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18 de septiembre de 2005

Brecha de Uruguay - 16 de septiembre de 2005

La diplomacia de la rodilla firme

Las nuevas relaciones
entre Uruguay y Estados Unidos

El viaje de Tabaré Vázquez a Washington y Nueva York revela el estado actual de las relaciones con Estados Unidos y la impronta netamente latinoamericana que adquiere la diplomacia uruguaya, aderezada con un discurso franco y directo.

Samuel Blixen
Es posible deducir que el presidente de Estados Unidos, chapoteando en los problemas que le reducen su popularidad, añore el estilo carnal de aquel presidente uruguayo que era su mejor amigo, que le firmaba contratos secretos y le hacía los mandados para los jueguitos de desaires en eventos internacionales. Más aun: aquel amigo ponía arena en los engranajes de la integración latinomericana a efectos de beneficiar la otra integración, la simplemente “americana” del alca; y era capaz de demostrar el necesario sigilo para impulsar un convenio que, para usar la definición de Guillermo Waksman, consagra la igualdad entre desiguales (véase BRECHA, 27-V-05). “Lindo tiempo aquél canejo/ en que entuavía me amabas/ y a los bailongos llegabas/ en ancas de mi azulejo.” Este presidente de hoy no es como el de ayer, tan funcional al pragmatismo globalizado; por lo tanto, habrá dicho George W Bush, es preferible eludir el contacto, abortar cualquier situación que cambie el estado de cosas. Así, pese a las reiteradas expresiones de interés, el inquilino de la Casa Blanca prefirió suspender el encuentro solicitado por Tabaré Vázquez, en la primera visita de un presidente izquierdista uruguayo a Estados Unidos.
Hizo bien: Vázquez estaba decidido a discutir mano a mano la necesidad de introducir modificaciones en el tratado de promoción y protección recíproca de inversiones, algunas de cuyas cláusulas, particularmente lesivas para la soberanía, están dilatando la ratificación parlamentaria. Y al presidente de Estados Unidos –que nunca suscribiría un documento de ese tenor– no le interesaba esa discusión; le resulta más conveniente utilizar la excusa de la tragedia en Nueva Orleáns, aun sabiendo que el desaire podía fortalecer las tendencias que apuntan a un relacionamiento político y diplomático de Uruguay con Estados Unidos esencialmente diferente al que prevaleció hasta el presente. Quizás no se esperaba el tono de la reacción que prevaleció, en la delegación visitante y en las principales autoridades uruguayas, tras la cordialidad de las sonrisas. En particular esa odiosa e inoportuna reivindicación de la figura de Hugo Chávez (véase recuadro).
Signos sugerentes. La suspensión de la entrevista entre los dos presidentes se apoya en una excusa, porque la no realización del encuentro había sido adelantada, informalmente, a la cancillería uruguaya antes de que el huracán Katrina devastara las costas del golfo de México y colateralmente pusiera en evidencia la indiferencia de Bush ante la tragedia. Tan esperada era esa entrevista, que algunos periodistas especularon con la posibilidad de que los dos mandatarios tuvieran un encuentro en la sede de las Naciones Unidas, en ocasión de la participación en la Asamblea General (véase página 38), o, si más no fuera, un breve tête à tête en un cóctel, o algún intercambio de palabras visto que ambas delegaciones, por razones de alfabeto, se sientan una junto a la otra en la Asamblea.
No se trata de escasez de oportunidades. En realidad, las relaciones entre Estados Unidos y Uruguay enfrentan algunos escollos importantes. El primero de ellos, el propio tratado de inversiones, agravado por el limitado tacto que evidenció el ex embajador Martin Silverstein cuando vinculó la ratificación del documento a las compras estadounidenses de carne uruguaya. Silverstein estaba chantajeando, amenazando con una posible reducción de las cuotas de carne uruguaya en el mercado estadounidense si la ratificación se trancaba en el Parlamento. De paso, ejemplifica sobre cuáles pueden ser las represalias comerciales en aplicación de un tratado supuestamente referido al ámbito de las inversiones.
