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18 de setiembre de 2005

La Nación Domingo de Chile - 18 de setiembre de 2005

Cumbre de las Naciones Unidas
sobre las Metas del Milenio

Abajo los pobres del mundo

La ONU iba a salir de esta cumbre convertida en un organismo más democrático y eficaz. Los líderes iban a dar cifras precisas para sus promesas sobre pobreza, hambre, enfermedades, discriminación, analfabetismo y decadencia ambiental. Pero no. Por ahora, se continuará firmemente en el diagnóstico de los problemas.

Alejandro Kirk (Desde Nueva York)
Como Hugo Chávez se había pasado de los cinco minutos de discurso el jueves, el sueco Jan Eliasson, copresidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, le mandó un papelito. El venezolano reivindicó entonces a muchos al mirar a Eliasson con desprecio y recordar que el día anterior George Bush ocupó el podio durante 15 minutos y nadie se atrevió a mandarle papelitos. Al final del discurso, y tras la ovación, Eliasson diría irritado que el problema de los discursos largos era que se alargaría la reunión hasta la noche.

Pero el discurso de Chávez no fue un discurso cualquiera. Como ha ocurrido en muchas otras ocasiones en los 60 años de las Naciones Unidas, los delegados dijeron con ovaciones lo que no pueden o no se atreven a decir en público. Por eso la sala irrumpió significativamente en aplausos cuando el venezolano denunció que el documento de la cumbre, sin nombre, supuestamente aprobado por consenso el lunes pasado, fue una imposición “dictatorial” de un grupo de países, en violación de las reglas de la Asamblea. El artículo 78 de procedimiento dice que ningún documento puede ser sometido a discusión o votación si no ha sido presentado a todas las delegaciones por lo menos 24 horas antes de la sesión. Como ahora se sabe, gracias al premier venezolano, este no fue el caso: en las negociaciones del documento participaron 30 de los 191 países miembros y la copia que se “aprobó” llegó algunos minutos antes de la sesión, en inglés, a las manos de los participantes.

SUSURRO MONÓTONO

Para quienes más o menos siguen estas cosas, no es ninguna novedad que la cumbre más concurrida de la historia no haya sido más que el aburrido ritual de discursos sin otro destino que la televisión de cada país, en que su Jefe de Estado aparece como una figura estelar.

Y la verdad es que la Asamblea General no le genera inquietud a nadie desde los años ’60 y ’70, cuando se aprobaban audaces declaraciones de apoyo a la lucha anticolonial, se condenaban las agresiones, se promovía un nuevo orden económico, se creaban instituciones y en general parecía que, a tropezones, el mundo humano usaba su inteligencia para ir a alguna parte.

Así me pasé la semana dando vueltas por estos pasillos gastados, en que las voces presidenciales son apenas un susurro monótono en los parlantes. En el tercer piso se acumulan los discursos que los agregados de prensa diligentemente colocan allí. Y azuzado por la culpa, me dedico a buscar fuentes que me cuenten lo que ocurre en las frenéticas negociaciones reservadas sobre esto y aquello. Es la comidilla de aquí. Nos sentimos parte de la diplomacia global.

Me entero, por ejemplo, de que Ecuador se avivó para convertirse esta semana en el trigésimo país en ratificar la Convención de la ONU contra la Corrupción, lo que la pone oficialmente en vigencia. Gran noticia en Quito: Ecuador, pionero en la justicia mundial. Se jodieron los corruptos y los que los corrompen, pienso, ahora que, gracias a Ecuador, la ONU entrará en acción. Entiendo, por ello, perfectamente la alegría que embarga a Antonio María Costa, el italiano que dirige la agencia encargada de la Convención, ante la posibilidad que se le brinda de acabar con esta lacra. Y Costa anuncia eufórico que la Convención es un recurso ingeniosísimo que permitirá recuperar miles de millones de dólares en África, que se invertirán en desarrollo para todos. ¡Qué bien! ¡Qué lógico!

¿Y la cumbre? Los discursos siguen. Se cortan al almuerzo, porque uno de los puntos que genera más consenso es la urgencia de acabar con el hambre que sufren mil millones de personas en este nuestro mundo. Y siguen hablando en la tarde: escucho varias veces que basta ya de palabras. ¡Hechos y no palabras! ¡Acción! Y más papeles. La paranoica seguridad no deja ver a los hablantes en vivo, como antes, pero veo por televisión que aparece nada menos que el nuevo regente de Mónaco, el príncipe Alberto II. ¿Habrá venido a anunciar que la hija de Carolina está embarazada, como leí en el baño? No, Alberto está preocupado por la pobreza de África, según explica, “y por eso Mónaco suscribió la ‘Declaración sobre las fuentes innovativas de financiación del desarrollo’”, firmada en Monterrey (México) en 2002. Vaya: si alguien ya propuso una lotería mundial, capaz que Mónaco aporte la experiencia de su súper casino y su paraíso fiscal.

