Como Hugo Chávez se había pasado de los cinco minutos de discurso
el jueves, el sueco Jan Eliasson, copresidente de la Asamblea
General de las Naciones Unidas, le mandó un papelito. El venezolano
reivindicó entonces a muchos al mirar a Eliasson con desprecio y
recordar que el día anterior George Bush ocupó el podio durante 15
minutos y nadie se atrevió a mandarle papelitos. Al final del
discurso, y tras la ovación, Eliasson diría irritado que el problema
de los discursos largos era que se alargaría la reunión hasta la
noche.
Pero el discurso de Chávez no fue un discurso cualquiera. Como ha
ocurrido en muchas otras ocasiones en los 60 años de las Naciones
Unidas, los delegados dijeron con ovaciones lo que no pueden o no se
atreven a decir en público. Por eso la sala irrumpió
significativamente en aplausos cuando el venezolano denunció que el
documento de la cumbre, sin nombre, supuestamente aprobado por
consenso el lunes pasado, fue una imposición “dictatorial” de un
grupo de países, en violación de las reglas de la Asamblea. El
artículo 78 de procedimiento dice que ningún documento puede ser
sometido a discusión o votación si no ha sido presentado a todas las
delegaciones por lo menos 24 horas antes de la sesión. Como ahora se
sabe, gracias al premier venezolano, este no fue el caso: en las
negociaciones del documento participaron 30 de los 191 países
miembros y la copia que se “aprobó” llegó algunos minutos antes de
la sesión, en inglés, a las manos de los participantes.
SUSURRO MONÓTONO
Para quienes más o menos siguen estas cosas, no es ninguna
novedad que la cumbre más concurrida de la historia no haya sido más
que el aburrido ritual de discursos sin otro destino que la
televisión de cada país, en que su Jefe de Estado aparece como una
figura estelar.
Y la verdad es que la Asamblea General no le genera inquietud a
nadie desde los años ’60 y ’70, cuando se aprobaban audaces
declaraciones de apoyo a la lucha anticolonial, se condenaban las
agresiones, se promovía un nuevo orden económico, se creaban
instituciones y en general parecía que, a tropezones, el mundo
humano usaba su inteligencia para ir a alguna parte.
Así me pasé la semana dando vueltas por estos pasillos gastados,
en que las voces presidenciales son apenas un susurro monótono en
los parlantes. En el tercer piso se acumulan los discursos que los
agregados de prensa diligentemente colocan allí. Y azuzado por la
culpa, me dedico a buscar fuentes que me cuenten lo que ocurre en
las frenéticas negociaciones reservadas sobre esto y aquello. Es la
comidilla de aquí. Nos sentimos parte de la diplomacia global.
Me entero, por ejemplo, de que Ecuador se avivó para convertirse
esta semana en el trigésimo país en ratificar la Convención de la
ONU contra la Corrupción, lo que la pone oficialmente en vigencia.
Gran noticia en Quito: Ecuador, pionero en la justicia mundial. Se
jodieron los corruptos y los que los corrompen, pienso, ahora que,
gracias a Ecuador, la ONU entrará en acción. Entiendo, por ello,
perfectamente la alegría que embarga a Antonio María Costa, el
italiano que dirige la agencia encargada de la Convención, ante la
posibilidad que se le brinda de acabar con esta lacra. Y Costa
anuncia eufórico que la Convención es un recurso ingeniosísimo que
permitirá recuperar miles de millones de dólares en África, que se
invertirán en desarrollo para todos. ¡Qué bien! ¡Qué lógico!
¿Y la cumbre? Los discursos siguen. Se cortan al almuerzo, porque
uno de los puntos que genera más consenso es la urgencia de acabar
con el hambre que sufren mil millones de personas en este nuestro
mundo. Y siguen hablando en la tarde: escucho varias veces que basta
ya de palabras. ¡Hechos y no palabras! ¡Acción! Y más papeles. La
paranoica seguridad no deja ver a los hablantes en vivo, como antes,
pero veo por televisión que aparece nada menos que el nuevo regente
de Mónaco, el príncipe Alberto II. ¿Habrá venido a anunciar que la
hija de Carolina está embarazada, como leí en el baño? No, Alberto
está preocupado por la pobreza de África, según explica, “y por eso
Mónaco suscribió la ‘Declaración sobre las fuentes innovativas de
financiación del desarrollo’”, firmada en Monterrey (México) en
2002. Vaya: si alguien ya propuso una lotería mundial, capaz que
Mónaco aporte la experiencia de su súper casino y su paraíso fiscal.
