| El
Periódico de Catalunya - 25 de agosto de 2005
Decálogo contra el terrorismo
• No basta con argumentar que el terror no es ético.
Se debe demostrar que es inútil
Javier Elzo Catedrático de Sociología de Deusto
Uno. El
terrorismo es la forma de guerra del siglo XXI. En Europa,
tras el mayor periodo de paz de la historia y acabada la
guerra fría, algunos hablan de un conflicto entre Occidente y
el islam. También lo hacen los terroristas para justificar sus
acciones. Pero la fractura está, en los objetivos finales,
entre los que, en Occidente y en el mundo islámico, defendemos
una sociedad secular y respetuosa con las creencias de todos
frente a los que quieren imponernos sociedades teocráticas
donde los súbditos deban adoptar la religión del príncipe.
Además, unos con la persuasión, los otros con bombas. La
fractura con los terroristas está en los fines y en los
medios, en los valores finalistas y en los instrumentales. No
entre Occidente y el islam.
Dos. Llamar a un
terrorista psicópata, enfermo mental, sanguinario, sádico,
etcétera, le deja frío. Simplemente dirá que no entendemos su
causa, cuando no que los demás son los causantes de que él
deba obrar como lo hace. El terrorista antepone valores
colectivos (su patria, su religión, su modelo de sociedad...)
sobre los individuales (los pasajeros de un tren, por
ejemplo), cuya vida es secundaria sobre sus
ideales.
Tres. No hay que confundir la causa que
se dan los terroristas para actuar con su legitimación, pero
no hay que olvidar, ni obviar, ambas cosas. El que pone la
bomba siempre será responsable de haberla puesta y su sitio es
la cárcel, donde debe estar mientras entienda que debe seguir
poniendo bombas para su causa. Es deber de la policía intentar
detener al terrorista antes de que ejecute su acción criminal,
como debiera ser de toda la sociedad ayudar a la policía en
esa labor. No siempre vale el miedo como justificación para
cerrar las ventanas y quedarse en casa.
Cuatro.
Pero tampoco cabe obviar las explicaciones que se da el
terrorista para su acción, que, para él, son justificaciones
cuando no exigencias para su causa. Las explicaciones ayudan a
entender, aunque nunca justificar, el porqué de sus acciones.
De ahí la necesidad de atender lo que de legítimo pueda haber
en las explicaciones de los terroristas. En primer lugar,
porque si son legítimas lo siguen siendo aunque lo diga un
terrorista. Y, en segundo lugar, porque atendiéndolas cabe
hacer más difícil el reclutamiento de terroristas, aislándolos
en su propio mundo.
Cinco. Hay que mostrar al
terrorista que su argumentación no le legitima. No solamente
(aunque también) por razones éticas, que difícilmente pueden
entender y a veces fácilmente rebatir. Hay que argumentar con
razones pragmáticas. Algunas del pasado, como el ejemplo de la
India. Otras, actuales: la inutilidad del terrorismo en
Palestina o en Euskadi. Sería deseable poder decir que también
futuras. Como el Sáhara Occidental, auténtico ejemplo --y test
para las democracias, occidentales e islámicas-- de que pueden
defenderse causas justas sin recurrir al terrorismo. Pero,
¿con éxito final? ¿Para cuándo?
Seis. En
Occidente se tortura y hasta enviamos a presuntos terroristas
a otros países para que les apliquen el tormento sin riesgo de
ser controlados. La actual deriva de Occidente es indecente y
estúpida. Indecente porque echa por tierra todas las
conquistas de los derechos humanos, empezando por el habeas
corpus. Estúpida, pues nada fomenta más el reclutamiento
de terroristas que haber sido sometidos a la tortura. Ellos o
sus familiares y amigos. Nunca se dirá suficientemente que
Guantánamo es fuente y sostén de terroristas en todo el mundo.
Y además, deslegitima, a sus ojos, los valores democráticos y
el Estado de derecho.
Siete. Hay que desterrar
la utilización del terrorismo como arma partidista. Aunque sea
legítimo que las formaciones políticas tengan sus propios
planteamientos, es letal que la ciudadanía, y no digamos los
terroristas, perciban que más que luchar contra el terrorismo
se quieren servir del terrorismo para conseguir o mantener el
poder.
Ocho. Los terrorismos que no tienen un
colectivo que les apoye o justifique (Brigadas Rojas, Baader
Meinhof, GRAPO) son relativamente fáciles de vencer. No así
los que tienen una masa social que les apoya logísticamente y
otra que les justifica: los palestinos, IRA, ETA y ahora los
mal llamados islamistas radicales. Quienes coincidan en
algún objetivo con los terroristas deben ser los primeros en
oponerse a sus fines y métodos. Lo que rara vez sucede, con lo
que los terroristas se sienten legitimados. También quienes se
opongan a los terroristas deben saber distinguir entre los
núcleos duros de terroristas, sus apoyos y justificadores y
quienes, en algún objetivo, puedan coincidir con ellos; y
esto, de nuevo, rara vez sucede, con lo que con ello se
apuntala a los terroristas haciéndoles creer que son más de
los que son.
Nueve. Según parece, Juan Pablo
II, en una carta no enviada a Alí Agca, le
preguntaba por qué intentó acabar con su vida con estas
palabras: "¿Por qué me disparaste, si los dos creemos en la
existencia de un único Dios?" ¡Un único Dios! Entonces ¿por
qué altos responsables tanto del islam como de la jerarquía
católica se obstinan en decir que fuera de su Iglesia no hay
salvación? Si los dos creen en un mismo Dios, plantear que la
salvación (se entienda como se entienda) depende de su
pertenencia a una u otra confesión religiosa es, en el tema
que nos ocupa, un factor criminógeno.
Diez.
Todos necesitamos constancia, inteligencia y humildad en esta
cuestión. Nadie tiene la varita mágica para vencer al
terrorismo y todos nos podemos equivocar en nuestros
planteamientos. Yo también, claro está, en estas líneas que
aquí cierro. |