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25 de setiembre de 2005

Brecha de Uruguay - 23 de septiembre de 2005

Sobre el fanatismo nazi

El furor y las masas

“Lo que comenzó por el padre termina por la masa”
Sigmund Freud (El malestar en la cultura, 1929.)

Edmundo Gómez Mango
¿Cómo pudo suceder esto? La pregunta obsesiona a aquellos que han vivido la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Numerosos investigadores pertenecientes a múltiples disciplinas científicas han intentado responder. Ninguna interpretación aislada puede dar cuenta del desastre histórico en el que naufragaron las masas alemanas en 1930.
Algunas cifras dan una idea de la fuerza de irrupción devastadora de ese fenómeno político y social. El NSDPA (partido nacionalsocialista de los trabajadores alemanes) obtiene 800 mil votos en las elecciones generales de mayo de 1928 (2,6 por ciento del cuerpo electoral). Después de la gran crisis económica de 1929 (desplome de la Bolsa de Nueva-York), en las elecciones de setiembre de 1930 es el segundo partido alemán (6.400.000 votos, 18 por ciento de los sufragios). Dos años más tarde, en las elecciones presidenciales de marzo-abril de 1932, el partido nazi obtiene más de 11 millones votos (37 por ciento del total). En enero de 1933, Hitler es nombrado canciller del Reich. Después del incendio del Reichstag (25 de febrero de 1933), en las elecciones generales del 5 de marzo, el partido nacionalsocialista sobrepasa los 17 millones de sufragios. El 23 de marzo del mismo año, Hitler obtiene de la asamblea los plenos poderes. Todas las libertades fundamentales son abolidas. Los partidos opositores y los sindicatos son disueltos. El 14 de julio de 1933 el NSDPA es el partido único del Reich.
En sólo cuatro años (1929-1933) el partido nazi pasa de 800 mil a más de 17 millones de electores, y de 170 mil a 4 millones de miembros.
Estas cifras son el reflejo estadístico del intenso movimiento de masas, violento desde el comienzo, que llevó a la dictadura nazi al poder, y que desencadenó luego el desastre inaudito de la Segunda Guerra Mundial: los 40 a 60 millones de muertos (más de 20 millones de soviéticos), el genocidio de los judíos europeos (6 millones de muertos), las bombas atómicas que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki (en sólo dos días, dos instantes, 200 mil víctimas y 300 mil sobrevivientes que aún hoy sufren secuelas).
“Aquí no existe el porqué”: era la regla de la supervivencia que uno de los condenados de Auschwitz le enseñó a Primo Levi. Para las generaciones que les sucedieron, el porqué y el cómo del horror permanecen como acuciantes incentivos de la reflexión crítica. Es ella la que constituye la ética de la conmemoración. ¿Cómo pudo suceder esto?

