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18 de setiembre de 2005
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El País de España - 18 de setiembre de 2005
Entrevista a Joaquín Sabina
Después de la nube negra
Cantautor por excelencia, Joaquín Sabina, andaluz del 1949, es otro
hombre. Ha vuelto a la charla, la risa y los conciertos. En su nuevo
disco, ‘Alivio de luto’, retrata lo que sintió cuando, tras el infarto
cerebral que sufrió en 2001, la depresión, esa “nube negra”, le dejara dos
años hundido.
Juan Cruz
“Soy tan mayor que las dos únicas
canciones de amor que he hecho en los últimos años están dedicadas a mis
hijas”
“Letizia quería conocerme. Fue en
mi casa, con Serrat, Víctor y Ana. El Príncipe tocó el cajón y sigo siendo
republicano”
“Sigo con el miedo en el cuerpo.
¿Y si vuelve el ictus? Oigo mi nuevo disco y es de una desesperanza
brutal”
Joaquín Sabina está pletórico. Mientras cuenta su euforia suena
en su casa de la calle de Relatores, en Madrid, su disco más reciente, el
que sale ahora a la venta. Aún es una copia provisional que circula como
oro en paño para evitar a los piratas. En la realidad, su voz suena entre
la ironía y la melancolía que convirtieron sus canciones en un
autorretrato y también en un retrato generacional; se burla de todo, se
ríe, está feliz de sus hallazgos, de ver a la gente, de convocarla, de
tratar de hacer que sea alegre todo lo que toca. Ha recuperado el buen
humor adolescente con el que conquistó, desde chico, amigos y amigas, con
el que viajó en largas giras cuyas noches no terminaban nunca.
Ese es otra vez Sabina, el muchacho de Úbeda que se hizo de Madrid y de
todas partes. Pero aquí, en este disco, Alivio de luto, la voz de Sabina
suena como si la madrugada de la que tanto habla en sus versos nos hubiera
dado a todos un zarpazo, y a él el primero. Como si aquella noche de la
que hablaba el poeta argentino (“Se me está haciendo la noche en la mitad
de la tarde”) no fuera una metáfora, sino que estuviera aún en la punta de
sus dedos, mientras canta.
Él no lo nota, porque ya lo ha contado, y porque además ya lo sufrió,
lo contó y casi lo ha olvidado; pero este disco es como la crónica de un
hombre que estuvo a punto de ahogarse; de hecho estuvo ahogado en este
mismo piso, rodeado de recuerdos, de música y de libros, pero encerrado
como si le hubiera caído encima una tonelada de tristeza. Esa depresión
que siguió al accidente cerebral le duró dos años al menos, y le afectó a
todas las horas del día. Nosotros estuvimos con él una vez, en este mismo
sitio, mientras le duró esa batida de la tristeza, y notamos en directo la
naturaleza de ese zarpazo.
En aquella ocasión, para una entrevista que publicó EPS, Sabina se
sentó a la misma hora y ante esta misma mesa redonda, en la penumbra
contigua a su cocina, se puso un whisky de dos pisos y nos escrutó como si
fuéramos extraterrestres que estuviéramos invadiendo su estanque dorado,
aunque el estanque entonces fuera una ciénaga. Respondió las preguntas
como si devolviera zarpazos geniales que parecían navajas de silencio, y
cuando nos fuimos parecía evidente que su soledad volvía a respirar por
los ojos. Ahora Sabina es otro. Se sentó a nuestro lado, jugueteó con un
whisky igual, pero no paró de reírse, de inquirir por lo que sucedía en la
calle y en la gente que quiere; se aprestó a cenar hasta la madrugada con
quienes le convocaran “y fueran buenas personas”, y habló hasta por los
codos de lo que le preguntábamos y de lo que saliera al paso. Como si se
hubiera recuperado para lo que antes fue su manera de beber y de vivir la
vida, Sabina es otro hombre, y este disco, Alivio de luto, retrata en
parte lo que pasó antes de que recuperara el ingenio de la alegría.
