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de Argentina - 22 de agosto de 2005
El silencio de la Marina
Osvaldo Bayer
Cuesta pensarlo, cuesta finalmente
entenderlo. Y no se entiende. La ferocidad, la brutalidad, la vocación del
crimen. ¿Qué calificativo cabe para sus autores? En una Argentina católica,
apostólica, romana. Donde todos los miembros de nuestras fuerzas armadas, sin
excepción, han tomado la primera comunión y por supuesto se han casado por la
iglesia, y se confiesan regularmente. Lo de Trelew es sólo imaginable en
Siberia, en un relato de Dostoiewski. Diecinueve prisioneros –mujeres y hombres,
todos jóvenes; Ana María Santucho, encinta de ocho meses– son mantenidos en
calabozos, molestados, desnudados, maltratados, para luego fusilarlos
impunemente. Los fusiladores son oficiales y suboficiales de la Marina de
Guerra. Mientras se asesina a los presos, se los insulta. ¿Qué educación
recibieron esos marinos? ¿Qué conducta llevaban y llevan esos marinos en sus
hogares? Después del bárbaro asesinato, la mentira. Se inventa una
subversión, se aplica la ley de fugas. Los comunicados de los altos jefes de la
Marina, aceptados y elogiados por el propio presidente de la Nación, general
Lanusse, hombre probo y religioso, según sus biógrafos. Pero, ¿y después?
¿Qué se hizo después cuando retornó la democracia?: ¿se juzgó a los asesinos?
¿Se esclareció el hecho hasta sus últimas consecuencias? No, nada de eso, todo
siguió su camino habitual. Los muertos, muertos están. Al contrario, se protegió
a los dos asesinos máximos del hecho: el capitán de corbeta Luis Emilio Sosa y
el teniente de fragata Roberto Guillermo Bravo fueron enviados a la embajada
argentina en Washington a “hacer cursos”. Hoy los asesinos estarán paseando sus
nietos por los parques de la Recoleta con una buena pensión en el bolsillo. De
los 16 jóvenes asesinados en forma tan vil, queda esa última foto. En el
aeropuerto de Trelew. Están todos expectantes. Entre la vida y la muerte. Tienen
un rasgo de nobleza que los marinos de guerra pagarán con falsa moneda. Los
revolucionarios no toman rehenes para después negociarlos por su libertad. No.
Prefieren entregarse y no crear más problemas. Ya se ha llegado al pacto: ellos
se entregan y el capitán de corbeta Sosa los devolverá al penal de Rawson. Pero
el marino de guerra argentino los traiciona como lo pudiera sólo hacer un
villano de la peor especie... El transporte se dirigirá directamente a la base
naval del lugar. Allí los asesinarán. No hubo ningún oficial de la Marina de
Guerra que protestara o pidiera la baja ante tal ignominia realizada por jefes
de esa arma. Todos se callan la boca. Y tal vez aplaudan la ignominia. Después
serán proclamados “héroes de Malvinas” por Hadad en Radio Diez. El ministro del
Interior de ese gobierno de Lanusse es nada menos que el radical Mor Roig,
íntimo de Ricardo Balbín. Mira hacer y se calla la boca. Igual que el tuerto
Gómez, ministro de Yrigoyen cuando el Ejército Argentino fusiló a centenares de
gauchos, peones rurales, en la Patagonia. Los dos ministros radicales no oyeron,
no vieron, no comentaron. Tradición democrática. Traición a la
República. Pero la valentía armada de esa tragedia tendrá su fin operístico
de máxima cobardía. Serán atacados con tanques los velatorios de los fusilados.
Además nuestra valiente policía al mando del comisario general Villar les
sacudirá una paliza indecible a las madres y hermanas de los fusilados, que
defienden a sus muertos. Esa orden la dio el general Sánchez de Bustamante, que
ganó esa única batalla de su vida contra los deudos de los asesinados y las
velas de luto. Ah, general, con ese apellido, usted ha pasado para siempre a la
historia del ejército sanmartiniano. Las heroicas avanzadas de la Patria se
llevaron hasta los ataúdes. Siempre en perfecto orden y con gesto altruista. No
será éste hoy un análisis ni histórico ni sociológico. Expresará toda nuestra
sorpresa ante el proceder sanguinario y traidor de la Marina de Guerra
argentina. Y la profunda torpeza y oportunismo que atestiguan el hecho de que el
último decreto de Lanusse como presidente de facto será otorgarle un sobresueldo
especial al capitán de corbeta Sosa y al teniente Bravo para que la pasen bien
en Estados Unidos. Así terminó su mandato Lanusse, mandato que había robado a la
democracia argentina. Un final muy digno del señor general. Hemos querido
hacer un análisis ético, en esta Argentina de hoy sin ética. Si todavía se tiene
dignidad habría que obligar al comandante de la Marina, almirante Stella, a
hacer un juicio de la verdad acerca del crimen de Trelew. Es la propia Marina la
que tiene que dejar en claro quiénes fueron los responsables y los culpables
directos. Alejar para siempre de ese cuerpo uniformado a los asesinos
calificándolos de indignos traidores a la Patria. Y en la base naval almirante
Zar de Trelew levantar una escultura que recuerde la tragedia del cobarde
fusilamiento de prisioneros. Y que en esa escultura se haga alusión precisamente
a que entre los asesinados figuraba una criatura a quien le faltaba apenas un
mes para nacer del vientre de la joven Ana Santucho.
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