rnesto Guevara Lynch, el Che, es, según una encuesta internacional realizada
hace pocos meses, la personalidad más admirada en todo el mundo. No llama eso la
atención si se está atento a los noticieros internacionales y, entonces,
asiduamente se descubre su rostro sobrevolando en pancartas y banderolas, en los
cinco continentes, manifestaciones por mejores condiciones laborales, o en
contra de la globalización o la guerra de Irak, o en multitudinarias
reivindicaciones por los derechos humanos.
El Che no es pasado sino
presente por lo que simboliza, estemos o no de acuerdo con sus principios y sus
métodos: el idealismo, el coraje, la coherencia entre lo que se piensa, dice y
hace. Valores en crisis en una sociedad hegemónica que privilegia el
individualismo, la inescrupulosidad, el materialismo.
El artículo del
señor Gioffré publicado en esta sección está en línea con los muchos que se han
escrito tratando de convencer de que el Che fue un fracasado en vida. De acuerdo
con ese criterio, Van Gogh también lo fue, porque logró vender un solo cuadro y
murió en un siniestro manicomio. También Espartaco, por haber sido derrotado por
las legiones romanas y crucificado en la via Appia. Hasta San Martín sería un
fracasado, porque debió ceder a Bolívar la conclusión de la gesta libertadora y
porque nunca logró regresar a su patria. Lo que ese criterio elude es la
poderosa significación simbólica que esas personalidades proyectan más allá de
la muerte y de las contingencias circunstanciales.
Repasemos algunos de
los “fracasos” de Guevara, según Gioffré: le enrostra que habría renegado de su
tierra; los cubanos, mexicanos y bolivianos que entrevisté para mi biografía
coinciden en su apego a la identidad argentina: bebedor obsesivo de mate,
canturreador desafinado de tangos mientras leía o meditaba; en las tribunas
adoptaba el “caribeño”, pero en la intimidad recuperaba su habla de porteño;
además, murió argentino al renunciar a LA NACIONalidad cubana cuando abandonó La
Habana; por otra parte, su apodo no deja dudas de ello. ¿Que declinó el
ejercicio de su profesión de médico? Se embarcó en el Granma como tal y luego
eligió ser un combatiente; ¿fracasaron también como médicos Baldomero Fernández
Moreno y Arturo Illia por encaminar sus vidas en pos de otra vocación? Gioffré
reprocha al Che haber abandonado a su amigo Granado en Caracas, lo que es tan
poco cierto como que, apenas triunfante la revolución contra el dictador
Batista, lo mandó llamar a La Habana y le confió tareas de importancia en el
área médica. Gioffré pierde una excelente oportunidad de ensayar una crítica
certera contra el Che cuando aduce que su manual guerrillero fue otro fracaso y
para lo único que sirvió fue para dar datos a la CIA; se equivoca el autor, pues
dicho texto –personalmente lo lamento– fue exitoso en convencer a muchos jóvenes
argentinos y de otros países que se inmolaron, comprometidos con la vía de la
lucha armada para terminar con las injusticias del capitalismo. Sigamos: el Che
no subestimó el bloqueo norteamericano a Cuba, sino que lo consideró inevitable
en una guerra declarada, en la que tuvo posiciones tan radicalizadas como
enfurecerse hasta el insulto con Kruschev por haber retirado los misiles en
lugar de declarar la guerra atómica, que, en primerísima instancia, hubiera
arrasado con la isla caribeña y todos sus habitantes, Guevara incluido. En
cuanto a la Conferencia de Punta del Este, la misión cumplida por el Che fue
difundir ante la opinión pública mundial su convicción de que la Alianza para el
Progreso no se proponía el desarrollo de los países de la región, sino algo
parecido a un soborno a sus dirigencias para impedir que se reprodujera el
fenómeno cubano. En cuanto al supuesto fracaso como funcionario económico, lo
que allí sucedió fue que Guevara se enfrascó en desigual pelea con las teorías
económicas –que él anticipó llevarían a la hecatombe a todo el bloque comunista–
con quienes respondían ciegamente a las consignas de Moscú y que habían ocupado
los puestos gubernamentales de mayor poder a favor de la ayuda soviética. En
cuanto a que fracasó como hijo por no estar junto al lecho de muerte de su
madre, difícil le hubiera sido, pues se encontraba a muchos kilómetros de
distancia, en el Congo, combatiendo contra el feroz dictador Mobutu; pero el
dolor por la muerte de la persona más importante en su vida lo motivó a escribir
un texto de elevada literatura, conmovedor, que tituló La piedra, hallable en
Internet. Lo de su “inhabilidad” para captar al PC boliviano debe achacarse a la
obediencia de su dirigente Mario Monje a la estrategia mundial de Moscú, que
entonces privilegiaba la coexistencia pacífica con Occidente y repudiaba las
acciones guerrilleras; valga señalar que en sus últimos años la relación del Che
con la Unión Soviética era pésima y que la KGB colaboró con la CIA en darle
caza. En cuanto a la insensata opinión de que el Che combatía porque la descarga
adrenalínica aliviaba su asma, insólito es reproducirla dándole seriedad: es tan
absurda como pensar que sería terapéutico para quienes sufren dicho mal
enrolarse en las filas de Al-Qaeda.
Es dolorosamente cierto que Ernesto
“Che” Guevara fue capaz de morir por sus ideales pero también de matar por
ellos, tanto en las campañas guerrilleras como en los fusilamientos de La
Cabaña. Es ésa una mancha que ennegrece su historia. Sin embargo, ello parece no
hacerle mella como representante de la utopía en un mundo que parece haber
abjurado de ella.
La escritora colombiana Laura Restrepo escribió: “En
esta sociedad de consumo, nada hay más cursi que el heroísmo, dar la vida por
algo, la épica, el culto a los muertos o el hecho de morir por amor”. Ernesto
“Che” Guevara es vivido planetariamente como la contrafigura de ello. Se lo
idealiza por haber sido leal a sus convicciones hasta el límite, por su
compromiso con los desheredados de la tierra, por su insobornable honestidad de
funcionario.
La inmensa mayoría de quienes lo admiran no son marxistas
–yo no lo soy–, pues el Che ha trascendido los límites de lo político. Muchos
son jóvenes que sienten que al mundo le falta gente como él y le sobran
dirigentes como los que hoy nos lesionan moral y económicamente. Atención: nunca
se porta una camiseta o un tatuaje del Che ingenuamente, como si fuera la de
Ricky Martin o Mick Jagger; siempre hay un mensaje, consciente o inconsciente,
de rebeldía y desafío.
No será por medio de achacarle fracasos o de
demonizar su memoria (los artículos de Alvaro Vargas Llosa parecen ir en esta
dirección) como se logrará oscurecer el mito Che Guevara. El mejor y único
sistema para ello es lograr que los valores que –nos guste o no nos guste– él
encarna no sean moneda rara en nuestra sociedad de hoy y que las nuevas
generaciones no tengan que reclamarlos recordando al Che en sus vestimentas y
tatuajes, en las banderas del fútbol, en los cartelones piqueteros.
Estoy de acuerdo con que una calle de nuestra capital lleve su nombre,
porque su memoria, aunque despierte pasiones a favor y en contra, lo merece.
Pero no debe ser la que honra a José Luis Cantilo, quien fue un buen intendente
capitalino.