Nosotros le propusimos que hablara de algunas de sus canciones
recientes, la mayor parte de las cuales están en el disco, y de algunas
que no están en el disco pero que forman parte ahora de su autobiografía
de cantante que ha disimulado con el ritmo (mexicano, argentino, cheli,
español) la presencia de una voluntad de autorretratar la vida mientras se
va. Así pues, más que una conversación, lo que sigue es un balance de
Sabina en función de algunas de las canciones que ha hecho después de la
visita inolvidable de la nube negra… Nube negra es, digámoslo antes de
tiempo, un símbolo de este disco que ahora sale; su historia incluye todos
los ingredientes de la vida de Sabina: la amistad (el texto se lo escribió
su amigo Luis García Montero para convencerle de que volviera a coger la
guitarra), la presencia reiterada de las noticias de la muerte, los sueños
vacíos, la luz cansada, “cuando el amanecer es otra noche helada”…
Pero empezamos a hablar por el principio, usando para la charla, como
pretexto, sus canciones. Y ésta con la que comenzamos es una peculiar
historia de amor.
‘Pájaros de Portugal’. (Habla de la libertad y de la pobreza y de la
mala combinación que se da entre esos dos conceptos).
Las canciones no hay por qué explicarlas, pero sí me gustaría contar
ésta porque tiene una anécdota muy concreta. No sé si recuerdas que hace
ocho o diez años se escaparon de sus casas de Tarragona dos chavales de 14
o 15 años. El país estuvo aterrorizado esos días porque se creía que los
habían matado, que los habían violado, cualquier cosa. Y nada de eso había
sucedido: querían ver el mar, y cuando vieron que era peor que en la tele
llamaron a sus padres acojonados. Volvieron, vírgenes, supongo,
acojonados… Sí, a veces las canciones nacen de las noticias, pero hay que
rumiarlas. Eso pasó hace ocho años, y cuando leí la noticia pensé: Aquí
hay una canción. Pero la canción misma viene ocho años después, cuando ya
se ha medio olvidado…
¿Y usted lee la prensa con esos ojos, por si le trae
canciones?
Yo leo la prensa porque me interesa y porque soy periodicoadicto. Pero,
sí, muchas veces vienen ahí las canciones, sobre todo en las páginas de
sucesos, que es donde vienen las mejores historias. Porque igual que en
poesía hay que cogérsela con papel de fumar, en las canciones hay que
cogérsela: con un punto de cursilería, un punto de horterez y todo lo que
se pueda de demagogia…
¿Y eso es porque hay que llegar al número más grande posible de
personas?
Porque es un género para cantar y para enamorarse y para llorar. No es
un género para paladear exquisitamente con la cabeza, porque va por las
venas, por el corazón…, tiene que ver con todos los momentos
repugnantemente sentimentales de uno. Para eso son las canciones.
¿Usted se imagina la canción cantada al mismo tiempo que
escrita?
Yo antes no sabía de eso, pero ahora sí. En estos dos años que he
estado retirado de los escenarios he estado escribiendo sonetos, e incluso
escribiendo versos en revistas de actualidad, y me he dado cuenta de que
las canciones no son sonetos, y no son poemas; si no nacen con la música
puesta, no nacen. Ahora tengo claro, desde el primer verso, qué cosa es
una canción y qué cosa no será jamás una canción.
‘Pie de guerra’. (Sobre los desastres, o las estupideces de la
guerra).
Nace de una canción de Leonard Cohen que dura un minuto. La mía dura
más de cuatro. Me parecía que él no había desarrollado lo suficiente esa
cosa espantosa que está pasando ahora mismo y que se ve todos los días en
la prensa, ese guerracivilismo que se vive aquí, en Londres, en Pakistán,
un horror que aquí yo mezclo de un modo caótico. No sólo están en guerra
los países o las civilizaciones, sino el cuerpo y el alma, el hombre
contra sí mismo, el hombre contra la mujer, y viceversa, el pelo, las
uñas. Una guerra total…
¿Usted percibe que estamos en un momento de desintegración?
Yo creo que los del pensamiento único, primero, eran unos hijos de puta
y, luego, no tenían previsto nada. Y nos han llevado a este horror, que se
parece un pelín al Apocalipsis. Uno lee en el periódico que si todos los
chinos tuvieran papel higiénico no habría árboles en el mundo. ¿Y cómo es
que no hemos previsto esto?
¿Y esta canción en concreto, cómo nació?
Decía Cohen: “Hay una guerra entre negro y blanco / entre hombre y
mujer”. Y eso ya te dispara para decir todo lo que quieras decir… Él es
mucho más contenido que yo.