LULA, KIRCHNER Y LAGOS
Las angustia que embarga a Alberto II es compartida por Fausta
Simona Morganti y Cesare Antonio Gasperoni, los “Más Excelentes
Capitanes Regentes” de la República de San Marino, que según la
página web de la CIA tiene un ingreso per cápita de 34.600 dólares y
es el tercer Estado más chico de Europa, después del Vaticano y el
principado de Alberto II. El Informe de las Metas de Desarrollo del
Milenio, advierte Gasperoni, “claramente indica que estamos todavía
lejos de alcanzar los objetivos trazados hace cinco años atrás”.
Gasperoni dice lo mismo que Chávez. Y que Ricardo Lagos también.
Y que Lula y Kirchner. ¡Y que Bush! El Presidente norteamericano
anunció el miércoles, con voz firme, que está comprometido
plenamente con lo que se conoce aquí como MDGs, la sigla en inglés
de las metas aprobadas en 2000 para reducir las miserias mundiales
en 15 años. No lo había dicho nunca, pero nunca nunca, y la noticia
generó por eso toda clase de optimismos. Y también aquellos
olvidados súbitos que sólo Washington consigue, pues en los días
previos su embajador en la ONU, John Bolton, se había dedicado con
ahínco a torpedear el documento con 750 enmiendas que eliminaban
hasta el propio término que Bush apoyó con tanto fervor.
Calculadamente, después como que se ablandó un poco, y volvió al
ritmo de la ONU, donde, como en el circo, no hay nada más importante
que evitar el fracaso de una reunión. La cumbre debe continuar y
adoptar una resolución solemne y optimista, aunque duela.
NOSTÁLGICO DEL COMUNISMO
Y dolió. Por eso fue que en el ambiente solemne, pero
extraoficial, de la enorme iglesia evangélica de Riverside Church,
atrás de la Universidad de Columbia, en Harlem, la ex Presidenta de
Irlanda Mary Robinson dijo que es “inaceptable” el argumento de que
gracias a Dios Bush cambió de opinión, porque “podría haber sido
peor”.
Y todos saben que ese era el juego pero nadie lo dice. O casi,
porque en eso radica la locura de gente como Chávez o de aquel otro
villano, el bielorruso Aleksandr Lukachenko, que apareció diciendo
blasfemias anticuadas, como que “15 años han pasado desde el colapso
de mi país, la Unión Soviética. La Unión Soviética otorgaba
equilibrio al sistema global”.
Imagínese usted, un nostálgico del comunismo en Nueva York, la
ciudad total, húmeda, millonaria y hedionda. Bush desembarcó aquí el
martes de su helicóptero y se fue a la ONU a hablar con Kofi Annan,
secretario general de la ONU y personaje reservado para el final de
esta nota. Ocurre que este reportero estaba tomando un café en la
cafetería de la ONU en una ventana que da a la autopista FDR (por
Franklin Roosevelt) y de pronto vio llegar a los romanos: una
avanzada de 25 motocicletas Harley Davidson a toda luz y sirena,
seguida por una caravana de 40 vehículos, dos helicópteros y dos
lanchas rápidas por el río Hudson. En una limusina gorda y negra iba
“Él”, como dijo una vecina (“Is it He?”).
¿De qué hablarían estos dos hombres uno tan fuerte y otro tan
débil? Annan tenía anunciada una rueda de prensa y la postergó, y se
regó suavemente el rumor de que renunciaría, acosado por las
acusaciones de corrupción contra su hijo, y por el resultado de las
negociaciones sobre las metas del milenio y de reforma de la ONU,
donde todo se iba para atrás.
Algunos nos frotamos las manos. Si se iba, el vilipendiado Kofi
aparecería ante la historia como el hombre que se rehusó a presidir
una farsa, o tal vez como una víctima de las circunstancias, pero
jamás payaso. La cumbre se volvería así un avispero, el protocolo no
sabría qué hacer, los presidentes, primeros ministros, reyes y
príncipes tendrían que cambiar su discurso, salvar la ONU, o cerrar
la puerta.
Pero no. El buen Kofi, que quiso pasar a la historia como el
funcionario que logró reformar y democratizar la ONU, y a la vez
comprometer al mundo con el fin del hambre y la pobreza, apareció
calmado y sonriente a decir justo lo que para Mary Robinson era
inaceptable: que pudo ser peor. Así, la ONU continúa, aunque Chávez
se baje. LND