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18 de septiembre de 2005

Clarín de Argentina - 13 de septiembre de 2005

Las relaciones EE.UU. - Latinoamérica:
La hegemonía impulsada por la Casa Blanca

El largo brazo del poder
de EE.UU. sobre la región

Oscar Raúl Cardoso
orcardoso@clarin.com
Eco de un pensamiento pesimista común en EE.UU. hace dos décadas, y a la luz de los numerosos topetazos que se está dando doméstica e internacionalmente, una corriente de analistas regresa hoy sobre el vaticinio de un fin cercano para lo que llaman el poder imperial de la hiperpotencia.

Coral Bell, académico australiano especialista en estrategia, escribió hace poco que "podemos estar asistiendo al crepúsculo del mundo unipolar" conocido desde el colapso soviético de comienzos de los 90. La combinación Irak-Katrina catalizó estas especulaciones. Joseph Nye, antiguo número dos del Pentágono con Bill Clinton, asegura ahora que el "poder blando" —esto es el atractivo que ejerce sobre el resto del planeta emular instituciones, éxitos económicos y cultura de su país— también sufre decrepitud. Nye había acuñado el concepto para oponerlo al tradicional de "poder duro", la enorme capacidad militar de Washington.

La ecuación que sustenta este pesimismo (u optimismo, según del lado desde el que se lo mire) es compleja: el estado de la economía estadounidense, su endeudamiento internacional, su dependencia energética, las brechas en la sociedad entre incluidos y excluidos, los costos de ser policía global —misión autoimpuesta por Washington— y hasta ciertos indicios de colapso posible en la estructura de sus fuerzas armadas, figuran entre los indicadores relevantes.

Para el resto de los países parece menos relevante cuán acertado es este diagnóstico de declinación que predecir cómo reaccionará el poder de EE.UU. a las atribuladas condiciones que parecen rodearlo. La posible instalación de bases militares en un país del Cono Sur, como Paraguay, se inscribe en este acertijo crítico, así como lo hace la reacción afligida ayer de Brasil, por boca de su canciller Amorim.

Los síntomas de una renovada mirada torva de EE.UU. sobre lo que considera su área exclusiva de hegemonía, América latina, eran evidentes aun antes de que algunas democracias de la región —Brasil, Uruguay, Venezuela— realizaran lo que Washington percibe como peligrosos giros hacia el centroizquierda.

A fines de la década pasada Washington activó la instalación de la idea de "zonas de baja gobernabilidad" en documentos multilaterales sobre seguridad, resistida al menos hasta ahora porque abre la puerta a intervenciones extranjeras en territorios bajo soberanía de terceros estados —verbigracia la "triple frontera" de la Argentina, Brasil y Paraguay— si lo considerara necesario.

Bolivia, donde el gobierno de Bush denuncia una injerencia encubierta de Cuba y Venezuela que presenta como sedición, es otro escenario conflictivo. El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, visitó a mediados de agosto Paraguay y Perú trayendo consigo una retórica amenazante como no se escuchaba en la región desde los días de la guerra fría (1945-1991).

Otro indicio sugestivo es que el Estado Mayor de las fuerzas de EE.UU. acaba de elaborar un documento que propone el uso preventivo de armas nucleares contra países, que al ojo receloso de Washington, pueda estar favoreciendo o encubriendo al terrorismo antiestadounidense. En la cuenta actual importa poco si los bárbaros están realmente rodeando al imperio, o si este está condenado por las barbaridades de los propios; urgente es saber qué puede hacer hasta que esa incógnita se despeje, de uno u otro modo.
 
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