| Culturales - rodelu.net
|
18 de setiembre de 2005
|
El Periódico de Catalunya - 17 de setiembre de 2005
¿Por qué lo sexual se une a lo sucio?
• Grecia, el cristianismo y el
islam condenaron el cuerpo femenino, que había sido símbolo de
divinidad
Shere Hite*
Cómo ha venido el sexo a asociarse con la
suciedad o la impureza, a ser considerado todo lo contrario de
los pensamientos elevados? ¿Forma parte el sexo de nuestras
naturalezas animales, que siempre y en todo lugar se han
expresado de la misma forma? Hoy, los extremistas en
Oriente Próximo tildan a nuestra sociedad occidental de
"decadente" e "impura", y a menudo quieren decir con esto que
está demasiado sexualizada y que en ella las mujeres son
demasiado libres. Pero es importante comprender a fondo la
idea de pureza que emana de nuestra propia tradición,
no vaya a ser que nos convirtamos en víctimas fáciles de estas
acusaciones acerca de la pureza y decidamos que nuestra
civilización merece ser atacada e incluso que merece caer.
¿Por qué se considera el sexo como algo impuro, y por qué se
considera a las mujeres como algo más impuro que los hombres,
con obligaciones, por ejemplo, como la de purificarse tras la
menstruación y antes de mantener una relación sexual? Algunos
tienen la teoría de que la proximidad de los genitales a la
defecación y la micción crea una conexión inevitable entre
sexo y suciedad. ¿Pero existirá alguna razón más
profunda? Existe otra teoría que mantiene que la idea de la
impureza sexual surgió en el siglo VI antes de Cristo, con el
dualismo entre el cuerpo y el alma que tiene sus oscuros
orígenes en la Grecia clásica y que posteriormente recogerían
el cristianismo y el islam. Según este punto de vista, el sexo
no era visto como algo sucio antes de aquellos tiempos en la
mayor parte del mundo antiguo, como tampoco sucede en el
Antiguo Testamento. Dicho de otra manera, la división de cada
persona en dos partes separadas --el cuerpo, con su
sexualidad, y los temas elevados propios del alma y el
espíritu-- probablemente no constituya una parte inevitable de
la naturaleza humana sino más bien un desarrollo histórico. La
filosofía dualista que opone la mente al cuerpo se injertó en
los sistemas religiosos cristianos e islámicos durante la
antigüedad. Y hoy en día, el tema de la pureza y la impureza
ha impregnado nuestra conciencia y aparece como algo
natural.
EN MI OPINIÓN, existió en las sociedades
primitivas una cierta reverencia hacia el cuerpo femenino, con
sus ovarios milagrosos, su capacidad reproductora y su
sexualidad. Los símbolos del cuerpo y la vulva femeninos eran
tan positivos y centrales en la sociedad que cualquier
ideología religiosa que pretendiera imponerse debería
desbancarlos. Así, la nueva ideología religiosa que salió
victoriosa llamó sucios y bajos a los que en un
tiempo fueron considerados los símbolos supremos de la
divinidad: la sexualidad y el cuerpo femeninos. El sistema
dualista pronto vino a mezclarse con ese énfasis en separar
los sexos: por un lado el femenino, como Eva en el Jardín del
Edén, que venía a representar el cuerpo y la sexualidad,
mientras que, por el otro, el cerebro y la mente se
convirtieron en el terreno del hombre. Hasta nuestros días se
ha considerado que los hombres representan la mente y el
espíritu (piénsese en los sacerdotes, los hombres de negocios,
los científicos o los genios), mientras que la mujer a menudo
se relaciona con el cuerpo, la comida y la sexualidad. Ante
esta dicotomía, a los hombres se les concede un estatus más
elevado que a las mujeres. Es más. La moral tradicional
divide a las mujeres en dos categorías: las madres por un lado
y las seductoras y sexis por otro. Mujeres buenas y mujeres
malas, puras e impuras. Mientras que unas representan el
cuerpo como reproductor, las otras representan el cuerpo como
sexual y ajeno a la reproducción. Algunos han intentado
llegar a la conclusión de que, a la vista de que tanto la
sociedad islámica como la cristiana ponen a los hombres a la
cabeza de la familia y el gobierno, con las mujeres recibiendo
un estatus legal y social inferior, esta distribución nace de
la naturaleza humana o de la biología y es inevitable. Pero
dicha conclusión no es en absoluto lógica. Puesto que tanto el
islam como el judeocristianismo germinaron en un sustrato
religioso e histórico idéntico y se desarrollaron en la misma
zona geográfica, no debe sorprender que las que ahora son
religiones de alcance mundial compartan idénticas nociones
acerca del sexo y del lugar de la mujer y el hombre en la
sociedad. La pregunta que hay que hacerse es: ¿y ahora qué?
¿Darán las dos grandes religiones mundiales algún paso para
revisar sus referentes éticos hasta incluir la igualdad de las
mujeres y pararán ese dañino énfasis en su pureza y
virginidad? ¿O acaso esconderán la cabeza debajo del ala
confiando en que un regreso a la tradición nos traerá
la paz?
*Profesora de Sexología Clínica en la
Universidad Maimónides de EEUU y autora de El informe Hite /
Traducción de Toni Tobella
hite2000@hotmail.com
|