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25 de setiembre de 2005

La Nación de Chile - 25 de setiembre de 2005

El soborno en el comercio legal de armamentos

La corrupción de las armas

Recientemente, los chilenos hemos descubierto, a través de la prensa, que detrás de cada compra de armamentos realizada por Chile en el pasado cercano, Pinochet y su círculo de hierro recibieron millonarios sobornos que terminaron en sus cuentas secretas en el exterior. Un experto en el tema habla de la corrupción del sistema del mercado mundial de las armas.

Joe Roeber
Miembro del comité directivo del proyecto sobre armas de Transparencia Internacional.
Afortunadamente, un caso de corrupción relacionada con el comercio de armas cobró una de sus más importantes víctimas en una fecha cercana a la cumbre de Gleneagles del G-8, efectuada en julio pasado.

Jacob Zuma, ex vicepresidente de Sudáfrica y mencionado como el más probable sucesor al cargo de Presidente del país, fue destituido en junio por sus vínculos con un empresario que recibió sobornos de una empresa de defensa francesa.

La caída de Zuma ilustra la estrategia de desarrollo adoptada por los países ricos que, en vez de abordar las cosas buenas que deberían hacer por África, se concentran en evidenciar las perversidades que deberían dejar de hacer, desde el lavado de dinero a través de bancos occidentales hasta el dumping y el subsidio de alimentos.

El comercio de armas, dominado por Occidente, distorsiona los presupuestos de países pobres y fortalece la corrupción. Los gobiernos de naciones exportadoras de armas deberían preguntarse si es aceptable sobornar a los líderes de los países pobres para que compren armas, que probablemente no necesitan, con dinero que no tienen, y todo esto bajo el pretexto de que se hace para crear empleos en los países ricos.

Aun si los países exportadores quisieran fiscalizar el comercio de armas, los alicientes ofrecidos por las compañías productores de armamentos hacen que esto en la práctica sea imposible.

La prolongada saga del negociado de armas sudafricano por más de 5 mil millones de dólares firmado en 1999, y que terminó con la caída de Zuma, es un caso ejemplar. Desde un comienzo, el caso fue cuestionado debido a rumores justificados de corrupción y a su irrelevancia respecto de las necesidades estratégicas del país. Pero recién en octubre del año pasado se inició el primer juicio.

En Durban, el empresario Schabir Shaikh fue procesado por corrupción y fraude, principalmente como consecuencia de su relación, “generalmente corrupta”, con Jacob Zuma. Específicamente, intentó obtener sobornos por 500 mil rand (80 mil dólares) por año de una importante contratista francesa -Thales (ex Thomson-CSF)- para que Zuma protegiera a la empresa de una investigación parlamentaria.

El 8 de junio pasado, Shaikh fue sentenciado a 15 años de cárcel. El popular vicepresidente Zuma fue destituido una semana después. Paralelamente, un empresario sudafricano, Richard Young, presentó una querella contra el Gobierno sudafricano por 150 millones de rand (25 millones de dólares) por la anulación -por supuesta corrupción- de una parte de un contrato por 1.300 millones de rand (210 millones de dólares) destinado a adquirir sistemas de control para cuatro nuevas corbetas, adjudicado a Thales. Estas dos causas están vinculadas no sólo por el contrato, la empresa, su filial africana y por Schabir Shaikh -su director-, sino que por el hecho de que el hermano de Schabir, Chippy Shaikh, era a la sazón el jefe de adquisiciones del Ministerio de Defensa sudafricano.

¿Qué están haciendo los gobiernos del G-8 para resolver el problema del soborno practicado por sus compatriotas?

