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2 de octubre de 2005

Clarín de Argentina - 27 de septiembre de 2005

Chile:
una Constitución para el siglo veintiuno

El 17 de setiembre pasado, con la firma del nuevo texto constitucional, se clausuró la vigencia de la norma impuesta por Pinochet.

Ricardo Lagos
Presidente de Chile
Chile merecía y merece una Constitución democrática de acuerdo a los actuales estándares internacionales de la democracia del mundo.

Eso es lo que el Congreso Pleno ha aprobado hace algunos días y que hemos procedido a firmar el 17 de setiembre: una Constitución para un Chile nuevo, libre y próspero.

Durante largos años los chilenos fuimos orgullosos de nuestro marco democrático, muchas veces casi solitario en la región, que hizo plenamente reales las palabras de nuestro Himno Patrio: nuestra Patria, "asilo contra la opresión".

Este devenir se vio interrumpido de manera trágica el 11 de setiembre de 1973. Como señalé hace dos años, el quiebre de la institucionalidad democrática en un país jamás se produce como un rayo que altera, de pronto, sin previo aviso, un cielo que hasta entonces permanecía apacible y sereno; por el contrario, ese quiebre sólo se produce en medio de tormentas crecientes, que los países y sus líderes no son capaces de advertir a tiempo y de controlar con eficacia.

Ese quiebre hizo que la República se apartara del norte de su permanente aspiración de creciente democracia y consiguiente ampliación de las libertades. Todos conocemos hoy la real magnitud del sufrimiento que provocó la violación masiva de los derechos humanos. Cualquier acto constitucional en ese contexto, como es comprensible, carecía de la legitimidad histórica necesaria que toda Carta Fundamental requiere. Ese Chile no podía perdurar, y no perduró.


Reencuentro con la historia

El 17 de setiembre de 2005 nos reunimos en el Palacio de La Moneda para celebrar solemnemente el reecuentro de Chile con su historia. La Constitución de 1833 le abrió paso al Chile del siglo diecinueve; la de 1925, en el siglo veinte. Ese día nos reunimos, inspirados en el mismo espíritu de 1833 y de 1925: darles a Chile y a los chilenos una Constitución que nos abra paso al siglo veintiuno.

Necesitábamos una Constitución que recogiera el principio fundamental en que se basa el Estado moderno y la democracia en su sentido más general y amplio: que todo poder no es más que un mandato; que ese mandato proviene del pueblo. Sin garantes, sin tutelajes, sin guardianes, que no se sabe por qué razón podrían encarnar el espíritu de la nación más que el conjunto de todos los chilenos.

Nuestra Constitución hoy no tiene senadores designados ni vitalicios; los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas, como en toda democracia, pueden ser removidos de manera informada por el Presidente de la República.

No existen organismos decisorios como lo era el Consejo Nacional de Seguridad, que podía autoconvocarse al margen de las autoridades elegidas y, a partir de ahora, juega un papel asesor; y el Tribunal Constitucional, finalmente, se origina en las instituciones que descansan en la soberanía popular.

Pero no sólo ello. Otras libertades han sido consagradas, entre otras, aquella que permite que los chilenos que viven y trabajan en el extranjero puedan adquirir la nacionalidad del país en que residen sin perder la nacionalidad chilena, todo lo cual debiera permitir mañana otorgarles el derecho a voto, para que también puedan participar en la construcción de Chile.

Chile cuenta desde hoy con una Constitución que ya no nos divide. Nuestra Constitución no es más un dique en la vida nacional, la vida nacional puede fluir ahora como un río por este cauce institucional.

Tenemos hoy una Constitución democrática y tiene que ver con los reales problemas de la gente, porque no da lo mismo que las futuras leyes de la República, con las que se trata precisamente de dar solución a esos problemas, se discutan y aprueban en un Senado íntegramente elegido, o no, por sufragio universal, por la voluntad soberana de la gente.

Naturalmente, ninguna Constitución es inamovible y tampoco lo será ésta. Puede y debe continuar siendo examinada de acuerdo a las necesidades del país en el futuro.

Pienso que en el Chile del siglo veintiuno no puede seguirse omitiendo el reconocimiento constitucional a los pueblos indígenas, sus culturas, etnias y lenguas.

Como bien sabemos, hay aspectos que salieron del ordenamiento constitucional, como el sistema electoral, que en opinión de este presidente debe ser modificado por el bien de la democracia y el carácter representativo que ella debe necesariamente tener. Pero ésa será tarea de quienes conduzcan mañana la continuidad de nuestra vida republicana.

Tener una Constitución que nos refleje a todos era fundamental para todas las tareas que los chilenos tenemos por delante, puesto que ello consolida el patrimonio de lo que hemos avanzado en lo económico, en lo social y también en lo cultural.

Nos permite abocarnos a nuevos desafíos, los de un Chile innovativo, que avanza en el mundo utilizando todas las oportunidades para su desarrollo, hacia un Chile más justo y solidario, donde la pobreza cada vez sea menor y la equidad se asiente en nuestra Patria.

 
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