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23 de septiembre de 2005

Brecha de Uruguay - 23 de setiembre de 2005

Uruguay

Milicos maricones, pueblo heterosexual

En 1987, reflexionando sobre la “incertidumbre de existir” y la concomitante “obsesión por demostrar nuestra existencia”, el francés Jean Baudrillard evocaba las típicas inscripciones “Aquí estuvo Fulanito” que la gente deja estampadas en soportes tan disímiles como una puerta de cuarto de baño, las laderas del cerro San Antonio o los vestigios del muro de Berlín.(1)

Alma Bolón
Baudrillard afirmaba que en esas inscripciones había “una carga de sentido, aunque casi alegórico”, la correspondiente al nombre propio. Las generaciones siguientes, según el pensador, recurrieron a inscripciones sólo gráficas e indescifrables, que únicamente dicen, implícitamente: “existo, no tengo nombre, no tengo sentido, no quiero decir nada”.(2)
Podríamos suponer que, con el incremento de la “incertidumbre de existir” se incrementa la “obsesión por demostrar nuestra existencia”. Cuando la incertidumbre de existir –incertidumbre que abarca desde el desempleo y la escasez de salario y justicia hasta el tedio ante el acontecimiento siempre postergado– se incrementa, ¿cómo demostrar que uno existe? Ante la incertidumbre de existir, ¿cómo demostrar que uno no se disolvió en el tedio, no se desperdigó en la nada?
También podríamos suponer que haber ocupado el puesto de centinela ante la televisión y la radio, estar verificando, una y otra vez, que nada tienen para decirnos y nada tenemos para responderles, nos permite satisfacer esa obsesión de demostrar que existimos, que las penumbras nocturnas no trajeron nuestra aniquilación. Así, la mañana siguiente nos encuentra comentando, quejándonos, criticando, despotricando acerca de lo oído o visto en los medios de comunicación: ejerciendo nuestra condición de “ciudadanos libres”, demostrando que existimos, que hemos estado perpetuando, con nuestra mirada, la inmovilidad indigente de nuestro cuerpo y la del cuerpo televisor.
También podríamos suponer que un ejemplo tan burdo como elocuente de este mecanismo apareció en setiembre de 2005 a raíz de los dichos del subsecretario de Defensa, José Bayardi, referidos a la condición de “maricones” de los militares que no tuvieron que llevar a cabo alguna tarea represiva.(3) En las conversaciones de esos días, resonaban los temas y preocupaciones que habían sonado en los medios de comunicación: la oportunidad o la inoportunidad de los dichos, su carácter ofensivo o no ofensivo a la institución militar, la conveniencia o inconveniencia de que trascendieran fuera del ámbito en que habían sido proferidos, lo adecuado o inadecuado del término empleado vistos los “destinatarios”, es decir, una institución a priori machista. Sabemos cuál fue el desenlace: mea culpa del señor Bayardi, sanción y vuelta a empezar acerca de la conveniencia o inconveniencia de dicha sanción.
Sin embargo, escasamente se dejaron oír las voces que pusieran en duda la ecuación (maricón=cobarde) empleada por Bayardi, a pesar de que, hasta la fecha, no se ha demostrado que el grado de valentía y de cobardía sean covariantes de la heterosexualidad y de la homosexualidad. Si Bayardi hubiera formulado la ecuación militares=gallinas=cobardes, las converserías en los ámbitos públicos y privados hubieran sido casi exactamente las mismas, salvo el pequeño detalle de que una larga tradición discursiva rioplatense,(4) tan rioplatense como la homofobia, autoriza a metaforizar la cobardía en la gallina, mientras que la única legitimidad de la ecuación maricón=cobarde proviene del discurso elementalmente homofóbico. Naturalmente, muchos defensores del derecho a la diferencia, muchos antihomofóbicos, muchos partidarios de los derechos de las llamadas minorías estaban demasiado ocupados: de facción ante los medios –ocupando el puesto de vigilantes de la “realidad televisivo-radial” para poder demostrar que se existe–, como para ocuparse de ese detalle meramente léxico.
Demostrar que se existe, que se cumplió cabalmente con el oficio de centinela de los medios, impidió detenerse ante tanta sutileza ideológica, impidió que se oyera estruendosamente algo así como “Soy maricón, pero no soy cobarde ni torturador”. Quizás los homosexuales, orgullosos ahora de ser gays, de facción ante el lenguaje políticamente correcto difundido por los medios, sientan el alivio de no ser más maricones, al pertenecer a una categoría que, de yapa, tiene consonancias de alegre anglosajonería. Quizás sientan el alivio de imaginar que los cobardes son los maricones, mientras que el jolgorioso gay puede escapar al estigma homofóbico. Quizás los heterosexuales, orgullosos ahora de su tolerancia hacia los gays, hayan pensado que los milicos maricones se lo tenían bien merecido.
Como decíamos, si Bayardi en lugar de haber asociado la cobardía a los maricones, la hubiera asociado a las gallinas, el resultado hubiera sido prácticamente el mismo: ninguna gallina, demasiado ocupada en la vigilancia del huevo que empolla, hubiera salido a denunciar la injusticia de la metáfora que la estigmatiza.
Sin duda, por este episodio resultó lesionada, por escamoteo, tanto la verdad sobre la condición homosexual como la verdad sobre lo que está en juego en la investigación de los delitos cometidos por militares (y civiles), es decir, una búsqueda –una construcción– política, histórica, ética. Demostrar que existimos, manteniéndonos de facción alerta ante la tele, no da tiempo para esas naderías.

1. Casi sic: “Arriba los Peña. Viaje de arquitectura”.
2. Jean Baudrillard, L’autre par lui-même, Galilée, París, 1987. Cito edición en español (Anagrama, 1994, págs 25-26): “Necesidad de hablar cuando no hay nada que decir. Necesidad tanto mayor cuando no se tiene nada que decir, del mismo modo que existir es mucho más urgente cuando la vida carece de sentido”.
3. Como se sabe, el eufemismo “tareas represivas”, que podría abarcar desde la tarea del semáforo cuando impide atravesar la calle hasta la de una madre que deja sin postre al hijo que no toma la sopa, en este caso quiere decir: torturar y torturar a luchadores sociales, o sospechosos de serlo. Como también se supo, según el señor Bayardi lo explicó, los militares se dividen en: torturadores, maricones y ausentes. La rapidez con que fueron aceptadas las disculpas de Bayardi daría que suponer que, en realidad, no hubo ofensa: los militares torturadores no tendrían de qué, los militares maricones son seres imaginarios y los ausentes lo estaban con aviso. Cualquier parecido con la clasificación de los animales que hace la enciclopedia china evocada por Borges es pura casualidad.
4. Cf Juan Carlos Guarnieri, Diccionario de lenguaje campesino rioplatense. Ahí aparece “gallina” como sinónimo de extrema cobardía.

 
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