Le pasa con escritores, poetas y músicos, que usted quiere prolongar
lo que escriben o cantan…
Sí, me pasa mucho, pero la mayoría de las veces te das cuenta
inmediatamente que estaban mejor como estaban antes. En este disco, por
ejemplo, hay una canción que se llama Mater España y que parte de una
conversación que teníamos en casa con Víctor Manuel acerca de un cantante
italiano, De Gregorio. “Fíjate”, decía Víctor, “este cabrón canta una
canción que se llama Viva Italia y no pasa nada… ¡Si aquí hiciéramos una
que diga Viva España, ¡la que se armaría!”. Y entonces me empeñé y le
dije: ¡cómo que no! Así que hice Mater España. Pero, claro, cada vez que
le echo un piropo luego me siento obligado a insultarla.
Pero es un canto de amor a España, en toda su extensión…
A una España republicana, ilustrada… Y hay unos versos que relacionan a
España con “fibra óptica y ladillas”; ahí andamos, más en las ladillas que
en la fibra…
“Madrastra España / a la hora de la siesta, / la puta que se
enamora, / la fruta que se indigesta…”.
Pero ahí puta no es peyorativo. Recuerdo una cosa que me decía mi
maestro Georges Brassens: que cada vez que cantaba mierda asomaba una flor
por detrás. En el disco hay una canción a mi hija Rocío: le digo hija de
puta. No creas que es tan fácil, pero ahí está, una canción de amor…
‘Ay Rocío’. (Una canción de amor. Dueto con Olga Román).
Soy tan mayor que las dos únicas canciones de amor que he hecho en los
últimos años son a mis hijas, una es Ay Carmela, y otra es ésta, Ay
Rocío.
Tan mayor, 56 años… ¿Cuándo usted compone qué edad tiene?
Cien años o ninguno. Es decir, uno se sitúa en un terreno imposible, y
la canción es un género indefinido que alguien que no fui yo quiso
explicar algo que me parece clave, clarísimo: una canción es una buena
letra, una buena música, una buena interpretación, y algo más que nadie
sabe lo que es y que es lo único que importa…
En las canciones de las que hemos hablado parece que usted se dedica
a narrar la vida de otros, más que la propia. En ‘Resumiendo’ ya se sitúa
en primera persona. Ya habla de giras y conciertos, imagina sus
sensaciones al subirse ahí, frente a la gente…
Un poeta puede ser hermético, o puede ser Valente o Mallarmé. Pero un
cantante no. Un cantante tiene que cantar su vida y cantar la de los
demás; si no, no hay manera de llorar, de follar con las canciones.
¿Cómo surge ‘Resumiendo’?
Es una canción de amistad dedicada a personas de las cuales sólo dos
están expresas. Pensé en José María Cámara, que aunque es mi señorito es
mi amigo; en Fernando García Tola, en Panchito Varona, en Javier Krahe.
Recuerdo la bajada a la cueva de La Mandrágora [un local nocturno de los
años ochenta]… La escribí pensando en ese tipo de fraternidad no perdida
pero sí añorada. Yo estoy a favor de la memoria pero contra la nostalgia.
Pero he de decir que el género de la canción de la nostalgia es muy
bienvenido…, lo que pudo ser y no fue.
¿Cómo ve ahora aquel tiempo y aquella gente que cita?
Javier Krahe está exactamente igual. Como ya era un viejecito hace
veinte años, pues sigue siendo un viejecito estupendo. Fernando Garcia
Tola está muerto, murió de un cáncer tremebundo. A Tola lo echo mucho de
menos cada vez que pongo la televisión, porque el tipo, en unos años
infinitamente más difíciles, y sin medios, inventaba un esquema nuevo y un
programa nuevo cada día. Disparatadamente o excesivamente, yo creo que
harían falta unos cuantos Tola, aunque ahora me alegro mucho de
Buenafuente. Blasfemé tanto en nuestra conversación anterior de Crónicas
marcianas y de esas cosas, que la gente pensó que yo pedía un programa de
intelectuales. Y no, para nada. Lo de Buenafuente es un humor inteligente
y es espectáculo.
En esa canción hemos subrayado dos expresiones suyas, “Calumnia
española” y “Crecimos con más dudas”…
Ah, la calumnia. En cuanto a lo de crecer, con 20 años uno puede ser
entusiasta, fanático y sectario. Pero si lo sigues siendo a los 56 es que
eres un imbécil y no has aprendido nada…
¿Cómo va de dudas?
Bien, gracias. Crezco todos los días. Me pongo en el lugar del
contrario, hasta en el lugar del enemigo, que es método socrático que no
está mal. No conduce a ningún sitio, sino a tener más dudas. Cada vez que
digo algo en lo que creo que estoy cargado de razón, pienso en el
argumento contrario. El sistema de los colegios británicos que obligan a
los chicos a defender una cosa y la contraria me divierte mucho como
método para dialogar con myself…
¿Qué desata más sus dudas?
