¿Cómo pudo suceder esto?
La pregunta obsesiona a aquellos que han vivido la tragedia de
la Segunda Guerra Mundial. Numerosos investigadores
pertenecientes a múltiples disciplinas científicas han
intentado responder. Ninguna interpretación aislada puede dar
cuenta del desastre histórico en el que naufragaron las masas
alemanas en 1930.
Algunas cifras dan una idea de la fuerza
de irrupción devastadora de ese fenómeno político y social. El
NSDPA (partido nacionalsocialista de los trabajadores
alemanes) obtiene 800 mil votos en las elecciones generales de
mayo de 1928 (2,6 por ciento del cuerpo electoral). Después de
la gran crisis económica de 1929 (desplome de la Bolsa de
Nueva-York), en las elecciones de setiembre de 1930 es el
segundo partido alemán (6.400.000 votos, 18 por ciento de los
sufragios). Dos años más tarde, en las elecciones
presidenciales de marzo-abril de 1932, el partido nazi obtiene
más de 11 millones votos (37 por ciento del total). En enero
de 1933, Hitler es nombrado canciller del Reich. Después del
incendio del Reichstag (25 de febrero de 1933), en las
elecciones generales del 5 de marzo, el partido
nacionalsocialista sobrepasa los 17 millones de sufragios. El
23 de marzo del mismo año, Hitler obtiene de la asamblea los
plenos poderes. Todas las libertades fundamentales son
abolidas. Los partidos opositores y los sindicatos son
disueltos. El 14 de julio de 1933 el NSDPA es el partido único
del Reich.
En sólo cuatro años (1929-1933) el partido nazi
pasa de 800 mil a más de 17 millones de electores, y de 170
mil a 4 millones de miembros.
Estas cifras son el reflejo
estadístico del intenso movimiento de masas, violento desde el
comienzo, que llevó a la dictadura nazi al poder, y que
desencadenó luego el desastre inaudito de la Segunda Guerra
Mundial: los 40 a 60 millones de muertos (más de 20 millones
de soviéticos), el genocidio de los judíos europeos (6
millones de muertos), las bombas atómicas que cayeron sobre
Hiroshima y Nagasaki (en sólo dos días, dos instantes, 200 mil
víctimas y 300 mil sobrevivientes que aún hoy sufren
secuelas).
“Aquí no existe el porqué”: era la regla de la
supervivencia que uno de los condenados de Auschwitz le enseñó
a Primo Levi. Para las generaciones que les sucedieron, el
porqué y el cómo del horror permanecen como acuciantes
incentivos de la reflexión crítica. Es ella la que constituye
la ética de la conmemoración. ¿Cómo pudo suceder
esto?
Fanatismo de masa
La organización política de las
masas jugó un rol decisivo en la progresión vertiginosa del
partido nacionalsocialista. La masa es el material que la
ideología debe moldear y fanatizar para alcanzar el poder. El
orador es un escultor que trabaja la masa con sus gestos y su
retórica, la vuelve dócil y entusiasta. Hitler se presentaba
como “el escultor de Alemania”. Para Goebbels, la misión del
partido era “formar, a partir de la masa bruta, la imagen
sólida y plena del pueblo”. Al mismo tiempo, la masa forma al
führer, le confiere el poder de un ídolo. Suscita el tono y la
expresividad del lenguaje del jefe. El carácter rudo, los
idiotismos, la vulgaridad del “Cabo bohemio” imitan y forman
parte de la vulgaridad emocional de la masa. El simplismo de
las ideas, la violencia de las diatribas y de las consignas
sin cesar repetidas encarnan, al mismo tiempo que los
provocan, el odio y el resentimiento de la muchedumbre. Hitler
afirma en 1926: “Hay que deshacerse de la idea de que se puede
satisfacer a las masas con conceptos ideológicos. Su solo
sentimiento estable es el odio”. La masa a la cual se dirigía
estaba constituida por una burguesía desencantada, arruinada
por la crisis, por campesinos que detestaban la República de
Weimar, por desocupados reducidos a la miseria, por los
jóvenes de todas las clases sociales que identificaban el
nazismo con su porvenir.
A partir de 1929, comienzan las
manifestaciones grandiosas: en Nuremberg, con motivo de un
congreso del partido, las milicias exponen su poderío y el
entusiasmo sin reserva de sus miembros. El magnate del carbón
de la Ruhr, E Kirdof, el general Von der Goltz, jefe de la
organización armada de los nacionalistas, T Düsterberg, jefe
de los ex combatientes del “Casco de Acero”, son los invitados
de honor. Es la reunión más importante de la historia del
nacionalismo alemán. La composición de la tribuna demuestra,
por sí sola, la convergencia de intereses del partido nazi, de
la derecha tradicional, del ejército, del poder industrial
capitalista, y de los grandes comerciantes y propietarios de
tierras.