Fanatismo de masa

La organización política de las masas jugó un rol decisivo en la progresión vertiginosa del partido nacionalsocialista. La masa es el material que la ideología debe moldear y fanatizar para alcanzar el poder. El orador es un escultor que trabaja la masa con sus gestos y su retórica, la vuelve dócil y entusiasta. Hitler se presentaba como “el escultor de Alemania”. Para Goebbels, la misión del partido era “formar, a partir de la masa bruta, la imagen sólida y plena del pueblo”. Al mismo tiempo, la masa forma al führer, le confiere el poder de un ídolo. Suscita el tono y la expresividad del lenguaje del jefe. El carácter rudo, los idiotismos, la vulgaridad del “Cabo bohemio” imitan y forman parte de la vulgaridad emocional de la masa. El simplismo de las ideas, la violencia de las diatribas y de las consignas sin cesar repetidas encarnan, al mismo tiempo que los provocan, el odio y el resentimiento de la muchedumbre. Hitler afirma en 1926: “Hay que deshacerse de la idea de que se puede satisfacer a las masas con conceptos ideológicos. Su solo sentimiento estable es el odio”. La masa a la cual se dirigía estaba constituida por una burguesía desencantada, arruinada por la crisis, por campesinos que detestaban la República de Weimar, por desocupados reducidos a la miseria, por los jóvenes de todas las clases sociales que identificaban el nazismo con su porvenir.
A partir de 1929, comienzan las manifestaciones grandiosas: en Nuremberg, con motivo de un congreso del partido, las milicias exponen su poderío y el entusiasmo sin reserva de sus miembros. El magnate del carbón de la Ruhr, E Kirdof, el general Von der Goltz, jefe de la organización armada de los nacionalistas, T Düsterberg, jefe de los ex combatientes del “Casco de Acero”, son los invitados de honor. Es la reunión más importante de la historia del nacionalismo alemán. La composición de la tribuna demuestra, por sí sola, la convergencia de intereses del partido nazi, de la derecha tradicional, del ejército, del poder industrial capitalista, y de los grandes comerciantes y propietarios de tierras.
Una inmensa y larga marcha de antorchas conmovió la opinión pública la noche del 30 de enero de 1933. Millares de jóvenes saludaron al nuevo canciller del Reich. Goebbels anota en su diario: “Es como un sueño…”. Las SA (secciones de asalto) y la Hitlerjugend (juventud de Hitler) protagonizaron un interminable desfile que atravesó la puerta de Brandemburgo.
Las ceremonias de masa se multiplicaron por doquier. El lenguaje seudomístico y emocional de la sangre, de la victoria y de la muerte, a veces inspirado en el drama wagneriano, alentaba las celebraciones rituales multitudinarias: la “velada de los muertos”, la “solemne consagración de las banderas”.
A partir de 1935, una espectacular liturgia política se pone en marcha. Se celebran las jornadas memorables del partido. En la noche del 9 de noviembre, en Munich, el desfile de antorchas avanza hacia el altar, cercado por banderas desplegadas. Los congresos de Nuremberg, organizados por el arquitecto Albert Speer, son verdaderas representaciones teatrales: Hitler aparece solo, en la noche, en la cima de la alta tribuna iluminada. En 1936, cuando todos los proyectores convergen sobre él, puede decir: “Cuando aquí nos reunimos, todos estamos poseídos por el aspecto maravilloso de este tipo de encuentros. Cada uno de ustedes no alcanza a verme y yo no veo a cada uno de ustedes. Pero yo los siento, ustedes me sienten, somos uno”. Una verdadera voluntad estética organizaba la masa en espectáculo. La iluminación, la aparición del führer, las ovaciones, el saludo, todo estaba cronométricamente preparado. La atracción y la seducción visual de la ceremonia eran reforzadas por la trasmisión radial que llegaba a todos los lugares. Los filmes de Leni Riefenstahl acentuaron el carácter estético y religioso de los actos multitudinarios, gracias a la formidable técnica del montaje. Por primera vez, las masas se contemplaban a sí mismas.
La fascinación, el magnetismo que parecían emanar del jefe eran reforzados por el culto fetichista de la propaganda. El discurso totalitario estaba organizado como un flujo incesante de signos que no admitía el diálogo ni la pregunta. El jefe vociferante acentuaba el poder conativo de la palabra: someter y ser obedecido. Intensificaba la sed de autoridad de la masa, que parecía amar ser engañada.
El enrolamiento de la sociedad se llevó a cabo inexorablemente. Todos sus componentes fueron integrados a las asociaciones profesionales, gremiales, de estudiantes, de mujeres, deportivas, etcétera. La juventud fue un objetivo prioritario: la Hitlerjugend cuenta en 1933 con 250 mil miembros; tres años después, es la organización juvenil más importante del mundo: 5 millones de adherentes. En todos los campos de la juventud nazi podían leerse estas inscripciones: “Morir por el führer”, “Hemos nacido para morir por Alemania”.

La mitología del nazismo

La creación de una mitología nazi era fundamental para sostener la adhesión fervorosa de las masas. Ella se transformó en un poderoso instrumento de control y de dominación del imaginario social. Fascinó a la opinión como un renovado objeto de culto, y logró que la sucia faena de eliminación de opositores sindicales y políticos tuviera lugar en la indiferencia generalizada.
En 1930 A Rosenberg publica El mito del siglo xx. En este voluminoso panfleto, el charlatán pretende crear “un nuevo tipo de hombre a partir de un nuevo mito de la vida”, sustituir la conciencia del hombre moderno por el “antiguo mito de la sangre”, y por “el alma racial”. El mito racial se constituyó en el centro mismo de la ideología nazi. Reavivando el poder del mito, intentó contrarrestar el pensamiento abstracto y universalista. “La vida de una raza, de un pueblo –escribe Rosenberg– no es una filosofía desarrollada lógicamente, tampoco un proceso que obedezca a leyes naturales, es la formación de una síntesis mística.” Gracias a este elemento místico el mito deviene un acto, una participación activa del individuo en la masa y con su jefe. La idea de raza pretende enraizarse en el cuerpo, en la sangre y en la tierra. Pero el “biologismo” nazi no es biológico sino ideológico. No está construido con ninguna argumentación racional, sólo pretende despertar sentimientos y emociones en las masas. Es un instrumento al servicio de la política imperialista y expansionista del nazismo.

