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25 de setiembre de 2005
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Página12 de Argentina - 23 de setiembre de 2005
A 65 años del asesinato de Trotsky
La raíz de los grandes crímenes
Jack Fuchs *
Un nuevo aniversario del asesinato de León Trotsky,
acontecido hace 65 años, me hizo retrotraer a mis doce o trece años de edad
cuando, viviendo en Polonia, escuchaba discusiones –en el seno del partido
socialista Bund al que yo pertenecía– sobre las posiciones encontradas de Stalin
y Trotsky respecto de la universalidad del socialismo. Escuché decir también que
Trotsky había sido uno de los principales artífices del triunfo de la Revolución
Socialista en la Rusia zarista en 1917 y organizador del Ejército Rojo.
Posteriormente, sus desencuentros y luchas con Stalin lo condenaron a un exilio,
primero dentro de su propio país y luego en el exterior, terminando exiliado en
México y luego asesinado. Me explicaron también que su nombre había sido borrado
de la historia de la Revolución Socialista contra el zarismo y que había sido
condenado a muerte en la Unión Soviética en su ausencia. Al escribir estas
reflexiones necesito aclarar que mi objetivo no es tomar posición frente al
personaje de Trotsky. Mi intención no es entrar en la polémica política, me
interesa la polémica vinculada a lo humano y compartir los pensamientos que me
fluyen frente al acontecimiento del aniversario de su asesinato. En 1940,
desatada ya la Segunda Guerra Mundial, con Polonia ocupada por la Alemania nazi
y por la Unión Soviética, Checoslovaquia asimismo ocupada por los nazis,
Francia, Holanda, y Bélgica, también en poder de Alemania y el proyecto de
Hitler de ocupar Inglaterra y Japón adentrándose en China, Corea y Vietnam,
resulta difícil entender la energía puesta en planificar semejante asesinato.
Con el mundo precipitándose al cataclismo mayor de la Historia, que concluyó con
Auschwitz e Hiroshima, con sesenta millones de muertos, parece desconcertante
que hubiera quien se ocupara de planificar el asesinato de una persona que vivía
aislada en Coyoacán, México, y que no contaba con fuerzas políticas ni militares
para organizar ninguna revuelta. Es difícil pensar que podía ser considerado un
hombre peligroso. Me pregunto ingenuamente a quién molestaba Trotsky y qué
cambió con su muerte. Me pregunto qué hubiera sucedido si en vez de asesinar a
Trotsky se hubiera perpetrado un atentado contra Hitler, Mussolini, Roosevelt,
Stalin, Churchill o Hiroito. Probablemente un hecho semejante hubiera cambiado
el curso de la Historia. ¿Cómo fue posible que alguien como Ramón Mercader,
que no conocía a Trotsky, fuera con tal montante de odio como para descargar su
piolet contra la cabeza de un hombre que jugó un papel crucial en el triunfo de
la Revolución Rusa y realiza este violento acto en nombre de la causa comunista?
Si el asesino hubiera sido un mercenario, un fascista, un nacionalista o un
fundamentalista religioso el hecho sería más fácil de comprender. Mercader
cumplió órdenes, por su propia convicción estalinista o, lo que a mí me lleva a
la reflexión, por el mero hecho de matar. Creo que se trató de un crimen por el
crimen mismo. Todavía me resulta difícil, a pesar de los años que llevo a
cuestas, aceptar que un hombre nacido en el seno de una familia socialista y
humanista como Mercader, que soñaba con un mundo más justo con igualdad y
respeto entre los hombres, pueda actuar tan brutalmente. Toda su preparación
humanista no pudo vencer la fuerza del mal y del odio hacia el otro. A través
de la historia de la humanidad, gran parte de los asesinatos se llevaron a cabo
con pretextos basados en alguna ideología. La raíz de los grandes crímenes no
difiere de la de los pequeños. Simplemente se intentan justificar.
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Escritor y pedagogo. Sobreviviente de Auschwitz. |