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11 de setiembre de 2005

Brecha de Uruguay - 9 de septiembre de 2005

El costo social de los conflictos armados

Tres faltas que llevan al infierno

La falta de seguridad, la falta de capacidad y la falta de legitimidad son los tres pecados que llevan al infierno a varios estados frágiles en los que la guerra, a veces prolongada por décadas, reduce sensiblemente las posibilidades de salir de la pobreza. Uno de los capítulos del Informe de Desarrollo Humano 2005, presentado el miércoles en Nueva York, analiza el costo social de los conflictos armados.

Roberto López Belloso
No es una carrera contra nadie más que contra sí mismo, por lo que muchos gobiernos y sectores opositores hacen jugar en las arenas políticas nacionales el ascenso o descenso de un país en el índice de desarrollo humano que, cada año desde 1990, encarga el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) a un equipo independiente de expertos. Más allá de las situaciones previsibles, como el primer lugar en manos de un país nórdico, Noruega, y el último en manos de un país africano, Níger, el Informe de Desarrollo Humano es un instrumento de análisis y sistematización que ayuda a contextualizar las regularidades de la agenda informativa. Aunque el informe también se detiene en los progresos, como el caso de Vietnam, que en una década redujo la pobreza a la mitad y bajó en diez puntos la tasa de mortalidad infantil, las cifras negativas son las que golpean con más fuerza. Uno de los datos más impactantes que contiene el reporte de este año es el que indica que cada tres segundos muere un niño a consecuencia de la pobreza. “No existe indicador más poderoso –o preocupante– de la privación de capacidades que la mortalidad infantil y, sin embargo, cada año mueren más de 10 millones de niños antes de cumplir cinco años”, se lee en el primer capítulo. Como es fácil suponer, esa masacre silenciosa no es ajena a las desigualdades entre zonas del mundo. El África subsahariana no sólo es la porción del mapa en la que se registran mayores índices de mortalidad infantil, sino que es el lugar en el que ese indicador aumenta con mayor rapidez. Allí nace el 20 por ciento de los habitantes del planeta, pero allí muere el 44 por ciento de los niños. Una realidad que se produce a pesar de que el estado de desarrollo científico permite decir al PNUD que “hoy en día es posible prevenir prácticamente todas las muertes en la infancia”.

EL PEOR CONFLICTO

Es algo que se sabe que ocurre: una guerra afecta el desarrollo humano de un país. Una vecindad con el lugar común que parece volver redundante cualquier cuantificación sobre los perjuicios que la guerra le ocasiona al desarrollo. Pero cuando la cuantificación se hace y las pérdidas se contextualizan, el panorama adquiere una materialidad inusitada. El reporte del PNUD puso a la República Democrática del Congo como uno de los ejemplos donde el saldo negativo de este impacto se puede ver con más claridad. En ese país, donde se encuentran tropas uruguayas integrando los cuerpos de paz de las Naciones Unidas, se desarrolla un enfrentamiento que es calificado en el reporte como “el conflicto más nefasto desde la Segunda Guerra Mundial”. La afirmación se sostiene en la comparación entre las víctimas reales y las que hubieran ocurrido en el mismo lugar de no existir la condicionante bélica. El saldo muestra que entre 1998 y 2004 murieron 3,8 millones de personas que, de no existir los enfrentamientos, seguirían vivas. No se trata solamente de quienes perecieron a causa de la metralla, sino que, según las cifras que maneja el organismo internacional, alrededor de 31 mil personas siguen muriendo cada mes por sobre los niveles promedio del África subsahariana como resultado de enfermedades, desnutrición y situaciones violentas. Las consecuencias no sólo cuestan vidas en el presente, sino que trazan un arco de agravamiento de las condiciones de vida que es muy difícil de revertir. Los acuerdos de paz no son un remedio de efecto instantáneo. En la República Democrática del Congo, a pesar de los avances que se han venido logrando en materia de seguridad desde 2002, la llamada tasa de mortalidad bruta del país siguió siendo 67 por ciento más alta que la anterior al conflicto; y duplicó a la del África subsahariana. Eso en un país donde tres de cada cuatro habitantes sufre desnutrición. Estas vulnerabilidades, sumadas al desplazamiento de casi tres millones y medio de personas, son las que dan sustento estadístico a la afirmación de que se trata del “peor desastre humanitario del mundo desde 1945”.

NÚMEROS

La economía y la guerra han estado siempre ligadas. Es posible que la lucha por el control de recursos naturales sea el más verosímil de los paradigmas actuales que intentan explicar la persistencia de los conflictos. Pero más allá de esta relación, y dejando de lado incluso el evidente perfil de la industria militar como factor económico, los expertos que participaron del informe del PNUD sistematizaron el modo en que esos términos que habitualmente forman parte del vocabulario de los economistas pueden aplicarse a las sociedades que viven una guerra. El crecimiento, por ejemplo, es uno de los factores más afectados. Según el Banco Mundial, un conflicto que se extienda por siete años implicará que el país involucrado pierda, anualmente, un promedio de 2,67 puntos porcentuales de crecimiento. Colombia dejó de crecer dos puntos cada año desde 1992, asegura otro estudio. O para ponerle precio, si eso fuera realmente posible, estar en guerra le cuesta a un país en desarrollo no menos de 54 mil millones de dólares. A esto se le suman las fugas de capitales (cercanas al 20 por ciento cuando hay riesgo potencial de conflicto) y las evidentes pérdidas en infraestructura. Estas cifras, que parece abstractas, adquieren rostros y reflejan una sumatoria de dramas individuales cuando el informe constata, por ejemplo, que en el sur de Sudán el 40 por ciento de las familias perdieron todo su ganado en las dos décadas de guerra civil. Pérdidas que no son sólo económicas. En Sierra Leona, durante los enfrentamientos civiles, la mitad de las mujeres sufrieron algún tipo de violencia sexual.

¿POR QUÉ AHÍ?

Además de que la guerra vuelve más pobre a un país, cuanto más pobre es ese país más posibilidades tiene de entrar en guerra. Lo que establece un círculo vicioso difícil de superar. Un lugar donde la renta per cápita es de 600 dólares anuales, tiene la mitad de probabilidades de sufrir un conflicto que otro cuya renta per cápita anual es de 250 dólares. Esto convierte a la pobreza en una de las explicaciones de por qué algunos países parecen ser propensos a la violencia. Sin embargo, como es obvio, esta condición habitual no alcanza por sí sola para dar una explicación satisfactoria al surgimiento y la persistencia de los conflictos.
El reporte del PNUD sostiene que, en la actualidad, las guerras no suelen reflejar fracasos en las relaciones entre estados, sino que frecuentemente derivan de fracasos en el interior de los estados y de la incapacidad de éstos de manejar los potenciales enfrentamientos entre distintos grupos de su población. A la combinación de pobreza y desigualdad se añaden como factores de riesgo la debilidad de la institucionalidad democrática, las crisis económicas regionales y aquellos cambios sociales que provocan tensiones entre las elites. Nada de esto por sí solo explica una guerra, pero la ocurrencia simultánea de estas situaciones ayuda a empujar un país al abismo de una guerra civil. Esto derivó en la tríada de carencias que la Comisión Estadounidense sobre Estados Frágiles y Seguridad Nacional resumió como factores catalizadores de un conflicto armado: falta de seguridad, falta de capacidad y falta de legitimidad.

 
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