Una inmensa y larga marcha de antorchas conmovió
la opinión pública la noche del 30 de enero de 1933. Millares
de jóvenes saludaron al nuevo canciller del Reich. Goebbels
anota en su diario: “Es como un sueño…”. Las SA (secciones de
asalto) y la Hitlerjugend (juventud de Hitler) protagonizaron
un interminable desfile que atravesó la puerta de
Brandemburgo.
Las ceremonias de masa se multiplicaron por
doquier. El lenguaje seudomístico y emocional de la sangre, de
la victoria y de la muerte, a veces inspirado en el drama
wagneriano, alentaba las celebraciones rituales
multitudinarias: la “velada de los muertos”, la “solemne
consagración de las banderas”.
A partir de 1935, una
espectacular liturgia política se pone en marcha. Se celebran
las jornadas memorables del partido. En la noche del 9 de
noviembre, en Munich, el desfile de antorchas avanza hacia el
altar, cercado por banderas desplegadas. Los congresos de
Nuremberg, organizados por el arquitecto Albert Speer, son
verdaderas representaciones teatrales: Hitler aparece solo, en
la noche, en la cima de la alta tribuna iluminada. En 1936,
cuando todos los proyectores convergen sobre él, puede decir:
“Cuando aquí nos reunimos, todos estamos poseídos por el
aspecto maravilloso de este tipo de encuentros. Cada uno de
ustedes no alcanza a verme y yo no veo a cada uno de ustedes.
Pero yo los siento, ustedes me sienten, somos uno”. Una
verdadera voluntad estética organizaba la masa en espectáculo.
La iluminación, la aparición del führer, las ovaciones, el
saludo, todo estaba cronométricamente preparado. La atracción
y la seducción visual de la ceremonia eran reforzadas por la
trasmisión radial que llegaba a todos los lugares. Los filmes
de Leni Riefenstahl acentuaron el carácter estético y
religioso de los actos multitudinarios, gracias a la
formidable técnica del montaje. Por primera vez, las masas se
contemplaban a sí mismas.
La fascinación, el magnetismo que
parecían emanar del jefe eran reforzados por el culto
fetichista de la propaganda. El discurso totalitario estaba
organizado como un flujo incesante de signos que no admitía el
diálogo ni la pregunta. El jefe vociferante acentuaba el poder
conativo de la palabra: someter y ser obedecido. Intensificaba
la sed de autoridad de la masa, que parecía amar ser
engañada.
El enrolamiento de la sociedad se llevó a cabo
inexorablemente. Todos sus componentes fueron integrados a las
asociaciones profesionales, gremiales, de estudiantes, de
mujeres, deportivas, etcétera. La juventud fue un objetivo
prioritario: la Hitlerjugend cuenta en 1933 con 250 mil
miembros; tres años después, es la organización juvenil más
importante del mundo: 5 millones de adherentes. En todos los
campos de la juventud nazi podían leerse estas inscripciones:
“Morir por el führer”, “Hemos nacido para morir por
Alemania”.
La mitología del nazismo
La creación de una
mitología nazi era fundamental para sostener la adhesión
fervorosa de las masas. Ella se transformó en un poderoso
instrumento de control y de dominación del imaginario social.
Fascinó a la opinión como un renovado objeto de culto, y logró
que la sucia faena de eliminación de opositores sindicales y
políticos tuviera lugar en la indiferencia generalizada.
En
1930 A Rosenberg publica El mito del siglo xx. En este
voluminoso panfleto, el charlatán pretende crear “un nuevo
tipo de hombre a partir de un nuevo mito de la vida”,
sustituir la conciencia del hombre moderno por el “antiguo
mito de la sangre”, y por “el alma racial”. El mito racial se
constituyó en el centro mismo de la ideología nazi. Reavivando
el poder del mito, intentó contrarrestar el pensamiento
abstracto y universalista. “La vida de una raza, de un pueblo
–escribe Rosenberg– no es una filosofía desarrollada
lógicamente, tampoco un proceso que obedezca a leyes
naturales, es la formación de una síntesis mística.” Gracias a
este elemento místico el mito deviene un acto, una
participación activa del individuo en la masa y con su jefe.
La idea de raza pretende enraizarse en el cuerpo, en la sangre
y en la tierra. Pero el “biologismo” nazi no es biológico sino
ideológico. No está construido con ninguna argumentación
racional, sólo pretende despertar sentimientos y emociones en
las masas. Es un instrumento al servicio de la política
imperialista y expansionista del nazismo.