Pero también resultan un escollo las presiones estadounidenses (Silverstein otra vez) para entorpecer las relaciones entre Uruguay y Venezuela, y –para señalar sólo los episodios relevantes– la pretensión del Departamento de Defensa de que Uruguay otorgue inmunidad a las tropas estadounidenses que se despliegan en América Latina.
Si la parquedad es una medida del desagrado, entonces Vázquez estaba realmente molesto cuando comentó en Punta del Este el intempestivo anuncio del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, cancelando, sin explicaciones, su visita a Uruguay, a mediados de agosto último. Rumsfeld no recogía en Montevideo ningún apoyo, no ya a la inmunidad para eludir la competencia de la Corte Penal Internacional ante cualquier delito cometido por soldados estadounidenses, sino al descarado proyecto de instalación de una base militar en el Chaco paraguayo, a 200 quilómetros de la frontera con Bolivia, donde la acción de las organizaciones populares ha derribado presidentes privatizadores y ha rescatado el control de la producción y comercialización del petróleo.
La cancelación de la visita de Rumsfeld tiene la misma lectura que la cancelación del encuentro de los presidentes. Expresa una forma muy directa y poco cortés del gobierno de la nación más poderosa de decir que no le gusta la conducta de un gobierno díscolo. Por esa razón, tras la partida del embajador Silverstein, el Departamento de Estado sigue demorando la designación de un nuevo embajador, en tanto que ha designado ya a un nuevo encargado de negocios.
Las inversiones como herramienta de presión. En su momento el presidente Vázquez reaccionó airadamente cuando, en el tramo final de la campaña electoral, se enteró de que el presidente Jorge Batlle había firmado con Estados Unidos el tratado de inversiones sin consultar a las fuerzas políticas, y generando una situación de hecho que condicionaría al próximo gobierno. De la misma forma reaccionó cuando, dos días antes de abandonar el Edificio Libertad, el presidente divertido envió el tratado al Parlamento para su ratificación, cortando calquier posibilidad de desandar el camino.
La intención de Batlle cuadraba con los intereses de la Casa Blanca: el tratado introducía por lo menos tres aspectos negativos para la soberanía y los intereses uruguayos. Por un lado, la aplicación de los términos del concepto de “nación más favorecida” implicaba otorgar a Estados Unidos los mismos beneficios que Uruguay recibiría o concedería en el marco del Mercosur, lo que supone una manera de distorsionar el sentido político y económico de la integración regional. Por otro, otorga a Estados Unidos la potestad de tomar represalias cuando una empresa uruguaya, estatal o privada, se asocie con empresas de países que la Casa Blanca considere enemigos o con los que no mantenga relaciones diplomáticas. En lo concreto, esa cláusula introduce un elemento de distorsión en las relaciones de Uruguay con Cuba y con Venezuela. Y finalmente deposita en tribunales estadounidenses las decisiones sobre controversias.
Las particularidades del tratado –heredadas de la administración anterior con una condicionalidad: el documento no puede modificarse en la instancia de ratificación parlamentaria; se aprueba o se rechaza como un todo– dividieron las opiniones en el EP-FA. En particular el vicepresidente Rodolfo Nin y el ministro de Economía, Danilo Astori, son partidarios de aprobar el texto; el mpp, el Partido Comunista, el Partido Socialista y la Vertiente Artiguista han derivado hacia una posición de rechazo en los términos actuales y se inclinan por una negociación de “enmiendas” que eliminen los aspectos más lesivos.
