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17 de setiembre de 2005
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A cuatro años
Angel Guerra Cabrera
El 11/S de 2001 tuvo consecuencias dramáticas para la humanidad. La masacre
vino como caída del cielo a Bush II al proporcionarle la justificación para
iniciar un ciclo de guerras coloniales y cercenar derechos constitucionales en
casa invocando mentiras que muchos en Estados Unidos creerían al pie de la
letra. Hasta ese momento el futuro líder mundial de la llamada guerra contra el
terrorismo era un gobernante a la defensiva, cuestionado por el fraude electoral
que lo llevó a la presidencia. Sin embargo, ya había mostrado claramente su
estrecho compromiso con las grandes corporaciones y su desprecio olímpico por el
género humano al negarse a ratificar el Protocolo de Kyoto, rechazar el tratado
sobre armas biológicas y el Tribunal Penal Internacional.
El 11/S permitió a los neoconservadores, situados en puestos clave de la
política exterior y de guerra del imperio, hacer avanzar velozmente su agenda de
dominio mundial resumida en el Proyecto para un Nuevo Siglo Estadunidense.
Elaborado desde 1997 por James Wolfowitz, este proyecto contó desde el principio
con el patrocinio de Richard Chenney y Donald Rumsfeld, actuales vicepresidente
y secretario de Defensa, así como de Jeb Bush, gobernador de Florida y hermano
de George W., entre otras luminarias de la elite estadunidense.
El proyecto propone la reinstauración del concepto nazi de "guerra
preventiva" contra los denominados regímenes parias(aquellos que no se supeditan
o no convienen a los intereses de Estados Unidos) o contra potencias
eventualmente competidoras, así como el control militar de las regiones del
planeta ricas en petróleo, gas, agua y otros recursos de importancia
estratégica.
Con palabras más escogidas, el borrador de Wolfowitz está contenido en su
esencia en la Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos aprobada por Bush
en 2002. Todo esto explica que después del 11 de septiembre, lejos de buscar una
solución verdadera al terrorismo basada en el derecho internacional y con el
concurso de la Asamblea General de la ONU, Washington prefiriera apelar
ilegalmente a la fuerza, auxiliado por una camarilla de incondicionales como
Blair, Aznar y otros cipayos de menor monta.
Esta Santa Alianza procedió a arrasar con Afganistán, uno de los países más
pobres y sufridos de la Tierra, que había padecido ya una serie interminable de
conflictos bélicos. La jugada permitió a Bush y sus socios petroleros situar
bases militares sobre los ricos yacimientos de hidrocarburos del mar Caspio,
amenazar a Rusia -también pletórica en esos recursos- y poseer la llave de la
que China e India proyectaban surtirse de la energía que necesitan
desesperadamente. Pero faltaba hacerse de Irak, el objetivo más prioritario en
el borrador de Wolfowitz, que, como hemos conocido después, estaba en la mira de
Bush desde que llegó a la presidencia y ordenó poner al día los planes para
conquistarlo.
No ha de extrañar que poco después del 11/S iniciara la campaña de mentiras
sobre las armas de destrucción masiva y la supuesta amenaza que el país
medioriental significaba para Estados Unidos. La invasión a Irak ha significado
la pérdida de decenas de miles de vidas de su población civil, la destrucción de
lo que quedaba de su infraestructura y de uno de los patrimonios culturales
primigenios de la humanidad. Por eso estimuló un gran sentimiento
antiestadunidense en el mundo árabe y musulmán, al soltar a la vez las manos al
carnicero Sharon.
El terrorismo de Estado aplicado en gran escala hizo crecer como nunca antes
el terrorismo de signo contrario, que ya ha tocado a las puertas de Madrid y
Londres. Este clima bélico fue utilizado también por Washington para aumentar su
presencia militar en América Latina y recrudecer la hostilidad contra Cuba y
Venezuela.
La aventura militar en Afganistán y la antigua Mesopotamia ha demostrado que
Estados Unidos puede ocupar países con su tecnología militar pero es incapaz de
gobernarlos. Bush no imaginaba que toparía en Irak con una resistencia como la
que se ha levantado después que declaró, victorioso, el fin de las operaciones
militares. Las constantes bajas estadunidenses han hecho que su popularidad
caiga como un plomo en los últimos meses y únicamente un milagro mercadotécnico
podría revertir esta tendencia cuando tantos dedos en Estados Unidos apuntan
hacia el emperador como el máximo responsable de la tragedia de Nueva Orleáns. Y
a todas estas, ¿dónde está el viejo amigo Osama?
Publicado en La Jornada el
15 de septiembre de 2005
Angel
Guerra Cabrera
Columnista
de La Jornada de México
aguerra12@prodigy.net.mx
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