El escritor es un ciego perdido en el bosque, que descubrió (piensa) una pista que le permitirá regresar o, en todo caso, estacionarse en la maraña como si su extravío fuera el lugar que buscaba. Una contingencia le había indicado el rumbo, sintió el calor del momento, alguna seña, pero desconoce, aún, su aspecto concreto.
Quiere dibujar el mapa que lo contiene; lo presiente, pero no sabe si la figura que lo integra al dibujo es un invento o un recuerdo obsoleto. Para emprender el camino necesita una señal que lo llame, y lo vaya guiando desde su escondite entre los árboles.
Quizá no se movió de su cama. Calentura solitaria del despertar, aparece como resto del sueño o del insomnio. Puja por salir hacia las letras. No tolera disolverse por dentro, supone una confianza previa y la única manera de saber es desplegarlo. Si lo que escribe plasma, cambiará de sentido y se transformará en parte del mundo, porque siempre es distinta la voz al pensamiento.
Hay quienes hablan de angustia, un dolor, también un aviso. Cierta desesperación; yo diría curiosidad. Existe el vacío, un agujero negro que amenaza el mundo interno, debería (cree) reptar y agarrarse de sus bordes callosos para no ser chupado hacia el abismo.
Pero eso, claro, sería una petición de principio, lo vacío, por definición, debería no estar y si amenaza podría ampliarse. Tal vez sea un pedazo de muerte, uno, quizá esté contrahecho sin saberlo, es decir muerto y vivo de a retazos.
Subsiste una lucha. El alma del escritor, entonces, es el campo de batalla de fuerzas que lo habitan y a la vez lo exceden. Querría terminar de entender, pero la mayoría del tiempo trata (ensaya) inútilmente. Sufre la desproporción entre el tiempo, la energía desplegada y la cantidad de cosas pendientes. Transporta un océano que fluye a través de un gotero y pasa demasiado tiempo contemplando el mar desde la costa.
De todas maneras, su sitio será de resistencia, al obstinarse tras la engañosa esperanza está recuperando la línea borrada del horizonte, tal vez nadie sepa que su interés es jugar. La persistencia en el ser de la que hablaba Spinoza. Su Palacio está lleno de gente y de objetos rescatados de la calle, quizá lo saluden sólo algunas almas sensibles a los deshechos.
II: “El dolor de ya no ser…”
La situación del artista en Buenos Aires, se llama “ninguneo”. Una palabra algo desconocida. Proviene de Roberto Arlt, escritor urbano que murió en 1942, y era acusado de no manejar bien el castellano. Entrañable como William Faulkner y los habitantes prófugos del Missisipi, justamente ellos, que hoy sufren aquel “ninguneo” por obra de la discriminación gubernamental siempre aliada al huracán.
Pasa algo irregular. Cuando, al final, el escritor logra capturar una parte descifrada de su titánica pelea, será ignorado, ¿a quién le importará? Es del todo probable, que sufra a pesar del esfuerzo, salvo contadas excepciones, la negación de su existencia, por alguna banalidad o sordidez. Dentro de las tentaciones del artista, se propugna una encrucijada falsa entre la consolación potencial mediante el éxito de mercado y el camino ingrato de la sublimación.
Alguien podría decir que el mercado no está para hacer beneficencia; se cree que lo fácil es pariente de lo popular, y se impone la recaudación de taquilla. Está lo que Adorno explicaba como imbecilidad programada, por obra de un ente (especie de patrón) en posición de conocer o desconocer. Los cánones del reconocimiento no están necesariamente ligados al valor artístico de la obra, sino a los planes de quien tiene el poder de publicar o amordazar.
Así, Los Siete Locos, de Roberto Arlt, una novela apasionante, sin la cual una parte de la literatura posterior argentina no existiría. Es la historia de un cajero, que alienado y sufriente detrás del mostrador intenta cambiar su destino robando pequeñas sumas que devolverá con las ganancias del juego. El relato comienza en el momento que habiendo sido descubierto es citado a la gerencia; en cuyo despacho “encristalado” se le otorga un plazo perentorio para devolver el dinero o ir preso.
Erdosain, el cajero, es un rufián melancólico y la novela, a la vez que pinta la ciudad y sus personajes, va contando las peripecias que recorre y provoca para salvarse; envuelto en su genialidad infructuosa, el miedo y su ambición. Entre ellas, la búsqueda inútil de la materialización de sus prodigiosos inventos.
Metáfora del escritor y de su mundo; como decía el suicidado Walter Benjamín en sus cartas, el tema de la “salvación” conlleva una forma de organización musical de la escritura que, expresa o tácitamente, se esgrime como protesta. Así, el intérprete de Jazz, va recreando la partitura a medida que la toca. La autenticidad de la obra de arte emerge, entonces, del calor y la maestría de sus dedos de ciego manipulando el instrumento.
El escritor tiene el don de cifrar sus inventos en un lenguaje en el que su sensibilidad se hace comprensible a un interlocutor que estando presente es invisible. Surge una línea indeleble que cruza intimidades; no se sabe si la variante es propia del clima o fruto del sentimiento.
En lo inmediato, el tema del diálogo no es necesariamente íntimo, las palabras, la imaginación: la materia prima con la que el escritor construye provienen -lo quiera o se resista- de la lengua. Lo que vale no es el significado común, sino la lengua emergente del recuerdo.
Hay tanta discordancia entre escribir y escritura; como entre hablar y decir la verdad (aun estando equivocado, como decía Sartre). La escritura, propiamente dicha -diga lo que se diga- emerge de las entrañas y transita sobre la línea fronteriza entre la cosa y la idea.
