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11 de setiembre de 2005
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Nueva Orleáns y la bomba de tiempo
Angel Guerra Cabrera
Cos miles de cuerpos humanos inertes que flotan o yacen bajo el agua en
Nueva Orleáns podrían ser hoy los de seres vivos probablemente hacinados en
albergues a cientos de kilómetros de su ciudad y enfrentados a un futuro
incierto, pero vivos. Cuántos sueños, añoranzas, amores, caricias, planes y
experiencias sepultados para siempre, no propiamente bajo la inundación,
consecuencia largamente anunciada del paso de un gran huracán por la mítica
ciudad del Mississippi, sino como resultado de la insensibilidad de la pandilla
gobernante en Estados Unidos, del maridazgo con el gran capital y el desprecio
hacia los pobres. No consideremos por ahora otros ángulos y causales de esta
debacle, que además de su alto costo en vidas y sufrimientos humanos ha arrasado
un valioso patrimonio cultural. Centrémonos en un solo aspecto: hubiese bastado
con tener listo un efectivo plan de evacuación y la voluntad política de hacerlo
funcionar para evitar que se perdiera una sola vida. Era lo menos que podía
esperarse del país más rico y poderoso del mundo al que sobran medios de
transporte y dedica millonadas supuestamente a preservar la seguridad de sus
ciudadanos.
Pero no, la consigna de las autoridades fue ¡sálvese el que pueda!,
desentendiéndose de los que no tenían autos ni dinero ni un lugar a dónde
escapar, negros en su mayoría. Decenas de miles, a los que después se les
reprochó haber "escogido" permanecer, quedaron atrapados en la inundación. Unos
se ahogaron y otros han permanecido días atenazados por el hambre y la sed en
los techos adonde nadie los fue a rescatar. Otros fueron a los refugios que se
les indicó, totalmente desatendidos. Cuando la indolencia ante el drama se tornó
en un gran escándalo nacional que amenazaba gravemente la imagen de Bush II fue
que comenzó a fluir lentamente la ayuda.
No debemos sorprendernos, en el capitalismo se trata de acumular ganancias
por una minoría. En la etapa neoliberal este rasgo seminal del sistema ha sido
exacerbado al extremo con el "enflaquecimiento" del gobierno, la sustitución de
las políticas de asistencia social por la "mano invisible" del mercado, la
entrega de los servicios que antes eran públicos a la buena voluntad de
las corporaciones y las instituciones caritativas. Fue grotesco el espectáculo
de los dos Bush y William Clinton pidiendo donaciones privadas desde la Casa
Blanca, centro de un poder que gasta en matar miles de veces más de lo que se
requeriría para reconstruir Nuevo Orleáns y sostener a los refugiados
decentemente durante el tiempo necesario. Los personeros del imperio que exime
de impuestos a millonarios y grandes empresas, mantiene cientos de bases
militares en el mundo y ocupa dos países para beneficio de un puñado, mendigando
migajas para los damnificados.
El desastre de Nueva Orleáns revela la profunda crisis moral que atraviesan
el Estado y la clase dominante de Estados Unidos. Durante las últimas décadas y,
particularmente, durante el gobierno del eterno vacacionista, se han recortado
severamente los fondos de salud, seguridad social, servicios a la comunidad y de
la propia agencia de protección contra desastres. Todos los recursos son pocos
para la política de guerra y por eso los diques que impedían al lago
Ponchartrain verterse sobre Nueva Orleáns no fueron reforzados. El culto
fanático por el lucro explica que cientos de kilómetros de manglares,
indispensables para el equilibrio ecológico y para proteger la ciudad de las
olas, fueran sacrificados a la especulación inmobiliaria. Bajo Bush, quien se
niega a ratificar el Protocolo de Kyoto, se han menospreciado como nunca los
peligros del calentamiento atmosférico para no perjudicar las exorbitantes
ganancias de las grandes petroleras estadunidenses. Como consecuencia, continúa
elevándose la temperatura del mar, lo que propicia la aparición de temporadas de
huracanes de insólita intensidad. En suma, no fue Katrina, sino la
codicia, el racismo y el abandono por el gobierno de sus responsabilidades lo
que destruyó Nueva Orleáns.
Este desastre mostró también el creciente tercer mundo existente dentro de la
superpotencia, cuya magnitud actual ha azorado a los propios estadunidenses de
clase media al verlo por primera vez en las pantallas de televisión. Una
realidad que no interesará a los anunciantes de las grandes cadenas ni
complacerá reconocer a los privilegiados por el american way of life,
pero es una bomba de tiempo que puede hacer estallar al sistema.
Publicado en La Jornada el
8 de septiembre de 2005
Angel
Guerra Cabrera
Columnista
de La Jornada de México
aguerra12@prodigy.net.mx
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