El hombre, un animal de horda

Ya en Tótem y tabú (1912), Freud proporciona elementos que servirán para comprender el funcionamiento del fanatismo nazi. El jefe posee (se proyectan en él) cualidades totémicas: sirve a la identificación del grupo, representa una suerte de “sustancia común” que difunde y propaga bajo la forma de ideas y de emblemas. “La tierra y la sangre” se vuelven, en la propaganda y en el discurso de los jefes, sustancias totémicas que consolidan la comunidad de clan de los partidarios. La bandera, la esvástica, el saludo obligatorio, las fiestas rituales de las grandes manifestaciones, identifican una pertenencia a un cuerpo social e ideológico.
Toda la charlatanería nacionalsocialista es una regresión a la visión del mundo animista y propiamente mitológica. Las seudoteorías de la raza y del tipo fomentan el narcisismo colectivo y la autopercepción casi alucinatoria de la omnipotencia de la masa y de su jefe.
En Psicología de las masas y análisis del yo (1921) Freud concibe, más allá de la “pulsión gregaria” descrita por Le Bon –cuyo racismo tenía poco que envidiar al de Chamberlain–, lazos afectivos de amor y odio. Un doble vínculo libidinoso reúne, por un lado, a los individuos del grupo entre ellos, y por otro, a cada individuo con el jefe. El análisis de masas altamente organizadas, como la Iglesia o el ejército, le permiten destacar el rol preponderante del jefe en la vida afectiva del grupo. El fenómeno capital de la psicología de masas, la renuncia del individuo a su libertad individual, está íntimamente relacionado con la importancia acordada al líder. Todo depende de la “ilusión” del individuo con respecto a la presencia indefectible del jefe y de la creencia de que él ama por igual a cada uno de los miembros de la multitud. Hitler no lo ignoraba cuando dirigiéndose a los SA sostenía: “Todo lo que vosotros sois, lo sois a través de mí; todo lo que yo soy, lo soy solamente a través de vosotros”.
Basta que el jefe oriente la energía libidinal de la masa contra aquel que le es ajeno, el otro, el extranjero, para que se convierta en odio. El narcisismo grupal se intensifica en la medida misma en que el odio entra en acción. Es esta una de las funciones del antisemitismo y también del anticomunismo en la ideología del nazismo.
El individuo puesto en masa, sobre todo cuando se trata de una masa en guerra, no puede valerse por sí mismo, su acción depende, señala Freud, de “una repetición idéntica en los otros”. La fascinación de la masa fascista se abre así a la repetición demoníaca de lo mismo, es decir, a la pulsión de muerte. Freud va en este sentido cuando corrige una expresión de W Trotter: “el hombre es un animal de rebaño (Herdentier)”, por esta otra: “el hombre es un animal de horda” (Hordentier). La relación “hipnótica” que se establecía entre el führer y la masa era el fenómeno más “inquietantemente extraño”: la sugestión del jefe provoca en la masa algo que debería haber quedado oculto. La “misma” experiencia originaria parece “repetirse”. La masa revive la intensa experiencia de gozo pasiva y masoquista que sometía la horda a la presencia, aterradora y fascinante, del padre primitivo; nadie puede enfrentarlo solo, y se refuerza así el vínculo de pertenencia a la fratría. El padre y la horda constituyen, como la relación hipnótica, “una masa a dos”. Freud escribirá en Malestar en la cultura (1932) : “Lo que comenzó por el padre se termina por la masa”.“Una suma de individuos que han puesto un solo y mismo objeto en el lugar del ideal del yo y que están en consecuencia, en sus yo, identificados los unos con los otros”: tal es la “fórmula” de la constitución libidinal de la masa según Freud.0

