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28 de agosto de 2005
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El Periódico de Catalunya - 25 de agosto de 2005

Decálogo contra el terrorismo

• No basta con argumentar que el terror no es ético.
Se debe demostrar que es inútil

Javier Elzo
Catedrático de Sociología de Deusto
Uno. El terrorismo es la forma de guerra del siglo XXI. En Europa, tras el mayor periodo de paz de la historia y acabada la guerra fría, algunos hablan de un conflicto entre Occidente y el islam. También lo hacen los terroristas para justificar sus acciones. Pero la fractura está, en los objetivos finales, entre los que, en Occidente y en el mundo islámico, defendemos una sociedad secular y respetuosa con las creencias de todos frente a los que quieren imponernos sociedades teocráticas donde los súbditos deban adoptar la religión del príncipe. Además, unos con la persuasión, los otros con bombas. La fractura con los terroristas está en los fines y en los medios, en los valores finalistas y en los instrumentales. No entre Occidente y el islam.

Dos. Llamar a un terrorista psicópata, enfermo mental, sanguinario, sádico, etcétera, le deja frío. Simplemente dirá que no entendemos su causa, cuando no que los demás son los causantes de que él deba obrar como lo hace. El terrorista antepone valores colectivos (su patria, su religión, su modelo de sociedad...) sobre los individuales (los pasajeros de un tren, por ejemplo), cuya vida es secundaria sobre sus ideales.

Tres. No hay que confundir la causa que se dan los terroristas para actuar con su legitimación, pero no hay que olvidar, ni obviar, ambas cosas. El que pone la bomba siempre será responsable de haberla puesta y su sitio es la cárcel, donde debe estar mientras entienda que debe seguir poniendo bombas para su causa. Es deber de la policía intentar detener al terrorista antes de que ejecute su acción criminal, como debiera ser de toda la sociedad ayudar a la policía en esa labor. No siempre vale el miedo como justificación para cerrar las ventanas y quedarse en casa.

Cuatro. Pero tampoco cabe obviar las explicaciones que se da el terrorista para su acción, que, para él, son justificaciones cuando no exigencias para su causa. Las explicaciones ayudan a entender, aunque nunca justificar, el porqué de sus acciones. De ahí la necesidad de atender lo que de legítimo pueda haber en las explicaciones de los terroristas. En primer lugar, porque si son legítimas lo siguen siendo aunque lo diga un terrorista. Y, en segundo lugar, porque atendiéndolas cabe hacer más difícil el reclutamiento de terroristas, aislándolos en su propio mundo.

Cinco. Hay que mostrar al terrorista que su argumentación no le legitima. No solamente (aunque también) por razones éticas, que difícilmente pueden entender y a veces fácilmente rebatir. Hay que argumentar con razones pragmáticas. Algunas del pasado, como el ejemplo de la India. Otras, actuales: la inutilidad del terrorismo en Palestina o en Euskadi. Sería deseable poder decir que también futuras. Como el Sáhara Occidental, auténtico ejemplo --y test para las democracias, occidentales e islámicas-- de que pueden defenderse causas justas sin recurrir al terrorismo. Pero, ¿con éxito final? ¿Para cuándo?

Seis. En Occidente se tortura y hasta enviamos a presuntos terroristas a otros países para que les apliquen el tormento sin riesgo de ser controlados. La actual deriva de Occidente es indecente y estúpida. Indecente porque echa por tierra todas las conquistas de los derechos humanos, empezando por el habeas corpus. Estúpida, pues nada fomenta más el reclutamiento de terroristas que haber sido sometidos a la tortura. Ellos o sus familiares y amigos. Nunca se dirá suficientemente que Guantánamo es fuente y sostén de terroristas en todo el mundo. Y además, deslegitima, a sus ojos, los valores democráticos y el Estado de derecho.

Siete. Hay que desterrar la utilización del terrorismo como arma partidista. Aunque sea legítimo que las formaciones políticas tengan sus propios planteamientos, es letal que la ciudadanía, y no digamos los terroristas, perciban que más que luchar contra el terrorismo se quieren servir del terrorismo para conseguir o mantener el poder.

Ocho. Los terrorismos que no tienen un colectivo que les apoye o justifique (Brigadas Rojas, Baader Meinhof, GRAPO) son relativamente fáciles de vencer. No así los que tienen una masa social que les apoya logísticamente y otra que les justifica: los palestinos, IRA, ETA y ahora los mal llamados islamistas radicales. Quienes coincidan en algún objetivo con los terroristas deben ser los primeros en oponerse a sus fines y métodos. Lo que rara vez sucede, con lo que los terroristas se sienten legitimados. También quienes se opongan a los terroristas deben saber distinguir entre los núcleos duros de terroristas, sus apoyos y justificadores y quienes, en algún objetivo, puedan coincidir con ellos; y esto, de nuevo, rara vez sucede, con lo que con ello se apuntala a los terroristas haciéndoles creer que son más de los que son.

Nueve. Según parece, Juan Pablo II, en una carta no enviada a Alí Agca, le preguntaba por qué intentó acabar con su vida con estas palabras: "¿Por qué me disparaste, si los dos creemos en la existencia de un único Dios?" ¡Un único Dios! Entonces ¿por qué altos responsables tanto del islam como de la jerarquía católica se obstinan en decir que fuera de su Iglesia no hay salvación? Si los dos creen en un mismo Dios, plantear que la salvación (se entienda como se entienda) depende de su pertenencia a una u otra confesión religiosa es, en el tema que nos ocupa, un factor criminógeno.

Diez. Todos necesitamos constancia, inteligencia y humildad en esta cuestión. Nadie tiene la varita mágica para vencer al terrorismo y todos nos podemos equivocar en nuestros planteamientos. Yo también, claro está, en estas líneas que aquí cierro.
 
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