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12 de octubre de 2005
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La
República de Uruguay - 18 de setiembre de 2005
Anticipo exclusivo del libro de Pablo Piera que, editado por Trilce, estará desde hoy en todas las librerías
El
negro Viñas, más allá de los muros
Un rebelde no se conforma con lo existente, no respeta la obediencia debida,
y como dice Mario Mazzeo "lleva la acción y la palabra más allá del muro
conservador que todo poder levanta, persiste tercamente en seguir su camino,
atraviesa décadas peleando para no perder coherencia y por no encerrarse en
su propia vida".
Esos son los personajes que habitan la serie de libros "Vidas rebeldes"
publicados por Ediciones Trilce (los dos primeros fueron El Cholo
González, un cañero de Bella Unión y Yenia Dumnova, un amor de la
guerra fría) a la cual se suma en estos días El negro Viñas, más
allá de los muros por Pablo Pera Pirotto.*
Montevideo era todavía una ciudad tranquila cuando en el invierno de
1961 se vio sacudida por una ola de asaltos espectaculares que realizaron
los argentinos hermanos Viñas, el "Mincho" Martincorena y "Varelita",
nombres que aún perduran en la memoria popular.
Ovidio Adalberto Viñas, "el Negro", fue un actor principal de esos
hechos que ocuparon las primeras planas de los diarios durante semanas,
mientras la policía buscaba sin tregua a los responsables. Preso durante
más de veinte años (no sin intentar escapar a los tiros, en una ocasión)
se integró al MLN en la cárcel y con un grupo de tupamaros consiguió
fugarse en 1972. De nuevo en prisión, recién recuperó la libertad con la
amnistía de 1985. Quienes compartieron con él la cárcel lo recuerdan como
un individuo inteligente, fraterno y leal, aun en sus contradicciones.
Una vez en libertad vivió una segunda vida marcada por una historia de
amor fuera de lo común y por el afecto de quienes lo rodearon.
No me arrepiento de nada
"De lo que he hecho en mi vida, no me arrepiento de nada, porque si
viviera de nuevo haría exactamente lo mismo. Es un problema de la misma
sociedad que te obliga a realizar determinadas cosas aunque uno no quiera.
¿Qué se puede sacar de esos niños que andan en la calle?" dice el Negro
Viñas quien falleció el 28 de diciembre pasado en este
libro.
La mañana del 12 de julio de 1961 despertó fría en Montevideo. Un cielo
gris amenazaba con descargar en cualquier momento una intensa lluvia,
mientras el viento subía desde la rambla portuaria hasta las puertas del
viejo Cambio Paganini, ubicado desde 1876 sobre la calle Colón.
Todo hacía esperar otra tranquila jornada en la ciudad cuando, apenas
antes de las once, cuatro hombres se bajaron de un taxi que permaneció en
marcha; uno quedó en la puerta y los otros tres entraron al negocio
pistolas calibre 45 en mano. Eran el Mincho, el Negro y Nicanor Noguera,
que con gran rapidez apuntaron a los dos empleados y les exigieron las
llaves de la caja fuerte. Carlos Guiria y Héctor Valarino les contestaron
que no las tenían consigo. Era verdad: estaban puestas en la cerradura de
la caja que todavía no habían abierto ese día.
En ese momento llegó un tercer empleado que había ido a comprar una
planta. Evelio Viñas, el hermano del Negro, que estaba afuera, lo condujo
detrás del mostrador junto con tres clientes, a quienes previamente
despojó de un reloj y un anillo avaluados en 3.000 pesos de la época, y
del dinero que llevaban encima.
Encerraron a todos en el depósito y sin perder tiempo llenaron un
portafolio con billetes de diversos países por una suma de 80.000 pesos
uruguayos. En total todo el hecho duró apenas unos cuatro minutos.
"Lo del Cambio Paganini fue de mañana y a cara descubierta, total, acá
no sabían quiénes éramos. Yo pasé por la puerta unos días antes, miré y
nada más. Eso fue suficiente. Era fácil porque por ahí no circulaba mucha
gente", recuerda Viñas.