El hombre, un animal de horda
Ya en Tótem y tabú (1912), Freud proporciona
elementos que servirán para comprender el funcionamiento del
fanatismo nazi. El jefe posee (se proyectan en él) cualidades
totémicas: sirve a la identificación del grupo, representa una
suerte de “sustancia común” que difunde y propaga bajo la
forma de ideas y de emblemas. “La tierra y la sangre” se
vuelven, en la propaganda y en el discurso de los jefes,
sustancias totémicas que consolidan la comunidad de clan de
los partidarios. La bandera, la esvástica, el saludo
obligatorio, las fiestas rituales de las grandes
manifestaciones, identifican una pertenencia a un cuerpo
social e ideológico.
Toda la charlatanería
nacionalsocialista es una regresión a la visión del mundo
animista y propiamente mitológica. Las seudoteorías de la raza
y del tipo fomentan el narcisismo colectivo y la
autopercepción casi alucinatoria de la omnipotencia de la masa
y de su jefe.
En Psicología de las masas y análisis del yo
(1921) Freud concibe, más allá de la “pulsión gregaria”
descrita por Le Bon –cuyo racismo tenía poco que envidiar al
de Chamberlain–, lazos afectivos de amor y odio. Un doble
vínculo libidinoso reúne, por un lado, a los individuos del
grupo entre ellos, y por otro, a cada individuo con el jefe.
El análisis de masas altamente organizadas, como la Iglesia o
el ejército, le permiten destacar el rol preponderante del
jefe en la vida afectiva del grupo. El fenómeno capital de la
psicología de masas, la renuncia del individuo a su libertad
individual, está íntimamente relacionado con la importancia
acordada al líder. Todo depende de la “ilusión” del individuo
con respecto a la presencia indefectible del jefe y de la
creencia de que él ama por igual a cada uno de los miembros de
la multitud. Hitler no lo ignoraba cuando dirigiéndose a los
SA sostenía: “Todo lo que vosotros sois, lo sois a través de
mí; todo lo que yo soy, lo soy solamente a través de
vosotros”.
Basta que el jefe oriente la energía libidinal
de la masa contra aquel que le es ajeno, el otro, el
extranjero, para que se convierta en odio. El narcisismo
grupal se intensifica en la medida misma en que el odio entra
en acción. Es esta una de las funciones del antisemitismo y
también del anticomunismo en la ideología del nazismo.
El
individuo puesto en masa, sobre todo cuando se trata de una
masa en guerra, no puede valerse por sí mismo, su acción
depende, señala Freud, de “una repetición idéntica en los
otros”. La fascinación de la masa fascista se abre así a la
repetición demoníaca de lo mismo, es decir, a la pulsión de
muerte. Freud va en este sentido cuando corrige una expresión
de W Trotter: “el hombre es un animal de rebaño (Herdentier)”,
por esta otra: “el hombre es un animal de horda” (Hordentier).
La relación “hipnótica” que se establecía entre el führer y la
masa era el fenómeno más “inquietantemente extraño”: la
sugestión del jefe provoca en la masa algo que debería haber
quedado oculto. La “misma” experiencia originaria parece
“repetirse”. La masa revive la intensa experiencia de gozo
pasiva y masoquista que sometía la horda a la presencia,
aterradora y fascinante, del padre primitivo; nadie puede
enfrentarlo solo, y se refuerza así el vínculo de pertenencia
a la fratría. El padre y la horda constituyen, como la
relación hipnótica, “una masa a dos”. Freud escribirá en
Malestar en la cultura (1932) : “Lo que comenzó por el padre
se termina por la masa”.“Una suma de individuos que han puesto
un solo y mismo objeto en el lugar del ideal del yo y que
están en consecuencia, en sus yo, identificados los unos con
los otros”: tal es la “fórmula” de la constitución libidinal
de la masa según Freud.0
Estética y crimen político
W Benjamin fue el primero en señalar la tendencia a “estetizar”
la política característica del fascismo. En su artículo “La
obra de arte en la era de la reproducción técnica” (1936)
sostiene que la organización de masas del fascismo apunta
esencialmente a no tocar el régimen de propiedad entonces en
vigor. La “estetización” fascista no es un simple ornamento
para seducir la masa: “Todos los esfuerzos por ‘estetizar’ la
política –señala– culminan en un solo punto. Ese punto es la
guerra”.
El fanatismo de masas fascista no tenía otra
finalidad: encauzar a todo un pueblo en una empresa mortífera
sin parangón en la historia de la humanidad. “Ésta –anota
Benjamin– se ha vuelto suficientemente extranjera a ella misma
para poder vivir su propia destrucción como un goce estético
de primer orden. Es ésta la ‘estetización’ de la política que
practica el fascismo. La respuesta del comunismo es politizar
el arte.”
