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31 de julio de 2005
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La Nación de Chile - 24 de julio de 2005 

Villano Invitado

Es texas, señor mío

Al final de la película, Bogart, al teléfono con uno que le amenaza para que no publique una determinada noticia, pone el auricular para que escuche el ruido de las rotativas y concluye con algo así como: “Es la prensa, señor mío, el poder de la prensa, y tú no puedes hacer nada”.

Aquella película que llegaba a principios de los años 50 fue una hermosa lección de democracia

Umberto Eco
Los periódicos ya han dado la noticia de la lista, elaborada en Estados Unidos, sobre las cien mejores (o las más memorables) frases de la historia del cine, lista que obviamente concierne sólo al cine norteamericano. Ha ganado “Sinceramente, cariño, me importa un bledo (Frankly, my dear, I don’t give a damn)”, que Clark Gable le dice a Vivian Leigh al final de “Lo que el viento se llevó”. Nada que objetar, al igual que encuentro justo que en la lista haya algunas frases de “Casablanca” y una de “Yanqui Dandi” (“Yankee Doodle Dandy”), donde el mejor James Cagney de todos los tiempos acaba el espectáculo presentando a su simpática familia: “Mi madre os da las gracias. Mi padre os da las gracias. Mi hermana os da las gracias. Y yo os doy las gracias”. Parece poco, pero a los que recordamos esta película de culto nos produce un ligero estremecimiento epidérmico.

Dos ausencias me llaman la atención. Una es de una película que se llamaba “El cuarto poder” (“Deadline USA”), sobre la libertad de prensa que aquí en Italia fue emblemática para toda una generación. Al final de la película, Bogart, al teléfono con uno que le amenaza para que no publique una determinada noticia, pone el auricular para que escuche el ruido de las rotativas y concluye con algo así como: “Es la prensa, señor mío, el poder de la prensa, y tú no puedes hacer nada”.

Para nosotros, aquella película que llegaba a principios de los años 50 fue una hermosa lección de democracia y rezo cada día para que podamos seguir pronunciando esa frase durante mucho tiempo en este país.

Ahora bien, visto que evidentemente tengo una debilidad tanto por Bogart como por “Casablanca”, me llena de indignación la ausencia de otra cita, que justifico porque era un diálogo. En el Rick’s Cafe Americain, Bogart está respondiendo a las quejas de Yvonne, jovencita de no difíciles costumbres, con la cual evidentemente se había concedido un poco atento paréntesis erótico: “¿Dónde estuviste anoche? Hace tanto tiempo, que ya no me acuerdo. ¿Vendrás esta noche? No hago planes con tanta anticipación”. Por amor a la filología les copio el original: “Where were you last night? That’s so long ago, I don’t remember. Will I see you tonight? I never make plans that far ahead”.

Para mí, este diálogo es sublime y no tengo que explicar por qué, puesto que el que no lo entiende no vale la pena reeducarlo (y lo que precede es un anacoluto).

Lo que yo me pregunto es si son “históricos” tan sólo los diálogos de las películas. Nada más celebrarse el referéndum italiano sobre la ley de reproducción asistida, estaba viajando yo por los Estados Unidos, y me llegó la noticia de que nuestro ministro Rocco Buttiglione (sí, el que fue a decir a la Unión Europea que la homosexualidad era un pecado) habría dicho la frase siguiente (¿la dijo de verdad? La cita el “New York Times”, es la prensa, señor mío, y tú no puedes hacerle nada): “Italia ha demostrado ser más parecida a Texas que a Massachusetts”.

Los amigos americanos (aunque eran de Texas) abrían los ojos de par en par y decían que se trataba de una broma, que ese desconocido señor había querido pronunciar palabras de desdén hacia su estado. Que no, les decía yo, que lo ha dicho en serio, para decir que Italia mejora.

Y se me ocurrió otro diálogo memorable. Milán, años 50, universidad estatal, donde se celebraba un congreso filosófico que comparaba filósofos analíticos e idealistas italianos, laicos y católicos.

Estaba hablando uno de los últimos adalides del idealismo italiano (en su crepúsculo no de dioses) y pronunciaba un elogio de lo más retórico sobre el Yo (“Ese Yo que mediándose se hace y haciéndose produce historia, etcétera, etcétera”). A un cierto punto, se levantó de entre el público un idealista de complemento y gritó: “Viva el Yo”, en plan folletín o, si se prefiere, vodevil.

El orador se puso pálido y, mientras le temblaban la voz y los labios, dijo: “Señor, si usted pretende mofarse de asuntos a los que yo he dedicado toda mi vida”. Y el otro, con voz quebrada: “¡No, no, yo hablaba en serio!”. Ante lo cual el orador (y ya estamos en Edmundo de Amicis) abría los brazos y exclamaba: “Si así es, ¡aquí, a mis brazos!”. Los dos se salían al encuentro y se abrazaban en el estrado mientras la mayoría de la sala se abandonaba a inverecundas risitas.

Pues bien, la historia de Buttiglione me ha parecido de ese tipo. Me imagino que si alguien se ha comprado por error esta publicación en la estación, podría preguntarme qué hay de malo en parecerse más a Texas que a Massachusetts. Una vez más, no considero oportuno contestar porque al que no lo entiende no vale la pena reeducarlo. LND

(The New York Times Syndicate)

 
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