Marco Minguillo - rodelu.net |
16 de octubre de 2005
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Puerto
de tránsito *
Marco
Minguillo
“Allá te espera
la esperanza”
Gioconda Belli
Llegaste
al pueblo una noche de febrero, cuando las garzas dormían y las
cocinas a leña revoloteaban en las casas.
Te habían dicho que bajaras
al escuchar su nombre. Ese nombre, que al pronunciarlo, sonaba a canto
de pájaro errante, a árbol silvestre, a agua de río,
a fruta madura...
Ahora estabas allí, parado
como una estaca, con tu maletín de lona al hombro y contemplando
la nube de polvo que se extinguía segundo a segundo, escoltada por
el quejido asmático del ómnibus.
Miraste a tu alrededor. Sentiste
los latigazos de la soledad. Pensaste ser un alma insepulta añorando
un ramo de azucenas frescas.
Tenías que luchar contra
tu acostumbrada impaciencia. No debías dejar el lugar hasta que
te recogieran.
Pasaron los minutos con andar de
tortuga. El vientecillo arrastraba desde la cercanía un penetrante
olor a maíz y a haba sancochada.
De pronto, desde la penumbra, viste
aparecer una silueta que se dirigía hacia donde tú estabas.
A sólo unos metros su rostro se diluía. ¿Sería
él? ¿Qué tanto habría cambiado? ¿Te
reconocería?
”¡Es Pedro! ¡Es
Pedro!”, te dijiste. Sus rasgos parecían congelados en la nada.
Te hizo imaginar que tenías un niño grande frente a ti.
Más de dos decenios sin verlo.
Por lo visto él no había perdido su tierno entusiasmo. Sonrieron
bajo los velos albinos de la luna. Se dieron un fuerte apretón de
manos y se abrazaron. Tratando de llenar con el abrazo ese abismo que el
fragor del tiempo había cavado. Entrecruzaron algunas palabras y
caminaron. Uno al lado del otro. Él te iba comentando algunas medidas
necesarias de supervivencia.
Y tú lo escuchabas. Andabas.
Mirabas las puntas de tus zapatos: eran dos proas abriendo las aguas en
el mar de tu infancia.
Observaste calles angostas. Semioscuras.
Laberintos armoniosos de adobe. Conforme avanzaban, el lugar se te fue
haciendo familiar. El pueblo había quedado colgado en tu memoria,
simulando ser un fruto de tamarindo añejo meneado por los embates
de los años.
Confiadas lucecillas titilaban a
través de unas ventanas diminutas. Por momentos olía
a algarrobos y a mangos maduros.
Luego de un largo recorrido llegaron
a la vivienda. Te sobreparaste y la contemplaste antes de entrar. Era la
misma casa en donde correteaste con los amigos, metiéndote en sus
entrañas, jugando a las escondidas; escuchando la voz de los mayores
reunidos, charlando, riendo, bebiendo chicha, haciendo un festejo cualquier
momento del día.
Aunque en la situación actual
era, para ti, sólo un puerto de tránsito en el camino. Cuánto
significado tenía en esos momentos una cama con sábanas recién
lavadas, una taza de café humeante, el clocleo adormilado de alguna
gallina, el castañeo armonioso de los samaritanos molles.
Y descansaste. Como un niño
huérfano en los brazos amicales de algún hogar encontrado.
A la mañana siguiente te
despertó la voz de Pedro. Esa voz pausada, rítmica, semejante
a las lágrimas otoñales que caen de los árboles después
del aguacero. Él se había levantado temprano, como siempre
lo hacía. Así se vivía en el pueblo. Había
que despertarse antes que cantasen los gallos e ir a trabajar la tierra.
Esa tierra fecunda. Dadivosa. Manantial complaciente de bocas hambrientas.
Lo viste trayendo consigo: camotes,
mangos, mantequilla batida envuelta en panca de choclo, leche de cabra
y panes calientes. Se dieron los buenos días y él se retiró
hacia el fondo de la casa.
Mientras te desperezabas él
freía animoso, en la cocina que ardía con palos de algarrobo,
unos pescados comprados en la puerta del mercado.
Desayunaron y charlaron. Le ibas
a comentar lo sucedido en la ciudad de donde venías. Pero él,
con discreción, detuvo tu historia. No necesitabas hacerlo. Bastaba
con que estuvieses en dificultades para tenderte una mano. El resto no
le importaba. Te urgía un puerto de tránsito con calor humano,
y allí estaba. A tu disposición.
—No te preocupes, Alejandro, todo
se arreglará. Puedes quedarte en casa el tiempo que necesites. Los
amigos estamos para ayudarnos.
—Gracias, Pedro, por tu hospitalidad.—Respondiste
y miraste sus ojos negros, juguetones. Esos ojos que no habían
perdido su candor, su palomillada. Eran los mismos ojos que conociste en
tus tiempos de infante, cuando venías a pasar las vacaciones escolares
en casa de tu abuelo Aurelio.
