes, éramos ciudadanos inocentes.

-...

-La masacre fue increíble. Aun así tres días después Estados Unidos volvió a lanzar otra bomba sobre Nagasaki, esta vez de plutonio. Más de 200.000 personas murieron: un 70% eran niños, mujeres y ancianos.

-El horror no acabó ahí.

-No. La bomba siguió matando a ciudadanos aparentemente ilesos: los efectos de la radiactividad fueron mortales y crueles. En mi barrio, año tras año, morían nuestros vecinos y amigos. Vivíamos atemorizados.

-Se acabó la alegría.

-Se acabó. Yo no esperaba llegar a cumplir 20 años. A los supervivientes se nos caía el pelo, teníamos colitis, náuseas..., pero la enfermedad que hizo sufrir a más gente fue la leucemia. Hoy los síntomas siguen ahí. Las radiaciones residuales provocan que al cabo de 10, 20 o 30 años caigas enfermo de cáncer.

-¿Cómo vive ese miedo un adolescente?

-Yo era un adolescente oscuro y encerrado en casa, sin amigos. Cada día, al acostarme, sudaba de miedo porque pensaba que no iba a despertar. No tenía ninguna esperanza en la vida. Quise suicidarme varias veces, pero era cobarde, no tenía valentía para matarme yo mismo. Era un inseguro.

-¿Qué le hizo cambiar?

-A los 20 años asistí a una reunión internacional contra las armas nucleares. Había asistentes de todo el mundo y todos decían que había que luchar para que Hiroshima no se repitiera nunca más. Me sentí muy arropado al ver a tantas personas apoyándome y tuve esperanza. Desde entonces soy otro.

-Le felicito, es usted un valiente.

-A veces he sido un poquito radical.

-Todos deberíamos serlo con las armas nucleares.

-He aprendido a gozar de la vida. Algunos amigos me dicen: "¡Cómo has cambiado!".

-Usted debe de saberlo mejor que nadie, ¿qué merece la pena en la vida?

-La vida misma. Hay tantas cosas bonitas. Me gusta la música y cuando oigo piezas hermosas sé que vale la pena vivir. En mi trabajo por la paz he conocido mucha gente interesante y generosa que me ha ayudado. Un hombre solo no puede hacer mucho.

-¿Qué hace para no desanimarse?

-Mi vida ha sido un ir y venir de la esperanza a la desesperanza. Al pensar en la carrera nuclear me doy cuenta de lo estúpidos que somos los seres humanos. Repetimos una y otra vez los mismos errores. El otro día fui a ver las pinturas negras de Goya y vi la estupidez humana reflejada. Pero también Goya nos está diciendo: "¡Despertaos! No hay que perder la esperanza".

-¿Y qué es la esperanza?

-La confianza en los seres humanos. Ésa es mi ilusión: tener cada día más confianza en las personas que conozco.

-¿Cuál ha sido el momento más feliz?

-Una pregunta difícil. Verá, cuando nació mi primer hijo fue el momento más feliz de mi vida, me pareció que todo brillaba: las flores, las personas, quería anunciar al mundo que había nacido mi hijo. Pero hasta que lo vi tuve mucho miedo.

-¿... de que su hijo no naciera bien?

-Sí. Cuando mi mujer se quedó embarazada discutimos días y días si seguir adelante, porque teníamos miedo de que nuestro hijo naciera deformado por mi exposición a las radiaciones. Toda mi vida arrastraría la culpa de haber traído al mundo un hijo que sufría. Al final decidimos que pasara lo que pasara le daríamos la bienvenida.

-¿Qué es lo primero que hizo cuando lo vio?

-En lugar de felicitar a mi mujer corrí a comprobar que tuviera cinco dedos perfectos en sus dos manitas. Los contaba y lloraba. Lloraba de alegría y de culpabilidad porque no había sido un hijo deseado desde el primer momento. Me arrepentía de todos aquellos años oscuros de mi adolescencia. Lloraba por muchas cosas.

-Su sufrimiento es muy injusto.

-Lo es, por eso las víctimas de la bomba atómica tenemos dos demandas: la eliminación de las armas nucleares y la indemnización del Gobierno japonés por los daños causados. Estados Unidos es responsable, pero el Gobierno de Japón también, porque nos metió en una guerra de invasión absurda.

-¿Las víctimas no tienen indemnización?

-El Gobierno no reconoce los daños causados, no indemnizó a nadie. Vivimos un abandono absoluto. Medio siglo después hemos conseguido que corra con los gastos sanitarios de los enfermos, pero sigue sin reconocer los daños porque la seguridad de Japón depende del paraguas nuclear de EE.UU.

-Qué vergüenza.

-Los pueblos del mundo deben implicarse más en la lucha por el desarme nuclear. Que no se repita nunca un Hiroshima. Nosotros vivimos ese mal; escúchennos. Escuchen las voces que vienen de Hiroshima.

¿Y la próxima?

La asociación Hidankyo es candidata por cuarta vez al premio Nobel de la Paz. Agrupa a los ´hibakusha´(personas expuestas a la radiación). "El término supervivientes transmite la idea de que sobrevivimos a la bomba atómica y que con eso acabó todo. No es así: una persona expuesta a la radiación vive toda su vida amenazada por las consecuencias". Nunca olvidaré ni la tristeza ni la ternura de Eiji cuando me explicaba cómo contaba una y otra vez los deditos a su hijo recién nacido llorando de alegría porque los tenía todos. Eiji hoy tiene cara y voz, para ustedes y para mí, pero hay miles de personas sufriendo las consecuencias de aquella estúpida bomba. ¿Tiene algún sentido? Hace 60 años ocurrió en Hiroshima, ¿a quién le tocará la próxima vez?

 
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