Hay una página web del Departamento de Defensa de Estados Unidos que refleja una cruda realidad. En la sección Actualización de Bajas (Casualty Update), en www.defenselink.mil/news, dice que hasta el 22 de septiembre pasado, las bajas militares estadounidenses en Irak sumaban 1.907 muertos, de los cuales 1.763, o más del 90%, cayeron después de que el Presidente George W. Bush anunciara el fin de las principales operaciones de combate en Irak el primero de mayo de 2003.El número de heridos sumaba 14.641, y las cifras crecen a diario, a medida que continúa la violencia.
En conjunto con los 234 muertos en Afganistán y en otros países, en respuesta de Estados Unidos a los ataques padecidos el 11 de septiembre de 2001, el número de militares muertos desde aquella fecha se acerca a pasos agigantados a las 2.769 personas muertas producto de la destrucción de las torres gemelas en Nueva York.
¿Qué significa este enredo de cifras?
Privados de imágenes televisivas de las masacres debido al peligro, impedidos de ver los ataúdes que vuelven al país porque el Gobierno de Bush lo prohíbe, perdidos en argumentos, ¿cómo podríamos impulsar nuestra imaginación hacia el sacrificio concreto?
En la página web del diario “USA Today” (www.soldiers.usatoday.com) aparece la fotografía del soldado David Ford, de 20 años. Contra el fondo de una bandera estadounidense, Ford nos mira con expresión relajada y mirada franca. Ford resultó muerto el 16 de septiembre, cuando un aparato explosivo detonó cerca de su tanque en Bagdad. Con él murió el sargento Alan Gifford, de 39 años, y el mismo día murió el sargento Matthew Deckard, de 29 años, cuando su vehículo explotó en Bagdad.
Un día antes, el sargento Alfredo Silva, de 35 años, murió a causa de una bomba en Bagdad. El 11 de septiembre, el sargento Kurtis Arcala, de 22 años, perdió su vida en una explosión en Tikrit.
EL MENSAJE DE LA MUERTE
Nombres, nombres y aún más nombres. Nombres que sin duda serán grabados algún día en un memorial en Washington, cuyo diseño y existencia misma serán objeto de polémica. Muertos, de todas las edades, desde 18 hasta 59 años, de todas partes de Estados Unidos, y más allá de sus costas, los muertos se acumulan, dejando preguntas que sólo ellos ya no quieren contestar.
LAS MADRES
Hay otro mensaje que nos entregan los muertos, pero su naturaleza es polémica.
¿Los muertos exigen, tal como algunos parientes afirman, que esta aventura estadounidense sea concluida de una vez por todas y que los soldados vuelvan a casa? O, tal como otros creen, ¿exigen que la misión continúe hasta algún fin honorable?
“Deben volver a casa ahora”, dice Elaine Jonson, de Carolina del Sur, cuyo hijo, el soldado Darius Jennings, fue abatido el 2 de noviembre de 2003. “Ahora, ahora, ahora. Es un desperdicio, un error. La pérdida de mi hijo no sirvió para nada”.
Johnson apoya a Cindy Sheehan, cuyo hijo, el soldado Casey Sheehan, de 24 años, es otra de las víctimas mortales. La madre inició una cruzada de paz que la llevó a acampar frente al fundo de los Bush en Texas y al arresto, el 24 de septiembre, en las puertas de la Casa Blanca
Otros se sienten perturbados por la postura de Sheehan. Consideran que compromete la misión iraquí y que debilita la fuerza de una institución militar que reverencian.
“El hijo de Sheehan es un héroe y yo aplaudo su servicio”, dijo Marlowe Fletcher, neoyorquino cuyo hijo, el soldado Jacob
Fletcher, resultó muerto el 14 de noviembre de 2003. “Pero no estoy de acuerdo con lo que está haciendo, ya que está socavando a nuestras tropas mientras están allá”.
“Yo no quiero que la pérdida de mi marido sea en vano, y no quiero que más vidas se pierdan”, dijo Shirley Rowe, cuyo esposo, el sargento Roger Rowe, de 54 años, murió el 9 de julio de 2003. Expresa sus dudas en voz baja. Suenan como la verdad.
© International Herald Tribune/ The New York Times Syndicate