Pero, inesperadamente, en el momento en que los asaltantes salían del
cambio se encontraron con tres funcionarios policiales de Hurtos y Rapiñas
que pasaban ocasionalmente por allí en su recorrida portuaria: el oficial
Pedro Píriz Pereyra, de 26 años, el agente Ruben Do Reis, de 21 años, y
José María Blanco de 31 años.
"El coche estaba en segunda fila, porque no había lugar para parar.
Cuando salimos del cambio, entró primero mi hermano, que quedó del lado de
la calle y después yo, que quedé del lado del cordón. Entonces, cuando va
a subir Noguera al auto, aparecen tres tipos y uno lo agarra. Se llamaba
Píriz. Blanco se puso adelante nuestro, apoyado en el guardabarros y el
tercero, que era Do Reis, le pone la pistola en la cabeza al chofer.
Faltaba llegar el Mincho que había quedado encerrando a los giles, como le
decimos nosotros a los empleados.
Los botones no sabían que éramos asaltantes; ellos creían que éramos
contrabandistas. No vieron para nada el asalto. Entonces yo les dije:
'Bueno, perdimos, mala suerte, vamos a la comisaría', y cuando Píriz
estaba por subir y ya tenía un pie adentro, Blanco le dijo que no lo
hiciera. Si entraba al coche no pasaba nada: lo apretábamos, le sacábamos
el arma y después lo largábamos. Y ahí fue que se armó el tiroteo.
Entonces yo le pego un tiro a Blanco al lado de la ingle, y él se tiró
debajo de un jeep y no salió de ahí. Después le tiré a Píriz. En eso sale
del cambio el Mincho, y como ve que estábamos apretados, le tira también a
Píriz. Noguera también le disparó a él, y mi hermano le pegó tres tiros a
Do Reis. Ellos no estaban acostumbrados al tiroteo y nosotros en Argentina
teníamos lío todos los días.
Me acusaron a mí de ser un posible autor de los disparos que mataron a
Píriz porque estaba al lado de él. Yo le tiré, pero también Noguera y el
Mincho; no sé si fui yo el que lo mató."
Nos buscaba todo el mundo
La noticia del robo ocupó la primera plana de los diarios vespertinos
de ese mismo día y de los matutinos de la jornada siguiente, y todas las
estaciones de radio y canales de televisión comentaron con asombro lo
sucedido.
Por primera vez la sociedad uruguaya escuchaba los nombres y veía los
rostros de dos delincuentes que, desde entonces, quedarían grabados para
siempre en la memoria popular: El Mincho Martincorena y el Negro Viñas.
"Nos buscaba todo el mundo; la Policía, el Ejército y la marina tenían
todo copado. Nosotros nos reíamos porque en Argentina no hacen eso; los
dejan, porque piensan que en algún asalto por ahí ya van a caer. Por eso,
más que nunca íbamos únicamente a donde era seguro, seguro. [...] Pero
como a los quince días nos descuidamos y nos fuimos a la Cantera de los
Presos, a un club político que era del 'loco' Braida."
El 2 de agosto de 1961 el Comisario Víctor Castiglioni salió en busca
de los delincuentes junto con el propio Director de Seguridad. Repartidos
en dos automóviles, y acompañados por algunos agentes policiales, llegaron
al atardecer a un rancho ubicado en Isla de Gaspar y Minnesota, que era de
un ladrón local de poca monta que falsificaba bebidas: Roberto Doble Ancho
Braida, también conocido como El Negro Braida.
"En ese club político caímos todos menos el Mincho, que se escapó",
recuerda Ovidio. "Yo no pude porque tenía tres fisuras en la pierna. ¡Por
eso no logré saltar un murito."
"Yo entré a la cárcel como procesado, aunque sabía que mi condena era
de veinticinco años y de uno a cinco de seguridad. Treinta años en total.
Eso porque se consideró que yo sería un posible autor de la muerte del
oficial en el asalto al cambio. A mi hermano le dieron veinticuatro y de
uno a cinco.
