| Brecha
de Uruguay - Nº 1031 - 26 de agosto de 2005
Brasil y la corrupción
La agonía del PT
El legendario Partido de los Trabajadores está herido
de muerte por el involucramiento de su plana mayor en una red
ilegal de recaudación, que destruyó en pocas semanas su mítica
imagen de bastión de la lucha contra la corrupción.
Ricardo Soca
En este agosto de 2005,
el más traumático del nuevo siglo en Brasil, el Partido de los
Trabajadores –creado en 1980 por el dirigente metalúrgico Luiz
Inácio Lula da Silva– parece estar entonando su canto de cisne
tras haber encarnado durante un cuarto de siglo los sueños y
las esperanzas de millones de brasileños. Una comisión
parlamentaria que investigaba denuncias de corrupción
descubrió que muchos de los principales miembros del gobierno
y dirigentes del PT estaban involucrados en una red de
recaudación ilegal de dinero para fortalecer las finanzas
partidarias y, según algunos políticos, también para comprar
votos de diputados de otros partidos. El primer mandatario es
uno de los pocos de la cúpula gubernamental que no ha sido
denunciado hasta ahora, pero las denuncias de la oposición lo
tocan cada vez más de cerca y muchos dudan de que Lula escape
de ser alcanzado por el ojo del huracán. El diputado y ex
ministro José Dirceu, hasta hace dos meses el hombre fuerte
del gobierno y brazo derecho del presidente, había sido
calificado por Lula como “el capitán del cuadro”, pero ahora
viene siendo llamado por sus pares del Congreso “el jefe de la
cuadrilla” que habría organizado la red de corrupción. Los
enemigos más acérrimos del jefe de Estado propugnan un juicio
político para destituirlo, interrumpiendo así su mandato, que
debe concluir el 1 de enero de 2007. El drama brasileño
llegó a su punto más alto la semana pasada, cuando el país
entero se vio conmocionado ante las declaraciones de los
publicistas Marcos Valerio y Duda Mendonça –el primero,
operador de la red de corrupción que sacude hoy a Brasil, y el
segundo, responsable por la campaña publicitaria que llevó a
Lula a la presidencia en 2002– ante una comisión investigadora
del Congreso, aventando las últimas esperanzas de que el PT
pudiera mantenerse en pie. Marcos Valerio admitió haber
contraído préstamos bancarios en su nombre por un valor de 55
millones de reales (unos 23 millones de dólares) para
financiar la campaña electoral, ilegal en Brasil, mientras que
Mendonça confesó haber recibido diez millones de dólares en
una cuenta que le fue abierta con ese fin en un banco de las
Bahamas. “Estamos presenciando el velorio del PT”, comentó
con sorna el diputado derechista Ney Lopes. Pero no fue sólo
la derecha que atacó con furia al partido de Lula; el propio
jefe de la bancada del PT en el Senado, Aloísio Mercadante,
tras oír a ambos declarantes, confesó sentirse traicionado por
la cúpula partidaria, se declaró “triste y perplejo” y admitió
la posibilidad de abandonar el partido que hasta hace algunos
días era su propia vida: “Si el partido no reacciona con
vehemencia (y castiga) a los responsables por todo lo
ocurrido, no voy a aceptar esa situación. No seré connivente
con esas prácticas que son incompatibles con todo lo que creo
y pienso”, dijo con los ojos enrojecidos Mercadante, que había
sido hasta entonces uno de los legisladores más vehementes en
la defensa de su partido y del gobierno. “El PT tiene que
pedir disculpas a los compañeros que expulsó y castigó por sus
opiniones”, dijo el diputado petista Paulo Delgado,
refiriéndose a los legisladores que fueron expulsados del PT
por haberse negado a aceptar la orientación liberal del
gobierno. “La política está en todo, pero no lo es todo. Se
está tornando insostenible conocer el precio de nuestra
victoria” de 2002, añadió. Otros cinco diputados del PT
–Chico Alencar, Doutor Rosinha, Luiz Bassuma, Walter Pinheiro
y Orlando Desconsi– pronunciaron discursos entrecortados por
el llanto, y leyeron una nota conjunta en la que expresaron su
“vehemente repudio al criminal plan de financiamiento de la
campaña electoral, revelado progresivamente a lo largo de
sucesivas declaraciones ante las comisiones investigadoras.
Con el dolor de gente que ha dedicado su vida al partido,
queremos decir que no dimos nuestro aval a lo que hicieron con
el partido. El único gesto de hombría que esperamos es que
admitan sus errores”, señalaron. El ex ministro de
Educación, Cristovam Buarque, uno de los fundadores del PT, se
desafilió del partido explicando que se siente distante del
gobierno desde hace algún tiempo debido a la política llevada
adelante por Lula. Y explicó: “No salí antes porque tengo una
relación de afecto con el PT y sus militantes y con la
juventud; quien ya pasó por eso sabe lo difícil que es tomar
una decisión que toca el terreno de los afectos, pero ya no se
puede seguir”, explicó.
EL FIN DE UN MITO
Este escándalo
pone sobre la mesa un problema grave y antiguo de la política
brasileña que está lejos de quedar resuelto: el hecho
irrefutable de que el dinero ilegal siempre está presente en
las campañas electorales, como todos lo admiten aunque sean
pocas las ocasiones en que es posible probarlo. Es preciso
admitir que el PT está pagando un precio adicional, pero no
por ser un partido de izquierda, como todavía quieren creer
algunos de sus adherentes, sino por haberse proclamado desde
su nacimiento como ejemplo, paladín y fiscal de la moralidad
política. Tal vez lo más patético sea que Lula, para
defenderse, apele a los logros de su gobierno: austeridad
monetaria, control de la inflación, crecimiento del producto
bruto interno, aumento de las exportaciones, logros de los que
podría haberse enorgullecido cualquiera de sus predecesores,
pero que jamás estuvieron en primer plano en la plataforma
programática que lo llevó al poder. Muchos de los que hoy se
sienten frustrados por el estallido del escándalo, ya estaban
decepcionados antes. Habían votado al ex líder obrero en pos
de los cambios que el PT viene prometiendo desde hace 25 años,
pero se vieron sorprendidos en su buena fe cuando el vencedor
prosiguió sin variantes la política de su predecesor,
aderezada apenas con algunas medidas sociales de efecto
meramente cosmético. Para América Latina, en muchos de
cuyos países vienen alcanzando el poder gobiernos populares,
el huracán que está sacudiendo a Brasil trae consigo la
lección de que, si la izquierda es vista como impoluta, ello
se debe en cierta medida a que no había accedido antes a la
escalera del poder, por lo que esta conmoción renueva la
advertencia a los militantes de que la vigilancia sobre el
poder debe ser permanente. Tal vez Lula no llegue a ser
sometido a un juicio político (¿para qué, si ya quedó
políticamente castrado?), pero él y sus hombres están cada día
más solos, aunque no tanto por haber cometido las mismas
ilicitudes financieras que otros gobiernos como por haber
frustrado la expectativa de un cambio radical en los
brasileños que los votaron. Éstos no le perdonan al
“presidente obrero” haber apelado a soluciones “de mercado”
para resolver el gigantesco problema de la miseria en el país
más injusto y desigual del mundo.
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