La escritura instituye el sitio en que el transcurrir concreto de la vida, el dolor y su ironía, la ambivalente materialidad del tiempo, están siendo capturados en el ir y venir de las palabras. Pero ello sólo ocurre, si la pluma paga con estilo y destila sangre del corazón.
La palabra estilo, por ejemplo, tuvo una evolución interesante.
El diccionario etimológico, habla de “Punzón de hierro, con el cual escribían los antiguos en tablas enceradas”. Ocurre así. La vida es una tabla encerada, que se desliza al calor de los hechos. La experiencia, algo informe en un comienzo, se adosa, insiste y reaparece como rebaba, en el extremo de las peripecias. Se asoma y persiste bajo el temblor de la llama.
III: Tiempo y poema
Veamos un poema:
Tal vez el corazón (de Salvatore Quasimodo) [1].
En la noche de lluvia se hundirá
el olor acre de los tilos. Vano
será el tiempo de la alegría, su furia,
su mordisco de rayo que quebranta.
Nos queda la indolencia, abierta apenas,
el recuerdo de un gesto, de una sílaba,
pero igual a un lento vuelo de pájaros
entre vapores de niebla. Y aún esperas
no sé que cosa, oh mi extraviada;
tal vez una hora que decida o llame
nuevamente al principio o al fin: ahora,
igual suerte. Aquí el humo de los incendios,
negro, aún nos seca la garganta.
Si puedes, olvida aquel sabor
de azufre, y el miedo. Las palabras cansan,
remontan desde un agua lapidada;
tal vez nos queda sólo el corazón,
tal vez el corazón…
Al principio, quedé impávido y atrapado ante el texto. La primera relectura me conmovió; más, me impulsó hacia estos papeles. Pero, mientras lo copiaba para introducirlo, lo sentí incomprensible. Por alguna razón me había alejado. Intenté recorrerlo y ubicar cuál había sido la nota que en un principio me capturó.
La condición para que una escritura, después de producida, sea entendible es la benevolencia del lector. Que no será gratuita, porque el poema, a la vez que sensible, porta un sector oscurecido. Especie de pátina que pide ser apartada con interés y cuidado.
La particular organización literaria y musical del poema, estilizó los elementos que lo hicieron aptos para viajar a través del océano e impactar en la experiencia particular de un lector sentado sobre un sillón marrón frente a las plantas que se mecían detrás del vidrio, en un balcón de Buenos Aires. Ello, a muchos años de distancia; incluso, después de la muerte del poeta, como el papel hallado dentro de una botella echada al mar por un náufrago.
Busqué el original y lo tenía, en parte, subrayado: “…Nos queda la indolencia -decía- …el recuerdo de un gesto… igual a un lento vuelo de pájaros/ entre vapores de niebla. Y aún esperas/ no sé qué cosa, oh mi extraviada; / tal vez una hora que decida o llame/ nuevamente al principio o al fin: ahora, /… Si puedes, olvida… el miedo…/ tal vez nos queda sólo el corazón…”.
Si profundizamos, vemos que ya está planteada la zona de conflicto, la palabra “indolencia”, es en cierto sentido mágica, implica una alquimia. Incluye a la vez: La indiferencia del cómplice. La actitud del combatiente que soportando los efectos adversos del final de la lucha, se agazapa tenso a la espera del momento de volver a empezar. Y, asimismo, la posición seudo resignada, del artista sobreviviente. Fue avasallado por la injusta -quizá provisional- derrota y toma nota de que, entre los restos del naufragio, aún persiste el corazón.
El que resiste, entonces, ¿también combate? ¿Cuál es la relación entre los avatares de la vida y la organización de la escritura?
El término “avatar” (engañosamente obsoleto) tiene cierta antigua connotación religiosa, nos llega del sánscrito y es el descenso, aplicado a la encarnación terrestre de alguna deidad. A la vez, significa transformación, cambio; vicisitud: que es la inconstancia o alternativa de sucesos prósperos o adversos. En fin, la palabra, implica la reversibilidad de la derrota.
Por su lado, para entender la relación del poema y la cultura, deberíamos pensar en un cuadro cuyo autor hubiera usado (como muchas veces ha ocurrido) una tela previamente pintada. La mejor de las obras puede, incluso, estar tapada.
Estaremos frente a un palimpsesto y la lectura será una especie de pensar arqueológico, desandar sensible de los mantos; un desvelamiento. La coexistencia de capas sobrepuestas transporta la promiscuidad estética de las distintas épocas.
El ejemplo de la música es apropiado, porque la elasticidad del sonido y la polifonía, permiten la simultaneidad manifiesta de los diversos tiempos transcurridos. Más, es lo que hace su riqueza; encarna la complejidad de remotas vivencias e imbrica el pasado con el presente. Expresa la Tradición (en sentido amplio) y que la separación de tiempo y espacio es falsa.
Esa manera compositiva sintoniza visualmente con la protesta, porque la ciudad construida sobre la barbarie expoliadora y el silenciamiento de la injusticia nunca termina de cuajar, equivale a la posibilidad latente del renacimiento volcánico. Sus alrededores podrán volver a poblarse pero el riesgo de la erupción siempre estará presente en la vida cotidiana.
En tiempos de decadencia se apocan las opciones de la imaginación. El pacto que hizo Fausto, por ejemplo, hoy sería inviable por falta de rentabilidad de las riquezas espirituales que el diablo ofrecía. Algún día, por acción de los pueblos, la tendencia revertirá, y será necesario volver a poblar los valores desvastados. El arte es el último mojón de resistencia de la memoria. Habrá que acudir, entonces, a la pasión de los viejos relatos, a la espera que cuenta (y teje) la resistencia del escritor.
[1] En Mirta F. Bokser, Legalidades Ilegítimas, Buenos Aires, Colihue, 2002.