Hay varias cosas. Pero lo que más me inquieta es esa polémica entre la
alianza de civilizaciones y leña al moro…, porque Oriana Fallaci tiene
razón y Zapatero también. Es verdad que se han hecho tan mal las cosas que
por algún lado tenían que salir. Pero, ¿cómo se arregla? No tengo ni puta
idea…
¿Y esa expresión, “calumnia española”, que parece una
redundancia?
Se decía que la envidia era el pecado nacional. Pero luego viajas por
el mundo, y ves que todas las naciones se apropian de ese pecado, que
sucesivamente es el de Argentina, México, Chile… Lo que aquí hay de modo
exacerbado es la facilidad de llegar a la calumnia directamente sin
necesidad de aportar pruebas y sin que nadie te denuncie.
¿Cómo se ha llegado a eso?
Eso parecía que se había curado: en la época de la Transición se le
pusieron paños calientes, y los cadáveres han vuelto a salir de los
armarios…
En ‘Dicen que dicen’ usted se ríe de sí mismo y de lo que dicen de
usted. Cuando a uno le toca la calumnia, ¿cómo se le queda el
ánimo?
Pues si te compras La Fiera Literaria de este mes [de julio], hay una
columna donde me dicen de todo porque he cenado con los Príncipes, porque
he hecho un pregón en el balcón de la Casa de la Villa, al lado de
Gallardón. Pues me quedo estupefacto… Con quién ceno, y además en esta
casa, no en ningún palacio, es cosa mía, y los que me reprochan que hable
desde el balcón del Ayuntamiento ignoran el abc de la ciudadanía, porque
la Casa de la Villa es nuestra y no de Gallardón, aunque también sea del
alcalde, faltaría más.
Y, además, mucho ha hecho usted por Madrid…
Más hizo Agustín Lara, que escribió un chotis maravilloso y nunca había
estado en Madrid.
¿Qué significa para usted esta ciudad?
Significa muchísimo. Antes viví en Úbeda, y me sentía fuera de, luego
en Granada y también quería largarme, luego viví en Londres y quería
volver, y cuando llegué a la estación de Atocha, y aunque parezca el peor
de los tópicos, me sentí en casa inmediatamente. Como todo el que llega a
Madrid. A mí me gusta Madrid porque no son imaginables los madrileños
cantando un himno detrás de la bandera. Permiten la doble nacionalidad
como ninguna otra ciudad del mundo que no sea Nueva York. No te obligan a
dejar de ser canario o andaluz para poder ser madrileño…
¿Y esa relación con los Príncipes cómo ha surgido?
Pues, según creo, Letizia quería conocerme y me invitaron unos amigos
suyos, a los que yo llamo los desastrones, que son Simoneta Gómez Acebo y
José Miguel Castrón, que es un gran músico. Me invitaron tres o cuatro
veces, y entonces llamó Simoneta y me dijo que si no iba me mandaría la
Guardia Civil, y ante esos argumentos me rendí. Pero puse como condición
que vinieran a mi casa, a este piso de Tirso de Molina. Traje a Serrat, a
Víctor Manuel y a Ana Belén. Nos pusimos a hacer música, el Príncipe tocó
el cajón y yo sigo siendo republicano.
¿Hablaron de eso?
Sí, estuvo mirando por ahí y vio que había una bandera republicana.
Está muy relajado, le ha venido muy bien la Leti… Ella es estupenda.
Usted es muy atrevido en el léxico. “E Mail parricida, mentiras
ripiosas…”. Usted incorpora mucho de lo que oye. No hay mucha gente que se
atreva a tanto con el lenguaje cantado.
Como yo no tenía una gran voz ni era un excelente guitarrista, a los
veinte años decidí que lo que podía aportar a la canción eran cientos de
palabras, como los académicos que acaban de llegar a la Academia y quieren
llevar hasta allí sus vocablos. Un día, en un hospital, oí una canción de
Juan Luis Guerra, y dije: qué cabrón, cómo puede decir catéter y
bilirrubina en una canción…
‘Paisanaje’. (Un guiño a la telebasura, al caso Lydia Lozano y
Albano. E introduce una palabra, albanokosovar…).
Me venía al pelo lo de albanokosovar para hablar de lo de Lydia Lozano.
