El 11 de Septiembre de 2001 cambió nuestro mundo. Si eso quería
Osama Bin Laden, lo consiguió. Si eso es lo que quería alguien más,
también lo consiguió. Y aunque se han vertido ríos de tinta, talado
bosques de papel y proyectado infinidad de píxeles que describen y
explican el atentado desde todos los ángulos, siguen surgiendo
preguntas en torno a éste y a lo que siguió. Preguntas aún sin
respuestas.
Así, el 22 de agosto, una comisión investigadora sobre la CIA en
Estados Unidos entregó un informe secreto en el que se detallan
múltiples fallos de inteligencia que precedieron al atentado. Pese a
la petición de las familias de las víctimas, la CIA se niega a
publicarlo, pero se sabe que recomienda expedientes disciplinarios
contra dirigentes de la CIA, incluyendo el ex director George Tenet,
el encargado de las operaciones clandestinas y el jefe de
contraterrorismo.
También en agosto dos oficiales de la inteligencia militar, el
teniente coronel Anthony Shaffer y el capitán de navío Scott
Phillpot, miembros de una unidad secreta, Able Danger, creada en
1999 para controlar Al Qaeda, revelaron que en 2000 habían
identificado a Mohamed Atta y a otros tres suicidas del 11 de
septiembre como terroristas que ya se encontraban en EEUU y lo
consignaron en un documento. Trataron de avisar al FBI, pero los
abogados del Pentágono lo impidieron. El Pentágono niega todo y dice
que el documento al que se refieren no existe en sus archivos. Otros
miembros de la unidad de inteligencia confirman la identificación de
Atta.
El diputado ultraconservador Curt Weldon, del comité de las
Fuerzas Armadas del Congreso, dice que él mismo entregó una copia de
ese documento, justo después del atentado a las Torres Gemelas, a
Stephen Hadley, actual asesor de Seguridad Nacional de Bush. Para
aclarar el tema, el senador republicano Arlen Specter, presidente de
la comisión judicial del Senado, ha convocado a una sesión de
investigación para mañana.
Estas nuevas alegaciones se unen a los múltiples fallos de
seguridad encontrados por la comisión presidencial sobre el 11 de
septiembre, así como a los libros, artículos y reportajes que han
aparecido desde entonces. Por ejemplo, Michael Scheuer, encargado
del seguimiento de Al Qaeda desde 1996, dimitió de la CIA y, además
de publicar un jugoso libro, insiste en que la administración Bush
no dio importancia a Al Qaeda hasta el ataque a Nueva York. El que
fue director de contraterrorismo en la Casa Blanca por dos
administraciones, Richard Clarke, va más allá. En su famoso libro
“Contra todos los enemigos”, no sólo cuenta cómo el día después del
ataque Condoleezza Rice (entonces asesora de Seguridad Nacional) y
otros altos cargos ni siquiera sabían qué era Al Qaeda, sino que
desde ese mismo momento Bush dio instrucciones de centrarse en Irak,
cuando eran conscientes de que no tenía que ver con el atentado.
Clarke revela que el asesor presidencial de contraterrorismo que lo
sustituyó a él, Randy Beers, presentó su dimisión ante Bush poco
después, porque la administración quería convencer a los ciudadanos
de que Irak era el culpable sabiendo que no era cierto. Y que esa
decisión estaba ligada a la estrategia diseñada por los republicanos
para ganar las elecciones de 2002, 2004 y más allá mediante una
situación de guerra al terrorismo, que incluiría a Irak y cualquier
otra posibilidad. Clarke concuerda con este análisis.
Tal vez así se entienda mejor lo más incomprensible: por qué EEUU
dejó escapar a Bin Laden cuando lo tenían cercado en Tora Bora en
Afganistán entre noviembre y principios de diciembre de 2001. Uno de
los más intrépidos y lúcidos corresponsales de guerra
estadounidenses, Philip Smucker, y su colega afgano Lutfullah
Mashall cubrieron durante un año la guerra de Afganistán y en marzo
de 2002 publicaron un reportaje devastador en el prestigioso
“Christian Science Monitor”, anticipándose a varios reportajes
similares en “The Washington Post” y “The New York Times”. Ahí se
documenta cómo los norteamericanos dejaron la tarea de encontrar a
Bin Laden a tres señores de la guerra afganos, en conflicto entre
ellos, y nunca pensaron en sellar la vía de escape a Pakistán, a
pesar de haber identificado en transmisiones de radio la voz de Bin
Laden en esa zona.
