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13 de octubre de 2005
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El País
de España - 8 de octubre de 2005
Lo que ocurre allí
Sami Näir
El drama era, por desgracia, previsible en las fronteras españolas de
Ceuta y Melilla. Todo hace pensar que sólo estamos al comienzo del pulso
que opone a los solicitantes de asilo, verdaderos o falsos, poco importa,
y a las autoridades de los países ricos de Europa. La frontera
mediterránea se parece cada vez más a la de Estados Unidos con México:
está cada vez más sembrada de víctimas. La opinión pública descubre de
forma brutal la realidad: unos seres humanos prefieren morir en vez de
seguir viviendo en la miseria y en la humillación. El Gobierno español es
puesto a prueba; no vemos cómo puede encontrar una solución que satisfaga
a todo el mundo. La Unión Europea tiene sus exigencias; la geografía
convierte a España en el puesto más avanzado de la prosperidad. Las
fronteras han desaparecido en el interior de Europa, pero se transforman
en campamentos fuera de ella. Así, la metáfora de la fortaleza asediada es
más cierta que nunca. Europa ha decidido instalar campamentos en sus
fronteras, y empieza a ver lo que cuesta en vidas humanas.
Las últimas avanzadas de esta política de los campamentos se han hecho
en África, en especial entre el Mediterráneo y el Sáhara. Así, Marruecos
sufre una fuerte presión por parte de la UE para que refuerce el control
de sus fronteras, disuada y contenga a los emigrantes subsaharianos y, al
mismo tiempo, les detenga en su recorrido migratorio hacia Europa. En
definitiva, para que desempeñe el papel de "gendarme" de Europa. La
política de readmisión realizada estos últimos años por la UE se inscribe
totalmente dentro de esta lógica. En la actualidad, se está negociando un
acuerdo de readmisión con Marruecos, que le obligaría a organizar la
readmisión no sólo de sus súbditos en situación irregular, sino también de
las personas que hayan transitado por su territorio. El desbloqueo de 250
millones de euros dentro de los programas de asistencia técnica y
financiera para el control de las fronteras (AENEAS) debería pesar en la
balanza...
Podría analizar esta situación desde un punto de vista jurídico pero,
en realidad, no sirve de gran cosa ya que es perfectamente conocida por
quienes toman decisiones en este ámbito y, por lo general, no tienen que
rendir cuentas a nadie.
Veamos más bien la situación sobre el terreno. Es alarmante en los
campamentos informales instalados en los bosques de Ben Younes y Gurugú,
próximos a Ceuta y Melilla, respectivamente. Un reciente informe de una
organización benéfica francesa realiza una descripción de las condiciones
de vida de estos emigrantes y solicitantes de asilo de origen
subsahariano. Al final de un largo recorrido de unos dos años (travesía
del desierto, paso por Libia, etcétera), estas personas se encuentran
atrapadas en esos bosques. Los que acaban en los campamentos precarios
hechos de cabañas de madera son a menudo los más pobres: no tienen medios
para pagar su paso a Europa (papeles falsos, intermediarios, pateras,
etcétera). En realidad, una vez que han entrado en Marruecos por Oujda
(ciudad del norte fronteriza con Argelia) y principal punto de paso, se
produce una "selección" entre los emigrantes: los que tienen los medios
para pagar se van a las ciudades para tratar de realizar una travesía en
patera (sobre todo hacia las islas Canarias porque el SIVE -Sistema
Integral de Vigilancia Exterior- hace que el trayecto sea muy difícil en
las costas de Cádiz, Málaga y Algeciras); a los demás sólo les queda la
opción de dirigirse al bosque.
De por sí expuestos a las agresiones de "vagabundos y bandidos" cuando
se desplazan a pie hasta los campamentos en los bosques, a continuación
quedan abandonados a su suerte, totalmente aislados, esforzándose por
alimentarse y sobrevivir en este entorno hostil. Aunque estos "guetos" se
parecen a "campamentos de refugiados" en la medida en que están
"organizados" (los emigrantes han organizado espacios de vida en los
campamentos), las condiciones no dejan de ser miserables y las sanitarias
son espantosas. Por no hablar del acceso a los cuidados médicos, que
resulta imposible por la reclusión y la clandestinidad en que viven. Y
ello debido sobre todo a que las autoridades marroquíes disuaden, tanto a
las asociaciones como a la población, de que ofrezcan ayuda a estos
emigrantes, que permanecen de media siete meses en estos campamentos.