La cosa de la telebasura. Lo peor de todo esto es que unos indocumentados
se erigen en tribunal de honor y de moral, y llegan a alguien y lo
insultan… Me parece mentira que esto esté siendo escuchado por un país que
no se cabrea. Y hay ahí un chantaje que a mí sí que me cabrea: si dices
algo en contra es que no tienes sentido del humor, que eres un puritano…
En fin, éstas son las canciones que hago para ahorrarme el diván del
psiquiatra. Como si me mirara al espejo para insultarme.
¿Y qué le dice ahora el espejo?
Me pillas en un día bueno. Hace año y medio [cuando la entrevista
anterior], estaba en medio de una depresión. Pero hace cuatro meses me
levanté una mañana y me apetecía salir a tomar una pizza, me apetecía
escribir una canción, visitar a los amigos…, y ese estado de alegría me
dura hasta hoy. Voy a hacer una gira, he hecho un disco. No me preguntes
cuál es la razón. Me ha durado dos años. Me pasé semanas en que no salía
ni al pasillo, venían amigos queridísimos a los que me negaba a ver, si
tenía una entrevista vomitaba por las mañanas y sudaba frío, eso se cuenta
en Nube negra. Estaba en un agujero sin sentido, pues cuando tuve el ictus
me recuperé perfectamente, sin secuela física alguna. Sin embargo, a los
tres o cuatro meses después entré en este agujero negro. Un neurólogo me
dijo que esto era normal, pero yo no encuentro normal estar dos años en un
agujero negro. Y ahora estoy con una euforia y un entusiasmo: me gusta
beber, besar, andar, cantar… Y, al mismo tiempo, sigue el miedo en el
cuerpo: ¿y si vuelve?
¿De eso nació este disco?
De esa actitud, sí, este disco es la crónica de todo eso. Dos años. Y
ahora lo oigo y me parece que es de una desesperanza brutal. Pero es lo
que había…
‘Nube negra’. (La crónica de un tiempo maldito. Como la daga en la
herida. “Cuando juego mi suerte al verso que no escribo, / cuando sólo
recibo noticias de la muerte… / Al otro lado de los apagones, / al otro
lado de la luna en quiebra, / allá donde se escriben las canciones / con
humo blanco de la nube negra… ”).
Te voy a contar algo. Yo voy los veranos a Rota, con los que yo llamo
los poetas líricos: Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero… Y mis
amigos estaban preocupados conmigo porque no escribía. Y un día me vino
Luis con esa letra, Nube negra… Yo le había hablado de la nube negra, y al
día siguiente se presentó para animarme a que me pusiera a escribir. Y
sacó un papel del bolsillo: “Mira, lo he escrito como si fuera tú”. Le
había cambiado las palabras, pero estaba contando exactamente lo que me
estaba pasando a mí en ese momento… Y a mí esa canción, ese gesto suyo,
contándome de manera tan amistosa su solidaridad con mi estado de ánimo,
me levantó mucho el ánimo, me hizo pensar en componer de nuevo. Me vino
muy bien el empujón de Luisito… Claro que tenía que cantársela esa misma
noche. Cogí la guitarra y salió así. Como todas las buenas letras, llevaba
la música puesta.
“Cuando despierto y voto por el miedo de hoy, / cuando soy lo que
soy en un espejo roto…”. ¿Qué emoción le dio leerla?
Se te caen las bragas. Llega un amigo, toca a la puerta, te dice:
“Mira, como no escribes canciones, he escrito una canción tuya”…
¿Están recogidas las piezas de ese espejo roto?
Creo que sí. Llevo cuatro meses resucitando. Tampoco me lo quiero creer
demasiado no vaya a ser que haya recaídas. La impresión que tengo es que
me muero de ganas de subirme a los escenarios y de ver a los amigos.
¿Hay algo que ya no va a volver a hacer en los escenarios?
No daré saltos, no me disfrazaré de más joven. Huiré de la demagogia
escénica, es decir, del mesianismo, “¡venga esas palmas!”.
Resumiendo, ¿de estas canciones qué autorretrato sale?
Las canciones están cojas mientras no las oye el otro. El retrato lo
hará quien las oiga. Yo creo que son una crónica más o menos decente de lo
que ha pasado mientras he estado fuera de los escenarios. Hace cuatro
meses que me ocurren cosas más vivas, más cotidianas, menos literarias,
más canciones… ¿Y qué canciones son mis preferidas? Tengo el corazón
dividido entre Ay Rocío y Pájaros de Portugal…
‘Alivio de luto’, editado por Sony BMG, se pone a la venta el 20 de
septiembre.
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