Gennaro Carotenuto - rodelu.net |
18 de setiembre de 2005
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60 aniversario de la fundación de la ONU
La oligarquía irreformable
El 60 aniversario de la fundación de la ONU da muy poco
para celebrar. La gran reforma promovida por Kofi Annan ha
sido el enésimo fracaso. Un fracaso bajo la bandera de Estados
Unidos, que tiene de rehén a la comunidad
internacional.
Gennaro
Carotenuto Desde Roma
Censura, sabotaje,
atropello. Detrás de los discursos vacíos de una cumbre
ritual, esto es lo que quedará del enésimo intento de reformar
las Naciones Unidas 60 años después de su fundación. El
documento que un panel de 16 sabios, reunidos por el
secretario general de la organización, Kofi Annan, había
presentado para refundar la ONU ya no existe. Así el
secretario, cuestionado por el caso de corrupción conectado al
bloqueo contra el Irak de Saddam Hussein, está presidiendo una
celebración que pretende reunir en Nueva York más jefes de
Estado y de gobiernos que cualquier otra cumbre de la
historia, y que sin embargo no es otra cosa que un conjunto de
palabras vacías que dejan a la organización en crisis, y es
imposible esconder el fracaso. El documento original no era
el fruto de propuestas extremistas. Más bien dejaba en pie los
más conflictivos nudos de la convivencia adentro de las
Naciones Unidas. No tocaba a los cinco miembros permanentes
(Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Gran Bretaña) ni su
incuestionado derecho de veto que paraliza la actividad de la
ONU. Tampoco tocaba la estructura centralista y jerárquica ni
otorgaba nuevos poderes a la Asamblea General, que hoy tiene
poco más que un papel simbólico. Sin embargo intentaba
plantear soluciones a algunos problemas concretos. El texto
fue barrido por más de 700 enmiendas presentadas por el
conflictivo embajador estadounidense John Bolton, elegido por
el presidente George W Bush por considerarlo enemigo de la
institución. La frialdad con que fue acogido el discurso de
Bush del miércoles revela que su embajador puede celebrar el
éxito de su misión más aun que el presidente en Irak. La
reforma de la ONU queda postergada sine die. Ninguna respuesta
sobre reducción de armamentos, proliferación nuclear, sobre la
lucha contra el hambre y la pobreza, sobre temas ambientales,
la paz y la guerra. El nuevo documento, reducido y limpiado de
todo lo incómodo para Estados Unidos y para otros miembros con
derecho de veto, es una retórica declaración de principios.
Hasta el viejo compromiso formal de los países ricos de
destinar el 0,7 por ciento de su pbi a la cooperación
–respetado sólo por los escandinavos– ha sido rebajado a la
más cómoda categoría de “recomendación”. Así nadie puede
acusarlos de haberse “comprometido” sin cumplir.
UN DESASTRE CON CULPABLES
La de la ONU es una lenta agonía que
no culminará con la muerte del enfermo sino con el total
vaciamiento de sus razones de ser. Lo único que realmente
parece interesar a los reunidos en Nueva York es el papel del
Consejo de Seguridad. Una docena de países aspiran a modificar
su estatus y ser miembros permanentes o
semipermanentes. Brasil, Japón, Alemania e India, los
cuatro países más autorizados para alcanzar esta meta, están
teniendo una actitud servil y contraproducente para ser
admitidos. Se conforman con obtener un escaño permanente en el
Consejo de Seguridad, ni siquiera intentan modificar el
sistema del derecho de veto que paraliza a la organización. No
exigen el derecho de veto pero renuncian a criticarlo. Así
países como Alemania o Japón, 60 años después de la derrota
militar, siguen aceptando una condición de minoridad frente a
Francia y Gran Bretaña, que ganaron la guerra pero en el mundo
actual tienen un peso específico mucho menor. Para alcanzar el
estatus de “grandes de segunda” prometen, contratan, compran y
venden. Italia denunció –lo hizo a pedido de Estados Unidos–
que Alemania compra votos de países africanos. Japón, que
nunca recuperó una verdadera política exterior desde 1945,
tiene el apoyo de Estados Unidos pero el veto de China.
Pakistán –otra vez con el apoyo de Estados Unidos– pretende
entrar si entra India, ya que también es potencia nuclear.
