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4 de octubre de 2005
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La Jornada de México - 2 de octubre de 2005
Las catástrofes naturales como extensión de la guerra global
Eduardo Subirats
Las catástrofes naturales no existen. Ni existe una naturaleza independiente
de la naturaleza humana. Ni desde el punto de vista de las cosmogonías antiguas,
ni desde el punto de vista de las geopolíticas militares modernas.
La catástrofe humana provocada por Katrina no es una excepción. Los
huracanes del Golfo de México son fenómenos naturales devastadores. Sólo el
sobrecalentamiento atmosférico generado por gases industriales los ha
transformado en los últimos años en fuerzas aniquiladoras.
La destrucción sistemática de ecosistema costero del Golfo de México bajo los
auspicios de la especulación inmobiliaria y la expansión de dispositivos
industriales ha hecho el resto. La acumulación local de productos industriales
tóxicos ha transformado la inundación en una marea contaminante de efectos
destructivos incontrolables.
No existen catástrofes naturales que no sean al mismo tiempo los daños
colaterales de un sistema económico intrínsecamente irracional en la medida en
que no contabiliza en su producción de beneficios los costes ecológicos y
humanos de su acción destructiva sobre el ecosistema.
Pero ninguno de estos constituyentes es exclusivo del estado de Luisiana, del
gobierno de George W. Bush o de la civilización estadunidense. Son condiciones
dominantes dentro de un concepto sistema neoliberal de desarrollo y miseria que
se ha impuesto triunfalmente en el mundo entero. En la última década se han
sucedido catástrofes de dimensiones comparables. En 1998, bajo el mutismo de los
mass media corporativos, tuvo lugar un gigantesco incendio en el estado
de Roraima, en el Amazonas brasileño. Se devastó una extensión de 33 mil
kilómetros cuadrados de selva húmeda, el tamaño aproximado de Bélgica. Fueron
puestas en peligro una población indígena de unas 60 mil almas y una cultura de
la importancia de los yanomani.
La catástrofe era la síntesis de las quemas locales, la desecación de la
selva patrocinada por los programas de desarrollo del Banco Mundial y el
calentamiento global. Catástrofes semejantes se han reproducido a escalas
menores en la India, España, Venezuela, China...
Tampoco es nueva la ostensible y criminal indiferencia oficial que ha
protagonizado es desastre del huracán Katrina. En el incendio amazónico
el ex presidente Fernando Henrique Cardoso se opuso radicalmente a enviar una
flota de helicópteros con equipos especializados.
En Venezuela el presidente Hugo Chávez se resistió hace cuatro años a un
aplazamiento de elecciones constitucionales que hubieran salvado la vida de
cientos de humanos enterrados bajo inundaciones anunciadas.
Lo que es nuevo con Katrina es el intercambio de signos entre la
guerra global y la catástrofe ecológica e industrial. Los diques que debían
cerrarse para la prevención de estos huracanes no se llegaron a construir porque
sus presupuestos se destinaron a la guerra global. La guardia nacional no estaba
en su lugar porque se encontraba de servicio en Irak. Y cuando el ejército entró
finalmente en la ciudad inundada lo hizo con los mismos soldados, las mismas
estrategias e idénticas armas que las usadas en la ocupación militar de Bagdad.
Last but not least, los efectos devastadores del huracán han sido
comparado por figuras oficiales a la destrucción nuclear: el trauma y la culpa
reprimidas de Estados Unidos.
Lo nuevo y radicalmente amenazador en la catástrofe de Nueva Orleáns es la
representación política y mediática como accidente natural de lo que en realidad
es un desastre producido por factores industriales y económicos globales
(calentamiento atmosférico) y locales (el deterioro ecológico de las costas del
Golfo de México por su explotación irracional).
Lo amenazador en el caso Katrina es la solución al desastre humano
mediante estrategias de ocupación castrense y desplazamientos y concentraciones
poblacionales militarmente concebidos. Ambos son el posible paradigma de las
catástrofes ecológico-industriales del futuro.
Catástrofes naturales no existen. Hoy son concebidas por los estados mayores,
por las corporaciones industriales y por las administraciones globales como la
continuación de las guerras por otros medios. Esta situación debe protestarse
internacionalmente.
Que las catástrofes naturales no se planteen hoy mediática ni políticamente,
y a escala global lo mismo que local, como un problema ecológico e industrial
(la actitud oficial de la actual administración estadunidense), sino como una
cuestión estratégica y militar, es un escarnio y un suicidio. La solución a las
crisis ecológicas que vendrán, lo mismo que a las guerras que se nos han venido
encima, reside en poner de manifiesto sus causas para removerlas, no en extender
sus beneficios financieros y estratégicos. |