Estética y crimen político

W Benjamin fue el primero en señalar la tendencia a “estetizar” la política característica del fascismo. En su artículo “La obra de arte en la era de la reproducción técnica” (1936) sostiene que la organización de masas del fascismo apunta esencialmente a no tocar el régimen de propiedad entonces en vigor. La “estetización” fascista no es un simple ornamento para seducir la masa: “Todos los esfuerzos por ‘estetizar’ la política –señala– culminan en un solo punto. Ese punto es la guerra”.
El fanatismo de masas fascista no tenía otra finalidad: encauzar a todo un pueblo en una empresa mortífera sin parangón en la historia de la humanidad. “Ésta –anota Benjamin– se ha vuelto suficientemente extranjera a ella misma para poder vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden. Es ésta la ‘estetización’ de la política que practica el fascismo. La respuesta del comunismo es politizar el arte.”
El fanatismo de masas predisponía a destruir todo aquello que fuera obstáculo a su empresa devastadora, y a proseguirla aun cuando condujera a la propia destrucción.
Desde el comienzo, la violencia juega un rol fundamental. “Queremos desencadenar la tempestad –anuncia Hitler en 1923–, no se duerman: sepan que la tempestad se prepara.” La reducida sección deportiva y atlética de la juventud se convierte muy pronto en la SA (sección de asalto) en 1921. En 1932 cuenta con 500 mil miembros. Aterrorizan las calles de las ciudades, reavivan el antisemitismo, combaten brutalmente a la oposición. Apenas liberado de la prisión después del putsch fracasado, Hitler refuerza las ss (secciones de protección) creadas en 1923. Las utilizará para contrarrestar la influencia a veces incontrolable de las SA (que disolverá ferozmente en 1934, en la masacre de “la noche de los cuchillos largos”). Bajo el mando de H Himmler, los miembros de las ss pasan de 50 mil en 1933 a 240 mil en 1938. Se transforman en un instrumento de terror altamente perfeccionado.
En 1932, año de la elección, la violencia es extrema. Los combates en las calles provocan centenares de muertos y heridos. Después del incendio del Reichstag (1933) el terror político se desencadena. Sólo en Prusia, funcionan 50 campos de tortura que cuentan con 25 mil “prisioneros preventivos”. Los autos de fe se multiplican. En Berlín, el 10 de mayo de 1933, 20 mil libros arden en la hoguera. Goebbels lo organiza según un antiguo ritual estudiantil. Vestidos tradicionalmente, empuñando antorchas, los estudiantes escuchan los exorcismos: “Contra la lucha de clases y el materialismo, por la comunidad del pueblo y una filosofía idealista, arrojo al fuego los libros de Marx y de Trotski. Contra la exageración destructiva de la vida instintiva, por la nobleza del alma humana, arrojo al fuego los escritos de Sigmund Freud”.
El disciplinamiento de la sociedad avanza inexorablemente. Se proclama el boicot a los comercios judíos. La “depuración” comienza: cientos de profesores, miles de funcionarios, 200 médicos, 400 abogados, miles de artistas deben renunciar a sus actividades. 35 mil judíos abandonan el país en 1933.
La ideología, la propaganda y los espectáculos de masa no eran sino los preparativos y los engranajes de una máquina ávida de matar y destruir. H Arendt insistió en el terror como la esencia misma del totalitarismo nazi. “No fue la guerra la que obligó a Hitler a despojarse totalmente de toda consideración moral, es Hitler quien consideró que la masacre de masas ocasionada por la guerra era una oportunidad incomparable para llevar adelante un programa de asesinatos que, como todos los otros puntos de su programa, estaba calculado en términos de milenarios”.

¿Por qué el fanatismo de guerra?

Hitler afirmaba: “Dos cosas pueden unir a los hombres: los ideales comunes y los crímenes comunes”. La regeneración de Alemania, el “espacio vital”, no podía alcanzarse sin el aniquilamiento de los judíos y de los “subhombres” del Este, el “judeo-bolchevismo”.
La movilización total para el combate, la verdadera mística de muerte y destrucción no podrían ser entendidas sin admitir lo que Freud denominó “pulsión de muerte”. Existe en el psiquismo individual y en la masa una violencia originaria siempre pronta a activarse y a descargarse como destrucción del otro. I Kershaw reconoce que “la pulsión de destrucción” no abandonó jamás al dictador. Pero es difícil pensar la articulación de esta aspiración loca al aniquilamiento del otro y de sí y las circunstancias históricas en las cuales se desencadena.
El psicoanalista puede decir con Freud: “Vivimos en un tiempo particularmente curioso. Descubrimos con sorpresa que el progreso ha concluido un pacto con la barbarie”. Y puede pensar, después de Freud: la barbarie es nuestro horizonte.
La forma más terrible y enigmática de la seducción es la fascinación de la muerte.
H Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Gallimard 2002. A Grosser, Diez lecciones sobre el nazismo, Complexe, 1976, Ph Lacoue-Labarthe, J L Nancy, El mito nazi, L’aube,1991. Ian Kershaw, Hitler, Gallimard, 1995. E Michaud, Un arte de la eternidad, Gallimard, 1996.

 
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