DE CUÁNTO HABLAMOS

No es posible medir con cifras la corrupción, pero podemos hacer cálculos aproximados. El comercio legal de armas registró un valor de 29 mil millones de dólares en 2003, una baja en comparación con el promedio de 40 mil millones de dólares anuales registrados entre 1999 y 2002. Los países importadores de armas se encuentran agrupados en regiones de inestabilidad: el Medio Oriente, el subcontinente indio y el Lejano Oriente. Los exportadores de armas están hoy más concentrados: los primeros cuatros exportadores (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Rusia, todos miembros del G-8) son los responsables de tres cuartos de todas las exportaciones. Estados Unidos, por sí solo, envía el 44% de todas las entregas de armas a los países en desarrollo. Esto no es asombroso si consideramos que los gastos militares internos de Estados Unidos virtualmente igualan el monto total gastado por el resto del mundo en este ítem. Además, al adquirir armas de EEUU se crea, de ipso, un pacto de defensa, convirtiendo a ese país en un socio comercial muy atractivo.

Hasta cierto punto, esta ventaja política compensa los obstáculos que enfrentan las empresas estadounidenses en cuanto a la práctica de pagar sobornos (la Ley de Prácticas Corruptas Extranjeras, que criminaliza el soborno de funcionarios extranjeros, fue promulgada en 1977, tras las investigaciones a los fondos corporativos, inspiradas por Watergate).

No obstante, existen empresas estadounidenses que de todos modos sobornan, pero es a una escala relativamente menor. Es lógico entonces que sus competidores, desde su perspectiva, utilicen el soborno como un recurso para compensar su situación de desequilibrio relativo.

Una de las paradojas del comercio legal de armas, si consideramos la importancia que le otorga la política y la opinión pública, es lo reducido que es. De hecho, representa menos de un 0,5% del comercio mundial total.

Sin embargo, en otros aspectos es muy importante. La proporción de corrupción de la industria no tiene relación con su tamaño relativo. Se estima que el comercio de armas representa casi la mitad de toda la corrupción del mercado legal.

A ojos de muchos expertos oficiales, esta corrupción es periférica, una suerte de apéndice sin trascendencia. Tan poca importancia se le adjudica a la corrupción en este campo que entre la profusión de publicaciones acerca de defensa, política exterior y el negocio de armas, sólo se destaca un libro que enfrenta con seriedad la situación: “Las políticas de ventas de armas británicas desde 1964”, de Mark Phythian.

OJOS QUE NO VEN...

Los estudiosos de la industria de defensa se preocupan de estrategias y materiales. Comparten el supuesto de que el soborno no afecta las decisiones más importantes de adquisiciones, las cuales, supuestamente, las toman profesionales que responden a necesidades estratégicas y con presupuestos determinados por gabinetes gubernamentales.

Pero la corrupción no es periférica; es un tema central a la toma de decisiones en torno a cada compra de armamento.

La observación más nítida acerca de las consecuencias de la corrupción la hizo hace 40 años Donald Stokes, vendedor de camiones e importante negociante de la industria automotriz. Encargado de desarrollar una estrategia de exportación para la industria de armas británica, le informó al Gobierno que “una gran cantidad de ventas de armas se efectúa no debido a que alguien requiere las armas, sino debido a las comisiones que se ganan en el camino”.

Éste es el meollo del caso contra el soborno: no se trata simplemente de un apéndice al proceso de adquisiciones, sino que distorsiona las decisiones. Si dejara de ser una mina de oro para los pudientes, la adquisición de armas se reduciría a una mera realidad estratégica.

Según el informe anual de la OCDE, más de la mitad de los casos de soborno informados corresponden a contratos de defensa, a pesar del hecho que éstos representan menos de la mitad del 1% del comercio global.

SOBORNO INSTITUCIONAL

El Departamento de Estado de EEUU publicó un listado de las cinco áreas “más corruptas” del comercio internacional: armas, proyectos de infraestructura o ingeniería civil, telecomunicaciones, energía y aviación civil.

Estos cinco segmentos representan aproximadamente 10% del comercio mundial. Entonces, un simple cálculo nos demuestra que, sin lugar a dudas, las armas constituyen el negocio más corrupto de todos los comercios legales.

