| La
Jornada de México - 23 de agosto de 2005
Grupos conservadores defienden el "diseño inteligente"
Gran batalla en EEUU
contra la teoría de la evolución de Darwin
David Brooks Corresponsal
Nueva York, 22 de agosto.
Se supone que cuando uno vive en el país más
importante de los llamados "avanzados" a principios del siglo XXI, lo último que
espera es ser transportado al siglo XIX y tener que concluir que se encuentra
tal vez en el país más "retrasado" del mundo. Pero cuando el gran debate
nacional aquí se trata de un intento para anular uno de los fundamentos de la
ciencia moderna mundial y sustituirlo con una teoría cristiana endosada por la
Casa Blanca, esto se parece cada vez más a una teocracia.
Aquí hay una batalla sin precedente para derrocar a Charles Darwin y su
teoría de la evolución, una batalla que se libra desde distritos escolares
locales, juntas de educación estatales, en universidades y hasta la propia Casa
Blanca y el Congreso de Estados Unidos.
Algo llamado "diseño inteligente" es la "teoría" avanzada como
contrapropuesta a la teoría de Darwin, y después de una década de inversiones
multimillonarias para financiar y promover académicos, publicaciones y esfuerzos
de propaganda, las fuerzas antidarwinistas han logrado su objetivo: colocar su
"teoría" al centro del debate nacional y punta de lanza de las llamadas "guerras
culturales" de este país entre las fuerzas conservadoras fundamentalistas
cristianas y todos los "otros", incluyendo casi a toda la comunidad científica
establecida.
El propio presidente George W. Bush ha abierto el frente nacional, al
comentar hace un par de semanas que se debería enseñar ambas teorías en las
escuelas de Estados Unidos, "para que la gente pueda entender de qué se trata el
debate... para exponer a la gente a diferentes escuelas de pensamiento".
La semana pasada, el líder del Senado, el republicano Bill Frist (quien es
médico), se sumó a la posición del presidente, argumentando que la teoría de la
evolución y la del "diseño inteligente" deberían formar parte de la educación
pública, ya que "esto no impone una teoría particular sobre nadie", y agregó:
"creo que en una sociedad plural esta es la manera más justa de educar y
capacitar a la gente para el futuro". Varios legisladores federales se han
expresado de la misma manera.
Para Hendrik Hertzberg, columnista político de la revista The New
Yorker, el comentario presidencial es una "ocasión de vergüenza nacional...
aquí está el líder de nuestro país, el campeón en jefe de normas educativas,
blandamente igualando ciencia natural y suposición supernatural como 'diferentes
escuelas de pensamiento'".
El "diseño inteligente" argumenta que ciertas estructuras vivientes son
demasiado complejas para ser el resultado de la evolución, y que por lo tanto
esto afirma que existe una intervención de un "diseñador inteligente", una
fuerza divina más allá de los procesos naturales.
Aunque este argumento es más "sofisticado" que su antecesor, el de
"creacionismo" que sostiene la versión bíblica del origen de la vida, es
promovido por las mismas fuerzas conservadoras cristianas. Vale recordar que
hace 25 años el entonces candidato presidencial Ronald Reagan respaldó la
propuesta de incluir el creacionismo en la educación pública, y que el propio
Bush, hace sólo cinco años, afirmó lo mismo.
Pero después de los fracasos para promover la versión bíblica, la cual
alcanzó llegar a ser propuesta por la Junta de Educación del Estado de Kansas,
sólo para después ser desechada, los promotores de "diseño inteligente" han
logrado prosperar con una versión más elaborada, que acepta que la vida en este
mundo tiene millones, y no miles, de años de existencia y otros hechos
comprobados científicamente, pero que al final afirma que hay una mano divina en
la creación.
A tal nivel ha llegado este debate que el periódico más "serio" e influyente
del país, el New York Times, está dedicando una serie en su primera plana
al asunto, intentando ofrecer un reportaje "objetivo y balanceado" sobre el
tema.
Según el Times, el "think tank" detrás de toda esta estrategia
se llama Discovery Institute con sede en Seattle, donde en asociación con
académicos con maestrías y doctorados de algunas de las universidades más
reconocidas del país, esta "teoría" ha sido promovida cuidadosamente durante una
década.
Con el financiamiento de algunas fundaciones conservadoras, el Discovery
Institute ha invertido 3.6 millones de dólares en una red de más de 50
académicos, una campaña de relaciones públicas y la publicación de unos 50
libros sobre el tema. Su estrategia ha sido no imponer su versión, sino promover
el argumento de "enseñar la controversia", y así lograr que el tema sea uno de
"libertad académica", en lugar de un enfrentamiento entre ciencia y religión,
señalo el Times. De ahí, los comentarios de Bush y Frist, entre otros,
proponiendo que se "enseñen ambas versiones".
"Estamos en las etapas muy iniciales de una revolución científica", afirmó
Stephen C. Meyer, historiador, filósofo, y director del proyecto sobre diseño
inteligente del Discovery Institute en entrevista con el Times. "Deseamos
tener un efecto sobre la visión dominante de nuestra cultura". En un documento
interno del Discovery Institute, se establece su propósito: "nada menos que el
derrocamiento del materialismo y sus legados culturales" y favorecer "un amplio
entendimiento teístico de la naturaleza".
Esta misión ya tiene logros concretos, al promover un debate a nivel local y
estatal donde se promueve la idea de permitir críticas de la teoría de la
evolución y así presentar todo esto como una "controversia" legítima.
El gran problema es que este argumento es por definición anticientífico, ya
que no se puede comprobar por métodos científicos ni se puede apoyar con pruebas
empíricas. Además, el hecho de que gran parte del financiamiento y vínculos de
los promotores del diseño inteligente provienen de fundaciones y organizaciones
abiertamente identificadas como religiosas y conservadoras, pone en duda
cualquier aseveración de que se trata de una búsqueda de la verdad y no de una
agenda ideológica.
Pero además de ser entre trágico y cómico, también manifiesta una tendencia
peligrosa. Como señalan varios críticos, la ciencia ha sido sistemáticamente
repudiada por este gobierno, a veces con justificaciones religiosas, pero
frecuentemente en beneficio de grandes intereses empresariales, como el sector
energético, el farmacéutico y más.
El ejemplo más obvio es la posición intransigente del gobierno de Bush de que
el fenómeno del calentamiento del planeta es un problema, pero también en otros
asuntos ambientales desde exploración petrolera a normas de salud en agua
potable, como también en los temas de educación sexual y el asunto de la
investigación celular de enfermedades.
A la vez es cierto que las teorías "divinas" encuentran eco en lo que
posiblemente es el país más "religioso" del mundo. Según encuestas recientes de
Gallup, 45 por ciento del público estadunidense cree que la versión bíblica de
la creación del ser humano es cierta. Sólo un tercio de la población cree en la
teoría de Darwin. Con esto, es menos sorprendente que la versión del "diseño
inteligente" no permaneció marginal dentro del debate nacional, pero la
comunidad científica (y seguramente Darwin) está muy sorprendida de que, un
siglo y medio después de ser presentada, de repente la piedra angular de la
biología moderna -la teoría de evolución- ahora se encuentra a la defensiva.
Tal vez la solución es la ofrecida por el cómico Bill Maher: aceptar de que
sí existió un "diseñador inteligente" que dio origen al ser humano, pero que
este no era una fuerza divina, sino un chango. O tal vez es hora de aceptar de
que este país, a estas alturas, ya no puede ser identificado como uno de los
"más avanzados".
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