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La
Nación de Chile - 24 de julio de 2005
Villano
Invitado
Es texas,
señor mío
Al final
de la película, Bogart, al teléfono con uno que le amenaza
para que no publique una determinada noticia, pone el auricular para que
escuche el ruido de las rotativas y concluye con algo así como:
“Es la prensa, señor mío, el poder de la prensa, y tú
no puedes hacer nada”.
Aquella
película que llegaba a principios de los años 50 fue una
hermosa lección de democracia
Umberto
Eco
Los periódicos
ya han dado la noticia de la lista, elaborada en Estados Unidos, sobre
las cien mejores (o las más memorables) frases de la historia del
cine, lista que obviamente concierne sólo al cine norteamericano.
Ha ganado “Sinceramente, cariño, me importa un bledo (Frankly, my
dear, I don’t give a damn)”, que Clark Gable le dice a Vivian Leigh al
final de “Lo que el viento se llevó”. Nada que objetar, al igual
que encuentro justo que en la lista haya algunas frases de “Casablanca”
y una de “Yanqui Dandi” (“Yankee Doodle Dandy”), donde el mejor James Cagney
de todos los tiempos acaba el espectáculo presentando a su simpática
familia: “Mi madre os da las gracias. Mi padre os da las gracias. Mi hermana
os da las gracias. Y yo os doy las gracias”. Parece poco, pero a los que
recordamos esta película de culto nos produce un ligero estremecimiento
epidérmico.
Dos ausencias
me llaman la atención. Una es de una película que se llamaba
“El cuarto poder” (“Deadline USA”), sobre la libertad de prensa que aquí
en Italia fue emblemática para toda una generación. Al final
de la película, Bogart, al teléfono con uno que le amenaza
para que no publique una determinada noticia, pone el auricular para que
escuche el ruido de las rotativas y concluye con algo así como:
“Es la prensa, señor mío, el poder de la prensa, y tú
no puedes hacer nada”.
Para nosotros,
aquella película que llegaba a principios de los años 50
fue una hermosa lección de democracia y rezo cada día para
que podamos seguir pronunciando esa frase durante mucho tiempo en este
país.
Ahora bien,
visto que evidentemente tengo una debilidad tanto por Bogart como por “Casablanca”,
me llena de indignación la ausencia de otra cita, que justifico
porque era un diálogo. En el Rick’s Cafe Americain, Bogart está
respondiendo a las quejas de Yvonne, jovencita de no difíciles costumbres,
con la cual evidentemente se había concedido un poco atento paréntesis
erótico: “¿Dónde estuviste anoche? Hace tanto tiempo,
que ya no me acuerdo. ¿Vendrás esta noche? No hago planes
con tanta anticipación”. Por amor a la filología les copio
el original: “Where were you last night? That’s so long ago, I don’t remember.
Will I see you tonight? I never make plans that far ahead”.
Para mí,
este diálogo es sublime y no tengo que explicar por qué,
puesto que el que no lo entiende no vale la pena reeducarlo (y lo que precede
es un anacoluto).
Lo que yo me
pregunto es si son “históricos” tan sólo los diálogos
de las películas. Nada más celebrarse el referéndum
italiano sobre la ley de reproducción asistida, estaba viajando
yo por los Estados Unidos, y me llegó la noticia de que nuestro
ministro Rocco Buttiglione (sí, el que fue a decir a la Unión
Europea que la homosexualidad era un pecado) habría dicho la frase
siguiente (¿la dijo de verdad? La cita el “New York Times”, es la
prensa, señor mío, y tú no puedes hacerle nada): “Italia
ha demostrado ser más parecida a Texas que a Massachusetts”.
Los amigos
americanos (aunque eran de Texas) abrían los ojos de par en par
y decían que se trataba de una broma, que ese desconocido señor
había querido pronunciar palabras de desdén hacia su estado.
Que no, les decía yo, que lo ha dicho en serio, para decir que Italia
mejora.
Y se me ocurrió
otro diálogo memorable. Milán, años 50, universidad
estatal, donde se celebraba un congreso filosófico que comparaba
filósofos analíticos e idealistas italianos, laicos y católicos.
Estaba hablando
uno de los últimos adalides del idealismo italiano (en su crepúsculo
no de dioses) y pronunciaba un elogio de lo más retórico
sobre el Yo (“Ese Yo que mediándose se hace y haciéndose
produce historia, etcétera, etcétera”). A un cierto punto,
se levantó de entre el público un idealista de complemento
y gritó: “Viva el Yo”, en plan folletín o, si se prefiere,
vodevil.
El orador se
puso pálido y, mientras le temblaban la voz y los labios, dijo:
“Señor, si usted pretende mofarse de asuntos a los que yo he dedicado
toda mi vida”. Y el otro, con voz quebrada: “¡No, no, yo hablaba
en serio!”. Ante lo cual el orador (y ya estamos en Edmundo de Amicis)
abría los brazos y exclamaba: “Si así es, ¡aquí,
a mis brazos!”. Los dos se salían al encuentro y se abrazaban en
el estrado mientras la mayoría de la sala se abandonaba a inverecundas
risitas.
Pues bien,
la historia de Buttiglione me ha parecido de ese tipo. Me imagino que si
alguien se ha comprado por error esta publicación en la estación,
podría preguntarme qué hay de malo en parecerse más
a Texas que a Massachusetts. Una vez más, no considero oportuno
contestar porque al que no lo entiende no vale la pena reeducarlo. LND
(The New York
Times Syndicate) |