También Sudáfrica tiene ambiciones y entonces el Consejo, que
hoy es de 15 miembros, se estira y se reduce según la codicia
de los participantes. Otros piden un escaño para la Unión
Europea, que ni Francia ni Gran Bretaña ni Alemania toman en
cuenta. El iraní Mahamoud Ahmadinejad pretende un escaño para
el mundo islámico. Todo esto en un contexto donde nadie,
empezando por Estados Unidos que es el principal deudor, paga
los gastos comunes de un condominio en ruinas. Fracasa así
la vía “reformista” de la recuperación de la ONU como cámara
de compensación de los conflictos y diferencias
internacionales. Queda ahora una lejana vía “revolucionaria”
con el retiro del Sur del mundo de la organización para
construir otra ONU más equilibrada. Algunos soñadores la
imaginan con sede en una Jerusalén internacionalizada y
transformada en ciudad de la paz. Una utopía, pero
linda.
UN BALANCE TRÁGICO
Encima de este lamentable
espectáculo está el hecho real de que en todo el siglo corto
identificado por el historiador Eric Hobsbawn, la historia de
todas las organizaciones internacionales ha estado
permanentemente condicionada por el Consenso de Washington.
Así nació al final de la Primera Guerra Mundial la Sociedad de
Naciones, por voluntad de Woodrow Wilson. A pesar de haberla
fundado, Estados Unidos no participó, y cuando en 1935 Benito
Mussolini agredió Etiopía –un Estado soberano y miembro de la
organización– la respuesta fue débil. Cuando Polonia y
Checoslovaquia fueron agredidas por Hitler el papel de la
Sociedad fue intrascendente. También las Naciones Unidas nacen
con Estados Unidos como socio mayoritario. Quien estudió los
papeles de la época sabe que tanto las Naciones Unidas como el
Fondo Monetario Internacional se construyeron con el rezongo
de Winston Churchill, la bronca de Stalin y la voluntad del
ganador Harry Truman. Si en las primeras dos décadas el
derecho de veto fue utilizado principalmente por la Unión
Soviética, en los últimos 40 años ha sido cada vez más
monopolio de Estados Unidos. En dos materias este país sigue
totalmente aislado: la defensa de Israel y la agresión
continuada a Cuba donde tanto el bloqueo económico como la
ocupación ilegal de Guantánamo son unánimemente condenados por
la Asamblea. Las duras resoluciones de ésta son
sistemáticamente vetadas en el Consejo. La ONU, a causa de
la experiencia de la Sociedad de Naciones, nace haciendo una
fuerte condena de las guerras preventivas y, en un mundo que
iba superando el colonialismo clásico, hace un fuerte
reconocimiento del concepto de soberanía nacional. Son
principios que resultaron útiles durante la guerra de Corea,
cuando ofrecieron el marco legal para la intervención
estadounidense y que sin embargo quedaron inoperantes poco
después, cuando la Unión Soviética agredió a Hungría y
Checoslovaquia, y Estados Unidos a Vietnam. Tampoco fueron
operativos en los casos de violaciones de derechos humanos, en
las dictaduras en América Latina y en Indonesia. Cuando uno de
los cinco tuvo intereses de por medio, la ONU fue inoperante.
Entonces regía el principio de la no injerencia en asuntos
internos de los países miembros. La ONU funcionó –por lo
menos mecánicamente– en la primera Guerra del Golfo cuando la
intervención originada por la invasión a Kuwait por Saddam
Hussein se produjo bajo el auspicio de las Naciones Unidas.
Una década después, para la segunda guerra contra Irak, ya la
lucha contra el terrorismo superaba el concepto de legalidad
internacional. La “no injerencia”, que salvó a tantos
dictadores, ya no podía ser invocada. La “injerencia
humanitaria” vino bien para Kosovo pero no sirvió para Ruanda.
La guerra preventiva es la nueva justificación, la misma
guerra preventiva que el estatuto de la ONU había rechazado
con fuerza en su fundación vista la experiencia con el
fascismo y el nazismo. En lugar de invocar la legalidad
internacional, tanto Colin Powell como Tony Blair prefirieron
cubrirse de vergüenza con una falsa ampollita de armas
bacteriológicas e inventando falsas pruebas sobre las armas de
destrucción masiva. Como con Hitler y Mussolini, con la guerra
preventiva la historia se repite y la legalidad internacional,
como la comunidad de naciones, son conceptos superados en
2005.
Publicado en Brecha N° 1034 el 16 de setiembre de 2005
Gennaro
Carotenuto
Columnista del semanario Brecha
de Uruguay
gc@gennarocarotenuto.it
http://www.gennarocarotenuto.it
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