LULA, KIRCHNER Y LAGOS

Las angustia que embarga a Alberto II es compartida por Fausta Simona Morganti y Cesare Antonio Gasperoni, los “Más Excelentes Capitanes Regentes” de la República de San Marino, que según la página web de la CIA tiene un ingreso per cápita de 34.600 dólares y es el tercer Estado más chico de Europa, después del Vaticano y el principado de Alberto II. El Informe de las Metas de Desarrollo del Milenio, advierte Gasperoni, “claramente indica que estamos todavía lejos de alcanzar los objetivos trazados hace cinco años atrás”.

Gasperoni dice lo mismo que Chávez. Y que Ricardo Lagos también. Y que Lula y Kirchner. ¡Y que Bush! El Presidente norteamericano anunció el miércoles, con voz firme, que está comprometido plenamente con lo que se conoce aquí como MDGs, la sigla en inglés de las metas aprobadas en 2000 para reducir las miserias mundiales en 15 años. No lo había dicho nunca, pero nunca nunca, y la noticia generó por eso toda clase de optimismos. Y también aquellos olvidados súbitos que sólo Washington consigue, pues en los días previos su embajador en la ONU, John Bolton, se había dedicado con ahínco a torpedear el documento con 750 enmiendas que eliminaban hasta el propio término que Bush apoyó con tanto fervor. Calculadamente, después como que se ablandó un poco, y volvió al ritmo de la ONU, donde, como en el circo, no hay nada más importante que evitar el fracaso de una reunión. La cumbre debe continuar y adoptar una resolución solemne y optimista, aunque duela.

NOSTÁLGICO DEL COMUNISMO

Y dolió. Por eso fue que en el ambiente solemne, pero extraoficial, de la enorme iglesia evangélica de Riverside Church, atrás de la Universidad de Columbia, en Harlem, la ex Presidenta de Irlanda Mary Robinson dijo que es “inaceptable” el argumento de que gracias a Dios Bush cambió de opinión, porque “podría haber sido peor”.

Y todos saben que ese era el juego pero nadie lo dice. O casi, porque en eso radica la locura de gente como Chávez o de aquel otro villano, el bielorruso Aleksandr Lukachenko, que apareció diciendo blasfemias anticuadas, como que “15 años han pasado desde el colapso de mi país, la Unión Soviética. La Unión Soviética otorgaba equilibrio al sistema global”.

Imagínese usted, un nostálgico del comunismo en Nueva York, la ciudad total, húmeda, millonaria y hedionda. Bush desembarcó aquí el martes de su helicóptero y se fue a la ONU a hablar con Kofi Annan, secretario general de la ONU y personaje reservado para el final de esta nota. Ocurre que este reportero estaba tomando un café en la cafetería de la ONU en una ventana que da a la autopista FDR (por Franklin Roosevelt) y de pronto vio llegar a los romanos: una avanzada de 25 motocicletas Harley Davidson a toda luz y sirena, seguida por una caravana de 40 vehículos, dos helicópteros y dos lanchas rápidas por el río Hudson. En una limusina gorda y negra iba “Él”, como dijo una vecina (“Is it He?”).

¿De qué hablarían estos dos hombres uno tan fuerte y otro tan débil? Annan tenía anunciada una rueda de prensa y la postergó, y se regó suavemente el rumor de que renunciaría, acosado por las acusaciones de corrupción contra su hijo, y por el resultado de las negociaciones sobre las metas del milenio y de reforma de la ONU, donde todo se iba para atrás.

Algunos nos frotamos las manos. Si se iba, el vilipendiado Kofi aparecería ante la historia como el hombre que se rehusó a presidir una farsa, o tal vez como una víctima de las circunstancias, pero jamás payaso. La cumbre se volvería así un avispero, el protocolo no sabría qué hacer, los presidentes, primeros ministros, reyes y príncipes tendrían que cambiar su discurso, salvar la ONU, o cerrar la puerta.

Pero no. El buen Kofi, que quiso pasar a la historia como el funcionario que logró reformar y democratizar la ONU, y a la vez comprometer al mundo con el fin del hambre y la pobreza, apareció calmado y sonriente a decir justo lo que para Mary Robinson era inaceptable: que pudo ser peor. Así, la ONU continúa, aunque Chávez se baje. LND

 
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