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24 de setiembre de 2005
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La Jornada de México - 24 de setiembre de 2005
EE UU ya perdió la guerra de Irak
Immanuel
Wallerstein
Se acabó. Para que Estados Unidos ganara la guerra de Irak se requerirían
tres cosas: derrotar la resistencia iraquí, establecer un gobierno estable en
Irak que sea amigable a Estados Unidos y mantener el respaldo del pueblo
estadunidense mientras se llevan a cabo las dos primeras cosas. Ninguna de estas
tres cuestiones parece ya posible. Primero, los militares estadunidenses ya no
creen que puedan derrotar a la resistencia. Segundo, la probabilidad de que los
políticos iraquíes puedan ponerse de acuerdo en torno a una Constitución es casi
nula, y como tal la probabilidad de que haya un gobierno central mínimamente
estable es casi imposible. Tercero, el público estadunidense se vuelve contra la
guerra porque no ve "luz alguna al final del túnel".
Como resultado, el régimen de Bush se halla en una posición imposible. Le
gustaría retirarse en forma digna, dando alguna apariencia de victoria. Pero si
intenta hacer esto, confrontará en casa enojo y decepción feroces por el partido
de la guerra. Si no lo hace, confrontará el feroz enojo de quienes piensan que
hay que retirarse. Al final, no podrá satisfacer a ninguno, perderá presencia
precipitadamente y la gente lo recordará con ignominia.
Veamos lo que está pasando. Este mes, el general George Casey, comandante
general estadunidense en Irak, sugirió que podría ser posible reducir 30 mil
efectivos estadunidenses en Irak debido a que las fuerzas armadas del gobierno
iraquí mostraban mejoras en su capacidad de manejar la situación. Casi de
inmediato, esta posición fue atacada por el partido de la guerra, y el Pentágono
enmendó su aseveración sugiriendo que tal vez esto no ocurriría, debido a que
tal vez las fuerzas de Irak no estaban listas para manejar la situación, lo que
seguro es cierto. Al mismo tiempo, aparecieron reportajes en los principales
periódicos que sugerían que el nivel de sofisticación militar de las fuerzas
insurgentes ha crecido constante y sorprendentemente. El incremento en la tasa
de muertes de soldados estadunidenses, ciertamente lo confirma.
En el debate en torno a la Constitución iraquí existen dos problemas grandes.
Uno es el grado al cual la Constitución habrá de institucionalizar la ley
islámica. Es concebible que, si hubiera tiempo y confianza suficientes, podría
haber un compromiso con este punto que satisficiera más o menos a ambas partes.
Pero el segundo punto es más intratable. Los kurdos, que en realidad siguen
queriendo un Estado independiente, no se calmarán con menos de una estructura
federal que garantice su autonomía, el mantenimiento de su milicia, el control
de Kirkuk, su capital, y sus recursos petroleros como botín.
Actualmente, los chiítas se dividen entre quienes sienten igual que los
kurdos y quieren una estructura federal y aquellos que prefieren un fuerte
gobierno central siempre y cuando ellos puedan controlar sus recursos y siempre
y cuando tenga fondo islamita. Los sunitas, por su parte, están desesperados por
mantener un Estado unificado, uno en donde mínimamente obtengan una tajada
justa, y por cierto no quieren un Estado gobernado mediante las interpretaciones
chiítas del Islam.
Estados Unidos ha intentado alentar un compromiso de esta naturaleza, pero es
difícil que esto se logre. Así que hay dos posibilidades abiertas: que las
diferencias entre los iraquíes hagan que la situación no sea duradera o un
quiebre inmediato de las negociaciones. Ninguna de estas opciones satisface las
necesidades de Estados Unidos. Por supuesto, hay una solución que podría abrir
el cerrojo. Que los políticos iraquíes se unieran a la resistencia en un impulso
nacionalista antiestadunidense, que podría unificar por lo menos al segmento no
kurdo de la población. No debería descartarse esta posibilidad, que desde el
punto de vista de Estados Unidos sería una pesadilla.
Para el régimen de Bush, el peor escenario de todos es el frente interno. La
tasa de aprobación al presidente por su conducta en la guerra iraquí descendió a
36 por ciento. Ya tiene tiempo que las cifras bajan consistentemente y
continuarán bajando. Pues ahora el pobre George W. Bush tiene que lidiar con la
vigilia de Cindy Sheehan. Ella es una mujer de 48 años, madre de un soldado que
murió en Irak el año pasado. Encendida por el comentario de Bush de que los
soldados estadunidenses fallecieron por "una noble causa", decidió ir a
Crawford, Texas, y pidió ver al presidente para que le explicara por cuál "noble
causa" pereció su hijo.
Por supuesto, Bush no ha tenido el valor de verla. Le ha mandado emisarios.
Ella dijo que eso no era suficiente, que quería verlo en persona. Ahora dice que
mantendrá su vigilia fuera de la casa de Bush hasta que él salga a verla o la
arresten. Al principio la ignoró la prensa. Pero ahora, otras madres de soldados
en Irak se unieron a ella. Comienza a juntar el respaldo moral de más y más
personas que antes habían apoyado la guerra. Y la prensa nacional la está
volviendo gran celebridad, y la comparan con Rosa Parks, la mujer negra que hace
medio siglo en Montgomery, Alabama, rehusó irse a la parte trasera del autobús,
con lo que se encendió la chispa que transformó en causa dominante la lucha de
los derechos de los negros.
Bush no hablará con ella porque sabe que no hay nada que pueda decirle. Verla
es desacreditarse. Pero no verla lo desacredita también. La presión para
retirarse de Irak se está volviendo dominante. No es porque el público
estadunidense comparta la idea de que Estados Unidos es una potencia
imperialista en Irak. Es porque no parece haber luz alguna al final del túnel. O
más bien sí hay luz, la que un cáustico cartonista canadiense del Calgary
Sun dibujó recientemente. En su cartón se muestra a un soldado en un túnel
oscuro que se aproxima a alguien cuyo cuerpo está envuelto en explosivos. La luz
proviene del cerillo que esta persona le aplica a la mecha que ocasionará la
explosión. En los meses siguientes a los ataques en Londres y con el alto nivel
de muertes en Irak, es esta luz la que el público estadunidense comienza a ver.
Bush está atrapado en un dilema insoluble. La guerra está perdida.
© Immanuel Wallerstein
Traducción: Ramón Vera Herrera |