El presidente Vázquez había evitado pronunciamientos públicos tajantes sobre el tema. Hasta ahora. Su insistencia en concretar una reunión con Bush explica la necesidad uruguaya de modificar los términos del tratado con vistas a mantener aquellos aspectos que se estiman positivos para el flujo de inversiones. Es que existe una nueva realidad que puede verse afectada directamente por el tratado. La implícita prohibición de asociaciones con capitales de países “enemigos” influye directamente –si el tratado se ratificara tal como está– en las negociaciones comerciales que el gobierno uruguayo está realizando con el gobierno venezolano. En particular, el tratado introduce una contradicción insalvable si prosperan las negociaciones en curso para una asociación de pdvsa, la petrolera estatal venezolana, con ancap, que apunta, por un lado, a la inversión para multiplicar la capacidad productiva de nuestra empresa y, por otro, a la explotación directa, por parte de ancap, de pozos petroleros en la nación caribeña.
Un nuevo estilo. Fuentes de la delegación uruguaya que acompaña al presidente Vázquez en Estados Unidos no dejaron traslucir mayor optimismo tras la supuesta receptividad de Peter Allgeier, adjunto del Departamento de Comercio, y de Regina Vargo, encargada comercial para las Américas, sobre la propuestas de introducir enmiendas en el texto del tratado a efectos de viabilizar su ratificación antes de diciembre.*
El tono de los discursos pronunciados por Vázquez revelaba otra cosa. En el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos, el presidente criticó las políticas proteccionistas y reclamó transparencia en el intercambio comercial. Dijo: “Los países del mundo desarrollado demandan de los otros que no pongan subsidios ni políticas proteccionistas. Nosotros hemos cumplido abriendo nuestras puertas y ventanas, no desarrollando políticas proteccionistas, eliminando los subsidios. Hemos encontrado en el mundo desarrollado que ellos, que nos piden que nosotros hagamos esto, nos fijan cuotas, subsidian sus productos agrícolas, nos cierran los mercados. Cuando nuestros pueblos se alzan pidiendo justicia social, lo que están pidiendo es igualdad de oportunidades”. Reiteró la voluntad de mantener las buenas relaciones con Estados Unidos, pero advirtió que no renuncia a “profundizar las relaciones bilaterales con otros países, con otros gobiernos, porque en eso no hay contradicción entre ser uruguayo y sentirse latinoamericano”.
La relación entre pobreza y discriminación comercial fue reiteradamente utilizada por Vázquez en un estilo que introduce la franqueza, que reclama un tratamiento igualitario y que alerta sobre las consecuencias políticas de esa desigualdad. “Cada pueblo tiene el derecho de su autodeterminación, de elegir su gobierno, de su forma de gobierno”, dijo, al rechazar un concepto de diferenciación entre izquierdas buenas e izquierdas malas en América Latina. Se refirió implícitamente a Venezuela cuando afirmó que un escenario latinoamericano complejo “puede llegar a ser más complejo aun si (una potencia) ignora, excluye o agrede a alguno de sus integrantes”.
Se trata de un nuevo estilo que anuncia la definición de una nueva política exterior. Un estilo que rompe con las prácticas anteriores y que es capaz de decir, como dijo la subsecretaria de Relaciones Exteriores Belela Herrera en Pekín, horas antes de la llegada de Vázquez a Washington: “No estamos de acuerdo con guerras preventivas y apoyamos el fortalecimiento de la Organización de las Naciones Unidas para que tenga mayor voz. Si el Consejo de Seguridad hubiera tenido fuerza, Irak no se encontraría en el estado actual”.
* Las enmiendas en negociación refieren básicamente a tres aspectos: al de arbitraje de controversias (notoriamente favorable a los intereses estadounidenses en la redacción actual del tratado), al concepto de “nación más favorecida” (que iguala el tratamiento de inversiones del Norte a las que provienen del Mercosur) y al artículo 17 (que lesiona la soberanía uruguaya).