Personas con un conocimiento íntimo del negocio brindan datos mucho más impresionantes. Uno de los pocos dispuestos a ser citados es Jonathan M. Winer, ex asistente al secretario de Estado de EEUU. Me escribió: “La idea que señala que los europeos ofrecen y los africanos aceptan sobornos en el comercio de armas es un error. Todos aceptan sobornos de todos, y si no son sobornos, entonces son gratuidades, beneficios, ventajas, comisiones, contratos para amigos o parientes, otros beneficios materiales o políticos, y así sucesivamente”.

Un gerente de marketing senior de un gran conglomerado de defensa, actualmente jubilado, dijo que en 20 años de experiencia en la venta de armas, en sólo dos ocasiones no pagó una comisión al comprador.

La empresa francesa de aeronáutica Dassault pagó un soborno al Partido Socialista belga a fin de asegurar un contrato para actualizar sus F-16. Durante el juicio de 1995, Serge Dassault dijo: “Todos pagan comisiones”. Cuando los tribunales belgas emitieron una orden de detención en contra de Dassault, el ministro de Comercio Exterior francés protestó, señalando que las comisiones constituyen una práctica normal dentro del comercio de armas y que ha sido así durante décadas.

FRUTO DE LA CODICIA

Las cinco categorías “más corruptas” anteriormente enumeradas comparten características estructurales: los proyectos son grandes y discretos; aparecen en intervalos aleatorios; cada proyecto, en forma individual, puede hacer la diferencia entre una cómoda vida y la muerte para la empresa proveedora. La competencia es dura y las bolsas de comercio no premian a los perdedores con altos principios. En el mundo en desarrollo, la decisión de comprar descansa en manos de una elite política que no rinde cuentas a nadie. La cultura local hasta podría favorecer el pago de sobornos como un intercambio normal de retribuciones. En dichas circunstancias, las empresas sienten que no tienen otra alternativa que pagar “mordidas” si quieren mantenerse dentro del negocio.

Una característica del comercio de armas es que tiene la ventaja de moverse en un mercado opaco, pues opera tras de una cortina de humo debido a que los productos de defensa son complejos y cada contrato contiene una combinación de requisitos especiales. Un precio desconocido puede acomodar cualquier cantidad de pagos encubiertos.

Otro detalle singular de esta industria es aún más revelador: el hermetismo con que cubre todas sus actividades. Este privilegio es permitido a esta industria debido al rol que desempeña en la seguridad nacional. Pero el hermetismo también ofrece una tentación constante de ocultar la incompetencia y los escándalos políticos o robar. El ejemplo obvio son los fondos secretos de dinero para sobornos. Peter Clark, director de juicios dirigidos bajo el Acta de Prácticas de Corrupción Internacional de Estados Unidos en el Departamento de Justicia, me escribió señalando que “el dinero que no necesita explicaciones genera codicia”. La gente que cuida dinero cuyos orígenes no tienen que ser explicados -normalmente porque son ilegales- siente la tentación de apoderarse de una parte de éste.

Es imposible calcular el monto exacto de la corrupción en el comercio de armas, pero si se hace un cálculo bastante aproximativo (con un margen de error de un 10%), los sobornos en el comercio de armas equivalen a unos tres mil millones de dólares, una suma alta pero no altísima. Si a esto le agregamos el costo de las armas que no se hubiesen comprado sin el incentivo de las coimas, el monto estaría entre los seis mil y los 18 mil millones de dólares. No mucho en términos globales, pero una cifra enorme si se considera el nivel de pobreza de muchos países compradores, como es el caso de Sudáfrica, donde no se necesitan armas de alta tecnología, sino más bien casas, carreteras, escuelas y hospitales.

