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29 de setiembre de 2005
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Indignación en Puerto Rico
Angel Guerra Cabrera
El asesinato
de Filiberto Ojeda Ríos, líder del Ejército Popular
Boricua-Macheteros, ha unido al pueblo de Puerto Rico en el duelo y la
indignación. El repudio al crimen ha sido casi unánime en una actitud comparable
con la gestada por la lucha que expulsó a la marina de guerra de Estados Unidos
de la isla de Vieques. Por sobre diferencias ideológicas y en cuanto al método
de lucha que escogió, Ojeda era un hombre muy respetado en Borinquen por su
congruencia entre pensamiento y acción. Los fondos obtenidos de acciones
revolucionarias los dedicó íntegramente a la causa independentista y a repartir
comida y juguetes en los barrios pobres de la isla y de Estados Unidos.
Destacado trompetista de la legendaria Sonora Ponceña, dejó el instrumento
para entregarse a la lucha armada por la independencia de la isla. La gama de
los que con distintos matices han condenado el homicidio va desde las fuerzas
independentistas y socialistas, pasando por la jerarquía católica y líderes
protestantes, hasta el Colegio de Abogados e inclusive personajes del gobierno y
los partidos coloniales. No existe palabra más exacta que asesinato para
calificar su muerte, si se analizan las oscuras circunstancias en que se produjo
y los elementos de juicio conocidos hasta el momento.
Ojeda había pasado a su segunda clandestinidad desde 1990, mientras esperaba
el juicio por la confiscación revolucionaria de 7 millones de dólares a un carro
de la Wells Fargo en Hartford, Conneticut, en 1983. La casa donde se escondía
fue asaltada el 23 de septiembre pasado, no obstante que estaba rodeada hacía
tres días. Esa es precisamente la fecha en que se conmemora el Grito de Lares,
de 1868, cuando se proclamó la república frente a España.
¿Casualidad?, lo dudo. ¿Fascismo bushiano?, ya es regla. ¿Aviso al
independentismo?, pronto se sabrá. Mientras los agentes irrumpían en los
alrededores de la vivienda las fuerzas independentistas celebraban la efeméride
en la Plaza de la Revolución de Lares, donde se escuchó un mensaje grabado de
Ojeda. El gobierno y la policía coloniales no habían sido informados del
operativo. Sólo se les ordenó acordonar la zona con agentes locales con
el fin de impedir el paso. Un periodista logró llegar al cerco y se ofreció para
intermediar, pero fue rechazado por los federales. Tampoco permitieron el acceso
a la casa de cuatro fiscales puertorriqueños que se presentaron después del
tiroteo.
En el momento de su caída en combate el jefe guerrillero contaba 72 años y
tenía por toda compañía a Elma Beatriz Rosado, su esposa, quien estaba
desarmada. Por esta razón, los únicos testigos de los hechos son ella y los
elementos de la FBI participantes en el operativo.
Rosado denunció, contrariamente a la versión de Washington, que los agentes
iniciaron los disparos. Ojeda, como ya había hecho en 1985, cuando también la
FBI lo fue a detener, respondió el fuego. Hirió a uno de los esbirros y, al
parecer, poco después recibió en la clavícula el disparo de un francotirador,
que según la autopsia le interesó el lóbulo superior de un pulmón. Del
testimonio del doctor Héctor Pesquera, que en nombre de la familia acompañó a
los médicos forenses en la diligencia, se desprende que la herida no era
necesariamente mortal y que Ojeda murió desangrado lentamente. Esto obedece a
que los de la FBI demoraron 17 horas para entrar en la residencia, con el
pretexto de que podía haber explosivos en su interior. Como afirmó el abogado y
ex oficial de la CIA boricua, Ignacio Rivera: "Hay operativos dirigidos a
capturar a una persona viva, pero en este caso fue un operativo bélico, cuya
misión era eliminar a un enemigo, como si hubieran estado en Afganistán o Irak".
Las honras fúnebres movilizaron a miles de personas que se lanzaron a la
calle en todas las ciudades de Puerto Rico. Cientos de automóviles se sumaron al
cortejo desde San Juan hasta su natal Naguabo, donde ahora reposan sus restos.
Por el camino, maestros y escolares, amas de casa, trabajadores, campesinos y
estudiantes lo vitorearon levantando los brazos y lanzando flores en una de las
manifestaciones de luto más sentidas que se recuerden en la isla.
Filiberto Ojeda había suspendido las acciones armadas y dedicado los últimos
años a lograr la unidad de las fuerzas independentistas, a las que llamó el día
de su muerte a fundirse en una sola organización. "Siempre p'alante", fueron las
últimas palabras que, ya herido, escuchó de él su compañera.
Publicado en La Jornada el
29 de septiembre de 2005
Angel
Guerra Cabrera
Columnista
de La Jornada de México
aguerra12@prodigy.net.mx
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