Sobre política interna
Mensajes de extramuros

Ya se está convirtiendo en un clásico que el presidente Tabaré Vázquez utilice la amplificación de una tribuna internacional para formular anuncios y deslizar opiniones sobre política interna. Se recuerda el adelanto de la designación de Danilo Astori como ministro de Economía en su visita a Estados Unidos en tanto candidato presidencial; y el criterio que iba a sostener después en la interpretación del referéndum sobre el agua al asegurar en España que los contratos con las concesionarias no caerían.
Ahora, si sus explicaciones sobre la cuestión de los derechos humanos, en una entrevista con la Voz de las Américas, pudo haber erizado ciertas sensibilidades (“el gobierno de la época amnistió a todo el movimiento subversivo, al movimiento tupamaro”, explicó, equiparando la amnistía con la ley de caducidad), sus afirmaciones posteriores sobre los alcances de la ley generaron sorpresa tanto en el gobierno como en organizaciones de defensa de los derechos humanos. Vázquez afirmó, poco antes de partir desde Washington hacia Nueva York, que a su juicio los mandos responsables de la conducción militar durante la dictadura no están comprendidos en los beneficios de la ley de caducidad. Con esa interpretación, el presidente dio vía libre a los abogados de organismos de derechos humanos que se aprestan a multiplicar denuncias judiciales similares a la que ya se formalizó contra el general Gregorio Álvarez.
El criterio de que los mandos no están amparados por la ley, debido a que ellos dieron las órdenes y el texto se refiere exclusivamente a quienes las cumplieron, venía siendo analizado desde hace tiempo pero nunca impulsado porque todo depende de la opinión del Ejecutivo. Al asumir tal criterio, Vázquez reitera una manera de encarar la aplicación de la ley de caducidad: eludir una opinión general y pronunciarse en cada caso. Hasta ahora, en los casos analizados, la Presidencia invariablemente ha decretado que no se aplica la ley.
El presidente también deslizó fuertes anuncios respecto de otro punto polémico: las inversiones de Botnia y ence en plantas elaboradoras de celulosa “se cumplirán a capa y espada”, aseguró en un desayuno de trabajo con empresarios estadounidenses y uruguayos. Horas antes, en la Cámara de Comercio de Washington, Vázquez afirmó que Uruguay está en posición de cuidar los efectos que estas plantas tienen sobre el ambiente. El presidente y los ministros que lo acompañan, Danilo Astori (Economía), Jorge Lepra (Industria) y Reinaldo Gargano (Relaciones Exteriores), habían formulado la misma apreciación ante directores del Banco Mundial (BM), en la medida en que la Corporación Financiera de Inversiones –organismo del BM– debe resolver si acoge o no las protestas de Argentina sobre los efectos contaminantes de las plantas, decisión de la que depende un préstamo a las empresas Botnia y ence. nLa valoración de Chávez como síntoma
El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, consideraba al cierre de esta edición la posibilidad de suspender su viaje a Estados Unidos para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas, debido a que la negativa del gobierno de George Bush de otorgar visas de entrada a los integrantes del equipo de seguridad personal, al Jefe de la Casa Militar y a su colectivo médico aumenta el riesgo de un atentado personal, máxime cuando las amenazas de asesinato han provenido en su gran mayoría del territorio de Estados Unidos.
Así están las cosas entre Bush y Chávez. Desde esta óptica resultan sugestivas las opiniones vertidas en Washington por el presidente Tabaré Vázquez, y por el vicepresidente Rodolfo Nin, sobre el hombre a quien la Casa Blanca considera como el gran enemigo de la democracia y la seguridad en América Latina. Seguramente no habrá sido del agrado del presidente Bush el que Vázquez haya utilizado la Voz de América –la principal herramienta de penetración propagandística del Departamento de Estado en el continente, pero con amplificación particular en el Caribe, donde reposa “el caimán con ojos de piedra y agua”– para lanzar la siguiente afirmación: “El presidente Chávez ha refrescado un pensamiento y una concepción política que sostuvieron nuestros próceres, quienes lucharon por mantener unida a América Latina. Así que en ese sentido tenemos una gran identidad con Chávez, que no es contra nadie”.
La aclaración del final hace alusión a los dichos de Nin, quien días antes, en un encuentro auspiciado por el Diálogo Interamericano de Washington, jerarquizó el papel que juega Chávez en el proceso latinoamericano: “El presidente Chávez tiene una concepción bolivariana integradora de la región que todos compartimos, sin ninguna duda. Lula visualizó la posibilidad de convertirse en líder latinoamericano desde su elección, hace más de dos años, pero hoy notoriamente no lo es. Chávez es el único presidente que hace cosas concretas por los demás países”, dijo. Nin fue más allá: en una reunión a propósito del encuentro mundial de presidentes parlamentarios, acusó a líderes políticos estadounidenses, con los que se había entrevistado, de “contribuir bastante a generar sentimientos mundiales de rechazo a Estados Unidos”, aludiendo a la decisión del gobierno de negar la visa de entrada a dos parlamentarios, uno cubano y otro venezolano. “Es difícil entrar (a Estados Undios), uno se siente como violentado, le rompen las valijas, se las revisan, he sentido casos de ministros de otros países que les hacen sacar los zapatos, y eso genera rechazo, a nadie le gusta que lo miren mal creyendo que porque uno es morocho es un delincuente”.
Este es el nuevo tono que, a juzgar por la complacencia de autoridades estadounidenses, no desmerece la “cordialidad” de las relaciones entre ambos países. La cordialidad, se sabe, no necesariamente implica establecer “relaciones carnales”.

 
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