Primer contacto con los tupamaros
"Tuve contacto por primera vez con los tupamaros en 1968. El primero
con el que hablé fue con Julio Marenales. Ellos estaban excluidos también,
y estuve durante una visita de familiares con él.
Yo quiero hablar con usted le dije.
Bueno, pero yo estoy excluido.
¿Usted entiende algo de máquinas de tejer?
No, nada.
No importa; yo voy a romper una máquina y lo voy a mandar llamar.
Entonces, al otro día, lo llamo al Primero que era el Negro
Leoncino y le digo que se me había roto la máquina.
Mirá, hay un loco que llegó hace poco, creo que se llama Manera o
Marenales...
Ah sí, un subversivo.
Sí, creo que él sabe arreglarlas.
Al rato me lo trajo a mi celda. Estaba mi hermano también, porque a él
lo pasaban para tejer conmigo. Y la primera pregunta que le hice fue por
qué robaban. Entonces, Marenales nos empezó a explicar por qué lo hacían.
Después lo llamé a Marenales como dos veces más, siempre con la excusa
de las máquinas. Lo único que hacía era sacarle un tornillo y después se
lo volvía a poner. Los botones nunca se avivaron.
Al tiempo cayó Raúl Sendic, después Jorge Zabalza, Eleuterio Fernández
Huidobro, el Pepe Mujica. Después, cayeron diez, cayeron veinte, y cada
vez eran más."
"Nosotros nos quedamos en la primera fuga de los tupas sabiendo todo.
Ese día me acuerdo que vinieron Angel Yoldi y Jorge Zabalza a comer a la
celda mía. Pusimos una bolsa de arpillera como mantel y comimos un
terrible guiso. Entonces nos dijeron a mí y a mi hermano:
Nosotros sabemos que ustedes saben. Les pedimos por favor que esto
no se corte.
Quedate tranquilo que nosotros no somos botones. Nos tenemos que
quedar, bueno, mala suerte.
Pero mirá 'Negro', que va a haber más. Va a haber más.
Y así fue. Al poco tiempo, la mayoría fue cayendo de nuevo en cana, y
entonces apareció la otra fuga. [...]
La mañana del 12 de abril de 1972 estábamos con el Negro Zoquete
charlando con Yoldi y de repente se abre la puerta de una celda y sale
un tipo envuelto en una manta, lleno de sangre. Entonces Yoldi dice: 'Un
compañero, voy a ver que pasó', y sale corriendo hacia abajo. Y yo le digo
al Negro Zoquete: 'Yo también voy a ver qué pasó'. Y allá salimos atrás de
él. Antes, ya había ido un grupo de seis al hospital y ahora otros seis
llevaban al compañero de la manta.
Cuando llegamos nosotros al hospital estaba Zabalza en la entrada. Él
vio que veníamos y esperó un poco para que entráramos y después cerró la
puerta. A mí la libertad me la dio Zabalza. Enseguida agarré un corte que
me dieron, pero ya estaban apretados todos los botones, los médicos, los
enfermeros, todos. Y entonces fuimos para el sótano, donde se abrió un
agujero en el piso."
Mirá, mirá, la burguesa es de izquierda
Poco tiempo después volvió a ser detenido en un local tupamaro. Luego
de numerosas sesiones de torturas de traslados diversos entre los
cuales el Penal de Libertad fue nuevamente a la cárcel de Punta
Carretas.
"Muy temprano todas las mañanas me sentaba a tomar mate y a mirar hacia
la calle por la ventana de mi celda, la número 374. Estaba en el cuarto
piso, que era el único desde donde se podía ver hacia afuera. Pasaban los
coches, la gente que iba a trabajar, y de la casa de enfrente salía una
señora que se tomaba el ómnibus. Volvía como a las dos de la tarde. Yo le
decía a Evelio, al que todas las mañanas lo pasaban para mi celda: 'Mirá,
ahí sale la burguesa'. Le decíamos también 'la Coneja' porque siempre
estaba rodeada de muchos niños. Evelio me comentaba: 'Che, todos los años
tiene uno; ¡es una coneja!'. Ahí todavía no sabía que era maestra.
