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5 de octubre de 2005

La Nación de Chile - 5 de octubre de 2005

La izquierda y el apogeo del individuo

Cuando la izquierda moderna pone de manifiesto la desigualdad no es sólo desde el punto vista de la distribución de ingresos, sino como una forma de dependencia que limita la libertad personal.

Alejandro Führer
Sociólogo
Hace rato que venimos escuchando que hoy la sociedad es definitivamente más individualista. Con un claro aliento melancólico -particularmente desde la corriente izquierdista- predomina en estos juicios una mirada sospechosa de esa individualidad, que comienza a tornarse en una verdadera “cultura” que ingresa en cada sujeto para invadirlo como una afección viral sin remedio. Hoy, como nunca antes, los individuos parecen hiperdotados en sus opciones de autorrealización, magnificadas por la publicidad y los circuitos de consumo, y por la masificación sin precedentes de tecnologías cada vez más “personales”.

Sin embargo, se apela a un individuo que pareciera abdicar de la cooperación y la comunicación cotidiana para vivir. Un sujeto solo, atado al televisor o a la “red virtual”, víctima de una soberbia maquinaria para deleitarse y “alienarse” mientras los poderosos se toman el mundo con la envidiable excusa de la “globalización”. Destella la presencia mundial de un individuo egoísta y consumista, que maximiza sus opciones de autodeterminación y abandona para siempre su compromiso con la comunidad.

El nuevo protagonismo del consumo audiovisual ilustra muy bien la velocidad de los cambios en las maneras de construir y renovar estas nuevas relaciones sociales, mientras, simultáneamente, las nuevas tecnologías generan inéditas y revolucionarias formas de concebir los imaginarios colectivos de forma desterritorializada y virtual. Cabe recordar a Jesús Martín Barbero cuando constata que en la actualidad los ciudadanos habitan un nuevo espacio comunicacional, donde “cuentan” menos los encuentros y las muchedumbres que el tráfico y las conexiones. Es en ese nuevo espacio comunicacional, tejido ya no de una comunidad tangible sino de flujos y redes, en el que emergen nuevos “modos de estar juntos”, mediados por la televisión, el computador y la presencia cada vez más masiva de la “telefonía móvil”, lo que deja atrás para siempre la telefonía fija de carácter familiar.

No obstante, el hecho de que en la nueva era informacional se hayan debilitado los vínculos comunitarios tradicionales no significa necesariamente que éstos no puedan reorganizarse de otra forma. Fernando Vallespín no duda en afirmar que esta vez la diferencia resulta del hecho de que ahora no son el producto de algo que nos precede, sino el resultado de una determinación personal: el tránsito de un yo sociocéntrico a un yo autoinformado e individualista, imbuido del impulso por confeccionar una biografía efectiva que, sin embargo, no ha eliminado todas las opciones de cooperación social.

Esta vez las resistencias y subversiones no se generan en los colectivos o comunidades tradicionales. Esta energía proviene de fragmentos individuales y testimonios minimalistas, que han contraído temporalmente su fuerza liberadora a la esfera de lo subjetivo. Son síntesis individuales provistas de un alcance universal. Resultan de nuevas normas tribales que amenazan la socialización de la familia, la escuela y los diversos agentes morales tradicionales. Los sujetos capturan más información sin las mediaciones parentales de antaño con el propósito de elaborar mapas complejos y avistamientos culturales globales, para luego regresar a los circuitos sociales cotidianos con una secuencia armada individualmente.

Son ciudadanos más complejos, que viven apasionadamente su condición de audiencias globales y electores locales. Son sujetos que se ganaron el derecho del escepticismo toda vez que la información ya no es propiedad de unos pocos y toda la oferta utópica conocida (política y religiosa) está colmada de crímenes de lesa humanidad. Son biografías singulares que se conectan intensamente con su entorno, demandando una comunidad que garantice oportunidades y aliente la diversidad.

La política esta vez debe hablar con un sujeto que escucha desde sus plataformas informacionales y desagrega instantáneamente lo verdadero de lo falso, lo mediado de lo genuino. El menú de opiniones es armado individualmente a la manera de un consumidor en el supermercado o de un televidente con su control remoto en la mano, hay una forma de aproximación que quiere maximizar la oportunidad de tener acceso directo a las decisiones, evitando para siempre aquellos privilegios institucionales o elitistas sobre la configuración y hegemonía del espacio cultural.

La izquierda, entonces, debe aprender a comunicarse con ese individuo, un sujeto singular y “subjetivamente comprometido” que al mismo tiempo de conservar una visión crítica o cáustica de la sociedad, no subordina sus irritaciones a las sofisticadas ofertas provenientes del mundo político, religioso o empresarial. Son comunidades individualizadas de consumo que al mismo tiempo de abandonar la densidad de las nociones colectivas, potencian sus derechos sociales y reclaman la protección de la memoria que los distingue. Son identidades porosas y abiertas que, sin embargo, reclaman un sentido compartido de los cambios y una imagen predecible del futuro.

Las fuerzas progresistas en la era actual deben representar sin aspavientos la defensa apasionada del pluralismo, la promoción del multiculturalismo y un compromiso entusiasta con el individuo. Para esta izquierda, el individuo, el ser humano y su dignidad intrínseca, deben constituirse en el valor ético supremo que oriente todas las acciones, relevando el valor fundamental de la libertad individual y sus responsabilidades frente a la comunidad, no ya como cooperaciones forzadas y territorialmente acotadas, sino como flujos indeterminados de una singularidad intensamente conectada.

En una comunidad donde los individuos potencian su libertad y generan inéditas formas de cooperación y comunicación, la izquierda debe alentar la innovación y el vértigo de la novedad, acogiendo con entusiasmo esta nueva etapa del sujeto moderno en la búsqueda de su felicidad. Se trata de participar activamente en la configuración del futuro, fabricando nuevos conceptos para comprender una realidad que cambia aceleradamente y develando, siempre y en todo momento, las flagrantes desigualdades en el acceso a las oportunidades para confeccionar una biografía tan vasta como singular.

Entonces, cuando la izquierda moderna pone de manifiesto la desigualdad, no es sólo desde el punto vista de la distribución de ingresos, sino como una forma de dependencia que limita la libertad personal. En efecto, la igualdad de condiciones materiales no es su objetivo último, la igualdad que busca es la igualdad de participación en las fuerzas creativas de la sociedad. Es una demanda dinámica que no cristaliza únicamente en un Estado que distribuye mejor las oportunidades, sino en un sujeto hiperpotenciado en su voluntad de “salir adelante” o, dicho de manera informática, de “armar su propio menú”. Es definitivamente una izquierda que radicaliza su lucha por la igualdad con el propósito de expandir toda la energía insurgente y transformadora de la libertad individual.

 
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