Tu abuelo, ese viejo canoso de manos
gruesas, ásperas y voz ronca. Un viejo bondadoso que te subía
en los lomos de los burros cuando trasladaba las cosechas de alfalfa desde
la chacra de don Andrés Santistéban hasta el mercado. Fue
en esas idas y venidas al pueblo en donde conociste a Pedro. Tu abuelo
era gran amigo de su padre, don Alberto, quien también era arriero.
En las primeras semanas no dejabas
la morada. Imaginabas qué podía suceder. Una tempestad de
temor e inseguridad azotaba el país. Tempestad que se erigía
desde el sillón presidencial, reventaba diques, inundaba, ahogaba
las esperanzas democráticas de los ciudadanos.
Poco a poco, y con el apoyo de Pedro,
empezaste a salir. Principalmente por las noches. Caminaban. Fumaban. Conversaban.
Recordaban anécdotas. Andaban por entre las callejuelas del pueblo
y se detenían en la orilla del río. Ese río afable,
cuyas aguas anchas y relativamente torrentosas servían para irrigar
los sembríos. ”Qué sería del pueblo sin este río.
Tal vez nunca habría existido”, pensabas.
Las lechuzas y los grillos se transformaron
en tus amigos con el trajín cotidiano.
Fuiste tomando confianza y creíste
conveniente salir por las mañanas. Te empezaste a reencontrar con
aquellos amigos, con quienes correteaste cuando niño. Ellos ya tenían
sus familias, dependían de la tierra y del comercio y se alegraban
de tu presencia por esos lares.
Te sentías parte del pueblo.
Ya tu cara citadina era una pincelada dormida en el paisaje.
Así fue que una noche de
sábado, saliste con Pedro y otras amistades hacia el único
local existente y en donde la gente joven se reunía para bailar
los últimos hits del momento venidos de la capital.
Pasearon siguiendo el canto del
río. Llegaron a un local de puertas anchas, en donde rostros primaverales
esperaban su ingreso, impacientes. Desde dentro salía un compás
alegre de merengue. Ese ambiente de fiesta te sirvió para evocar
las salidas de los fines de semana, poco antes de que te vieras obligado
a abandonar: tu casa, tus padres, tu trabajo de oficina y todo lo que formaba
parte, en mayor o en menor grado, de tu vida.
Te gustó el lugar:
música, olor a tabaco, chicas de miradas curiosas y cerveza. Pedro
y los otros se animaron a bailar. Tú te quedaste como una estatua
calcárea, parado en un rincón. Observando los cuerpos que
se contorneaban con esa delicia tropical. Tus pupilas recorrían
el escenario. Tu cuerpo te pedía danza, pero lo contuviste, decidiste
esperar un rato más.
Hasta que entre el gentío,
viste una muchacha de piernas largas, contorneadas, quien bailaba con un
hombre alto, flaco, de actitud indiferente. Ella tenía movimientos
sensuales y felinos. Se te vino a la mente la imagen de una gata persa
a tiempo de aparearse. Excitando. Ronroneando.
Esperaste que culminase la pieza,
pisaste el pucho del cigarro con tus botines bien lustrados y te lanzaste
en su búsqueda.
—¿Podemos bailar? —le dijiste.
—Claro, con mucho gusto.
Mientras disfrutabas de una copla
salsera contemplaste su rostro. Ojos benevolentes y vivaces; cejas negras,
delineadas, que le daban un aire de autosuficiencia y misticismo; nariz
relativamente pequeña y labios gruesos.
La pegaste más a tu cuerpo.
Sudaba. Su blusa blanca, húmeda, te invitó a apreciar sus
pechos ardientes, erigidos. Dos picos de montaña lamidos por una
nube espesa y ansiosa.
Experimentaste su calor de hembra
nocturna y pueblerina. Qué agradable era sentir la presencia prodigiosa
de una fémina junto a ti.
—No tienes cara de lugareño...
—Ajá ¿te parece?
—Claro. Nunca te he visto por estos
lares.
—Tal vez tengas razón. Pero
me siento como si hubiese crecido aquí.
—¿Cómo te llamas?
—Alejandro... ¿Y tú?
—Lucía.
Su aroma de mujer joven te confirmó
la alegría del seguir viviendo. Del seguir amando.
Mientras que una infinidad de pasos
se dibujaban en la pista, recorriste su largo cuello exhalando un aire
tibio, buscando provocarla, estimularla, hacerle llegar las mismas imágenes
que tú ya tenías en la cabeza. Su cabellera negra se agitaba
suavemente.
—Eres muy guapa, Lucía...
—le susurraste.
—Eso dicen siempre los hombres cuando
quieren convencernos. —sonrió.
Siguieron bailando. Una canción.
Dos canciones. Innumerables canciones. Ya no querías soltar a la
muchacha. Y ella tampoco mostraba lo contrario.
Eran las cuatro de la madrugada
cuando la fiesta culminó. Te olvidaste de los amigos. Sólo
te interesaba llevarla abrazada. Transformarte en un oso perezoso enrollado
en el tallo fino de un árbol.