A Nella la miré durante unos dos años, más o menos, hasta que en 1984,
cuando se estaba terminando la dictadura, pensé cómo podía hacer para
comunicarme con ella. Entonces, un día, antes de las elecciones, la veo
salir en un Volkswagen Fusca amarillo que tenía la bandera del Partido
Comunista y la del Frente Amplio. Y yo desesperado lo llamé enseguida a
Evelio: '¡Mirá, mirá, la burguesa es de izquierda!'
Con un preso que tenía permiso de salida le envió una nota.
Él cruzó y llevó mi carta en donde yo le decía a aquella mujer que
hacía muchos años que la veía salir y que la felicitaba porque ahora
llevaba banderas del Frente. También, le contaba que estaba preso en el
Penal y que tenía para mucho tiempo más. Ese año para Navidad me mandó un
pan dulce y para fin de año otro más. Entonces, yo le escribí otra cartita
donde le puse al final un poema de Nazim Hikmet. [...]
Ella me contestó y empezamos a cartearnos. Yo siempre le dije la
verdad: dónde estaba, por qué había caído, que era un delincuente social
que ahora pertenecía al Movimiento de Liberación Nacional, que pensaba
salir en libertad pero que no sabía cuándo, que antes tenía miedo de morir
adentro de la cárcel pero que ahora no, y que siempre tuve el espíritu de
fuga, que no lo perdí nunca. Yo le puse toda la verdad, no le oculté nada.
Y seguimos escribiéndonos durante tres meses, hasta que ella cruzó con
su hija Alejandra, que en ese tiempo tenía once años. Esa fue la primera
vez que nos vimos cara a cara, porque no nos conocíamos ni por foto.
Después de ese primer encuentro, empezó a visitarme cada dos días, y de
vez en cuando me mandaba comida. Fue muy importante para mí, porque en ese
tiempo yo no tenía a nadie.
Entonces empezamos a comunicarnos de una manera original. Me hice todo
el abecedario en hojas de papel; una letra por cada hoja. Ella miraba con
prismáticos desde la ventana de la casa y yo iba armando los mensajes. Así
le contaba todo lo que estaba pasando, y a veces incluso de esa forma
sacaba comunicados políticos para afuera. Ella también me 'escribía' con
unas letras más grandes y prolijas."
Una historia única, no hay otra igual
"Un día a las seis de la tarde, me acuerdo que estaba mirando por la
ventana cuando veo que para un taxi, se baja Nella y me hace señas con un
papel: era la libertad. Les dije a los compañeros de celda: 'Me parece que
me voy hoy'. Ya era de tardecita cuando empezaron a nombrar a los que se
iban. Nombraron como a sesenta o setenta, y uno fui yo. Regalé la radio,
el televisor, todas mis cosas a los que se quedaban. Lo único que me
quería llevar eran los libros y las cartas.
Me llevaron a la dirección del Penal y ahí me dijeron: 'Bueno, Viñas,
está en libertad'. El intendente me estiró la mano para saludarme y lo
dejé con el saludo en el aire; pegué media vuelta y me fui. A las ocho de
la noche del 21 de mayo de 1985 finalmente salí en libertad.
Los primeros días me quedé en una pieza que había en la sede del MLN y
después me fui a vivir definitivamente con Nella a la casa de la calle
Ellauri 367, la misma que veía desde mi celda. La nuestra es una historia
única en el mundo, no hay otra igual." *
* Pablo Pera Pirotto (Montevideo, 1972), es doctor en Medicina y
licenciado en comunicación periodística. Ha recibido numerosos premios
nacionales e internacionales en poesía, cuento y ensayo.
Fotos de portada: Viñas en foto reciente (color). El Mincho Marticorena
y el Negro Viñas en 1961. Mara, Evelio Viñas, "El Pibe Oscar" y el Negro
Viñas también en 1961. (blanco y negro).
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