Hace rato que venimos escuchando que hoy la sociedad es
definitivamente más individualista. Con un claro aliento melancólico
-particularmente desde la corriente izquierdista- predomina en estos
juicios una mirada sospechosa de esa individualidad, que comienza a
tornarse en una verdadera “cultura” que ingresa en cada sujeto para
invadirlo como una afección viral sin remedio. Hoy, como nunca
antes, los individuos parecen hiperdotados en sus opciones de
autorrealización, magnificadas por la publicidad y los circuitos de
consumo, y por la masificación sin precedentes de tecnologías cada
vez más “personales”.
Sin embargo, se apela a un individuo que pareciera abdicar de la
cooperación y la comunicación cotidiana para vivir. Un sujeto solo,
atado al televisor o a la “red virtual”, víctima de una soberbia
maquinaria para deleitarse y “alienarse” mientras los poderosos se
toman el mundo con la envidiable excusa de la “globalización”.
Destella la presencia mundial de un individuo egoísta y consumista,
que maximiza sus opciones de autodeterminación y abandona para
siempre su compromiso con la comunidad.
El nuevo protagonismo del consumo audiovisual ilustra muy bien la
velocidad de los cambios en las maneras de construir y renovar estas
nuevas relaciones sociales, mientras, simultáneamente, las nuevas
tecnologías generan inéditas y revolucionarias formas de concebir
los imaginarios colectivos de forma desterritorializada y virtual.
Cabe recordar a Jesús Martín Barbero cuando constata que en la
actualidad los ciudadanos habitan un nuevo espacio comunicacional,
donde “cuentan” menos los encuentros y las muchedumbres que el
tráfico y las conexiones. Es en ese nuevo espacio comunicacional,
tejido ya no de una comunidad tangible sino de flujos y redes, en el
que emergen nuevos “modos de estar juntos”, mediados por la
televisión, el computador y la presencia cada vez más masiva de la
“telefonía móvil”, lo que deja atrás para siempre la telefonía fija
de carácter familiar.
No obstante, el hecho de que en la nueva era informacional se
hayan debilitado los vínculos comunitarios tradicionales no
significa necesariamente que éstos no puedan reorganizarse de otra
forma. Fernando Vallespín no duda en afirmar que esta vez la
diferencia resulta del hecho de que ahora no son el producto de algo
que nos precede, sino el resultado de una determinación personal: el
tránsito de un yo sociocéntrico a un yo autoinformado e
individualista, imbuido del impulso por confeccionar una biografía
efectiva que, sin embargo, no ha eliminado todas las opciones de
cooperación social.
Esta vez las resistencias y subversiones no se generan en los
colectivos o comunidades tradicionales. Esta energía proviene de
fragmentos individuales y testimonios minimalistas, que han
contraído temporalmente su fuerza liberadora a la esfera de lo
subjetivo. Son síntesis individuales provistas de un alcance
universal. Resultan de nuevas normas tribales que amenazan la
socialización de la familia, la escuela y los diversos agentes
morales tradicionales. Los sujetos capturan más información sin las
mediaciones parentales de antaño con el propósito de elaborar mapas
complejos y avistamientos culturales globales, para luego regresar a
los circuitos sociales cotidianos con una secuencia armada
individualmente.
Son ciudadanos más complejos, que viven apasionadamente su
condición de audiencias globales y electores locales. Son sujetos
que se ganaron el derecho del escepticismo toda vez que la
información ya no es propiedad de unos pocos y toda la oferta
utópica conocida (política y religiosa) está colmada de crímenes de
lesa humanidad. Son biografías singulares que se conectan
intensamente con su entorno, demandando una comunidad que garantice
oportunidades y aliente la diversidad.
La política esta vez debe hablar con un sujeto que escucha desde
sus plataformas informacionales y desagrega instantáneamente lo
verdadero de lo falso, lo mediado de lo genuino. El menú de
opiniones es armado individualmente a la manera de un consumidor en
el supermercado o de un televidente con su control remoto en la
mano, hay una forma de aproximación que quiere maximizar la
oportunidad de tener acceso directo a las decisiones, evitando para
siempre aquellos privilegios institucionales o elitistas sobre la
configuración y hegemonía del espacio cultural.
La izquierda, entonces, debe aprender a comunicarse con ese
individuo, un sujeto singular y “subjetivamente comprometido” que al
mismo tiempo de conservar una visión crítica o cáustica de la
sociedad, no subordina sus irritaciones a las sofisticadas ofertas
provenientes del mundo político, religioso o empresarial. Son
comunidades individualizadas de consumo que al mismo tiempo de
abandonar la densidad de las nociones colectivas, potencian sus
derechos sociales y reclaman la protección de la memoria que los
distingue. Son identidades porosas y abiertas que, sin embargo,
reclaman un sentido compartido de los cambios y una imagen
predecible del futuro.
Las fuerzas progresistas en la era actual deben representar sin
aspavientos la defensa apasionada del pluralismo, la promoción del
multiculturalismo y un compromiso entusiasta con el individuo. Para
esta izquierda, el individuo, el ser humano y su dignidad
intrínseca, deben constituirse en el valor ético supremo que oriente
todas las acciones, relevando el valor fundamental de la libertad
individual y sus responsabilidades frente a la comunidad, no ya como
cooperaciones forzadas y territorialmente acotadas, sino como flujos
indeterminados de una singularidad intensamente conectada.
En una comunidad donde los individuos potencian su libertad y
generan inéditas formas de cooperación y comunicación, la izquierda
debe alentar la innovación y el vértigo de la novedad, acogiendo con
entusiasmo esta nueva etapa del sujeto moderno en la búsqueda de su
felicidad. Se trata de participar activamente en la configuración
del futuro, fabricando nuevos conceptos para comprender una realidad
que cambia aceleradamente y develando, siempre y en todo momento,
las flagrantes desigualdades en el acceso a las oportunidades para
confeccionar una biografía tan vasta como singular.
Entonces, cuando la izquierda moderna pone de manifiesto la
desigualdad, no es sólo desde el punto vista de la distribución de
ingresos, sino como una forma de dependencia que limita la libertad
personal. En efecto, la igualdad de condiciones materiales no es su
objetivo último, la igualdad que busca es la igualdad de
participación en las fuerzas creativas de la sociedad. Es una
demanda dinámica que no cristaliza únicamente en un Estado que
distribuye mejor las oportunidades, sino en un sujeto
hiperpotenciado en su voluntad de “salir adelante” o, dicho de
manera informática, de “armar su propio menú”. Es definitivamente
una izquierda que radicaliza su lucha por la igualdad con el
propósito de expandir toda la energía insurgente y transformadora de
la libertad
individual.