Desde esa noche, tu rutina cambió
drásticamente. Querías verla. Escucharla. Sentirla todos
los días. La recogías en bicicleta de la escuela en donde
ella trabajaba. Y pedaleando paseaban por entre vistosos maizales revoloteados
por las alas blancas de las garzas. Campesinos incrustando sus lampas laboriosas.
Bajo un ardiente sol bebían chicha de jora y comían platillos
sabrosos a base de pescado. Eran o creían ser el centro de ese mundo
onírico.
No deseabas abandonar tu puerto
de tránsito. Pensaste en el porqué no viniste antes a ese
fabuloso lugar. Tal vez no era tarde para reiniciar tu existencia en esas
tierras fecundas.
De ese modo, transcurrió
el tiempo. El país era un alboroto sin derrotero ciudadano.
Evitaste comentarle a ella lo sucedido.
Construiste: una historia de trabajo, una pausa profesional fuera del centralismo,
una búsqueda de nuevas posibilidades de desarrollo personal. Y ella
se comió tu argumento. Tu pretexto.
Aunque en diferentes oportunidades
te sedujo la idea de contarle la historia verdadera. ”¿No es así
como se hace cuando se ama a alguien con pasión?”, pensabas. Pero
sin embargo te faltó valentía, cojones para hacerlo. En el
fondo temías que eso pudiera hacer explotar la burbuja mágica
que ambos habían construido. Finalmente decidiste dejar todo como
estaba y disfrutar de lo que la vida te ofrecía en esa coyuntura.
Hasta que te llegó la hora
de partir. Debías de abandonar el lugar. La tempestad se avecinaba
más y más. Ya casi la podías oler. Palpar. Sentir
su sabor agrio. Doloroso.
Le dijiste que retornarías
a la capital. Debías continuar con tus labores citadinas. Ella se
entristeció. Te pidió. Te rogó...
—Quédate, Alejandro. Aquí
tienes más posibilidades de trabajo. Hay menos comodidades que en
la capital, pero podemos vivir juntos...
—Lo siento mucho, Lucía.
Pero no puedo. No puedo. Tengo que viajar esta noche...
—Alejandro. Alejandro. Alejandro...
—la escuchaste decir y le mostraste tu espalda ancha, angulosa.
Ya de noche, llevando tu maletín
de lona al hombro y vestido con tus jeans desteñidos, caminaste
sigilosamente, acompañado del fiel Pedro, por los bordes del río.
Yerbas dormidas, lomos de piedras redondas y brillosas, minúsculos
sapos escurriéndose en el barro.
Debías cruzarlo. Llegar a
la frontera del país vecino y seguir tu rumbo. Encontrar cobijo.
Tranquilidad. Evadir los azotes de la realidad que ahora se hacían
casi inevitables.
Pedro y tú fueron dos sombras
moviéndose como fantasmas. Las lechuzas y los grillos te despedían
con su sinfonía campestre. Sentiste las palmas anchas de Pedro tamboreando
tu espalda. Contuviste las lágrimas. No sabías si algún
día volverías.
Con un nudo que ardía en
tu garganta y mirando sus alegres ojos, dijiste:
—Gracias por todo, Pedro. Gran amigo.
Muchas gracias...
—De nada, Alejandro. No te preocupes.
Todo va a mejorar. Apúrate, sube al bote. Rema con fuerza, con mucha
fuerza. Debes llegar al otro lado. Apresúrate...
Bajo el manto nocturno remaste.
Remaste como nunca lo hiciste en tu vida. Las aguas estaban alborotadas.
Gotas heladas saltaban y se estrellaban como escupitajos en tu cara, en
tu casaca, en tu pantalón. Ya no veías a Pedro. Sólo
agua. Agua. Su turbulencia. Su lamento. Su adiós.
Llegaste al otro lado. Bajaste,
tal como Pedro te había indicado e ibas a escabullirte por entre
los matorrales memorizados en varias sesiones noctámbulas. Se te
hacía difícil divisar la otra orilla.
De súbito, escuchaste unos
gritos. Dudaste. Conjeturaste por un instante que eran las lechuzas, los
grillos, las aguas. Agudizaste los oídos. Y mezclado con el sonido
del torrente: los gritos. Sí, eran gritos. Gritos reconocibles.
—¡Cójanlo! ¡Cójanlo!
¡Cójanlo! ¡Él es su amigo! ¡Su amigo! ¡Cójanlo,
carajo! ¡¿No escuchan las órdenes de un superior?!
Pudiste captar la voz de Pedro,
negando a los vientos la acusación. Forcejeando. Exasperado. Diciéndoles
que todo era producto de una equivocación.
Antes de escabullirte, buscando
la trocha indicada, llegó más nítida a tus tímpanos
la voz femenina que dictaba órdenes.
Y tú te esfumaste, tras tu
río de párvulo, repitiendo agitadamente su nombre: ”¿Lucía?
¿Lucía? ¿Lucía?...”
* Este cuento obtuvo una mención
honrosa en el Certamen Internacional Terra Austral Editores (Australia,
2004) y fue publicado en el libro “Cuentos y testimonios del mundo” por
la misma editorial. Marco
Minguillo
alistarcomarco@hotmail.com
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