Smucker y Mashall recorrieron esa ruta y entrevistaron a
aldeanos, recientemente enriquecidos, que les contaron cómo ayudaron
a escapar a Bin Laden entre el 28 de noviembre y el 12 de diciembre
sin que nadie los molestara, mientras los aviones bombardeaban las
cuevas en donde buscaban el martirio unas docenas de chechenos.
Finalmente, algunos comandos norteamericanos participaron con los
afganos en una estéril búsqueda a partir del 13 de diciembre.
Claramente: no era una prioridad capturar a Bin Laden. ¿Por qué?
Porque la prioridad era mantener el miedo para poder invadir Irak.
Lo que a su vez radicalizaría la militancia islámica y mantendría la
tensión. Como escribe Clarke (recuerden, ex jefe de contraterrorismo
de Bush): “Si Osama Bin Laden, escondido en su reducto de las
montañas, pudiera controlar la mente de George Bush, le repetiría:
‘Invade Irak, tienes que invadir Irak’”.
En los últimos cuatro años no ha habido un nuevo atentado en EEUU
aunque sí varias detenciones relacionadas. Pero son todas como la
que se ha hecho estos días en Los Ángeles: un grupo de musulmanes
estadounidenses que durante su tiempo en la cárcel supuestamente
planearon algo. Sin llegar a hacer nada. O sea, grupos locales, como
los de Madrid o Londres o los de Marruecos o Egipto. Grupos que en
algún momento pueden recibir enlaces de alguien que dice que es Al
Qaeda. Mientras que Bin Laden, Al Zauahiri y otros funcionan como
referencia y propaganda de los que actúan por su cuenta. Por eso, no
es fácil desmantelar Al Qaeda. Porque no existe como organización en
estos momentos. Es un estado mental, imágenes mediáticas y
esporádicas conexiones con la rabia que hierve en muchos lugares.
Mediante esta serie de acciones y reacciones, lo que ha cambiado
es EEUU. Y con él, el mundo. Las circunstancias que indujeron este
cambio no están aclaradas. Es posible que haya una increíble
incompetencia en los servicios de inteligencia y seguridad. ¿Pero
por qué? No son más tontos que los demás. Un elemento de respuesta
puede estar en el recientísimo libro del periodista Joseph Trento,
especializado en la CIA, “Prelude to terror”. En él se detallan, por
un lado, diversas operaciones de gran calado político que ha lanzado
la CIA por su cuenta en las últimas décadas. Y, añadiría yo, la CIA
es sólo un elemento de un sistema más amplio, en el que también está
la National Security Agency, la inteligencia militar, el FBI y
otros.
Por otro lado, Trento documenta la estrecha relación, ahora en
las pantallas de cine, entre la elite saudita (incluida la familia
Bin Laden) y la familia Bush. Relación que incluye desde hace tiempo
los servicios de inteligencia (Bush padre fue director de la CIA,
Bin Laden era agente de la inteligencia saudita). De ahí la
dificultad para desentrañar la madeja hasta que el peligro se hizo
evidente. De ahí la famosa evacuación en masa de miembros de la
oligarquía saudita en EEUU, cortesía del Gobierno estadounidense, en
las horas que siguieron al atentado al World Trade Center. Alguien
temió comprometerlos excesivamente, como ocurrió después al
descubrirse que la princesa esposa del embajador saudita había
ayudado económicamente a miembros de la red que elaboró el ataque.
¿Por qué nunca se han investigado las redes financieras
saudíes-estadounidenses a pesar de la petición de las familias de
las víctimas, dejando a los saudíes que hicieran su propia
auditoría? Demasiadas preguntas sin respuesta.
Ahora bien, lo más dañino para la verdad, una verdad de
consecuencias incalculables, sería reducirlas a una conspiración
burda de los servicios de inteligencia provocando el 11 de
septiembre. Esa y otras teorías conspirativas son un dislate. Pero
¿y si se tomó un riesgo calculado de dejar operar a terroristas para
descubrirlos en el último momento y se erró en el cálculo? ¿Y si
alguien vio la conveniencia de mantener el peligro de Bin Laden
mientras se reorganizaba el mundo, pensando que siempre habrá tiempo
para liquidarlo? ¿Y si alguien está ahora pensando que si Irak no se
controla habría que explorar la opción de extender la crisis a Irán
en lugar de reproducir la retirada de Vietnam bajo la presión
ciudadana?
Es un hecho que la administración Bush ha mentido deliberadamente
en varias ocasiones graves. Y ha llevado a su país, y a otros, a la
guerra a partir de esas mentiras, en función de una estrategia que
no es nacional sino neoconservadora. Entonces, ¿por qué no
preguntarse por las mentiras por conocer, tal vez enterradas en las
preguntas sin respuestas?
© La Vanguardia
(The New York Times
Syndicate)