El fanatismo de masas predisponía a destruir todo
aquello que fuera obstáculo a su empresa devastadora, y a
proseguirla aun cuando condujera a la propia
destrucción.
Desde el comienzo, la violencia juega un rol
fundamental. “Queremos desencadenar la tempestad –anuncia
Hitler en 1923–, no se duerman: sepan que la tempestad se
prepara.” La reducida sección deportiva y atlética de la
juventud se convierte muy pronto en la SA (sección de asalto)
en 1921. En 1932 cuenta con 500 mil miembros. Aterrorizan las
calles de las ciudades, reavivan el antisemitismo, combaten
brutalmente a la oposición. Apenas liberado de la prisión
después del putsch fracasado, Hitler refuerza las ss
(secciones de protección) creadas en 1923. Las utilizará para
contrarrestar la influencia a veces incontrolable de las SA
(que disolverá ferozmente en 1934, en la masacre de “la noche
de los cuchillos largos”). Bajo el mando de H Himmler, los
miembros de las ss pasan de 50 mil en 1933 a 240 mil en 1938.
Se transforman en un instrumento de terror altamente
perfeccionado.
En 1932, año de la elección, la violencia es
extrema. Los combates en las calles provocan centenares de
muertos y heridos. Después del incendio del Reichstag (1933)
el terror político se desencadena. Sólo en Prusia, funcionan
50 campos de tortura que cuentan con 25 mil “prisioneros
preventivos”. Los autos de fe se multiplican. En Berlín, el 10
de mayo de 1933, 20 mil libros arden en la hoguera. Goebbels
lo organiza según un antiguo ritual estudiantil. Vestidos
tradicionalmente, empuñando antorchas, los estudiantes
escuchan los exorcismos: “Contra la lucha de clases y el
materialismo, por la comunidad del pueblo y una filosofía
idealista, arrojo al fuego los libros de Marx y de Trotski.
Contra la exageración destructiva de la vida instintiva, por
la nobleza del alma humana, arrojo al fuego los escritos de
Sigmund Freud”.
El disciplinamiento de la sociedad avanza
inexorablemente. Se proclama el boicot a los comercios judíos.
La “depuración” comienza: cientos de profesores, miles de
funcionarios, 200 médicos, 400 abogados, miles de artistas
deben renunciar a sus actividades. 35 mil judíos abandonan el
país en 1933.
La ideología, la propaganda y los
espectáculos de masa no eran sino los preparativos y los
engranajes de una máquina ávida de matar y destruir. H Arendt
insistió en el terror como la esencia misma del totalitarismo
nazi. “No fue la guerra la que obligó a Hitler a despojarse
totalmente de toda consideración moral, es Hitler quien
consideró que la masacre de masas ocasionada por la guerra era
una oportunidad incomparable para llevar adelante un programa
de asesinatos que, como todos los otros puntos de su programa,
estaba calculado en términos de milenarios”.
¿Por qué el fanatismo de guerra?
Hitler afirmaba: “Dos cosas pueden unir
a los hombres: los ideales comunes y los crímenes comunes”. La
regeneración de Alemania, el “espacio vital”, no podía
alcanzarse sin el aniquilamiento de los judíos y de los
“subhombres” del Este, el “judeo-bolchevismo”.
La
movilización total para el combate, la verdadera mística de
muerte y destrucción no podrían ser entendidas sin admitir lo
que Freud denominó “pulsión de muerte”. Existe en el psiquismo
individual y en la masa una violencia originaria siempre
pronta a activarse y a descargarse como destrucción del otro.
I Kershaw reconoce que “la pulsión de destrucción” no abandonó
jamás al dictador. Pero es difícil pensar la articulación de
esta aspiración loca al aniquilamiento del otro y de sí y las
circunstancias históricas en las cuales se desencadena.
El
psicoanalista puede decir con Freud: “Vivimos en un tiempo
particularmente curioso. Descubrimos con sorpresa que el
progreso ha concluido un pacto con la barbarie”. Y puede
pensar, después de Freud: la barbarie es nuestro
horizonte.
La forma más terrible y enigmática de la
seducción es la fascinación de la muerte.
H Arendt, Los
orígenes del totalitarismo, Gallimard 2002. A Grosser, Diez
lecciones sobre el nazismo, Complexe, 1976, Ph
Lacoue-Labarthe, J L Nancy, El mito nazi, L’aube,1991. Ian
Kershaw, Hitler, Gallimard, 1995. E Michaud, Un arte de la
eternidad, Gallimard, 1996.