Sólo salen de su clandestinidad para, por la noche, tratar de superar
con escalas de madera las verjas y alambres de espino que los separan de
los enclaves españoles. Evidentemente, "el ataque a las verjas" es muy
peligroso, ya que la frontera está estrechamente vigilada por ambos lados
(sobre todo en el lado español, que dispone de un arsenal tecnológico
considerable). Para los pocos afortunados que logran saltar las verjas, se
inicia un verdadero juego del escondite con la Guardia Civil antes de
poder acceder al "campo" (lugar de acogida de los emigrantes y
solicitantes de asilo). Pocos son los que lo logran. Pero, sobre todo,
cuando son interceptados por la Guardia Civil y devueltos a Marruecos, los
emigrantes son en ocasiones víctimas de violencia física (palizas, pelotas
de goma, etcétera) y humillaciones (insultados, desnudados). Por
desgracia, no son actos aislados. Y algunos no dudan en afirmar que es una
estrategia consciente y organizada de represión y disuasión. Esta
violencia también existe en el lado marroquí (casos de palizas y
torturas). Por otro lado, las autoridades marroquíes organizan verdaderas
"cazas al hombre" en los bosques, en ocasiones con la complicidad de
civiles marroquíes, para capturar y expulsar a los africanos o magrebíes
que viven en ellos. Estas "batidas", encaminadas a disuadirles, les sumen
en realidad en el terror y les obligan a desplazarse incesantemente o a
dormir fuera de los bosques.
Reprimidos y acosados por todas partes, privados de cualquier derecho,
a estos emigrantes sólo les queda al final la opción de "encerrarse" en
estos campamentos, que sin embargo son "abiertos", ya que no pueden
circular, no tienen otras posibilidades para vivir y tampoco pueden hacer
valer sus derechos en materia de asilo. Porque la posibilidad de solicitar
el asilo sigue siendo un espejismo pese a que Marruecos ha ratificado la
Convención de Ginebra y la de la OUA (Organización para la Unidad
Africana).
Los arrestos y expulsiones arbitrarias son legión. Además, la mayoría
de los emigrantes ignora los trámites para solicitar asilo o no cree en
ellos. Los medios humanos y materiales para garantizar este derecho son
casi inexistentes. ¡Algunos emigrantes dicen incluso haber visto
producirse arrestos delante de la oficina del Alto Comisionado para los
Refugiados! Sin embargo, muchos de estos emigrantes podrían beneficiarse
legítimamente de la protección de laConvención de Ginebra o la Convención
de la OUA de 1969 que rige los problemas de los refugiados en África.
Porque, según varias fuentes, ONG y organizaciones caritativas, más de la
mitad de estos refugiados han huido por motivos de persecución política,
étnica o relacionados con una situación de guerra (guineanos, liberianos,
congoleños, marfileños o senegaleses). Los demás están ahí por motivos
económicos y para garantizar la supervivencia de su familia (nigerianos,
malienses o cameruneses). Pero en la noche del bosque y la opacidad de los
campamentos, ambas tragedias se entremezclan a menudo. Y resulta chocante
comprobar que, al igual que en Lampedusa (Italia), estos emigrantes, en su
mayoría hombres jóvenes y a menudo con un nivel de instrucción bastante
alto, son padres de familia y ejercían una actividad profesional que
tuvieron que abandonar.
¿Qué hacer? Están las medidas de fondo: ayuda al desarrollo, acción en
las zonas de origen, prevención de los conflictos, etc... Pero hay que
actuar ahora, y rápido. En primer lugar, es necesario que Europa deje de
exigir a terceros países, como Marruecos, "resultados" en materia de
expulsión; y sobre todo que no vincule la ayuda al desarrollo a la
aceptación por los terceros países de este papel de gendarme. Porque esto
siempre se produce en detrimento de los refugiados, sobre todo en los
países donde los derechos humanos son poco respetados. Es mejor reinvertir
en programas de reestablecimiento para los refugiados. En cuanto a las
autoridades españolas, si bien hay que pensárselo dos veces antes de
lanzarles la piedra, porque están obligadas a hacer respetar la ley, deben
no obstante someterse a la Convención de Ginebra y garantizar el conjunto
de la reglamentación. Deben asimismo realizar un gran esfuerzo en materia
de formación de las fuerzas del orden, encargadas del primer contacto con
los refugiados. Y castigar con severidad los actos ilegales de violencia
cometidos por los agentes del Estado. Lo mejor es, de nuevo, aceptar la
presencia permanente de observadores neutrales sobre el terreno, en
especial representantes de la Comisión de los Derechos Humanos de la ONU.
Y es necesario que el Alto Comisionado para los Refugiados pueda trabajar
de forma concertada con el Estado marroquí, sobre todo para controlar la
legalidad de los arrestos y de las expulsiones. Si bien no es posible
detener estos movimientos de población, erradicar de la noche a la mañana
la miseria y la desesperación que los produce, sí es en cambio posible, e
indispensable, hacer que se respeten los derechos humanos. También los
nuevos condenados de la tierra tienen derecho al Derecho.
Sami Näir es profesor invitado de la
Universidad Carlos III. Traducción de News Clips.
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