Por supuesto que no es fácil terminar con el problema. Las compañías y la naciones no pueden actuar solas sin ceder su parte del mercado a sus competidores. Es difícil cooperar con rivales en quienes no se confía. Aun si un grupo de países de Europa o la OCDE decidiera comprometer a sus empresas para que tomen acción, otros ocuparían su lugar. Rusia, China e Israel son los contrincantes principales; con Brasil, Rumania y Ucrania pujando detrás.

Hay diversas formas de tratar la reforma del comercio de armas.

El enfoque de EEUU es directo e intuitivo. Se identifica el problema, se ataca y se elimina. Se promulgan leyes y se golpea a aquellos que las rompen. Se introducen reglas y condiciones en torno a los préstamos y otros paquetes financieros para restringir la posibilidad de portarse mal. Se establecen sistemas de información con líneas de ayuda directas, una rigurosa inspección del comercio e incentivos para los denunciantes de prácticas ilegales. En cuanto a quién debe conducir estos procesos, lo más efectivo es que sean instituciones multinacionales, tales como la OCDE, el G-8, la UE e incluso la OMC. Estas organizaciones tienen cierto grado de capacidad para monitorear y avergonzar a sus miembros.

Lo que se necesita es voluntad política, a nivel nacional y colectivo. La Convención de la OCDE depende de los esfuerzos efectuados por los gobiernos para presentar demandas ante los tribunales. Pero no existe un mecanismo de monitoreo ni una entidad autónoma que tenga el poder para hacer cumplir las denuncias.

MAYOR TRANSPARENCIA

En el informe 2001 de la Campaña contra el Comercio de Armas, Samuel Brittan cuestiona el valor de la industria de las armas en la economía y de las exportaciones en particular. La industria de defensa contrata aproximadamente a un 2% de trabajadores británicos, y sólo un 20% de éstos están involucrados en exportaciones. Brittan estudió los efectos de reducir ambos, y concluyó que los éstos serían insignificantes.

El último ítem que necesita análisis es la pasión por el sigilo, el manto que todo lo cubre. Según lo que me han dicho los expertos, es muy poco lo que realmente se mantiene bajo secreto en el comercio de armas; la gente, generalmente, puede encontrar lo que necesita saber. Además, es muy poco lo que realmente requiere mantenerse bajo secreto. Si es así, entonces es tiempo de dejar de lado el hermetismo cuando es innecesario. La verdadera razón por la cual se mantiene el sigilo es porque los poderosos en los países importadores de armas no quieren ser expuestos. ¿Deberían nuestros gobiernos ofrecerles protección?

La industria de las armas es singular no sólo por lo que vende, sino por su vulnerabilidad a nivel de corrupción. Esta combinación es particularmente dañina, por lo cual se deberían implementar restricciones especiales. Actualmente, se hace lo contrario. El comercio de armas recibe apoyo excepcional de los gobiernos para vender bienes en un mercado donde el precio no es la primera preocupación. Hay mucho dinero secreto en circulación y muchos hombres sin escrúpulos que quieren apoderarse de parte de éste.

Estos hombres no son, como a menudo conviene creer, dictadores tercermundistas; también son nuestros hombres, quienes acumulan “retrocomisiones” de negociados que en el fondo son innecesarios. No sorprende entonces que este dinero tan fácilmente disponible desempeñe un rol principal en el desarrollo de la industria; no es periférico, sino central. El problema es tan nocivo que requiere de una atención especial.

El comercio de armas no es muy estético, pero es inevitable. Las naciones quieren ser capaces de defenderse y comprarán las armas necesarias para hacerlo. En lugar de intentar abolir el comercio, sería más lógico tratar de mejorarlo, de hacerlo más abierto, transparente y eficiente. Al prevenir la corrupción y eliminar el trato especial del cual disfruta la industria, podríamos acercarnos cada vez más hacia el objetivo de reducir las transacciones de armas a lo que es estratégicamente legítimo y éticamente incuestionable.

© Prospect Magazine
(The New York Times Syndicate)

 
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